martes, 16 de abril de 2013

LA FUENTE DE LA JUVENTUD

Me van a perdonar vuestras mercedes que me ría, pero es que leo las cosas que sobre mí se escriben hoy en día y me descojono. Que si loco, que si cruel, que si ahogado por la ambición… ¡Pueden decir lo que les plazca!

Me llamo Juan Ponce de León y tengo quinientos cincuenta y tres años exactos, hace poco que los cumplí, celebrando la ocasión como se merecía con buenos amigos y mozas de buen ver que en ésta tierra que descubrí, hace ya tanto tiempo, siempre dio de forma generosa.

Nací hace ya tantísimo tiempo que casi ni me acuerdo en un pueblecito de Valladolid y nací en noble cuna, tan noble que desde muy pequeño entré a servir en la Corte de Juan II de Aragón como paje de su hijo Fernando, del que me hice gran amigo y que después se convertiría en el Católico junto a la hermosa Isabel de Castilla, que aquí entre sus mercedes y yo, les confesaré que lo traía loco.

A su lado combatí en la Guerra de Granada, ¡qué tiempos aquellos, pardiez!, y estando por allí abajo fue cuando escuché hablar por vez primera de la nueva ruta que pretendía tomar, camino de las especias y del Cibao, un tal Cristóbal Colón. 

También escuché contar otras maravillas y fábulas, cuentos sobre imperios en dónde el oro relucía a kilómetros en inmensos palacios, bestias gigantescas que se tragaban a los hombres enteros y también oí hablar por vez primera de la Fuente de la Eterna Juventud.

Yo no me creía ni una sola palabra, para qué les voy a mentir, joven guerrero con ganas de aventura pero pardillo lo justo. Sin embargo la idea de embarcarme y explorar aquellas tierras me sedujo al instante. 

Pero me apunté para segundo viaje, por si las moscas.

La verdad es que cuando Colón regresó lo que traía no era muy esperanzador, cuatro indios enflaquecidos, tres loros y una muela de oro que había pertenecido al Piloto que se acababa de morir de un infarto al ver las costas de España otra vez. 
Pero, a pesar de todo aquello, algo en las tripas me gritaba que me embarcase y que diese el paso de cruzar el Océano Tenebroso, ahora que al menos sabía que al otro lado había algo.

Así que en mil cuatrocientos noventa y tres me subo en una carabela y llego a Las Indias, aunque Colón ni quería oír nombrar aquellas tierras de aquella manera, más que Maese De la Cosa le dijese que aquello de la China nones pero nones. 

El caso es que me distinguí en la conquista de la isla de La Española y para el año mil quinientos diez me encontraba rumbo a otra isla vecina a la que se había bautizado San Juan Bautista pero que los indígenas llamaban Borinquén de toda la vida. 
Era una isla preciosa -todavía lo es- Puerto Rico se llama hoy en día.

Allí la suerte la tuvimos de cara, pues el cacique local más poderoso se hizo mi amigo y Agüeybaná, que así se llamaba, nos recibió con los brazos abiertos y nos trató como a hermanos. Hasta se convirtió al catolicismo y todo con un fervor que ya quisieran muchas beatas de San Apapucio.

Sin embargo las cosas pronto se torcieron y la obligación de trabajar que les impusimos a los indígenas, que no habían tenido aquella necesidad de trabajar en la vida pues todo lo que necesitaban lo extraían de la naturaleza, hizo que muchos se rebelasen y tomasen las armas contra los españoles. 

 Luego se murió el cacique y claro, una cosa llevó a la otra.

Matamos y morimos, que los indios no eran mancos, lo que pasa era que nuestro armamento superior nos llevaba a la victoria irremediable. 
Luego me acusaron de todo, de sanguinario, de cruel, de matarife… En fin, a más de uno quisiera verlo yo en mitad de una selva ignota esperando el ataque de unos indios astutos y valerosos, o teniendo que tomar decisiones terribles que nadie sabe la razón ni el por qué hay que tomarlas en aquel instante y en aquel lugar, pero que hay que tomarlas.

La rebelión se atajó como era mi obligación hacer como Gobernador de la isla. 

Y punto.

Total, para lo que me sirvió.

En el año mil quinientos once, la Corte le da la razón a Diego Colón en los pleitos que mantenía contra mí y consiguió que lo nombrasen Gobernador de Puerto Rico y a mí me diesen la patada. 

Como pueden imaginar aquello me sentó como un pistoletazo y me negué a servir bajo las órdenes de aquel arribista hideputa.

La Corona entonces me concedió permiso, pagando yo por supuesto, que la Corona mucho decir: “Vuestra merced explore y pague el quinto real pero gástese lo suyo que de la hacienda nada verá”, o sea que me tocó gastarme casi todo el oro que había reunido en Santo Domingo para aparejar tres naves y pagar unas tripulaciones medio decentes y poder tomar el rumbo norte de Cuba para ver con qué me encontraba.

Aunque la verdad yo sabía muy bien lo que buscaba. 

¡Sí, lo han acertado!, la perdida Isla de Biminí y la Fuente de la Juvencia, que me daría el poder de conservarme siempre joven y fuerte, pasasen los siglos que pasasen… 
Una fábula, había pensado yo, pero las historias que me había contado un morisco converso que con nosotros viajaba, me habían convencido. El moro lo había leído en la biblioteca de la Alhambra de Granada, en unos viejos pergaminos amarillos por el tiempo y en un incomprensible idioma que un amigo suyo le traducía. 
Yo le había creído a pie juntillas.

El día dos de abril de mil quinientos trece alcanzamos la Tierra de la Pascua Florida y contactamos con unos curiosos indígenas que se hacían llamar “Miamis”, ¡hay que ver lo que son las cosas!

Después me tocó regresar a la patria, para meterme de lleno entre las covachuelas de los escribanos, los laberintos cortesanos y la fuente de oro que significaba pedir un permiso de Adelantado entre el maremágnum de burocracia y papeleo en el que se estaba convirtiendo la Corona y que acabaría ahogándola entre la pluma de tanto buitre.

Conseguí los permisos necesarios aplicando ya saben el explore vuestra merced, y así conseguí los títulos de Adelantado para Guadalupe y para La Florida.

Lo de Guadalupe fue un fracaso estrepitoso, tanto que tuve que refugiarme durante un tiempo en Puerto Rico, hasta que conseguí de nuevo los necesarios avales y los dineros para embarcar una expedición colonizadora hacia las tierras de la Florida.
Allí llegamos y tomamos posesión en nombre de España el año de mil quinientos veintiuno.

Cuentan que durante un combate contra los indígenas una flecha envenenada acabó conmigo, que me morí en La Habana ese mismo año y que allí me enterraron.

Pues vuestras mercedes crean lo que quieran, o lo que les cuenten, más sepan que no les miento al decirles quién soy, ¡pardiez que no…!

Juan Ponce de León es mi nombre, Gobernador de Puerto Rico, Adelantado de Guadalupe, la Florida y Bímini, primer europeo que pisó lo que serían años más tarde los Estados Unidos de América…

Descubridor -aunque no me crean- de la Fuente de la Eterna Juventud...

Juan Ponce de León. Miami Beach. Siglo XXI...


© A. Villegas Glez. 2013


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