sábado, 8 de septiembre de 2012

TENAZ COMO UNA MULA

La llamaremos “Lucera”, que es un nombre apropiado para una acémila de unos cinco años, edad que tenía cuando se la llevaron en aquel barco que tanto se movía, desde su tranquila cuadra del cuartel hasta aquel sitio del que le hablaban los acemileros y que provocaba terror en bestias y hombres. 
África.

Pronto aprendió que el miedo no era baladí. En aquella tierra reseca en la que la yerba tenía pinchos y las piedras se clavaban en las pezuñas, la muerte podía sorprenderle a uno en cualquier instante.

Y si eras una mula cargada de municiones- ¡cómo pesaban las condenadas!- eras, además, objetivo prioritario.
Los moros tiraban y tiraban bien y muchas amigas suyas habían muerto acribilladas a tiros, para luego ir derechas a la olla del puchero.
Lucera, desde el principio, se juró a sí misma que ella no moriría de aquella manera ni que sus huesos servirían para hacer caldo.
Se lo iban a poner muy difícil.

Poco después de llegar a Melilla, cargada como lo que era, como una mula, la enviaron en un estirado convoy, junto con otras miles de congéneres suyas, hasta una posición llamada Annual.

A Lucera el campamento de tiendas cónicas y cientos de hombres con cara de susto no le inspiró demasiada confianza pero al menos aquel era un campamento grande, en dónde no le faltarían ni el agua ni la comida.

Los primeros días estuvo tranquila, el lomo bien cuidado por Paco, su acemilero, que la trataba como a la hija que había dejado en España. 

El hombre la cepillaba, la lavaba, la llevaba a abrevar al riachuelo de agua fresca y le hablaba siempre con cariño.
Lucera lo quería, de todos los hombres que permitía que se le acercasen- que no eran demasiados- Paco era el que más quería.

Un día llegó el soldado cabizbajo y con las manos temblándole. 

Lucera gimió como al hombre le gustaba que hiciese. Pero Paco lloraba, y mientras le ponía el bocado y los arneses le contaba lo que pasaba.

- Subimos a Igueriben Lucera bonita… ¡A Igueriben!... ¡Que Dios nos proteja!, sobretodo a tí pequeña, sobretodo a tí…

El alma -porque los animales la tienen- se le vino a los pies a Lucera. ¡Igueriben…!, de allí no había vuelto mula con vida. Su suerte estaba echada.
Pero, como buena mula de Intendencia, su espíritu de servicio y de sacrificio por los demás, pese a su miedo y su terror, pese a saber que aquella era una misión suicida -y más para una mula- relinchaba enseñando los enormes dientes, sonriendo a su Paco.

- ¡Qué valiente eres Lucera...!

Fuera de las cuadras todo era caos y descontrol, con las mulas nerviosas cargadas hasta arriba de municiones para las piezas y los fusiles, de comida, medicamentos y sobretodo de cubas de agua fresca.


Hasta que llega el Sargento Rodríguez y pone firmes a mulas y a hombres. 
¡Setenta y siete animales cargados y treinta hombres listos para la marcha!
Esto le grita el Sargento al Alférez Ruiz cuando le da las novedades.

Lucera lleva al lomo dos cajas de cartuchos de fusil más el acordeón de Paco, cacharro que la pone de los nervios cuando resopla y chirría sobre su lomo, pero que el hombre no abandona jamás, así que ahí está el artefacto con más dientes que ella y soltando chirridos.

A su lado se ponen las mulas pijas de la Artillería, con sus cajas de pepinos y espoletas que ni siquiera la miran.
¡Bah!, se dice Lucera, con ésa carga que lleváis sois como un bombón para los moros.


Alguien grita y se ponen de inmediato en marcha… 
Todo está tranquilo y no corre gota de aire, todo permanece en quietud y calma, solamente se escuchan las chicharras cantando como locas cuando de repente suena el primer tiro y el infierno se desata sobre el convoy.

Las balas silban por todas partes, chasquean contra la carne, destrozan huesos y rebotan contra las piedras.
Los hombres gritan, las mulas chillan enloquecidas mientras caen las primeras destrozadas a tiros y caen también acribillados los hombres junto a ellas.

El denso polvo impide ver y respirar, Lucera siente la mano de Paco sobre la rienda, pasan veloces a su lado unos jinetes con los sables en la mano, los caballos bufando y soltando babas, los ojos desquiciados, algunos son alcanzados por los disparos y caen y ruedan y ruedan llevándose por delante todo lo que encuentran en su camino.

La locura se extiende por la subida polvorienta, Lucera de repente siente la rienda suelta, mira hacia abajo y allí está Paco con la cabeza reventada de un tiro. 

Entonces suelta un rebuzno dolorido y se queda un instante desorientada, para después seguir a la masa de mulas que van derechas hacia la entrada de la posición, pero a medio camino contempla horrorizada como acribillan a sus amigas, “Suertuda” y “Valerosa”, se detiene en seco…
Ella no, ella no morirá allí… 
Así que corre, como jamás había corrido alejándose lo más que puede del combate.
Corre y corre sin parar con el acordeón, que el pobre Paco ya no volverá a tocar jamás, soltando lúgubres notas que se unen a los gritos de miles de hombres que se están matando
 y de sus pobres congéneres que llevan el mismo camino.

Desde una loma contempla como a las compañeras que habían sobrevivido a la subida, las pocas que habían logrado llegar hasta la posición, van y las dejan entre el parapeto y la alambrada a merced de los rifeños. 
A todas las cosen a tiros en minutos.
Lucera se alegra mucho de haber tomado la decisión correcta, pero ahora está sola y herida, puede sentir los dos aguijonazos que se le han clavado en el culo y dos más que- gracias al Dios de las mulas y al dichoso acordeón, que se había llevado la peor parte -en mitad del lomo.

La sed la atormenta mientras su instinto la lleva hacia un lugar que le resulta familiar. Camina y camina entre barrancas, siempre adelante y sin perder su carga.

Por la mañana y casi al límite de sus fuerzas consigue llegar al campamento de Annual, herida y sucia de sangre y de polvo, con las pezuñas ensangrentadas y muerta de sed.

Es el día veintiuno de julio…

Lucera, limpia y curada con la barriga llena de agua y de alfalfa, incluso un azucarillo que le habían dado -por valiente  le dijo el acemilero- está en su cuadra tranquila y agradeciendo su buena suerte.

- Menos mal, casi me muero… Otra como esta y no lo cuento…

De madrugada, ya casi amaneciendo, se empiezan a escuchar los tiros y los gritos…

¡Los moros, los moros...!

¡No puede ser!- piensa Lucera…
Alguien la libera de sus ataduras, y ella empieza a correr y correr sin mirar atrás…


En el año 1922 el periodista Carlos Guillén del Diario: “El Toledano”, encontró a Lucera en las cuadras de La Comandancia de Intendencia de Melilla… Vivía en paz y rebajada de servicios.

Bien merecido lo tenía.

Esta es la historia de la mula de Igueriben -lo de Lucera es licencia- uno de los pocos supervivientes de aquella posición y del posterior desastre de Annual…

A. Villegas Glez. 12


1 comentario:

  1. Estupendo relato tocayo, en aquel infierno no distaba mucho la condición de hombres y acémilas

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