miércoles, 9 de marzo de 2016

EL BLOCAO II

El destartalado camión levanta una inmensa polvareda sobre la pista de tierra que comunica la línea de posiciones españolas. 
Vamos a toda máquina y directos hacia el blocao y los camaradas que nos aguardan.

La cabila de Beni Musa se había sublevado.
Aquellas cosas sucedían de cuando en cuando por culpa de algún caíd envidioso o de algún fanático que llegaba a los aduares predicando la guerra santa contra los infieles, o sea, contra nosotros.

Durante todo el trayecto habíamos visto partidas armadas que, sin duda, iban camino del cónclave de cabilas que estas suelen celebrar cuando tienen que decidir sobre asuntos importantes. C
ada cabila resolvería si se unía o no a la revuelta. 
Los rifeños suelen discutir mucho antes de decidirse a atacar las posiciones españolas, no es que nos teman demasiado pero sí que tienen muy en cuenta el posible botín que pueden conseguir en la razia. 
Si no les satisface o el peligro es demasiado grande regresan tan panchos a sus hogares y a la lealtad a España. Pero si la cosa les conviene atacan con valor inaudito y saña extrema, buscando sacar el mayor beneficio posible y, de paso, ajustar viejas cuentas con los que tengan contraída alguna deuda de honor, que en el Rif ni se olvidan ni se perdonan nunca.
Aquel Capitán arrogante que ha deshonrado el hogar familiar o el soldadito que se quiere tirar a la morita, casi una niña, mientras el abuelo, en silencio, afila con paciencia su gumía.
Incontables despropósitos y humillaciones que soportan los rifeños por parte de algunos de nuestros oficiales, suboficiales o soldados.
Que en la bajeza ya se sabe que no existe más grado ni altura que la de los talones de cada cual.

Por 
desgracia durante nuestra corta estancia en Melilla se había armado el berenjenal moruno y en el blocao de mando -la posición C- nos contaron que el ataque contra Drius había sido muy bien organizado y ejecutado.
Se temía que la rebelión se extendiese por toda la región.

- ¡Dígale a Gámez que defienda aquello hasta el último hombre...! - le gritó el Comandante al Alférez mientras éste, más tieso que el palo de la bandera, contestaba con el reglamentario:

- “¡A sus órdenes…!”

El camión
 vuela a todo gas y el sol del mediodía calienta fuerte.
Vamos en la caja agarrándonos lo mejor que podemos, muy pendientes de no caernos por culpa de alguno de los muchos botes y saltos que damos y, mucho más atentos todavía, a cada piedra, chumbera y matojo del camino.

El corazón bombea la sangre acelerada y caliente, tengo tan rígidos los músculos que puedo sentir los tendones tensos y vibrantes como las cuerdas de una guitarra, porque aquello es el Rif y una rebelión de las cabilas, por pequeña que sea, es siempre una promesa de pelea dura y una garantía de muerte.

De repente, como surgidos desde la tierra reseca y recocida, aparece a nuestro lado una numerosa y mal encarada cuadrilla de moros a caballo. 
Chilabas y turbantes que galopan paralelos al camión.
El Berliot rueda a toda velocidad con la transmisión chirriando tanto que da grima oírla y a pique de que, con algún chasquido, se salga un eje y nos matemos todos.
Pero el viejo Suboficial, impertérrito, pisa el acelerador a fondo sin quitar el ojo a los jinetes que nos escoltan.

¡Siusssssssssss...! ¡siiiiiussssssssss!
¡siiiiiiussssssss...!
¡Ploong, plang, pliiinggg...!

Tres balas pasan altas pero otras tres se clavan contra la chapa del camión.
Una en el nervio de la ventanilla provocando que salte el cristal hecho añicos.

Por encima del escándalo del motor y del estruendo de las piedras golpeando los bajos, suenan igual que el granizo contra una chapa, oigo gritar al Búho:

-¡Pelayooo...! ¡Mételes candela, coño…!

Disparar sobre blancos en movimiento no resulta nada sencillo. Los rifeños, sin embargo, si que son verdaderos expertos en el difícil arte de disparar mientras cabalgan. 

Y lo demuestran rociando de balas nuestro camión.

Les grito a los camaradas que estén atentos y preparados para que, a mi orden, disparen todos a la vez y justo delante de los caballos. 
De aquella manera -pienso- lograré frenar la cabalgada y tendré una una oportunidad.
Me tumbo en una caja apoyando el fusil sobre un saco de garbanzos. El camión pega unos tumbos horrorosos y apenas puedo mantener la mira, pero aquellos rifeños merecen una respuesta a su arrogancia.

Aprieto los dientes, sujeto bien firme el máuser y apunto al caballo de uno de los moros que me parece, por su actitud, el cabecilla del grupo.
A duras penas consigo acompasar mi respiración con los bandazos pero pongo toda mi atención y todo mi empeño en la mira, en mi objetivo. 
No quiero fallar por nada del mundo.

Cuando grito: ¡fuego...!, los ojos verdes de Cecilia Almonte inundan mis sentidos. 
Mi cabeza, siempre soñadora, no deja de repetirme que quizás, si atino aquel disparo, pueda contemplar otra vez aquellas dos esmeraldas que me habían enamorado hasta el tuétano de los huesos.

La descarga cerrada da en tierra delante mismo de los caballos enemigos que, 
espantados, frenan al instante su marcha, lo justo para que, el que es mi objetivo, chilaba gris y turbante blanco, se vea obligado a hacer un violento quiebro con la montura.
Aprieto el disparador suavemente y, casi antes de sentir el tiro, veo que mi enemigo cae hacia atrás con los brazos en cruz.
Los otros rifeños, doloridos y rabiosos, nos regalan unas pocas descargas chillando enloquecidos y haciendo gestos obscenos y aspavientos con las manos. 
Definitivamente -pienso- el de la chilaba gris era el jefe.

Nos perdemos entre la polvareda y me quedo mirando aquel bulto inmóvil y desmadejado que ha quedado tirado sobre el polvo marroquí y al que olisquea, como queriendo despertar, el pobre caballo.
Una riada de orgullo inunda mi corazón, no por el hecho de haber matado a aquel hombre, sino por haber acertado.
Satisfecho, seguro, invencible y tan feliz como si estuviese ante la hija del Comandante General.

- ¡Olé tus huevos compadre...!- los camaradas me palmean la espalda riendo y bromeando. 


- ¡Vaya tiro “las dao"...! 

Y en el aire rifeño nuestras risas nerviosas y casi infantiles, aquel incidente es solamente el primer aviso de que la rebelión va muy, pero que muy en serio, logran que olvidemos por un instante que estamos todos a dos pasos de la tumba.

Segundos después las risas enmudecen de golpe.

-¡Callaros, callaros...!

-¿Qué pasa, qué pasa...?

- ¿Éso que se escucha…? ¿No son tiros...?

El Sargento también los ha oído y el camión frena su carrera hasta casi detenerse. 

Por encima del ronroneo del motor y en la dirección en la que se encuentra nuestro blocao se escuchan, en terrorífica cadencia, las descargas de la fusilería -¡pam, pam, pam...!- ahogadas cada pocos instantes por el rotundo-¡Bauuumm!- del cañón del siete y medio que defiende el flanco del sur.

El Búho nos ordena descender del camión y nos forma en una fila. 

En dos segundos ha asignado a los camaradas la misión de vigilar el camión y la carga.
De una mirada, los ojos del veterano relumbran como dos faros, me ordena que le acompañe. 

Estamos a unos dos kilómetros del blocao y nos movemos hasta una loma cercana para poder ver qué es lo que está sucediendo. 
Aunque todos sabemos de sobra lo que pasa. 
A medida que nos acercamos a la cresta los gritos de guerra de los moros se distinguen con escalofriante claridad.

La posición está rodeada de numerosos grupos de rifeños que saltan entre las piedras y los matojos, hay varios cuerpos acribillados y enredados en el alambre de espino. 
Justo cuando nos asomamos un cañonazo, el Schneider del siete y medio, destroza a un grupo de moros que estaba al descubierto. 
Los sacos terreros de la posición vomitan una constante y precisa lluvia de balas.
Los camaradas combaten a pie firme. 


Noventa soldaditos contra cientos y cientos de cabileños. Porque desde cada monte, peña y barranca surgen, como nacidos de las chumberas, rifeños armados que se unen a la fiesta.
Todo el campo que rodea el blocao se ha convertido en un mar de chilabas, de bocas vociferantes y de gumías curvas sedientas de sangre.

- ¡Santa María Virgen Bendita...!- exclama el Alférez

- ¡Amén...! -replica el Búho- ... Habrá que bajar hasta allí, mi alférez… Ésa "máquina" que traemos...

Al alférez Chacón le tiemblan los prismáticos entre las manos:

- ¡Claro, la ametralladora apuntada a la puerta vendría de maravilla…


- Así es... - el Búho mira y remira a su oficial con impaciencia.

- ¿Y cree usted, mi sargento, que si nos metemos en mitad de todo ése desparrame acabaremos dentro de la posición...?- el oficial pregunta incrédulo.

-¡Así es…!

- No conseguiremos llegar y se quedarán los moros con todo el material. Moriremos en el intento, González...

- Eso también pasará aquí, mi alférez, o sea, que mejor adentro que afuera.

- ¡Ummmmm…!- el oficial duda, indeciso.

- Ni ummmm ni pollas en vinagre… ¡Vamos “padentro”!

El Búho, desabrido, echa a caminar, hacia el camión. 


-¡Pelayo conmigo! -me grita.

A duras penas puedo seguir al viejo que se mueve por entre los pedregales rifeños igual que una cabra. 
Camina rápido y refunfuñando entre dientes algo sobre aquellos "señoritos de mierda".

A los pocos pasos miro hacia donde está el oficial. 

El alférez se ha puesto en pie y suspira muy profundamente, guarda los prismáticos en su funda con mucha parsimonia, enciende flemático un cigarrillo y después echa a caminar hacia nosotros. 
No me da la impresión de que sea un cobarde, quizá sí de que sabe perfectamente que, de aquel infecto agujero, no saldrá jamás. 
Una cosa, por cierto, que sabemos todos desde el mismo momento en el que nos desplegaron en aquellas posiciones pequeñas, indefendibles, y mal abastecidas que son los blocaos.

Los bultos de la caja los colocamos a modo de parapeto, así podremos contar con una pequeña protección desde la que también podamos disparar nosotros. 
Que falta nos va a hacer... 

El Búho conduce y a su lado el alférez armado con su Astra, le protege.
Confiamos en que la sorpresa nos conceda un margen de espacio y de tiempo suficientes antes de que, la inmensa jauría de moros que rodea el blocao, nos vea y se arroje contra nosotros. 

Los primeros metros estamos ocultos de la vista del enemigo, pero luego, al encrestar la loma nos vemos en medio del mar de rifeños y lanzados a toda mecha hacia la puerta de la posición.

El corazón me palpita tan fuerte que retumba la caja torácica como si tuviese dentro mil tambores batiendo a funeral.

Unos inmensos ojos verdes inundan mi alma.

De repente el Sargento González grita: ¡Santiago!, y pisa el acelerador a fondo. 
A través de las ventanillas traseras veo que, en una de sus manos, el viejo se ha enredado un desgastado Rosario y que, con los dientes apretados, reza.

¡TUMP!, ¡TUMP!, ¡TUMP!, hacen los cuerpos de los rifeños que el camión arrolla a su paso. 

Las balas vuelan por todas partes y los jinetes enemigos logran acercarse hasta el borde mismo de la caja intentando meterse dentro y degollarnos a todos.
Hay centenares de cabileños corriendo desesperados detrás del camión sin importarles un ápice ver como salen despedidos los cuerpos de los desgraciados que arrollamos.

Si el camión se detiene nos destrozan como caribes, pienso feroz sin dejar de meter peines y más peines en el fusil, luego disparo y recargo y disparo otra vez como si fuese un autómata. 

De vez en cuando miro en dirección a la puerta que parece unas veces acercarse vertiginosamente y otras, las más, alejarse inalcanzable.

Los moros han dejado de lado el blocao para cebarse con aquel camión repleto de abastecimientos, pero el Búho, impávido, arrolla todo lo que se le pone por delante y el viejo Berliot se está portando como un jabato, a pesar de que del radiador sale un inquietante vapor blancuzco y la suspensión chilla más dolorida que nunca.

Unos cincuenta metros antes de alcanzar la puerta, matan al valenciano. 

Veo que se echa las manos a la cara ensangrentada, trastabilla dos pasos y cae del camión para rodar unos cientos de metros. 
La turba de cabileños que nos persigue desnuda y saquea su cadáver en un decir Jesús. 
Su anciana madre jamás volverá a verlo.
Poco después le aciertan a Eulogio, que se queda tirado sobre la caja que contiene la ametralladora con los ojos como platos y la sangre empapando la madera y el cartelón que reza: “Metralleuse Hotchkis”. 

Su amigo y paisano al verlo morir queda aterrorizado, encogido entre dos cajas y llorando a moco tendido.
Pedro sigue disparando sin atender más que a su fusil y al rifeño al que apunta. Valiente leonés al que no derriba ni la coz de una mula.

De improviso, a tres metros de la puerta, se parte un eje -¡Crackkk!- y casi volcamos.

Pero el Búho, que es un magnífico conductor, logra con mucha pericia y mucha suerte que el coletazo no nos mande, dando vueltas de campana, hacia el barranco y la muerte, y sí, de milagro, dentro de la posición en la que los camaradas nos reciben agitando los brazos y gritando: ¡vivas! y ¡olés!

Me falta el aliento, el hombro me duele a horrores y en la rodilla izquierda, que una caja se ha encargado de aplastar, prefiero ni pensar.
Pedro está bien y Lucas sigue encogido entre los bultos llorando y mirando, aún incrédulo, el cuerpo muerto de su amigo.
Como puedo me acerco hasta el cadáver y le cierro los ojos al muchacho cuya sangre, todavía fresca, empapa la caja del camión.

Al mismo tiempo el teniente Gámez, con los ojos desorbitados, llega al lado del vehículo:

- ¡Chacón, Chacón...! -grita- ¿dónde coño está el alférez...?

El Búho sale de la cabina, parece que haya envejecido diez años y su expresión es más aterradora que nunca.

Se cuadra muy tieso delante del oficial y saluda marcial, tiene una pequeña herida en el hombro izquierdo que gotea lentamente sobre la guerrera sucia y desgastada.

- ¡Novedades durante el servicio mi Teniente...! -grita a pleno pulmón- un oficial y dos soldados muertos, los demás heridos leves. 

Los avituallamientos y repuestos, sin novedad.

Gámez se acerca despacio y visiblemente afligido hasta la portezuela del camión, la abre y
el cuerpo sin vida del Alférez Chacón resbala lentamente hasta el suelo dejando manchado de sangre el cuero del asiento.
El cadáver tiene dos balazos mortales, uno en la barriga y otro en el pecho.

Cuando veo el cuerpo comprendo aquel suspiro profundo, aquella mirada perdida y aquel cigarrillo encendido con parsimonia antes de subirse al camión y afrontar su destino.
Definitivamente aquel hombre no había ido nunca un cobarde, pues sabiendo de sobra lo que le esperaba lo había encarado 
con valor y frialdad.

- Le dieron el primer tiro muy pronto... -cuenta el Búho- el de la barriga, pero aguantó hasta el final sin quejas ni lamentos, hasta que le endiñaron el otro y se murió sin abrir la boca. 
Mire su pistolera, mi teniente, y verá que no le quedaba ni una bala.

El Búho contempla con mucho respeto el bulto ensangrentado que había sido su oficial.

- ¡Sus cojones...! -añade. 

El Alférez no es la única baja del blocao, el Teniente nos lo confirma con funestas palabras:

- Ya mismo todos acabaremos de la misma forma… Si no nos rendimos, claro…

El Búho clava los ojos en el oficial mirándolo de arriba a abajo y con mucho desprecio reflejado en los iris amarillentos. 

Da la impresión de que tiene mucha ganas de escupir a la cara de su teniente y, en cierta manera, lo hace:

- ¡Pues ahí tiene usted la puerta... Los demás no nos rendimos…!

Luego me ordena que le ayude a llevar el cuerpo del Alférez Chacón hasta su camastro.

Al salir de la tienda el Sargento lleva dibujada una dura expresión en el rostro, taciturna y lejana, como si no estuviese allí, me resulta extraño verle así, vulnerable. 
Mira el cielo, suspira muy hondo y en sus párpados aparecen dos gotas que, de inmediato, se secan bajo el sol africano.

Luego, en décimas de segundo, vuelve a ser el mismo de siempre.

"Mecagüenvuestrosmuertosinútiles"

Les grita a unos bisoños que asoman demasiado la cabeza por encima el parapeto.

- ¡Vamos Pelayo...!, vamos a montar esa "máquina" y a dar un poco de guerra antes de que nos acaben…

- ¡A tus órdenes, amigo!, ya sabes, mi sargento y ésas cosas…

- ¡No me toques los cojones…!

Entonces fui yo el que se quedó mirando
al cielo.
El aire seguía inundado por los gritos enardecidos del enemigo que se mezclaban con los quejidos y los lamentos de los moribundos. 
Me preguntaba si alguna vez volvería a ver aquellos ojos verdes que me habían hechizado y me prometí a mí mismo que haría todo lo posible porque así fuese.

Montamos el trípode y la Hotchkis frente a la puerta del blocao.


Atardecía y el sol rojizo competía con la sangre que salpicaba las piedras, los sacos terreros y la arena de aquel agujero que defendíamos y al que ni tan siquiera habíamos puesto nombre...





2


La ametralladora apuntada a la entrada había sido mano de Santo.

La valiente oleada de chilabas que se lanzó al ataque, nada más haberse repuesto de nuestra espectacular aparición, casi logra alcanzarla mientras el Búho y yo montábamos, a toda prisa, la ametralladora.

En el enorme peine brillaban las balas nuevecitas. Cobre y plomo para repartir entre la morisma.

El Sargento aprieta tanto las mandíbulas que, por encima del tableteo de la ametralladora y del chillerío de los moros, puedo oírle rechinando los dientes.
Diez o doce bultos pardos se han quedado tirados sobre el suelo o enredados en la alambrada, algunos heridos se arrastran hacia sus líneas intentando ponerse fuera del alcance de aquella terrorífica segadora. Muchos de sus aguerridos camaradas han retrocedido horrorizados tras ver a sus compañeros caer abatidos doblándose como navajas, pero muchos otros, audaces y temerarios, siguen con su empecinado asalto pues ya se ven dentro de la posición saqueándola a placer. 

En aquel momento el Teniente Gámez nos demuestra a todos, más que a nadie a su veterano Sargento, que no es el cobarde que todos pensamos que es...

Con su habitual tono arrogante reúne a veinte hombres y les ordena, con una cara de desquiciado que da pavor mirar, que calen las bayonetas y se preparen para morir. 
Agarra un fusil y le ordena al Sargento que cese el fuego de la ametralladora -el Búho había seguido barriendo la puerta sin inmutarse- y luego frío como un témpano se va derecho hacia la entrada de la posición y la enorme turba de moros que cierran contra ella alentados por el silencio de la Hotkins.

Flemático y con los veinte soldados detrás suyo esperando el momento en que un moro le pegase un tiro al puñetero teniente.
Luego, en un segundo en el que sin saber la razón todo cambia, el oficial se transmuta en una horripilante bestia salvaje.
Los ojos del teniente me parecen dos llamaradas infernales cuando le veo mirar hacia atrás, hacia los veinte soldados que le siguen, y gritar:

- ¡Al asalto mis valientes...! 
¡Viva Españaaaaaa!

Avanzan mucho más allá de la puerta de la posición, gritando como una manada de salvajes enloquecidos.
Tanto terror y sorpresa provocan que los rifeños huyen despavoridos, el que puede, claro, porque los veinte soldados siguen avanzando y avanzando detrás de su oficial, enardecidos, ensangrentados y sin dejar de dar bayonetazos.

Así continúan un buen rato logrando abrir una brecha sangrienta entre las filas rifeñas.
Casi alcanzan las primeras posiciones del enemigo que, pasada la sorpresa se rehace y comienza a devolver el fuego.
Ahora les toca replegarse a los nuestros.

Lo hacen en muy buen orden, disparando los fusiles por escuadras sin perder la cara al enemigo.
El Teniente va el último de todos, en retaguardia, le veo cada dos por tres ponerse rodilla en tierra y vaciar el máuser protegiendo a sus hombres.
Tira muy bien, no veo que falle ni una sola vez.

Sentado sobre el afuste de la ametralladora con las manos apoyadas en la culata y la barbilla sobre ellas, el Búho, que ha observado muy atento y en completo silencio la acción, rompe su mutismo y me dice:


- ¿Sabes Pelayo...?, mira que soy viejo pero algunas personas no dejan nunca de sorprenderme. 
¡Lo que son las cosas!, uno que te pensabas que no era más que un señorito cobarde y presuntuoso,pero resulta que no, que los tiene bien puestos…

- Míralo -dije- no deja de disparar protegiendo a los que traen heridos. Es un buen oficial.

El Búho me miró entonces como si yo acabase de cumplir tres añitos.


- Es un hijo de puta que se piensa mejor que nadie sólo por haber nacido en donde ha nacido… Pero hoy se ha ganado mi respeto... 

Al viejo Sargento parecía que decir aquello le doliese. 

- Un señorito valiente -dije.

- ¡Como tú…!, que también me sorprendes.

- ¿Yo...?

- Sí, tú… Nunca he podido entender por qué coño no llevas estrellas en la bocamanga…¡Vales más que todos ellos!

- Ya sabe, mi Sargento, que prefiero seguir como simple soldado...

- ¿Sabes Pelayo…?

- ¿Qué...?


- ¡Eres gilipollas…!

Sobre la ametralladora todavía caliente el viejo rostro de barba desaliñada, cien mil arrugas y ojos inteligentes estalla en una carcajada atronadora que provoca que miren hacia nosotros los soldados que hay apostados en el parapeto cercano.

Nos miran curiosos, sonrientes y preguntándose que de qué coño se estaría riendo el Búho.
Tuve que darle la razón a mi amigo y 
también reírme a carcajadas.
Definitivamente un servidor era de la clase gilipollas.

El atardecer cerraba sobre el Rif cuando entraron por la puerta los camaradas.

Regresaban todos, los veintiuno, aunque a cuatro los traían agarrados por los pies y los sobacos. 
A tres ya muertos, pero el cuarto todavía aullaba de dolor y de miedo mientras otro soldado apretaba, muy fuerte y con las dos manos, el muslo derecho del que manaba, a borbotones de un color rojo intenso, la sangre.

El Teniente viene con la guerrera desabotonada, empapado en sudor y con la sangre secándose en cuajarones contra la madera del fusil que aprieta entre las manos. Viene derecho hacia nosotros. 

Sin muchas ganas me cuadro como marca el reglamento, pero el Búho permanece sentado acariciando con cariño el metal pavonado y todavía caliente del cajón de mecanismos.

El oficial y el Búho se miran a los ojos durante un instante que parece eterno.
Luego el viejo mueve la cabeza como afirmándose algo a sí mismo, veo como se endurece, todavía más, su mandíbula y luego se levanta muy lentamente sin apartar la mirada de su oficial. Adopta la posición de firmes y extiende la mano derecha.

- ¡Con dos cojones mi Teniente...! - dice 


Y lo dice de verdad.

En los ojos de Gámez aparece un destello de agradecimiento que ilumina su mirada y la hace mucho más humana y cercana, aprieta la mano de su Sargento mientras la luna rifeña asoma entre las peñas y los matojos:

- ¡Gracias, muchas gracias Sargento González…!

Las manos se sueltan pero ambos siguen mirándose muy fijo y sin decir palabra durante otro buen rato. 

Permanezco en silencio observando una escena que me emociona y provoca que me sienta orgulloso de estar al lado de aquellos dos hombres.
Dos hombres que se dan la mano en mitad de ninguna parte.
Uno que había demostrado que no era lo que se pensaba de él, o si lo era, al menos le ponía valor al asunto en el que andaban metidos. El otro que reconocía sin rencores el valor de su oficial por el que solamente había sentido desprecio hasta aquella misma mañana.

- Organice la noche, turnos de dos horas en binomios. El resto de la tropa que coma y duerma, reparta la munición... Yo... Me voy a poner al día el Diario de Operaciones… Quiero que sepan caballeros que voy a proponerles para que reciban una condecoración...


El Teniente habla en un tono formal y castrense hasta que dice aquello de las medallas. 
Entonces su tono se vuelve demasiado amigable y azucarado.

No sé explicar la razón pero en aquel mismo instante un dolor intenso en la barriga, como si una trampa para osos me hubiese atrapado las tripas, hace que me falte el aire y que l
as palabras acudan irrefrenables desde el corazón hasta la boca:

- ¡Yo ya tengo mi Teniente…!, si me hace usted el favor solicite la mía a nombre del Alférez, de Vicente el valenciano o de Eulogio el de Villarrobledo y también para todos ésos que amontonamos detrás de la tienda enfermería…- la rabia me inunda y mi tono es cualquier cosa menos respetuoso.


- ¡La pediré para quién me salga de los cojones Sotomayor...!- el Teniente me mira de arriba a abajo con rabia contenida.

- Sí, mi Teniente... Pero cualquiera de ellos la merece mucho más que yo...- remato.

- ¿Usted tampoco quiere medallas Sargento...?- la irritación hace que la voz le tiemble.


El veterano Suboficial demora muy poco su respuesta.

- La mía puede usted pedirla a nombre de todo el Regimiento...

Tras escuchar aquello Gámez se marcha a su tienda, irritado, cabizbajo y con gesto mohíno, a medio camino le vemos ordenar, de muy malas maneras, a un soldado que está, como todos estamos, deshecho tras la pelea, que le lleve de inmediato algo de comer y de beber. 

La clase abusona ha regresado.

- ¡Será cabrón...! -me dice el Búho- nos suelta todo ese rollito de las medallas para intentar camelarnos y que nos ofrezcamos a ser sus testigos.

- ¿Testigos...?, ¿testigos de qué, viejo?

- ¡Pues de qué va a ser Pelayo!, joder amigo a veces pienso que tanto libro te ha dejado tonto del todo... 

Testigos de su heroica y valerosa acción digna de un oficial español, de su arrojado contraataque a la bayoneta contra el enemigo que asaltaba la posición… 
Seguro que ahora está redactando el informe, por supuesto, echándose muchas flores a sí mismo.

- ¿Tú crees...?, de todas maneras huevos le ha echado como el que más..

- Claro, nadie lo niega, pero es por el ansia, por la codicia, por el deseo y la ambición, ¿no lo comprendes?, ¿no has visto cómo mira la cruz ésa que luces...?

- No me había fijado…

- Pues ya te digo yo que sí, pero para que a un oficial le concedan una medalla necesita que varios testigos, preferiblemente de tropa, corroboren su historia. 

Un Sargento veterano y un soldado distinguido serán su mejor aval, por eso nos viene con el pastel de las condecoraciones, menciones, parabienes y gaitas gallegas... Para sobornarnos…

- ¡Será cabrón!

El Búho sonríe rascándose el cogote, me mira como si mirase a un pardillo y luego me ordena limpiar a conciencia la "máquina".


- Pon luego a su cargo a dos de los más "espabilaos" y una vez hecho te reúnes conmigo en la tienda para ayudarme a redactar nuestro propio informe a base de copazos de coñá. -me dice pícaro.

La noche se presenta muy larga y, a pesar del cansancio, de que las piernas apenas me sostienen, de que los brazos me pesan como tuberías de plomo y solo pienso en dormir, ésa noche me toca pasarla junto al Búho, de puesto de centinela en puesto de centinela.
Atento, vigilante, desconfiando del enemigo y de sus muchas argucias, como lleva haciendo el viejo toda su vida.

La luna está muy alta en el cielo pero parece tan cercana que casi puedes tocarla si extiendes la mano.
Los rifeños han prendido fogatas que, como luciérnagas de mal agüero, brillan alrededor de nuestra posición rodeándola por completo.
En la lejanía bailotea una la luz rojiza y amarillenta, algo se está quemando por allí y siendo aquello el Rif no puede ser otra cosa que la posición española rendida y muertos sus defensores.

Un escalofrío helado me recorre la espalda mientras dos deslumbrantes iris se clavan en mi corazón. 
La mirada intensa de Cecilia, sus ojos que hacían que me sintiese como un tonto enamorado.
Sus palabras antes de alejarse hacia su mesa, sus amigos y su mundo tan diferente del mío...

- ... A mí tampoco... -había dicho.

Estaba seguro de que no mentía, porque sus ojos me gritaron que la agarrase por la cintura y la besara. Me habían gritado, desde el fondo verde intenso de sus ojos, que prefería mil veces estar allí conmigo que con toda aquella panda de estirados que solo perseguían convertirse en el flamante yerno del Comandante General.
Todos aquellos imbéciles más pendientes del cargo de su progenitor que de sus tirabuzones rubios, su cuerpo de Diosa griega y sus espectaculares ojos como esmeraldas colombianas.

En mitad de la noche se oían las conversaciones del enemigo, las risas y las bromas. Pacientes, astutos y seguros de la victoria, comían sus dátiles y sus higos secos acuclillados alrededor del fuego, con "la fusila" entre las piernas tomando el té esperando estoicos que amaneciese para atacar de nuevo y pasarnos a todos a cuchillo.

Seguramente eran los mismos hombres que, pocos días antes nos miraban con odio en el zoco o mientras llenábamos la carricubas en el pozo, los mismos con los que quizá habías estado hablando amigablemente, bebiendo té o compartiendo el calor y la miseria de aquella tierra reseca y dura que tanto me recordaba a la mía.

Ahora habían decidido atacarnos, llevarse todo el botín que pudieran y cuando los rifeños decidían aquello, no conocían a nadie, les daba lo mismo si el enemigo éramos nosotros o cualquier otra cabila. 

Una vez metidos en harina los rifeños no cejaban nunca hasta vencer o morir.

Aquella era una tierra dura y sus gentes, a pesar de su hospitalidad, muy poco amigables y no admitían ninguna ley más que la suya propia.
Al Sultán de Marruecos lo odiaban a muerte, y a nosotros, por apoyarlo con el Protectorado -las migajas que nos habían dejado las potencias europeas- más todavía.

Fumaba en mi parapeto preferido a la sombra del Schneider que ahora estaba silencioso y reluciente.

El Cabo y los tres artilleros lo habían limpiado de la grasa, el polvo y la pólvora quemada después de haber estado todo el día pepinazo va y pepinazo viene defendiendo el flanco sur. 

Los mismos artilleros que habían sonreído como niños chicos ante un caramelo cuando descargábamos las municiones y los repuestos.

- ¡Un goniómetro nuevo...!- el Cabo había saltado de alegría al ver aquella pieza que resultaba vital para la puntería- ¡ahora sí que se van a cagar…! 

Hemos estado toda la mañana tirando a ojo...

Ahora 
dormían amontonados como cachorrillos junto al cañón exentos de todo servicio. 
Que por la mañana íbamos a necesitar todas sus energías y toda su pericia para que cargasen, disparasen y lo repitieran una y otra vez hasta que todo se fuese al carajo.
Muy cerca de ellos la pareja de centinelas me miraban fumar con envidia. 
Me acerqué y ofrecí mi lata de picadura.

- Esconded la brasa no os vaya a pegar un tiro un “paco”...

- Descuida Pelayo y... Gracias...

- De nada hombre, de nada...

Los soldados se turnaron para liarse el cigarrillo que luego encendieron tumbados de espaldas contra el parapeto escondiendo la cerilla y la brasa.
Eran dos hombres normales y corrientes, dos desgraciados que no habían podido pagarse la vergonzosa redención y que se mascaban tres años de Rif con muchas papeletas metidas en el bolsillo de no poder regresar jamás a sus secarrales y terruños, a sus pueblos de Castilla, Extremadura, Cataluña o Andalucía.

Uno era recio, ancho como un armario, achaparrado, de cejas enormes, ojos desconfiados y uñas renegridas. El otro flaco y alto como una espiga de trigo.

No eran bisoños pues tenían el aire sobrado, arrogante y chulesco de los veteranos y la mirada de los que no habían conocido más que la miseria y el hambre. Sabía que no eran ni buenos ni malos, solo simples soldados adaptándose a lo que había, pendientes del calendario y de los días que les faltaban para licenciarse. 

Y sin embargo aquella mañana se habían defendido como jabatos, rechazando los asaltos impasibles, valerosos y sin importarles un carajo ni la miseria ni el abandono, ni los abusos, ni el hambre, ni la sed.
Me sentí orgulloso de aquellos hombres y de todos los demás, los que dormían en las tiendas o estaban en su
 puesto taconeando contra el suelo para intentar quitarse el frío.
Me sentí orgulloso de estar allí con ellos, en aquel blocao rodeado de enemigos.

Por la rampa que sube hasta el bastión de la artillería veo subir la figura flaca del Búho.

- Este hombre sí que merece una medalla... O mejor, conociéndolo, un harem lleno de hembras jóvenes y ardorosas…

- ¿Qué me miras de ésa manera “lagañoso” de los cojones...?- me dice con su habitual simpatía.

- ¡Qué "malafollá" tenéis los granaínos! 
¡Le miraba el paquete, mi Sargento…!

- ¡Pues ahí ya poca cosa vas a encontrar...!- y suelta otra carcajada de las suyas, tan estruendosa que despierta a los artilleros y hasta a algún moro del otro lado del parapeto, porque primero se escuchan gruesos insultos en bereber y después dos balazos se clavan en los sacos terreros.

- Les jodiste el sueño amigo...

-¡La madre que los parió…!

Sonriendo como un niño lo que, paradójicamente, provoca que su cara de anciano la surquen cien mil arrugas más, saca del bolsillo un tercio de litro, una petaca de las que llamamos inglesas.

Impasible se arrea de un trago casi un tercio del contenido sin apenas inmutarse, luego me la pasa y le doy un tiento suave, lo justo para calentarme las tripas.

El Búho acaba de dos tragos con la petaca, ignorando a los centinelas que le miran relamiéndose como gatos, exagerando la tiritera del frío y suplicando con los ojos que el Búho se de cuenta y les invite a un trago.
Pero el Sargento se hace el sueco, el noruego y el vikingo y se bebe todo el contenido para luego lanzar la inglesa muy por encima del parapeto.

Con parsimonia se levanta, eructa sonoramente satisfecho y echa a caminar sendero abajo.

- ¡Vamos Pelayo -me dice- no vaya a ser que alguno de estos desgraciaos se nos duerma...!

Me cuelgo el fusil del hombro, alzo la vista hacia la luna, a la que ya siempre 
veré lucir con destellos verdes, y echo a andar tras la figura de mi amigo.

El viejo Suboficial Anacleto González Pérez, al que, en todo el Regimiento y en todo el Ejército de África, conocen con el sobrenombre de: el Búho...




3

Amanece...
La luz del sol comienza a iluminar el horizonte y hasta el blocao llega el inconfundible rumor de mil voces que rezan, por encima de todas se distingue la anciana voz del muecín. 
Oran los combatientes rifeños mientras humean, recién apagadas, las fogatas que les han calentado durante la noche.

Había estado toda la madrugada acompañando al Búho de puesto en puesto, repartiendo tabaco y ánimo entre los hombres que, tensos como varas, vigilaban al enemigo y los muy posibles ataques por sorpresa. Que no existe nada más traicionero que un rifeño combatiendo en su tierra. 


No siento cansancio solo un extraño estado de febril actividad debido quizás a las tres “inglesas” que hemos vaciado -sobretodo el Búho- durante la noche, pero también el recuerdo de unos 
ojos inigualables es lo que me mantiene despierto y lúcido. 
Quiero volver a mirarme en aquellas dos luces verdes aunque solamente sea una vez.

En cuanto los primeros rayos de sol saltan por encima de la montaña el grito de guerra de los musulmanes se extiende por el campo como un reguero de pólvora y u
na incontable masa de chilabas pardas se pone en movimiento.
Al moverse el enemigo asemeja un torrente de agua que inunda las peñas y las barrancas en dirección al blocao.

Como suelen hacer, unos pocos combatientes habían pasado la noche muy cerca de la posición. Encogidos de frío y camuflados entre las retamas y los pedruscos, inmóviles hasta que escuchan la orden de ataque.
Aquella es una estratagema muy común entre los moros que pretenden que aquellos primeros combatientes aprovechen la confusión de la mañana y el desayuno para colarse dentro, abrir las puertas y tomar la posición por sorpresa.
Pero los del Regimiento “Ceríñola” somos perros viejos, sobretodo el Búho.


Estamos alerta y bien cubiertos los puestos de tiro.  
La Diana ha sido silenciosa que no floreada y el desayuno tan solo un trago de aguardiente y medio chusco que se repartió una hora antes de que el sol saliese.
Por eso a aquellos primeros rifeños que asaltan la posición los hacemos pedazos en cuanto asoman la cabeza.

Recargo y disparo mi fiel máuser, que había limpiado con maniática precisión, cuando el Búho me había dejado un rato libre poco antes del amanecer.

Vete a dormir... 
Pero yo había preferido irme a mi parapeto favorito y, mientras limpiaba concienzudamente el cerrojo y la recámara, recordar a la mujer que me había alterado el pulso como ninguna otra en la vida. 

Desde aquel mismo parapeto ahora apuntaba y disparaba eligiendo mis objetivos sin prisa. 

A cincuenta metros no fallaba.
Le acierto de lleno a un turbante blanco que enmarca una barba oscura y densa que asoma la cabeza dispuesto a saltar de piedra en piedra. 
La segunda vez que se asoma -¡bang!- y allí se queda el turbante deshecho. 
Uno de los pies sigue moviéndose espasmódico siguiendo la curiosa costumbre del cuerpo -que no deja de sorprenderme- de no querer morirse aunque se esté muerto.

A mi alrededor los camaradas disparan en irregular cadencia, escucho el ruido que producen los cerrojos -clic,clac,clic,clac,clic,clac- y veo el movimiento acompasado de los codos -atrás, adelante- y los impactos de las balas del enemigo que se clavan en los sacos terreros, en la arena o en la carne.

Aparecen de repente, levantando una inmensa polvareda, docenas de rifeños a caballo. 

La harka se abalanza con toda su fuerza contra la posición B.
El sol africano calienta y tornasola de amarillo el polvo que levantan los centenares de enemigos que se abaten, desde los cuatro puntos cardinales, contra nosotros.

No piensas...

Durante el combate no piensas, el cuerpo y la mente actúan por instinto y automatismo adquirido.
Apuntas, disparas, apuntas, disparas y así hasta el infinito o hasta que te matan.

La arremetida rifeña es feroz, valiente y decidida. 

Nos atacan por cientos tratando de encontrar un punto débil, una fisura en aquella inexpugnable fortaleza en la que hemos convertido nuestro blocao.
La ametralladora apunta contra los jinetes que se acercan, dan una descarga de fusilería y huyen a recargar y volver de nuevo.
La máquina escupe fuego barriendo a monturas y a jinetes.

Los camaradas se están portando como leones y sin fijarse demasiado en los que van cayendo hacia atrás con la cabeza reventada o en los que se quedan sobre el parapeto o en los que se llevan a rastras con las tripas colgando camino de la enfermería.

Allí el Cabo de la Sanidad Militar aplica vendajes y les da a los heridos -a falta de otra cosa- tragos de aguardiente mientras a su alrededor gritan como verracos empapando el suelo con su sangre.
Muchos se retuercen de manera espeluznante antes de morir llamando a gritos a sus madres. 

El Cabo Rogelio le da unos tragos horrorosos a la botella de Anís del Mono.

¡BAUUUUUMMMMM...!

El cañón del siete y medio dispara sin cesar. 

Desde mi posición veo el impacto que levanta la tierra y varias figuras humanas que desaparecen volatilizadas entre el fuego y el humo.
El Cabo artillero -Gonzalo se llama- ordena hacer algunas correcciones con su nuevo aparato de puntería y me mira agradecido.

- ¡Fue... Goo...!

Y el Schneider se encabrita y veo el pepinazo caer un poco más cerca, haciendo saltar por los aires una trinchera desde la que nos disparaban con mucho acierto.

Gonzalo me sonríe extasiado, tiene la cara bañada en sudor igual que sus artilleros que ahora abren la recámara, sacan la vaina entre la humareda, meten otra carga y gritan todos al tiempo:

- ¡Pieza cargada...!

El Cabo tira de la cuerda y... ¡Bauuumm!, otro regalo de metralla para que se repartan los enemigos de España.

El Teniente Gámez defiende el frente de la puerta que es el más acosado de todos.

A su alrededor tiene muchos muertos y heridos que intentan desesperados arrastrarse hacia dentro de la posición, el fuego rifeño es intenso y los soldados van cayendo abatidos uno tras otro, el oficial no deja de animar, arengar y de dar ejemplo a los que le quedan vivos:

- ¡Vamos valientes que no lleguen al parapeto! ¡Fuego a discreción...!

En mitad del caos corretean los encargados de la munición llevando las pesadas cajas -Fábrica de El Fargue pone en los cajones- hasta cada parapeto, para dejar su preciada carga y regresar a por más.

En el viaje de regreso le llevan nuevos clientes al Cabo Rogelio, que tiene los ojos turbios y el cuerpo empapado de sangre.

El sol pasa del mediodía cuando los moros deciden hacer una pausa en el combate. 
Se retiran para lamerse las heridas y planear otra estrategia y se hace el silencio sobre el campo de batalla. 
Solamente dura un segundo, pero un segundo del mismo silencio que debe reinar dentro de las sepulturas. Después alguien, amigo o enemigo, da un grito enloquecido, dice algún insulto o suelta una carcajada histérica y entonces regresan de nuevo el lamento de los heridos y los quejidos sobrecogedores de los moribundos. 

El Búho, sucio y demacrado, llega a mi lado. 

Dos muertos, Julián de Sevilla y Miguel de Madrid están tumbados boca abajo y su sangre empapa los sacos terreros desfondados sobre los que han caído:

- Ésos ya no piden tabaco... - me dice


- Ya mismo ninguno pediremos de nada…

- Esto no tiene muy buena pinta, no... Quizá no salgamos vivos...

- Quizá

- Pero nos iremos de pie, como hombres, como ésos dos se han ido.

- Sí, claro… La patria, la honra…

- ¡Eso...!

- ¿Te queda ginebra?

- ¡Claro!… - el Búho me alarga una “inglesa” que saca del bolsillo sonriendo feroz bajo las barbas sucias.

- Gracias…

Bebo despacio un trago muy largo, dejando que el licor me queme la garganta y el esófago, pretendiendo que el calor del aguardiente arrastre el nudo que se me ha hecho en el pecho pensando en los espectaculares ojos de Cecilia clavados en la Cruz de Mérito que colgaba de mi guerrera.


- Quedamos menos de veinte hombres... - dice el Sargento sin pizca de miedo en la voz.

- Pues en el próximo asalto acabará todo...


- ¿No tienes miedo?

- ¡Claro que tengo miedo...!, pero también mucha rabia y muchas ganas de seguir peleando, no les saldrá barato mi pellejo a esos hijos de puta...


Me miraba el viejo Suboficial con un brillo especial en los ojos, tan orgulloso como podría estarlo un padre de su hijo.  
Con aquella mirada de mi amigo escarbando mi ánima la herida por el recuerdo de mi propio padre empezó a sangrar.

El viejo siempre había querido, empecinándose con aquel deseo, que ingresara, nada más cumplir la edad reglamentaria, en la Academia de Infantería de Toledo. 

Pero a mí la milicia no me había atraído nunca lo más mínimo.
Siempre había soñado con estudiar Arqueología, pues desde muy pequeño me veía a mí mismo excavando la tierra en busca de piezas de otras épocas y de antiguos huesos de otros hombres.


El viejo sin embargo se tomó aquello como deshonra, me acusó de cobardía, me desheredó y me repudió como hijo, así que de repente, me vi reconvertido  de señorito pudiente en miserable desharrapado condenado a vivir en la calle y sin un duro… 
Al poco mi quinta salió sorteada y me trajeron a África. 
¿No querías caldo...?

Jamás había recibido una carta suya y aunque en ocasiones algún oficial había reconocido mis apellidos -como había hecho Cecilia Almonte- nunca ninguno me mencionó al viejo ni gracias a él había recibido distinción ni ventaja alguna.
Suponía, aunque era mucho suponer, que ahora estaría orgulloso de su hijo después de tres años de servicio, una cruz roja al valor y dos heridas, una de cuchillo en el costado y un tiro, un rebote poco importante, en la pierna izquierda.
Al final se había salido con la suya el viejo catedrático y su hijo vestía el uniforme del glorioso Ejército Español.
Si cerraba los ojos casi podía verle en la casa de la Sierra de Gador sentado en su sillón de cuero desgastado, las gafas sobre la ruda nariz mientras leía ensimismado alguno de sus muchos libros antiguos.
Quizás si un día me presentaba allí me mirase como ahora me miraba el Búho.

En aquel momento y bajo bandera blanca tres figuras se recortaron sobre el horizonte.
Erguidos, arrogantes con los fusiles terciados y la cara cubierta por el turbante llegaron hasta las alambradas repletas de paisanos suyos muertos y se quedaron allí impasibles, esperando la respuesta española.
El Teniente Gámez salió a parlamentar con los moros, se escuchaba el lúgubre ulular del viento entre las piedras sobre las que se secaba la sangre de cientos de muertos.


Detrás de la tienda enfermería se amontonaban los cadáveres que ya eran más que los vivos.
Todos queríamos seguir peleando aunque no tuviésemos esperanza alguna y estuviésemos cubiertos de polvo y de sangre seca, con los ojos desquiciados y la certeza de la muerte revoloteando por encima del blocao.
El reloj marcaba las cinco de la tarde. Los moros estaban muy cerca de la entrada y aparentemente amigables.

Fue el Búho el que dio la voz de alarma, el primero en darse cuenta del ardid, el primero que corrió hasta la ametralladora. 

Mientras corría gritaba:

- ¡Es una trampa, es una trampa...!

Fui tras él con la ginebra quemándome el estómago. 

Sonaron los primeros tiros, pocos al principio y a cientos después como en una traca valenciana.
Desde los parapetos caían los cuerpos doblando el vientre o con los brazos en cruz mientras los demás disparaban los fusiles y trataban de cubrirse de la lluvia de plomo que caía sobre ellos.

En la entrada el Teniente y sus hombres se debatían a bayonetazos contra un tropel de rifeños.

Maestros en la estrategia del engaño y reyes del camuflaje, todo el grueso de la harka se había arrastrado hasta colocarse muy cerca de la posición para luego lanzarse al asalto con la señal convenida.
Los rifeños habían ejecutado su plan a la perfección.


Una enorme masa de chilabas acaba con el Teniente y con sus hombres. 
Algunos reculan espantados.

El Búho, que ha llegado hasta la ametralladora, intenta moverla para dirigir el fuego contra la entrada que se anega de moros, en sus ojos puedo leer que el viejo Sargento se dice a sí mismo:
 
¡Hasta aquí llegaste Anacleto...!

- ¡Ayúdame Pelayo! -me grita bufando como un oso viejo y cansado.

La ametralladora parece pesar una tonelada pero tiro de ella hasta lograr ponerla en posición.

Por la puerta los moros se están colando por docenas acuchillando sin piedad a todos los que van encontrado.

- ¡Tacatacatac...! ¡Tacatactactac...!

Los bultos pardos caen acribillados retorciéndose como alambres flacos y renegridos, la máquina despide un humo apestoso y espeso pero el Búho no suelta el disparador.

Los supervivientes de los que han peleado en la entrada se repliegan a bayonetazos sobre nuestra posición y formamos así una fuerza respetable, con la máquina y los fusiles segando como la hoz siega el trigo. 

Cien metros detrás, desde el baluarte artillero, se oye gritar al Cabo Gonzalo:

- ¡Espoleta cero...!


Alrededor del cañón algunos hombres, entre los que está mi camarada Pedro, disparan sin cesar contra los que atacan por aquel flanco, los artilleros con el torso desnudo chorrean un sudor negro de pólvora quemada.

¡BAAUUUMMM...!- retumba la pieza y se oyen los alaridos doloridos de los que ha destrozado la metralla.


Pero la marea rifeña es imparable. Su número nos ahoga y por el flanco Este el enemigo escala el parapeto y se mete dentro.

Ya no queda nadie vivo por allí y los moros, con paso libre, se cuelan por aquel flanco en el que tienen las tiendas de lona, entre ellas la enfermería, a dos pasos.

El Búho me mira muy serio, con los ojos clavados en mí como dos arpones, escupe un gargajo negro y me dice.

- ¡Hay que defender a los heridos…!

En sus ojos una lágrima pretende escapar y clarea el marrón oscuro de sus iris.
Retumba otro cañonazo.

¡BAAUMMMMM!

- ¡En el bastión de la artillería, allí nos encontraremos...- me dice.

Pero los dos sabemos que es mentira.

Mis ojos, que no son tan duros como los del Sargento, dejan escapar dos lagrimones que descienden lentos limpiando la roña de mis mejillas y dibujando dos surcos de dolor sobre mi rostro:

- ¡Anda ve...! ¡Y no llores que pareces una maricona...!

Pero cuando el Búho apunta, al cerrar el ojo izquierdo, una lagrima densa y pesada recorre las arrugas de su rostro curtido hasta llegar a la barbilla, allí la gota salada se queda colgando durante un instante brillando al sol rifeño, luego cae y se mezcla con la sangre española que empapa la tierra del blocao.


Saludo marcial, le habría dado un abrazo a aquel viejo golfo.

- ¡Es un honor morir a tu lado mi Sargento…!

- Y a mí al tuyo… - sin mirarme, apunta el arma hacia la entrada de la posición en la que algunos bultos se arrastran malheridos.

Grito a los cinco hombres que me sigan y el Sargento González se queda solo.
Le oímos disparar y blasfemar mientras saltamos el parapeto y corremos hacia las tiendas y los moros que por allí se están colando.


- ¡Tacatacatacatacatac! ¡Venid hijos de la gran putaaaa!

Grita el Búho mientras el sol desciende hacia las montañas y los rafagazos de la ametralladora iluminan las primeras sombras.

Cuando llegamos a las tiendas una de ellas arde, es la enfermería.

Los gritos espeluznantes de los compatriotas que se achicharran dentro llenan el aire de berridos animales de agonía.
Aquellos gritos abren mi corazón de par en par al odio y a la rabia.
En el suelo, degollado de oreja a oreja, está el Cabo Rogelio.


Sedientos de venganza acabamos con todos los enemigos que encontramos. Avanzamos en silencio y despiadados.
Pero no podemos evitar que el fuego se propague de una tienda otra y la densa columna de humo que se eleva al cielo provoca que el enemigo redoble sus esfuerzos.
Se les oye gritar de júbilo, seguros de la victoria.

La ametralladora tableteaba sin detenerse y el Schneider sigue escupiendo metralla por un tubo.
Por aquel flanco no ha logrado colarse ni un solo enemigo.
Pero por los otros si se cuelan
 a decenas gritando como posesos, saqueando a los muertos y rematando a los heridos.

Estoy a quince metros del bastión de la artillería y a unos treinta del Búho.
Mis hombres, uno de ellos herido en un muslo, retroceden hacia el bastión y durante un momento no se qué hacer, si seguirlos o arriesgarme e intentar llegar hasta donde está mi amigo y morir a su lado...

Pero no tardo en decidirme ya que el enemigo lo hace por mí.

Detrás del viejo, que parece haberse quedado soldado a la "máquina", aparecen varios rifeños asomando por encima del parapeto.

Automático, sin importarme el caos que hay desatado a mi alrededor, adopto la posición de rodilla en tierra.

¡Bang... uno! ¡bang...dos…! ¡Clacc!

El percutor se parte al tercer disparo.


Busco desesperado otro fusil... Hay uno tirado en el suelo a diez metros, corro rezando para que tenga munición y sin dejar de mirar hacia dónde está el Sargento, que ha soltado la ametralladora, agarrado una bayoneta y acabado con uno de los que le acosaba.
Le veo impasible esperar a que los demás escalen el parapeto y al primero que asoma le rebana el pescuezo de oreja a oreja.

Pero los otros que han subido le clavan sañudamente los puñales en la espalda.
Mi amigo cae de rodillas al suelo.

Con los ojos arrasados en lágrimas, tanto que apenas puedo apuntar, disparo contra los que acuchillan a mi Sargento.

Corro luego hacia él sin importarme la turba de moros que tengo delante, sobre mi cabeza pasan los disparos de los camaradas del bastión artillero que intentan protegerme todo lo que pueden.
Llego de milagro hasta donde está mi amigo y compruebo desolado que la espalda le chorrea sangre, cuando giro su cuerpo veo que está lívido y con los labios amoratados. 
Parece un viejo desvalido que me mira intensamente:

- ¡La máq… La máquina Pelayo… La máquina…!

¡La ametralladora! ¡La había olvidado por completo!


Llorando incontenible, arrasado por el dolor echo atrás el cierre y apunto a bulto puesto que tengo donde elegir. 
El blocao está inundado de enemigos.

La vibración del arma se acompasa a la de mi corazón, pasan a mi lado las balas del enemigo rozándome, puedo oír el zumbido pasar muy cerca, otras se aplastan contra el suelo o se clavan en los cuerpos de los muchos muertos que me rodean.


Disparo hasta que la última bala sale del cañón que está casi torcido y con los discos enfriadores rojos como ciruelas, no sé ni a cuántos he podido matar pero delante de mí hay amontonados muchos cuerpos, mezclados los unos con los otros en mil posturas distintas y con mil muecas diferentes dibujadas en los rostros. 

De repente el asalto rifeño se detiene.

Inexplicablemente el enemigo se retira cuando nos tiene vencidos. 

Oigo los gritos de júbilo y de alegría del Cabo Gonzalo y de los hombres que defienden el reducto artillero. Deben haberse vuelto locos de remate -pienso.

- ¡Viva España...! ¡Viva el Alcántara...!- gritan desaforados en pie sobre los sacos ensangrentados y alzando los brazos en señal de victoria.

Y ahora sí escucho el toque del Regimiento de Cazadores de Alcántara lanzándose a la carga.
También se oyen los gritos de los rifeños que huyen espantados ante los sablazos que rasgan el aire y rompen los huesos y cortan la carne.


Asomado por encima del parapeto contemplo el espectáculo. 

Siento un inmenso cansancio que me pesa como una losa en las piernas y en el corazón.

De repente un dolor lacerante y agudo me atraviesa el pecho. Cuando miro veo con sorpresa que en el lado derecho tengo un pequeño agujero, un redondelito del que mana abundante la sangre roja y espesa.
Me mareo y la luz se hace difusa, al fondo de un túnel dos destellos verdes me llaman. 

Me dejo caer contra el parapeto.
Los ojos muertos del Búho me miran.

Lo último que escucho, antes de perder el sentido es la voz de Pedro que me grita:

- ¡Pelayo...! ¡Aguanta, aguanta, no te mueras ahora cabrón, no te mueras...!





4

Melilla luce hermosa y coqueta engalanada con los farolillos y las banderitas adornando las calles, la gente vestida con sus mejores galas recorre la ciudad riendo y cantando henchidos de orgullo patrio, emocionados y todos apiñándose en la Plaza de España.
En ella se celebra el acto de entrega de condecoraciones.

Forman los Regulares, los Caballeros de Alcántara, los Cazadores de Melilla, los Artilleros, los Ingenieros, la Sanidad, los oficinistas, los cocineros y los escaqueados. 
Todo Cristo, quiera o no, asiste al acto organizado por la Comandancia General.

La banda de música ataca composiciones una tras otra, pasodobles y marchas militares que la gente tararea alegre y risueña. 
Luce un sol esplendido y el aire del mar corre en una suave brisa que refresca a los cuadros de hombres que, marciales y mayestáticos, llevan en formación desde muy temprano.

Sentado en una de las lujosas salas del Casino Militar con el brazo derecho todavía en cabestrillo, miro admirado un bonito cuadro y fumo con deleite. 

Ahora disfruto más de todo, desde que Dios me permitió salir con vida del hospital. 
El maldito doker con la cruz roja pintada.

Sólo habíamos sobrevivido catorce hombres de los noventa que éramos en aquel blocao al que nunca habíamos bautizado.

Ahora era conocido como: "Blocao el Búho”.

Durante las noches en el hospital debatiéndome entre la vida y la muerte soñé muchas veces con sus cuencas vacías, las barbas manchadas de sangre y en el suelo apoyada 
para siempre la cabeza.

El tiro me lo endiñaron en el último momento, de Level -¡malditos gabachos!- algún moro que entre sablazo y sablazo de los muchos que repartían los del Alcántara, me vio asomado sobre el parapeto, allí tan chulo y arrogante, que no dudó en detenerse, apuntar y disparar

Menos mal que a base de mucha paciencia, curas cada seis horas y de un antibiótico nuevo recién llegado no apareció la gangrena y con ella la amputación, secuela terrible que la guerra suele dejar en los hombres.

Cuatro meses después de todo aquello la Comandancia se encontraba de nuevo en paz, aunque con grandes signos de que una gran revuelta se estaba gestando, llevaba aún el brazo en cabestrillo y me costaba mover el hombro con soltura, pero estaba vivo, entero y enamorado.

A mi lado el Cabo de Artillería Gonzalo García Osorio se paseaba nervioso arriba y abajo.
El maremágnum de oficiales y de altos cargos civiles que nos habían agasajado, felicitado y abrazado como si fuéramos hijos suyos al llegar al Casino, se encontraba en la calle preparando los últimos detalles y esperando a que llegase el Comandante General.


La enconada y feroz resistencia de la posición B había permitido que se reorganizasen las fuerzas propias y que se ahogase la rebelión.
Por eso nos habían concedido la Cruz al valor con distinción roja de segunda clase.

Al Teniente Gámez y al Alférez Chacón de primera.
Al viejo pícaro del Búho la mayor condecoración que concedía el Ejército. La Laureada...

¡Cómo se estaría riendo el muy cabrón...!

Al Regimiento se le había concedido otra corbata para su Bandera, que era poca cosa si se tenía en cuenta que de la "Posición A” no había quedado nadie con vida, masacrados los cincuenta hombres que había y de la nuestra solamente habíamos sobrevivido catorce.


Allí estaban en la formación, vestidos de gala, los compañeros del Ceríñola, con los reemplazos recién llegados, se les notaba en la cara de susto, bajo el sol africano que les iluminaba por primera vez.

Formados para rendir honores a unos que llamaban héroes.

Un Capitán de Infantería entró en la sala y Gonzalo dio un respingo de sorpresa. Le di una última chupada al cigarrillo, hundí la colilla en la tierra húmeda de un macetón y me puse en pie:

- Ya llega el General, ocupad vuestros puestos… Por favor.

A mí que un oficial nos pidiese las cosas así, educadamente y por favor, me sonaba extraño, casi a mofa y más viniendo de aquel mamarracho con cara de rata que tenía toda la pinta de ser de los que maltrataba a la tropa, despreciaba al enemigo y desdeñaba a todo el que no considerase a su altura social. 

Payasos como aquel los había a patadas en el Ejército.
Por suerte también estaba cuajado de valientes y así la balanza se mantenía en equilibrio.

Salimos al sol de la mañana y el espectáculo nos dejó sin aliento. Toda la guarnición de la Plaza estaba allí y alrededor el gentío enardecido llenaba todas las calles.
Los caballos y los jinetes engalanados refulgían al sol, brillaban los fusiles y los correajes, las banderas flameaban al viento y los sones de la Banda eran coreados, con éxtasis, por los ciudadanos. 
No podíamos creerlo.

El corazón se acelera y la ola de orgullo desborda el alma y los sentidos. 
Gonzalo que es más tímido, aunque la verdad en el blocao a cañonazos no le había visto la timidez por ningún lado, agacha la cabeza y, colorado como un tomate, mira a su alrededor mientras murmulla cosas ininteligibles. 
Yo camino erguido y mirando a la multitud pero sin verla, pendiente nada más que de ver aparecer los destellos verdes por los que mi corazón suspira.

La Banda ataca el Himno Nacional y el Acto comienza entre los gritos eufóricos de la multitud.


El Comandante General sube al palco de autoridades del brazo de su hija -la bellísima Cecilia- y cuando la veo las piernas me tiemblan y la boca quiere gritar su nombre.

Estoy tan cerca y a la vez tan lejos...

Ella ha clavado sus hermosos ojos en mí, tan intensa me mira y con tanto fuego en los iris verdes, con tanto deseo que tengo que apartar la vista para no saltar sobre el palco y hacerle el amor allí mismo.

Luego viene la Misa, el Acto en Honor de los Caídos y un discurso largo y aburrido del 
Comandante General en el que nos echa muchas flores a los defensores de la posición B.
Aquel blocao que no habíamos bautizado. 
Durante todo el rato las voces extasiadas de la gente se superponen con la música que la Banda no deja de tocar. 
Hay lágrimas emocionadas cuando se leen las órdenes por las que se concede el reconocimiento a cada soldado y se cuenta con detalle la manera en la que cada uno había caído.

Al teniente Gámez -al final había logrado su medalla- por la valerosa defensa de la entrada. 

Al alférez Chacón por haber metido dentro el camión con los abastecimientos.
A mi camarada el Búho por haber matado, él solo, a más de la mitad de la harka enemiga.
Y a nosotros, aunque no me sintiera merecedor de nada, por la supuesta entereza y el gran valor que habíamos demostrado, sin oficiales ni suboficiales que nos mandasen, manteniendo el fuego hasta el último hombre, o casi.

El Cabo de Artillería Gonzalo García lloraba incontenible como un niño, las lágrimas caían en tromba por sus mejillas y empapaban la guerrera del uniforme nuevo. 

El nudo en el pecho se me hacía enorme cuando pensaba en mi amigo abatido a cuchilladas sobre aquellos sacos desfondados y mis lágrimas sabían amargas. 

Sé feliz allí arriba, viejo -pensé.

Nos tocó el turno...

Se acercan el General, su esposa, que es rubia, elegante, delgada y se parece mucho a su hija que va del brazo de su padre. 
Sonriente, radiante y bellísima.

Detrás marchan, rígidos y marciales, algunos oficiales de alto copete y un soldado que lleva la bandeja de tapete rojo sobre la que reposan las dos cruces.

- ¡Qué bonita es...! -susurra Gonzalo.

- ¿La medalla...?

- ¡... La hija del General...!

- Sí que lo es... La más bonita del Mundo...

Imponen la condecoración al Cabo Gonzalo que se cuadra, saluda marcial y con las lágrimas que siguen fluyendo como de una cascada desde sus bonitos ojos marrones. 
La esposa del General le mira enternecida y le coloca la medalla mirándolo con afecto maternal.
Su esposo, el General, le da un fuerte apretón de manos:

- ¡La patria está orgullosa de ti...!

Me toca a mí...


Cecilia apoya suavemente las manos contra mi pecho y el mundo se detiene. 
No existen ni la música, ni el jolgorio, ni los mil hombres en formación, ni el sol ni el viento, parece que todo haya desaparecido a nuestro alrededor.
Solamente sus ojos que se mezclan con los míos, solamente los dos puñales verdes hundiéndose dentro de mí.

Pincha con cuidado el pasador en la tela de la guerrera junto a la otra medalla -aquellos moros y el cañón que querían llevarse- y luego, en vez de despegarse de mí como marca el protocolo, deja la mano derecha apoyada en el pecho y acerca los labios, los encuentro calientes como una brasa, y besa mis mejillas rozando la comisura de mi boca. 
Siento su cuerpo vibrar.

Entonces la gente irrumpe en aplausos estruendosos trufados con gritos de emoción y de júbilo.
La cara del Comandante General es todo un poema.
Al estrecharme la mano se le nota irritado, casi colérico. El frívolo gesto no le había gustado ni un pelo. 
Resentido ni me menciona la patria ni la bravura ni nada por el estilo, solo me mira de arriba a abajo.

La señora Almonte me mira sorprendida a mí y luego escandalizada a su hija.
Cecilia sonríe provocando que el sol africano palidezca ante su belleza.

Luego las Unidades desfilan ante nosotros. 
Gonzalo sigue llorando mientras los Guiones pasan ante la tribuna haciendo el vista a la derecha.
Desde el palco de honor llega a mi nariz el perfume de rosas que usa Cecilia. 
Ella de cuando en cuando deja de prestar atención al desfile para que nuestras miradas se encuentren y se digan sin palabras todo lo que estamos deseando decirnos.

Tras la parada militar llega el almuerzo de gala en el que, por supuesto, los condecorados son los invitados de honor. 
A Gonzalo le acompaña su madre. Una viuda de la Guerra de Cuba que, pese a su humilde procedencia, luce más elegante y con más donaire que las emperifolladas esposas de los oficiales que por allí se pasean luciendo sedas.

Yo, claro, estoy solo. 

El Coronel, en una de sus visitas al hospital me dijo que mi padre sabía que me iban a condecorar, pero que había contestado, a la carta enviada por el Regimiento, el mismo Coronel de su puño y letra, con otra corta misiva en la que agradecía pero declinaba la invitación: “motivos de salud me lo impiden”.
Sobre la defensa del blocao dijo que solamente había cumplido con mi deber como buen español. 
En aquello último estaba completamente de acuerdo con el viejo.

Esquivando halagos y palmadas en la espalda conseguí salir a la terraza superior del Casino para fumarme un cigarro en paz.

Algunos oficiales, la raya perfectamente planchada, las gorras sobre la mesita y sujetando los cigarrillos y las tazas de café con extrema exquisitez, tosieron y carraspearon cuando pasé a su lado.
El sol africano estaba rojo como la sangre que había empapado las piedras del blocao y aquellos oficiales, amables y educados, me invitaron a sentarme en su mesa.

Cortés y no menos educado rechacé el ofrecimiento observando como aquellos hombres miraban con envidia los pedazos de metal y tela que colgaban de mi guerrera.
Sonrieron contrariados y sorprendidos de que no quisiera unirme a ellos. 
Alejándome hacia la balaustrada les oí cuchichear como a viejas:

-¿Qué se habrá creído ése...?

Mientras sacaba el cigarrillo de la cajetilla, era tabaco americano regalo del Coronel, recordé al Alférez cuando le vi encender aquel último cigarro, en mi mente se proyectaba la imagen de su cuerpo cayendo desde el camión al suelo como un fardo. 

Herido muy grave había aguantando hasta el final, hasta la última bala.
La primera calada me supo tan amarga que a pique estuve de arrojar el pitillo a la calle.

Fumaba escondiendo la brasa, vieja y sana costumbre adquirida en los secarrales del Rif, cuando un fragante olor a rosas inundó la terraza y una 
alegre risa colmó aquel espacio que hasta aquel momento había estado vacío.

Oí cómo las sillas chirriaban contra el suelo cuando los oficiales se pusieron súbitamente de pie, tiesos, sonrientes, elegantes y galantes hasta dar asco. 
Ella no les dirigió palabra.

El olor a rosas se intensificó cuando se puso a mi lado. Hombro con hombro, casi rozándonos. 

- ¿Estás preparado...?


- Sí... ¿Y tú...?

- Yo estoy deseando que termine toda esta pantomima para poder abrazarte...



Epílogo.

Artículo extraído del número mil doscientos tres del diario: El Telegrama del Rif

¡ESCÁNDALO EN LA COMANDANCIA GENERAL!

Los sucesos acaecidos durante los últimos días han provocado más discusiones, más revuelo y más chascarrillos que cualquier rebelión de las cabilas.

La fuga de la hermosa hija del Comandante General con el soldado condecorado se ha convertido en un romántico cuento de hadas.

Se comentaba mucho en los corrillos y mentideros de la Plaza que la bellísima hija del General Almonte visitaba muy a menudo el hospital de Ramal Doker. 
Lugar lleno de horrores y miserias al que la joven acudía piadosamente para ofrecer ánimo y consuelo a nuestros soldados heridos y enfermos. 
Un acto de generosidad que demuestra el buen corazón de la dama.

También se sabía que tales visitas se habían multiplicado por diez desde que ingresara el soldado del Ceríñola: Pelayo Sotomayor.
Herido muy grave durante la heroica defensa del Blocao el Búho.
Los rumores decían que ella se quedaba hasta muy tarde velando el intranquilo sueño de su amado.

Sea como fuere el pasado día tres del presente, tras la comida de gala celebrada en el Casino Militar, Cecilia Almonte y Pelayo Sotomayor desaparecieron de la faz de la tierra.

La madre de la muchacha fue trasladada al hospital de Málaga.

El padre, el ya ex Comandante General, renunció a su cargo desolado por los sucesos.
Desde la Península nos envían a su sustituto, un tal Silvestre, que todos deseamos sea buen militar y que no tenga hijas casaderas...

Los rumores afirman que la pareja viaja rumbo a las Américas y todos en la ciudad les desean felicidad, prosperidad y muchos hijos. Agradecidos los ciudadanos por la mucha emoción y sentimiento que ha causado en la Comandancia -a todos menos a los padres de la muchacha, claro- esta historia de amor entre el soldado y la dama.

Desde esta redacción les deseamos a ambos la mejor de las suertes... 


Paco Pérez.
Melilla en el año 1920...

FIN




© A. Villegas Glez 12








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