miércoles, 2 de mayo de 2012

LAS NAVAJAS Y EL HONOR

Hace tan sólo doscientos seis años y a estas mismas horas de la mañana, en las calles de la capital de España la sangre corría entre los adoquines, los gritos llenaban el aire y la metralla francesa segaba vidas mientras nosotros, a navajazos, defendíamos nuestro honor y nuestra libertad.
Napoleón era el amo y señor de Europa y tenía a los Reyes retenidos en Bayona, a su pérfido hijo y al gobierno en pleno, y a todos, enfrascados en sus propias ambiciones, rencillas y rencores los tenía bien sujetos del pescuezo.

A la fuerza había obligado al valido Godoy, que era quien realmente mandaba, a firmar el vergonzoso Tratado de Fontainebleau, por el que la Grande Armée podría atravesar toda España en su camino para invadir Portugal y además se enviaba a una División de españoles, casi las mejores tropas con las que contábamos, al mando del Marqués de la Romana a combatir en Dinamarca.

Desde el primer momento los franceses se comportaron en España como en terreno conquistado - ¡y sin pegar un solo tiro François!- , se ocupan ciudades y fuertes que nada tenían que ver con su camino hacia Portugal, por ejemplo la fortaleza de Figueras, cosa que les sienta a los catalanes y al resto de compatriotas, (en aquellos tiempos los de esquerra no decían ni mú, ni en catalán ni en castellano), como una patada en los mismísimos cullons.

Además los soldados franceses, que vienen de pasarse por la piedra a las mejores tropas del mundo y de enseñorearse por toda Europa como conquistadores, están acostumbrados a que todo el mundo les lama los pies y se comportan en España como bestias, violando mujeres y asesinando hombres, ancianos y niños, cometiendo mil abusos y tropelías pero sin fijarse ninguno en las gotas de odio negro que iban destilando, una a una, aquellos atrasados, sucios y analfabetos españoles.

Para colmo de males en un país donde el fervor religioso era tan fuerte y profundo como lo era en España, a los franceses no se les ocurre otra cosa que dedicarse a profanar los templos y las imágenes de los Santos, de la Virgen y de Cristo mismo, forzando conventos enteros y asesinando sacerdotes.

El pueblo español rechinaba los dientes…

El país estaba como siempre, o casi, estuvo, abandonado de sus reyes y gobernantes e indeciso entre la necesidad de cambiar cosas y el enroque suicida en las viejas ideas. Lastrado por siglos de gobernantes avariciosos, incultura, bancarrotas, pestes, abandono y despreocupación, de años cayendo en el ocaso sin llegar jamás al fondo.
Muchos pensaban que Napoleón traería la prosperidad y los cambios necesarios y llevaban en parte razón. 
Porque las intenciones del corso eran otras muy distintas.
Hasta en la misma Francia había acabado con la revolución -que se había convertido en una sanguinaria lucha por el poder- para proclamar el Imperio y a él, claro, como Emperador de toda Europa.

España no sería más que otra pieza de su vasto imperio. Y encima sería una pieza que le saldría barata, o eso pensaba el Emperador…

Total, a los españoles lo mismo les daba un rey que otro, lo mismo les daba que la ruina y la miseria la administrase Fernando que José. Lo mismo les daba que los franceses andasen como Pierre por su casa, y robasen y matasen y humillaran y pisotearan. Lo mismo les daba…
Pero Napoleón se equivocaba.
En esta vieja y dura tierra, en éste solar siempre a medio construir, siempre a medio terminar, habitado por unos que, entre ellos mismos, jamás dejaban de tirarse de las barbas, volviéndose arrogantes e insolidarios, que sólo buscaban medrar, aparentar y pasearse muy tiesos por la calle, que entre ellos se sacaban los ojos a la menor ocasión, en aquel pedazo de tierra -que ya los romanos llamaron España, más que esto del nombre les pese a algunos y expongan sesudamente que no, que si entidad política no éramos y que si pepinos en vinagre- en aquel pedacito de tierra, Napoleón se encontró con lo que no esperaba.
La resistencia a ultranza, el valor desmedido y la lucha feroz y a muerte de un desgraciado pueblo que no quiso dejarse avasallar ni pisotear y que demostró al Emperador la razón por la que, a pesar de todo, España y los españoles seguían presentes en la Historia y en el Mundo, la razón por la que, aquel pueblo miserable y venido a menos, había tenido agarrado de la gorja al mundo entero durante un siglo y pico.

Aquella mañana de mayo se llevaban a los Infantes, aquella mañana la gente que se había arremolinado a las puertas de Palacio gritaba y protestaba, los ánimos estaban muy caldeados, las caras desencajadas, las manos crispadas, las miradas cargadas de rabia, la sangre hirviendo, los corazones acompasándose unidos por el cemento del odio al invasor que iba fraguándose en el alma de todos aquellos compatriotas.
La válvula de la olla -¡ppsssttppssstttpptttsss!- a puntito de reventar…

Y a Murat, gobernador de facto de la capital, que era un arribista guaperas al que Napoleón había puesto al mando y que, secretamente, ambicionaba para sí la Corona de España, no se le ocurrió otra cosa que enviar contra la multitud a un pelotón de fusileros con sus mosquetes y a unos artilleros acompañados de sus cañones del dieciocho y muchos saquetes de metralla… 

Se pusieron, los hideputas, muy marcialmente en posición, cebaron las piezas, cargaron los mosquetes - ¡attention, objetif... Feu!- y dispararon sin contemplaciones contra las cientos de personas que había reunidas en la puerta del Palacio de los Reyes de España.
La primera sangre española regó el suelo aquella mañana de mayo de hace doscientos y pocos años.
Por supuesto se armó la de Dios es Cristo…
No podía ser de otra manera.

“El volcán de sus iras estalló”, como alguien dejó escrito muy acertadamente, porque eso precisamente, es lo que sucedió.

Un volcán de ira y de odio cuya lava ardiente compuesta por gente armada con palos, piedras, trabucos, escopetas, cuchillos, agujas, macetas, las uñas, los dientes y las navajas de siete palmos, se desparramó por toda la capital achicharrando a cuanto francés se encontraba en su camino. Las calles y las plazas se convirtieron en almadrabas y en carnicerías.

Murat muy pronto se dio cuenta de que allí, en Madrid, las cosas no iban a ser igual que en El Cairo, en dónde la población, declarada también en rebeldía, había huido espantada por la brutalidad francesa, a los primeros cañonazos.
Allí no.

Le llegaban continuos informes sobre soldados y oficiales pasados a cuchillo en el mismo lugar en el que la multitud enloquecida los habían encontrado, y de que por las calles de todo Madrid se pedían, a gritos que aterraban, criadillas de gabacho para el desayuno.

La lucha fue feroz y sin cuartel.
Los soldados franceses se espantaban ante la brutalidad de la pelea y por la temeraria bravura y valentía de aquellos españoles que preferían morir antes que rendirse, que destripaban con sus navajas a los caballos y a los jinetes, sin importarles los sablazos que les daban en molinetes mortales que abrían cráneos y cercenaban miembros, con mil pares de manos ensangrentadas que los arrojaban al suelo y los degollaban sin piedad como a cerdos.

En la Puerta de Toledo la caballería pesada francesa, caballos y jinetes acorazados -los panzers de la época- casi fue rechazada por las heroicas mujeres que arrojaban agua hirviendo y aceite desde los balcones y macetas, piedras y todo lo que pillaban, mientras a pie de calle los coraceros se las veían negras para poder abrirse paso ante la inmensidad de turba inamovible que formaban aquellos desquiciados que les disparaban y que se arrojaban ante los caballos impasibles y mortalmente decididos a matar y morir.
Era La misma caballería pesada que había destrozado a los austriacos y a los rusos.

En la Puerta del Sol, para qué les voy a contar nada, ahí están Goya y su magnífico y educativo cuadro: "Carga de los Mamelucos". Basta decir que ni siquiera durante la batalla de Austerlitz las habían pasado tan canutas los multicolores jinetes egipcios del ejército imperial.
Imaginen tanta gente o más que durante las campanadas de fin de año, pero en vez de uvas y espumoso con tiros, caballos, coraceros, mamelucos, gente enloquecida con las manos convertidas en garras, sablazos, mutilaciones, navajazos, mondongos desparramados y más sangre cubriéndolo todo que confeti. La Puerta del Sol…

Aquella mañana de mayo los españoles lo que hicimos fue decirle al que mandaba en el Mundo, al jefe del cotarro, al poderoso Napoleón, que allí no podía hacer lo que quisiera y que de aquellas maneras, menos todavía.
Éramos la atrasada y embrutecida España, vieja pisoteada y despreciada por todas las naciones europeas, sumida en su caos propio y particular, maltratada por ella misma, ahogada por su propia estupidez. Pero que no permitía, como nunca había permitido, que viniesen de fuera a ponernos un pie en el pescuezo y a obligarnos a hacer lo que no queríamos hacer.

La España que se unió contra el invasor aquella mañana del mes de mayo salvó el honor a base de navajazos. Y hasta el mismo Napoleón tuvo que reconocerlo.

Ni todos los Wellintongs juntos del mundo le daban tanto miedo y pavor a los generales y soldados franceses, como miedo les daba escuchar el sonido metálico de los siete muelles -¡crakcrakcrak!- de una navaja española mientras su dueño la abría con calma.

Por eso doscientos y seis años después de que, a ésta misma hora poco más o menos, Daoíz y Velarde, junto a un puñado de soldados, paisanos y un par de cañones, rechazaban heroicamente, defendiendo el Parque de Artillería de Monteleón, los asaltos de las invencibles columnas de ataque imperiales, mientras daban cañonazos, mosquetazos y luchaban, morían y por encima de los disparos y los cañonazos y los otros mil gritos que llenaban el aire, sus voces roncas y rotas atronaban en un sólo grito unánime.
Uno que quiero gritar junto a ellos -porque me llena el alma de orgullo poder hacerlo- mientras me acerco al cañón caliente y humeante, aprieto los dientes y encaro el mosquete contra los franceses que se acercan:
¡¡¡ VIVA ESPAÑA!!!


© A.Villegas Glez. 2012



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