miércoles, 9 de enero de 2013

LA BANDERA DE LA PATRIA

Valle de Los Castillejos en los alrededores de Ceuta. Enero de 1860.

El amanecer ha traído un calor sofocante, el polvo que levantan los caballos se te mete en la garganta ronca de gritar y en los pulmones que se achicharran, las piernas y los brazos me pesan como el plomo mientras a mi alrededor los camaradas caen abatidos, se retuercen de dolor y se mueren, las explosiones retumban muy dentro de las tripas y por todos lados zumban, como heraldos de la muerte, las balas, o dan en la carne haciendo que los compañeros se doblen sobre sí mismos con cara de sorpresa, o caigan de bruces contra el suelo africano sin sorpresa ni nada.
Y a pesar de todo, seguimos avanzando… Imparables, ciegos de valor y de ira. 
La casa del Morabito ya es nuestra…

El General Prim, ¡qué par de cojones tiene el catalán!, va en cabeza calcorreando sobre el caballo y riéndose de la lluvia de balas que le buscan. Resalta por encima del combate con su imponente figura y la barretina calada hasta las cejas. Impasible ordena a los Húsares de la Princesa que carguen contra la caballería moruna que nos hostiga.

Los húsares tocan los clarines, forman la línea y arrollan al enemigo con tanto ímpetu y valor que se meten muy dentro del valle. Hasta las tripas mismas de las posiciones defensivas enemigas. 
Uno de los jinetes, valeroso en extremo, se arrima hasta el moro que porta el estandarte, le da de sablazos y le quita la bandera que portaba, regresa con ella dando unas voces que espantan y vitoreado por sus compañeros a los que ahora les toca replegarse ante la ola sarracena que, de nuevo, en inacabable avalancha, llena las faldas de los montes y el valle de chilabas pardas y de espeluznantes gritos de guerra.

El avance está pagándose con la sangre de muchos valientes pero el General Prim no cede ni un milímetro de terreno. Cada posición de la que nos expulsan los moros, tras recio combate, ordena que la recuperemos cueste lo que cueste. 
Así llevamos todo el día: ataque, repliegue, ataque, repliegue. Hay partes del campo en las que no se ve el suelo, solamente el montón informe de cadáveres mezclados de moros y de cristianos.

El Morabito es el centro de todo el combate ya que la colina sobre la que se asienta es el punto vital para los dos ejércitos y, como es natural, se ha convertido en el epicentro de la carnicería. 
No sé ya la de veces que la hemos tomado, perdido y recuperado. 
Esto es una locura imparable, el caos absoluto, en el que se mata y se muere sin piedad, por allí los voluntarios catalanes, por allá los de Arapíles y Simancas, y mirando hacia atrás están los artilleros negros de hollín y que reciben una horrorosa granizada de balas que los ha dejado diezmados sobre y alrededor de sus cañones, pero que no dejan de disparar andanada tras andanada, y así seguirán hasta que no quede ni uno de ellos con vida.

Otra vez se nos echa encima la enorme oleada de turbantes, valientes, decididos y despreciando a la muerte, llegan tan cerca de nosotros que hay que calar las bayonetas y luchar cuerpo a cuerpo sintiendo muy de cerca el aliento y los ojos del enemigo. Un enemigo feroz que solo desea matarte.
De nuevo se pierde el morabito. 
Otra vez a recular disparando rodilla en tierra, ahora esta Sección, después la mía, pasito a pasito, poquito a poco, contemplando como van cayendo los amigos en la línea y los desgraciados que se quedan atrás son degollados sin piedad por los moros.

Los de Regimiento de Córdoba que quedamos vivos, la mitad de nosotros más o menos, llegamos hasta donde está el General Prim montando sobre un caballo requisado al enemigo, su yegua jerezana está tiesa al lado suyo con la lengua fuera, los ojos vidriosos y la panza cosida a balazos.

El General nos mira y se le pone cara de limón agrio, agarra las riendas, se pone muy tieso y se queda mirando la loma del Morabito, la misma que hacía unas pocas horas habíamos ocupado los refuerzos del Córdoba, reventados tras la marcha a primera línea.

En aquel lugar habíamos dejado nuestras mochilas y la impedimenta, para así poder combatir más ligeros ante el enemigo moruno, ágil, escurridizo y mortal entre aquellas peñas.
Ahora Prim miraba muy serio y muy taciturno aquellas mochilas, luego nos miraba a los que sin aliento íbamos llegando hasta la posición.
La verdad es que volvíamos sin más ganas de matar ni de morir, renunciando a volver a tomar aquel maldito pedazo de reseca tierra rifeña. Las mochilas nos importaban tres cojones… 
Pero la Bandera sí que nos importaba, y el catalán era listo y sabía qué tecla tocar para que sonase el piano del heroísmo. 
Un hacha el General con aquel acento que daba gloria oírle intercalar los insultos más selectos de su vieja lengua entre los más rancios y expresivos de la no menos suya y no menos vieja parla castellana.

Miraba las mochilas, miraba al enemigo que asaltaba con furia y remataba a los heridos, y luego nos miraba a nosotros. 
Entonces llega nuestro Abanderado con la rojigualda llena de agujeros y él tambaleándose con unos cuántos balazos en el cuerpo.
Justo cuando llega el oficial pierde el sentido, y con el movimiento de caída se va tras él la Enseña.
Entonces Prim, como una centella, espolea el caballo y agarra el Guión antes de que toque el suelo, lo enarbola bien alto, los colores brillaban al sol del atardecer africano y  mi corazón, al verlos, retumbaba fuerte en el pecho. 
Un calor inexplicable que se multiplicaba desde las tripas hacia arriba y hacia abajo, cuando el General, mirándonos con ojos de fuego y voz ronca del combate, del polvo y de la pólvora quemada, nos gritó:

-       -  “¡¡¡SOLDADOS!!!! ¡Ésas mochilas las podéis dejar atrás pues vuestras son… Pero ésta bandera es de la Patria, y yo voy a meterme con ella entre las filas del enemigo...!
¿Permitiréis que el Estandarte de España caiga en manos de los moros? ¿Dejaréis morir sólo a vuestro general? 
¡¡¡SOLDADOS : VIVA LA REINA!!!

Y dicho aquello, con la bandera en una mano y el sable en la otra, se mete, con dos cojones, entre la marea de enemigos que tenemos muy encima, y que se quedan petrificados viendo al general entrando en tromba entre sus filas.

Enardecidos, temblando de rabia, soltando espumarajos por la boca, gritos inhumanos en cien mil acentos de España, acuchillando todo lo que por delante se nos pone, primero detenemos y después arrollamos a los rifeños que, espantados ante la rabia y la fuerza de los batallones corren a refugiarse entre las peñas, vencida y doblegada, por fin, su voluntad de vencer.
Y así, de aquella manera singular, con aquel General irrepetible delante nuestro vencimos a los moros en el valle de Castillejos. 
Acabábamos de abrir el camino hacia Tetuán, pero esa es historia que otro día les contaré…

A. Villegas Glez. 2013


Imagen: La Carga del Farnesio. Augusto Ferrer Dalmau




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