jueves, 15 de noviembre de 2012

LA CARRERA DE INDIAS

Sin lugar a dudas y pese a la propaganda falsa y embustera esparcida por nuestros enemigos y creída a pie juntillas por todo Dios, (los españoles los primeros, ¡manda huevos!), el sistema de convoyes escoltados ideado bajo el gobierno de Felipe II  para proteger el torrente de plata y de oro que manaba inagotable desde Las Indias, fue un innegable y grandísimo éxito militar y logístico logrado por nuestros marinos, pilotos, artilleros, gavieros y demás gente de mar, que, embarcados en Carracas y Galeones, se pasearon durante dos siglos y pico por el Atlántico y por el Pacífico sin que nadie se atreviese a estorbarles el paso.

Desde la creación, en el año mil quinientos y tres, de La Casa de Contratación de Sevilla, aquel puerto muy mal escogido por cierto, pero así fueron las cosas, monopolizaría la totalidad del comercio indiano tanto a la ida como a la vuelta y de los barcos que empezaban a aventurarse, en valiente goteo, a realizar la travesía atlántica.

Al principio solamente se embarcaban aventureros, exploradores y cartógrafos, además de aquellos hidalgos buscavidas que serían los que, a la postre, y a base de valor y astucia nos dieron un imperio. 
Después el número de colonos fue en aumento y con ellos llegó la necesidad de abastecerlos de todo, sobretodo de manufacturas y de artículos de lujo, que ya se sabe que de otra cosa no pero de fardar de Guzmanes aquí siempre se nos dio estupendamente. Por eso también se nos pudrió el alma y gastábamos en telas de Flandes lo que nosotros no fabricábamos no por inútiles, sino por confundir la hidalguía, o la falta de ella, con el trabajo manual y honrado. 
Pero en fin, que me disperso y pierdo el rumbo de la historia.

Desde el principio y apenas se hubo corrido la voz de que aquellas tierras recién descubiertas estaban cuajadas de oro y de plata, los mares se infestaron de piratas. 
En el año mil quinientos veintidós, dos barcos que transportaban el oro azteca, que tanto trabajo le había costado ganar a Cortés y los suyos, fueron capturados en alta mar por piratas gabachos. Al pobre Hernán le dio un soponcio cuando se enteró, y al Rey ni les cuento…

Se aconseja entonces que las naves que regresaban a España lo hiciesen “en conserva”, o sea en manada, pelotón o escuadra, para así poder defenderse los unos a los otros ante posibles ataques… 
La verdad es que, según rancia costumbre española, muy pocos capitanes hacían caso del consejo. Por eso en mil quinientos cuarenta y tres se ordena, por Real Orden, que los bajeles de más de cien toneladas debían ir todos juntos y escoltados por un galeón de guerra.
Para el año mil quinientos cincuenta las pesadas carracas recorrían la ruta transoceánica protegidas por galeones armados hasta los dientes que navegan siempre a barlovento, ojo avizor y cargados hasta la perilla de infantería. 
A esta escuadra se la denomina: “La Guarda”.

Unos años antes se habían descubierto las minas de plata de Potosí y Zacatecas y los navíos regresaban cargados hasta las bordas de plata indiana. 

Para el viaje se organizaban dos flotas. 
La primera zarpaba desde España en el mes de abril y ponía rumbo al Virreinato de Nueva España. 
La segunda izaba velas en agosto y su destino era Tierra Firme, lo que sería después el Reino de Nueva Granada, al puerto de: Nombre de Dios, que después sería sustituido por el de Portobello y éste cambiado por la inexpugnable y bellísima ciudad de Cartagena de Indias. Lo de inexpugnable que se lo cuenten a un tal Vernon. 

A la primera se la llamó: "La Flota" y a la segunda: "Los Galeones", y aunque navegaron juntas en muchas ocasiones, cada una de ellas conservaba su mando propio y tomaba sus propias decisiones en el mar.

Las dos en su periplo ponían rumbo a las Islas Canarias. En La Gomera hacían la aguada y las reparaciones pertinentes en cada barco. 
En el mar siempre navegaba la nave Capitana en cabeza seguida de las carracas de transporte, que iban cargadas de vino, pasas, aceite, ganado, semillas y colonos, además de ricas mercaderías destinadas a los hidalgos indianos y los nuevos terratenientes. 
La Corona gravaba aquellos artículos de lujo por lo que el negocio para ella era redondo, para la Corona y para la multitud de intermediarios, pícaros, listillos, gañanes y sinvergüenzas que medraban alrededor de aquel negocio inacabable.

Desde Las Afortunadas los barcos españoles se adentraban en lo que se conocía como El Mar de las Damas, pues la navegación resultaba calma y fácil. 
Sin embargo tanta bonanza convertía aquella etapa del viaje en aburridísima, siempre bajo el soporifero sonido del criiiic-croooc de las tablas y el eterno balanceo del mar bajo los pies, además los alimentos frescos pronto se acababan y la dieta era casi exclusivamente a base de tasajo, garbanzos y bizcocho duro.

Empujados por los vientos alisios los barcos alcanzaban la isla Dominica en poco más o menos un mes de travesía. 
En la isla se solían organizar festejos, se estiraban las piernas y los nuevos colonos aspiraban por vez primera el aire americano y se extasiaban ante la belleza impenetrable de las selvas. 
Un durísimo camino les quedaba todavía por delante, a los que sobreviviesen, claro.

Después, La Flota  tomaba rumbo al puerto de Veracruz que era a donde llegaban las exóticas mercancías que traía, desde el otro extremo del imperio, el Galeón de Manila, y que por tierra a través del Camino Real habían llegado hasta la Villa Rica. 

Los Galeones orzaban hacia Cartagena de Indias y por el camino, (otro mes más de navegación), se iban desprendiendo de los barcos que llevaban destinos como: Honduras, Puerto Rico, Santo Domingo, isla Margarita, La Guaira o Maracaibo.

Descargadas las mercaderías y vendidas en las ferias, los galeones se cargaban de oro, de plata, de joyas, de monedas, de índigo y de cochinilla… Imaginen el fortunón. 
Un quinto pertenecía al Rey, que era el que pagaba la flota de guerra que, en La Habana, esperaba a los mercantes para el peligroso tornaviaje.

A través del Canal de Las Bahamas, y el famoso Triángulo de las Bermudas, se subía hasta los treinta y nueve grados Norte directos a las islas Azores  empujados por el famoso Anticiclón. 
En las islas portuguesas esperaba otra flota de protección, (por si las moscas), y desde allí se bajaba hasta el Cabo de San Vicente y  de éste a la desembocadura del río Guadalquivir, en donde había dos opciones: trasladar la carga a naves menores, si el galeón era de mucho porte y no podía pasar la Barra de Sanlúcar, o directamente los barcos más pequeños, remontaban el río hasta la esplendorosa y enriquecida ciudad de Sevilla.
Aquella inmensa gilipollez de transbordos y remonte del río, en los que se perdía tiempo y por supuesto, dineros, duró hasta el año mil seiscientos ochenta, cuando, por fin, se dispuso el mucho más razonable puerto de Cádiz como destino principal de las flotas de Indias.

Este sistema de flotas aguantó los envites del clima y de los enemigos de España durante doscientos diecisiete años.

Los piratas, corsarios, filibusteros y demás ralea, aparte de ingleses, franceses, holandeses, portugueses y todo quisque, siempre añoraron y soñaron con arrebatarnos aquellas flotas y aquellos tesoros, y a pesar de lo que pueda parecer, solamente lo consiguieron en tres ocasiones durante tantos años.

Los afamados y cinematográficos piratas del Caribe solían atacar a pesadas y mal armadas carracas mercantes perdidas y solitarias, galeones extraviados y medio rotos tras un temporal o asaltaban aldeas indefensas masacrando a los colonos. 
Pero, si veían poner proa hacia ellos a un galeón con las portas abiertas, erizado de medias picas y echando humo las cuerdas de los arcabuces, hasta el mismo Errol Flin habría ordenado izar todas las velas,(y hasta los pañuelos), para huir de allí como alma que llevaba el diablo.

Por eso, La Carrera de Indias es y será la mayor hazaña naval de toda la Historia, puesto que una sola nación, la nuestra, le tomó el pulso al resto del mundo y aguantamos como jabatos hasta que solamente nuestra propia ceguera y nuestra ambición consiguieron dejarnos sin fuerza alguna.

Todos aquellos miles y miles de marinos anónimos, todos los capitanes, todos los generales y hasta el último grumete que navegaron, con la de Borgoña en los palos, embarcados en aquellas naves que nos hicieron los más grandes del mundo, se merecen este reconocimiento y homenaje.

Para que luego lleguen cuatro espabilados, modernos piratas, arqueólogos del dinero y mercaderes de la Historia, vengan a llevarse los tesoros de los naufragios mientras los españoles nos quedamos callados y mirando… 
Sin acordarnos que bajo toda esa plata y todo ese oro, bajo toda esa madera podrida y todos esos cañones de bronce oxidado, se encuentran, con la arena del mar mezclados, el polvo de los huesos de nuestros compatriotas.

De aquellos que valientes, osados se embarcaron en la mayor Carrera de la Historia…

La Carrera a Las Indias.

© A. Villegas Glez. 2012
















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