miércoles, 28 de agosto de 2013

ENCUENTRO ENTRE LA BRUMA

La noche había caído sobre las trincheras y solamente las estrellas iluminaban por igual a los unos y a los otros, no había luna, pero nadie esperaba una incursión del contrario aprovechando la oscuridad. 
El día había resultado demasiado largo y demasiado sangriento y a nadie le quedaban ganas de seguir matando. 
Al menos aquella noche.

Todos los cerros estaban cubiertos de docenas de cuerpos que los piquetes de enterradores no habían podido retirar del campo de batalla. 
Había tantos que resultaba casi imposible poder completar la tarea, y los hombres encargados de tan desagradable y a la vez tan necesaria faena, pensaban que aquella era una misión inútil porque al día siguiente las montañas y los llanos volverían a llenarse de cuerpos caídos en mil y una extrañas y diferentes posturas y la tierra volvería a empaparse con litros de sangre.

Y es que si algo estaba dejando aquella guerra eran los campos yermos y abandonados, las ciudades hambrientas y bombardeadas y los montes llenos de muertos. 
Las cunetas, las tapias de los cementerios y los claros de los bosques en la retaguardia de cada uno de los contrincantes estaban también llenas de muertos, pues el terror y la revancha, el odio y el saldo de viejas cuentas pendientes habían ocupado el lugar del honor y de la piedad.

En primera línea de combate sin embrago las cosas, y a pesar de todo, eran diferentes. Unos y otros se mataban con la saña y el valor propios de su vieja estirpe se vistiesen del color que se vistiesen pero las crueldades o salvajadas eran contadas y en más de una ocasión, al acabar el combate, se podían ver a los soldados de un lado ofreciendo tabaco a los prisioneros del otro:


- ¡Vaya par de cojones le habéis puesto, compadres...!- y cosas por el estilo se decían.


Como aquella noche sin luna en la que, por azares de la guerra, habían ido a encontrase dos grupos de combatientes, 
cada uno de un bando, que fueron a buscar refugio junto a un nido de ametralladora que había sido barrido por la artillería, se podían ver, asomando entre los cascotes y el hormigón destrozado, unas piernas retorcidas y algún otro irreconocible pedazo de ser humano, un poco más allá se recortaban contra la tenue luz de las estrellas dos cadáveres vestidos con el uniforme verde de los legionarios.

El encuentro había sido fortuito, una de aquellas cosas que pasaban en la vida de manera imprevista y que nunca se sabía cómo podían acabar. 

Los ocho hombres, tres de un lado y cinco del otro, habían ido a refugiarse entre los restos de aquella posición destrozada pero que quedaba a resguardo del frío viento de tramontana que removía la bruma helada del cercano río.

Al principio casi se matan. 
Pero luego habían mirado a su alrededor y se habían mirado entre ellos y decidido que lo mejor era dejar los tiros y los bayonetazos para el día siguiente. 
Por hoy ya bastaba.

Cuatro legionarios, a los que mandaba un veterano Sargento, arrugado como una pasa de Moscatel e igual de renegrido, dejaron de apuntar contra los milicianos que se habían encontrado al llegar a la posición derruida:


- ¡No disparéis carajo!- había dicho el Sargento- ¡no veis, coño, que estos no son ingleses...!


Sus legionarios, disciplinados, habían bajado los fusiles al tiempo que, el mayor de los tres milicianos, bajaba también su "naranjero".


- ¿Tenéis algo de comer?- preguntó el joven.


- Algo hay... - le contestó el Sargento.

Miraba a los ojos de su supuesto enemigo, veintipocos años pero con abundantes y profundas arrugas alrededor de los ojos y de la frente. 

El veterano soldado solamente podía ver a un hombre que, como él mismo, defendía su vida y obedecía a: "los de arriba", igual que hacían todos los demás tras haberse visto arrastrados a aquella atroz guerra entre hermanos.

Los "legías" sacaron de sus zurrones de lona unos trozos de chusco de pan duro, algunos tramos de una tripa de chorizo, un poco de queso de oveja y para regarlo todo, una bota de vino. 

Los milicianos, sobretodo los dos más jóvenes, que eran apenas unos críos, se abalanzaron sobre la comida con hambre lobuna y atrasada. 
El otro miliciano y el Sargento los miraban comer sentados un poco aparte, mientras el joven roía, a bocados cortos, un trozo de chusco de pan duro.

- ¿Son de la quinta del biberón?- preguntó el Sargento.


- Así es, solamente unos chiquillos asustados, el rubillo es de Lérida y el otro, el más recio, de aquí mismo, de Gandesa.

- ¿Y tú...?- al veterano le había parecido captar cierto deje andaluz en el habla del muchacho, quizás su padre o su madre que habían emigrado a Cataluña, o los dos...

- Yo soy malagueño...

En la cara del viejo Sargento se dibujó entonces una sonrisa de niño alegre que rejuvenecía su rostro curtido y arrugado.


- ¡Joder, ¡qué casualidad!...¡Yo también...!


- Tienes pinta de ser del Perchel- le dice el joven con la misma sonrisa dibujada en la cara.

- ¡Del mismo...! ¡Jaaajajajaaj¡

- Yo nací en "el Palo", paisano...- dice y se echa a reír también.

- El Mundo es un pañuelo "boquerón"...- apostilla el Suboficial.

Los dos hombres se ríen más alto y más fuerte, mirándose a la cara buscando rasgos familiares o conocidos.

- Ya ves paisano lo que son las cosas, dos "boquerones" dejándose el pellejo aquí al lado del Ebro...


- ¡Puta guerra!

- ¡Puta y reputa...!

Las estrellas seguían iluminando a los hombres mientras el Sargento terminaba de liar un cigarro de picadura que después le pasa al miliciano:


- Cuidado con la brasa paisano, que los moros ven de noche más que los búhos.

- ¡Hijos de la gran puta...!- la mirada del joven se ensombreció durante un instante recordando fantasmas- ¿Por qué los trajisteis a matar españoles...?

- Supongo que por la misma razón que los de tu lado trajeron a los Internacionales, que mal rayo les parta a todos, incluidos a nuestros queridos aliados italianos y alemanes...

Los hombres se rieron de nuevo y casi al mismo tiempo pronunciaron las mismas palabras:


- ¡Y a los los rusos...!


Los dos malagueños, con los ojos chispeantes, tuvieron que taparse la boca muy fuerte con las manos, como dos niños traviesos, para poder ahogar las carcajadas que llegaban en tromba hasta su garganta. 
El joven miliciano rebusca entonces algo dentro de su bolsa de piel. Es una botella de whisky de Escocia.

- Se la quité a un internacional, total, a él no creo que le sentase bien el licor con las tripas desparramadas sobre las piedras, ¿verdad?, la estaba guardando para algo especial... Y pienso que ahora es el momento...


Los cuatro legionarios, que no habían abierto la boca más que para comer, se quedaron mirando la botella y el líquido del color del bronce y del sabor del fuego que contenía, pasándose la lengua por los labios sedientos, mientras, disimulando mucho, les lanzaban miradas suplicantes a su viejo Sargento. 

El joven miliciano los miró un instante y luego extendió el brazo.

-¿Un trago camaradas...?


Con gesto agradecido uno de los legionarios agarra la botella y le da un sorbo, luego se la pasa a sus compañeros:

- ¡Qué rico que está, coño!- dice uno


- Pues trae "pacá" la botella González, que tú más que un hombre eres una esponja...

Otra vez tienen que taparse la boca, esta vez todos los hombres de la reunión, para ahogar las carcajadas y no delatar su posición y evitar así que los localice la artillería, cualquiera de ella, y los haga pedazos a todos. 

Los dos chavales no beben de la preciada botella pues ambos siguen tragando pan y chorizo como descosidos.

- Parece que gastáis hambre, paisano...- el Sargento miraba comer a los chavales.


- Las cosas no están muy bien por mi lado, apenas queda nada y cada día es peor...

- No te creas que en el nuestro están mejores, pese al pan y la lumbre, ya sabes.

- Hemos hecho España pedazos...

- ¡España...!- repite el Sargento y en sus ojos nace un extraño brillo mezcla de orgullo, rabia, amargura y pena- ¡Puñetera tierra!- dice.

- Sí... Pobre gente, unos y otros- el joven miliciano tiene el mismo brillo en los ojos que el Sargento.

Luego le da un largo trago a la botella y se la pasa al veterano soldado que bebe también sin decir nada más.
Las estrellas siguen iluminando a los hombres que ahora duermen apelotonados, pegados unos a los otros sin distinción de credos ni de ideales, pues para el frío no había diferencias y toda la carne se helaba fuese del signo que fuese. Uno de los legionarios había tapado con su sucio capote a los dos chavales.
El Sargento y el miliciano les observaban:

- Míralos, en nada se diferencian, la misma miseria, los mismos piojos, las mismas chinches y las mismas ganas de que toda esta mierda se termine...


- Ya no falta mucho- dice el miliciano- este era el último cartucho que le quedaba al General Rojo, detrás nuestro ya no queda nada... Bueno están los de Valencia y Barcelona, pero esos se largarán y dejarán atrás al pueblo que dicen defender... Por las trincheras no verás a ninguno...

- Eso seguro amigo- el Sargento hablaba restregándose la cara sucia y barbada- Al menos os vais como lo que sois. Le habéis puesto valor al asunto, en eso se nota que sois españoles...

- ¡Eso sí!, españoles siempre, no podemos ser otra cosa...

La madrugada continuaba su curso y los dos hombres seguían hablando mientras remataban con calma la botella del escocés que había venido a morir a España -¿"paqué" te metes en dónde no te llaman, mister?-, hablaban de las cosas de antes de la guerra, de las ilusiones perdidas, de los ideales pisoteados, de lo que podría haber sido y no fue, hablaron de Málaga y de las malagueñas, del Real Madrid, aunque ya no fuese "real", hablaron mirándose a los ojos mientras la noche iba convirtiendo a los dos hombres en amigos.


Pero el reloj siempre avanzaba y la luz del día comenzaba a clarear por la parte de Amposta, así que el Sargento se levanta, comprobando que la fama del licor escocés era bien merecida, y luego, para quitarse la bruma de la cabeza, despierta a patadas en el culo a sus hombres.


- ¡Vamos gandules, que hay una guerra que terminar!


Después le entrega a los dos chiquillos los últimos chuscos de pan, trozos de chorizo y de queso que les quedaban en la mochilas. Los chavales lo miraban agradecidos:


- ¡Grasies!- le dice uno, el más rubillo.


- ¡De nada, chaval!.. y el Sargento revuelve el pelo sucio del muchacho y siente un nudo enorme que se le hace en el pecho. Quizás mañana esté muerto-se dice.

Luego se acerca remolón, como queriendo atrasar el momento, hasta su nuevo amigo y le estrecha muy fuerte la mano diestra mientras apoya la zurda en el hombro del joven.


- Sargento Antonio Sáez, de la Primera Bandera...


- Manuel García, Alférez de Milicias...

Los dos hombres se funden en un apretado abrazo, conteniendo a duras penas las lágrimas sobre sus párpados curtidos. Los legionarios les miran incómodos y carraspean con la emoción del instante acuchillando el corazón de todos los presentes.


- ¡Suerte, Manuel...!, salid de aquí rápido, esta cota está marcada para la aviación alemana.

- ¡Suerte, mi Sargento...!- el joven miliciano saluda militarmente.

Y tal como habían llegado, cautelosos, a saltos precavidos, los legionarios se pierden entre las piedras y los pinos.
El joven Alférez los observa un rato mientras se pierden entre la bruma de la mañana:
Ojalá nos hubiésemos puesto a hablar y a compartir el pan, el tabaco y el licor de todo este puñetero país antes de que todo esto comenzase...

Uno de sus jóvenes soldados parece leerle el pensamiento y le dice con marcado acento catalán:


-¡Cap de Deu, mi Alferez!, pues no pensaba yo que todos los fascistas eran unos hijos de la gran puta...


- Pues ya ves que no Miguel, ya ves que no...- le contesta el joven oficial.

El sol comienza a calentar el cielo cuando retruena el primer cañonazo de la mañana y arriba, sobre el limpio cielo azul, se oye el creciente ronroneo de los motores de la aviación.

Otro día que comienza. Un nuevo día en el Frente del Ebro.

Manuel mira al cielo y disimulando mucho reza bajito un Padrenuestro. Por el alma del Sargento Sáez, por la de los dos chavales que le acompañan, por la suya propia y por la de todos los españoles que estaban allí y aquel día morirían:

- ¡Amén...!.


Uno de los chavales lo mira con los ojos azules muy abiertos:


- ¡También reza usted mi Alférez...!


- ¡Claro...!

- Yo también... Pero a escondidas...

Y el cielo ilumina la sonrisa del chaval y al Alférez de Milicias Manuel García se le hace en las tripas un nudo que le aprieta el corazón y el alma.


- ¡Maldita guerra!-piensa- a veces creo que nacimos todos medio gilipollas.


Luego mira a su alrededor buscando alguna referencia conocida, algún sendero que le resulte familiar, después hace la señal de silencio absoluto y ordena a sus dos jóvenes soldados que le sigan.

Las tres figuras se pierden entre la bruma del río, a los tres segundos de haberse marchado impacta un obús que remueve más todavía la tierra y deja al descubierto una calavera medio podrida.

Un nuevo día en el frente del Ebro. Un nuevo día en la guerra entre hermanos.
Nadie sabe cuando se terminará toda aquella locura, pero todos quieren que se acabe, aunque nadie, ni los unos ni los otros se atrevan a decirlo...

(C) A. Villegas Glez. 2013












3 comentarios:

  1. Señor que triste nuestra historia mas que orgullo de nación . Que distinto hubiera sido todo si el mejor general de la guerra ,Don Vicente Rojo, hubiese mandado al cuerpo más valeroso , La Legión ,contra el inglés pérfido o contra el francés rencoroso . ¡Salud camarada !

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  2. Bonito relato, y probablemente en algún momento de nuestra Guerra Civil bien pudo acontecer, seguro.

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