jueves, 9 de agosto de 2012

LAS ISLAS DE LA ESPECIERÍA

En aquel tiempo éramos solamente unos críos, unos mozalbetes sin cuajar que se habían embarcado, casi a lo loco, en aquella peligrosa empresa.
Uno era de familia pudiente y buscaba aventuras, gloria y ampliar sus ya extensos conocimientos, y el otro -o sea yo- que era más pobre que una rata de sentina y que tan sólo buscaba alejarme de mi mísera condición y encontrar, en las tierras ignotas de las que hablaban los marinos, una oportunidad para enriquecerme.
El uno y el otro congeniamos como hermanos desde el principio y gracias a la nobleza y la paciencia- sobre todo esto último- del que ya fue para siempre mi amigo, este servidor de vuestras mercedes puede contarles lo que sucedió, puesto que él fue quién me enseñó los secretos de estos veinticuatro signos que juntos forman el más hermoso idioma que vieron y que verán los siglos.
Aunque si quieren leer, mucho mejor expresado, contado y descrito todo lo que vivimos durante aquellos días, no duden en leerle a él y no a mí, que no soy más que un simple marinero.
Se llamaba Andrés de Urdaneta y cuando embarcamos en la expedición contábamos la misma edad y éramos tan sólo dos imberbes mozos que no asustaban ni a las viejas.

Nuestro Señor el Emperador andaba de tiras y de aflojas con nuestros vecinos portugueses a cuenta de la posesión de las llamadas: Islas de la Especiería, en las que el clavo, la pimienta, la canela y la nuez moscada crecían por todas partes como los cardos en Castilla. Y todas aquellas especias costaban en la vieja Europa a riñón y medio la arroba, o más.
Por eso el Emperador había financiado la expedición que contaba con seis Naos y un patache, con quinientos hombres de dotación y comandados por Frey García de Loaysa, llevando de Segundo a Juan Sebastián Elcano, que estaba que trinaba de indignación, el pobre y con hombres como Francisco de Hoces y muchos otros valientes marinos que habían estado en la primera expedición que consiguió circunnavegar el globo terráqueo.
Hasta el famoso Rodrigo de Triana, que siempre andaba soltando demonios por la boca cuando alguien le nombraba al Almirante Colón, nos acompañaba en la aventura.
Nada podía salir mal… O eso creía yo.
Porque las cosas empezaron a torcerse desde el primer momento.

Zarpamos desde La Coruña el día veinticuatro de julio del año mil quinientos y veinticinco, con rumbo Sur, directos a la isla de La Gomera, que era el primer punto previsto para el reabastecimiento y las reparaciones que fuesen necesarias.
Durante aquellas noches, Elcano nos contó, alrededor de las fogatas del campamento, lo terrorífico y mortal que resultaba el temible Estrecho al que nos íbamos a enfrentar en breve. La Tierra de las Tormentas Eternas la llamaba. 
Sin embargo, para todo aquello aún faltaba todavía mucho, mucho tiempo.
Porque al poco de abandonar la isla canaria nos agarró de las pelotas -o de los aparejos- un temporal de los que hacían temblar al más cuajado, tan grande fue la tormenta que la Nao Capitana abordó a su compañera la "Santa María del Parral" y le hizo tanto daño y destrozo que no nos quedó más remedio que buscar en dónde atracar, guarecernos y descansar. O eso pretendíamos, porque tardamos un mes y pico en poder hacerlo.

El mar nos zarandeó y nos llevó de aquí para allá, de arriba a abajo, de izquierda a derecha, elevándose las naves hasta las crestas de las enormes olas para luego caer de golpe, como al abismo, con todos nosotros dentro gritando de miedo y sin dejar los vientos que nos acercásemos a la costa. Y así estuvimos hasta que Dios se apiadó de nosotros y nos permitió llegar hasta una isla que bautizamos de San Mateo.
Allí nos lamimos las heridas, recogimos comida, agua y nuestro Capitán, Loaysa repartió un poco de justicia entre los primeros hombres que habían intentado un conato de sedición que fueron colgados reglamentariamente.

En el mes de octubre estábamos de nuevo en la mar, navegando directos hacia nuestro objetivo, maravillándonos con los peces que volaban y con las enormes ballenas que surgían de improviso desde el fondo del océano lanzando gigantescos chorros de agua al aire. Fue durante aquellos días, entre guardias, limpieza de cubiertas y escaladas a la cima de los palos, cuando mi amigo Andrés me enseñó a escribir.
Para cuándo conseguimos alcanzar las costas del Brasil el mar nos maltrató y nos zarandeó sin compasión de nuevo, pues el mar no entiende de esas cosas. Con la tormenta la Nao Capitana se perdió y los demás nos desbandamos.

Una vez reunidos después de pelear contra el viento y las olas, surgió una agria discusión entre Juan Sebastián Elcano, que quería ir en busca de la perdida nao "Victoria" y de Loaysa, contra la opinión del Piloto de la "San Gabriel", que decía que debían estar todos muertos y que de nada serviría aventurarse en su busca, que había que seguir la ruta establecida y que el vivo al bollo y el muerto al hoyo, o al fondo en aquel caso.

Se decidió ir en su busca pero no tuvimos suerte alguna, pues parecía que el mar se los había tragado a todos y por eso, cabizbajos por la casi segura muerte de nuestros compañeros, decidimos seguir el rumbo al Sur y en la punta que llamaban de Santa Cruz, que estaba pasado el Río de la Plata, dejamos enterrada en una olla, bajo un crucifijo enorme tallado para la ocasión, las indicaciones para poder encontrarnos en el caso de que nuestros camaradas perdidos siguiesen con vida:

- “En el Puerto de las Sardinas os esperamos, camaradas”- o algo así decía la nota.

Era el mes de enero del año mil quinientos veintiséis, cuándo por fin estábamos entrando en el temido Estrecho del que nos había hablado Juan Sebastián, llamado de Magallanes en honor del portugués al servicio de España que era quién mandaba la expedición que lo había pasado por vez primera y en el que las olas eran más altas que los palos de los barcos y el viento rugía bramando que iba a devorarnos vivos a todos.
Elcano, cosa normal y natural en mitad de un territorio desconocido y lleno de entrantes y de salientes, con acantilados que cortaban el aliento y golpes de mar que te hacían estremecer, se equivocó el hombre de ruta y nos metió -esto lo supimos después- en una ría sin salida.

Y para no variar la costumbre otro temporal nos agarró de las quillas, revolviendo las sentinas y arrojándonos contra las afiladas rocas. La "Espíritu Santo" fue a encallar contra las piedras crujiendo como un barril a pique de reventar, la tripulación, agrupada en la popa y a punto de perecer todos ahogados pedía auxilio a voces, tan altas, que se podían oír por encima del oleaje.
Entonces, con dos cojones, Juan Sebastián Elcano organiza el rescate de los hombres que permanecían sobre el casco de la nao que se agrietaba por momentos, algunos de los tripulantes que se habían arrojado a las embravecidas aguas se ahogaron, otros alcanzaron la orilla agotados pero a salvo.
Toda la noche estuvimos intentando salvar la nao pero fue imposible, el mar quería su ración de madera, cuerda, hierro y carne y se la tragó entera sin más discusión, que para algo es el mar y nosotros simples mortales.
Les juro que yo no había rezado tanto en toda mi vida como recé allí, sobre las débiles tablas de una mísera nao en mitad del mar enfurecido. 
Te sientes tan insignificante como una mosca y comprendes entonces la grandiosa obra que había hecho El Señor. Te maravillabas, acojonado y empapado, pero te maravillabas.

Después de la tormenta y el rescate, el cántabro le encargó a mi buen amigo Urdaneta que fuese en busca de los supervivientes que habían logrado llegar a tierra. Yo no pude acompañarle aunque me hubiese encantado, pero era de los pocos a bordo que sabía manejar los cañones, no sé si les había dicho que yo era de naturaleza curiosa y despierta, pensaba, no sin razón, que en el mundo no hay nada mejor que aprender cosas, así que por mis conocimientos en la artillería me quedé a bordo. Y fue casi mejor, porque mi amigo regresó achicharrado de los pies a la cabeza, con ampollas como amapolas por todo el cuerpo y dolorido, sediento y exhausto, tras haber soportado mil calamidades durante aquellos pocos días. Por poco muere el pobre, abrasado por el sol, sin embargo, había encontrado a los náufragos y los había traído de regreso.
Parecía que por fin Dios se ponía de nuestro lado, porque al día siguiente de regresar mi amigo, aparecieron entre la bruma de la mañana las naos: "Victoria" y "San Gabriel" que creíamos la una perdida y la otra desertada y la alegría de reencontrarnos fue tan grande que resultó un bálsamo que curó todas nuestras heridas. Nos arrodillamos sobre las cubiertas y dimos gracias a la Virgen del Carmen por tan feliz reencuentro.

Luego intentamos cruzar de nuevo el Estrecho…
Sin éxito pues terribles tempestades nos azotaron.
La "Anunciada" quedó convertida en un corcho que la mar manejaba a su antojo -ahora te acerco a los bajíos, ahora te alejo de ellos- con toda la tripulación a popa rezando aterrorizada o intentando desesperadamente largar el bote sin poder conseguirlo.
Entonces va Juan Sebastián Elcano, viejo cántabro bravo y valeroso, y se encarama al castillo de popa de su barco y se pone a decirles a voces a los hombres de la "Anunciada" de todo menos guapos y los avergüenza tanto con sus palabras que aquellos hombres reaccionan, agarran los cabos, tensan el velamen, aferran el timón y las bombas de achique y la nao se salva.
Gracias a Dios, ( y a Juan Sebastián)

Algunos marineros ya habían bautizado la expedición como: “La Tormentosa”… ¡Y qué razón llevaban!
En el Cabo de las Mil Vírgenes, que yo no sé por qué se llamaría así, si allí virgen no había más que el cielo, nos reencontramos de nuevo toda la expedición, o casi, y volvimos a respirar aliviados y a hincamos de rodillas sobre las cubiertas para dar gracias por seguir vivos. 
Aunque la verdad es que todos no estábamos, la "San Lesmes" con Francisco de Hoces al timón había seguido luchando contra la tormenta, nao arriba de las olas, nao abajo, como si la mano del mismo Dios Neptuno estuviese jugando con ellos, hasta que lograron pasar y fueron los primeros en hacerlo, ¡con dos huevos y es de justicia recordarlo!, los primeros en navegar por aquel paso, que se bautizó desde entonces como: Paso de Hoces…
Aunque creo que ahora no se le conoce ya por este nombre sino por el de un tal Drake o algo así, que pasó por allí mismo mucho tiempo después, pero fue, es y será por siempre jamás, el Paso de Hoces entre el Atlántico y el Pacífico.
Y que canten misa los herejes en latín y que se jodan.

La flota había navegado cada cual a su avío desperdigada por los temporales del terrorífico Estrecho. Hoces había pasado pero los demás no.
Elcano, refugiado en una rada, se reunió con el Piloto de la "San Gabriel" que le informa de que la Capitana se había perdido embarrancada contra las piedras y que la tripulación de su barco, con su Capitán Acuña el primero, se volvían a España porque estaban hartos de temporales, de miserias y de navegar como peonzas por aquellas aguas malditas.

Impasible al desaliento Juan Sebastián nos ordena ir en busca de la Nao Capitana, a la que encontramos tumbada de costado sobre un banco de arena y con la gente de dentro rezando mucho y gritando de júbilo cuando nos vieron llegar.

Pese a todo lo que habíamos pasado juntos y llenándose de vergüenza, las naos: "Anunciada", del Capitán Vera y la "San Gabriel" del Capitán Acuña, desertan, tomando cada una de ellas distintos caminos pero los dos con rumbo directo a España.
Según me contó después mi amigo Andrés, que estuvo presente en las discusiones, los capitanes desertores ni atendieron a ruegos ni a razones pues se encontraban los dos con el alma abatida y la salud quebrada. Eso lo dice mi amigo que es muy fino, yo digo que ambos se acojonaron y no quisieron seguir adelante.
Los demás que íbamos quedando en la expedición teníamos la misma desesperanza y la misma hambre, allí en mitad de aquel Estrecho que pretendía devorarnos a todos, pero como buenos españoles y acostumbrados a fatigas sin cuento desde la cuna, nos dedicamos a reparar las naves y a reunir agua y comida para seguir adelante. Ninguno queríamos cejar en nuestro empeño ni que nos recordasen como a unos desertores y unos cobardes.

El paso del Estrecho de Magallanes resulta una terrible experiencia para cualquier marino y para “La Tormentosa” no lo fue menos, por supuesto. En el mes de abril estábamos pasando la punta que llamamos: “De las Nieves”, puesto que se distinguían contra el horizonte unas altas cumbres nevadas que mezclaban el azul luminoso de sus cimas con el azul oscuro del mar.

Siguiendo la costumbre, en mayo, otro temporal nos obligó a refugiarnos en el llamado Puerto de San Juan, allí desembarcamos, montamos el campamento y una helada -como yo jamás había visto helar- casi consigue dejarnos tiesos a todos nosotros, congelados como a bacalaos, porque el mundo entero se había convertido en frío y en nieve.
Tuvimos que aprovechar una de las calmas entre los ventisqueros para poder abandonar aquel lugar helado y maldito en el que se habían quedado para siempre algunos camaradas, convertidos en estatuas heladas de mirada perdida clavada en el infinito.

El día veintiséis de mayo, lo recuerdo porque yo cumplía años al siguiente, logramos por fin salir del Estrecho. Habíamos tardado cuarenta y ocho días en poder hacerlo.
Casi dos meses de calamidades, de tormentas terroríficas y de olas enormes que se tragaban el barco y a los que íbamos dentro.
Nuestro calvario sin embargo no había terminado.
Creyéndonos a salvo una vez en aquel Mar del Sur tan famoso por ser tranquilo y pacífico, va y nos agarra una tormenta de mil pares de aparejos, para que no perdiésemos la costumbre, supongo. Una tormenta muy parecida a los huracanes que asolaban Cuba y el Caribe y de los que yo había oído relatos espeluznantes.
Aquello significó nuestra puntilla, la expedición se deshizo y cada cual tiró hacia dónde pudo o hacia dónde el viento le llevó.
A la "San Lesmes" se la vio por última vez montada sobre las olas, perdido el palo mayor y con el velamen hecho jirones. En los puertos se cuenta la historia de que lograron llegar hasta Tahití y allí los supervivientes acabaron sus días viviendo como marqueses, entre nativas de ensueño y vida regalada. 
Al patache "Santiago" también lo perdimos de vista para siempre y de la nao "Santa María del Parral" no supimos más que se la habían tragado las olas.
Nos habíamos quedado solos los de la "Victoria". 

Solos y perdidos en mitad del Océano más grande del mundo.
Reventaban las tablazones y estallaban los arreglos y las reparaciones que hacíamos, entraba tanta agua que las bombas apenas nos lograban mantener a flote, sin víveres y sin agua nos enfrentábamos a nuestro terrible final. 
La enfermedad de las encías sangrantes empezó a pasar lista cada día, llevándose su cupo de muertos diario. Los primeros en caer fueron el piloto y el Contador, después el Capitán Loaysa, al que sustituyó en el mando Juan Sebastián Elcano, que estaba muy enfermo y aquí entre nosotros yo creo que aguantó más tiempo con vida solamente por la cabezonería de ver morirse primero al otro.
El caso es que la diñaron los dos con pocos días de intervalo.

Alonso de Salazar los sustituyó, pero no duró mucho tiempo porque los dientes se le caían y las encías se le hinchaban por momentos. Despidió, eso sí, a sus antecesores con un entierro en alta mar en la que nos faltó solamente la banda de pífanos y tambores del mismísimo Emperador. Todos lloramos como niños aquella mañana cuando dijimos adiós a tan grandes hombres, marinos, hidalgos y españoles.

Llegamos luego hasta unas islas desconocidas a las que no pudimos acercarnos por culpa de las malas corrientes, así que nos dirigimos a las Marianas -que sí conocíamos- y en dónde recibimos una inesperada sorpresa.
Allí, perdido de la mano de Dios, nos encontramos a un gallego que cuando nos vio aparecer fue como si hubiese visto al mismo Apóstol Santiago. Llevaba el hombre en aquellas tierras casi cinco años -contaba- desde que había desertado del barco de Espinosa, desertado este a su vez de la Expedición que había mandado Magallanes.
Alonso de Vigo se llamaba y nos salvó la vida a todos porque gracias a su intercesión, los indígenas nos dieron de comer, de beber y madera con la que reparar nuestros barcos. Gracias a su hospitalidad pudimos zarpar de nuevo, con fuerzas restablecidas, el diez de septiembre.
Las Islas de la Especiería estaban ya a dos pasos.

En Mindanao tuvimos algunas escaramuzas con los filipinos y hubo luchas y rencillas por el liderazgo de la expedición, aunque sin hacer sangre, pese a las tensiones entre un bando y otro, cosa esta muy natural entre españoles. Un tal Martín Íñiguez se hizo cargo de la capitanía y todos nos pusimos bajo sus ordenes, hasta su contrincante y rival, que esto demuestra que no hay diferencia que no se pueda resolver cuando tienes a los enemigos deseando rebanarte el pescuezo y que tan sólo ésta razón y no otra, es la que en muchas ocasiones había hecho que los españoles estuviésemos unidos y no separados.
Después de muchos nuevos avatares, aventuras y como no, tempestades, llegamos por fin a la Isla de Tidore, que pertenece a las Molucas, era el primero de enero del año mil quinientos veintisiete.

A los portugueses no les hizo ni pizca de gracia vernos aparecer.
Y menos gracia les hizo todavía cuando los pocos y cansados españoles que tripulábamos la"Victoria", rechazamos todos sus intentos de abordaje y de plantar su artillería en las playas. 
Pero éramos muy pocos, eso sí cabezones como ninguno. Porque cuando cañonearon a la pobrecita "Victoria", que tanto había sufrido y la hicieron pedazos, con sus tablazones rotas alzamos un Fuerte y de allí no hubo portugués que pudiese echarnos.
En aquel pequeño fortín fabricado de tablas de navío, ciento veinte españoles resistimos todos los envites y todos los intentos de engaño del enemigo.
Hasta que en el año mil quinientos y veintiocho, año y pico después, arribó en la isla la solitaria nave, "Florida", que llegaba rota y desmadejada por la travesía y eso que se suponía que venía a rescatarnos.

Después llegaría el final, brusco, triste y sucio para tan valientes hombres. Les contaré solamente que los veinticuatro supervivientes de aquella aventura, tras mil y una calamidades, llegamos repatriados, vía Lisboa, en el año mil quinientos treinta y seis. Habían pasado once años desde que salimos de La Coruña.

Como pueden imaginar ni mi amigo Andrés de Urdaneta ni yo éramos ya los imberbes chiquillos que nos habíamos embarcado en la mayor expedición patrocinada por la nación más valiente e intrépida del planeta.
Y como podrán imaginar vuestras mercedes aquella no fue la última vez que ambos nos embarcamos en las gloriosas naves de la Corona de España…
Pero todo eso es ya otra historia...

Lope del Albayzín. En Granada, Año del Señor de 1566.

A. Villegas Glez. 2012


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