domingo, 27 de octubre de 2013

TIERRA DE LEONAS

El sol abrasador recalentaba los mosquetes y los cañones y los hombres enloquecían a causa de la terrible sed que les atormentaba, desde que había amanecido y el duro sol jienense golpeaba a los españoles y los franceses que se batían como fieras sobre los cerros que rodeaban Bailén.
Los combates más implacables se desarrollaban junto a las riberas de los arroyos o en la cercanía de los pozos, objetivos prioritarios y vitales para los combatientes pues el agua era vital para apagar la sed que martirizaba a los soldados y también indispensable para enfriar los cañones que, desde el comienzo de la batalla, no habían dejado de escupir fuego y metralla.

Desde Bailén 
habían salido las mujeres valientes, arrojadas y heroicas cargadas de cántaros y de botijos, apoyadas las barricas sobre las caderas y correteando entre las balas que silbaban por todas partes, entre las explosiones de los cañonazos que batían todo el frente, en medio de espeluznantes cargas de Caballería y asaltos de la Infantería a la bayoneta... Allí estaban ellas, impasibles, audaces y empujando a los hombres que reculaban o retrocedían espantados:

-¿Adónde coño vas, Paco?, ¡que los gabachos están por allí delante, cobarde!

Los hombres entonces se empapaban de su osadía y valor con la ración extra de ovarios que paría esta tierra y siguieron empujando a los franceses hasta que los gabachos claudicaron.
A la cabeza de todas iba María Bellido y se cuenta que, una vez había llegado hasta la posición en dónde estaba el General Reding, le ofrecío un trago del agua fresca que traía en su cántara. 
Cuando la mujer alzaba la vasija una bala francesa la hizo estallar de entre las manos de la mujer. Reding dio entonces un respingo, sin embargo, María, no se había espantado lo más mínimo. Se agachó muy serena y fría para recoger un trozo de vasija en el que todavía quedaba un poco de agua, para dárselo al General diciéndole con guasa:

-¡Toma Teodoro “pal” susto…!

Nadie nunca las recuerda, pero por ellas, gracias a su valor y su continuo abastecimiento de agua a las tropas, se pudo ganar la batalla de Bailén y Napoleón se tuvo que tragar su primera derrota en campo abierto, en campo cerrado y en cualquier campo. 

Cuenta un chisme de batalla que el Mariscal Dupont le envió al Emperador un botijo fabricado en Bailén como recuerdo, con una inscripción que ponía:

“A la cadera de una mujer: el arma secreta de los españoles”

Hay muchos más ejemplos en nuestra Historia. Siempre han estado ahí, en cada encuentro, en cada batalla, en cada asedio.


En Madrid, cuando el Dos de Mayo fueron las mujeres las que alentaron y animaron a los indecisos, las que desde los balcones arrojaban agua y aceite hirviendo contra los coraceros franceses y macetas, muebles y todo lo que pudieron usar como arma en la Puerta del Sol o en la Puerta de Toledo, eran ellas las que llevaban los cestos cargados de municiones y los cántaros de agua para calmar la sed de los combatientes, las que servían los cañones en la puerta del Parque de Monteleón, en dónde moriría Clara del Rey junto con casi toda su familia. 
Clara se había destacado animando a los artilleros mientras manejaba la estopa o llevaba saquetes de pólvora y de metralla a las posiciones españolas, hasta que una andanada enemiga la dejó muerta sobre los cuerpos de sus compatriotas.
Sería enterrada al lado de otra heroína madrileña, la joven Manuela Malasaña -y junto a ellas- cincuenta valientes mujeres que también murieron aquel día mientras les sacaban los ojos con las uñas, las agujas de punto y las tijeras de costura a cuanto gabacho se encontraron en su camino.

Durante Los Sitios de cada una de nuestras ciudades, Zaragoza, Gerona, Astorga, etcétera, las mujeres se distinguieron combatiendo sobre las murallas, a cañonazos y mosquetazos, tan arrojadas que hasta sus propias milicias organizaban. 
Por ejemplo estas milicias femeninas fueron las que hicieron rodajas finas como el jamón de York a los jinetes polacos que habían logrado colarse por las calles de Zaragoza durante los primeros días del Primer Sitio. Las chicas enardecidas, sanguinarias como lobas los persiguieron y acorralaron hasta que no dejaron ni uno solo con vida.

Tampoco es algo exclusivo de la Guerra de la Independencia, es cosa de siglos.
Durante La Reconquista y después de la batalla de Las Navas de Tolosa se tomaron muchas fortalezas y pueblos a los moros, uno de ellos era el Castillo de la Peña de Martos que, como era costumbre, el Rey había entregado a un noble caballero, destacado en campaña para que se hiciese cargo de su mantenimiento y defensa. Se ocupó el Castillo y se llenó de mujeres y de niños, de sirvientes y claro, de curas.
Cierto día el Conde y sus caballeros salieron de razzia, a entretenerse asolando las tierras de sus vecinos, entonces los moros se percataron de que el Castillo había quedado desguarnecido y decidieron aprovecharse de la situación atacándolo muy seguros de que volvería a sus manos.

Pero las mujeres habitantes del castillo y esposas de los que andaban de pingoneo, se cortaron el pelo y cambiaron sus vestidos por las cotas de malla que habían dejado allí sus maridos -llévate las nuevas Juan, ¿no ves que te va a ver el Rey?... ¡aiinsss, estos hombres! 

Luego tomaron posiciones en las almenas dispuestas a defenderse hasta la muerte. 
Los moros que llegaban sobrados y pensando que ya estaba todo hecho se encontraron con una nube de flechas y los adarves cuajaditos de lanzas, así que dudaron y ante la duda ya se sabe, la más... Y encima a mitad de camino de vuelta se encontraron con los maridos de las tías de las almenas y claro, la sartenada que se llevaron de lanzazos y de espadazos fue de las que salían en el "Hola" con suplemento y todo, oyes...

Otro episodio sucedió en la ciudad de Palencia, en la que las mujeres de la ciudad disfrutan desde el año mil trescientos ochenta y pico, del Título de Caballeros de Honor y pueden usar su 
exclusiva banda dorada. 
Se la ganaron bravamente cuando defendieron la ciudad del ataque del Duque de Lancaster, que venía el tío muy chulo reclamando la Corona de Castilla- ¡casi ná- y salió apaleado, escaldado y humillado por las heroicas palentinas.

En cada ocasión siempre han estado al pie del cañón, como Agustina o María Pita, con vidas increibles que darían para escribir un millón de novelas como las de Catalina de Erauso o Inés de Suarez, que representan a todas aquellas mujeres que se embarcaron hacia la aventura en el Nuevo Mundo.

Hoy me he acordado de vosotras, porque si algunos hombres permanecen olvidados, la mayoría de vosotras permanecéis en el rincón oscuro de la pelea callada, anónima y desconocida, a pesar de que, durante nuestra Historia siempre, siempre, habéis estado ahí, en las murallas. 
Hembras valientes que, más de una vez y de dos y de diez nos habéis dado ejemplo de coraje, gallardía, inteligencia, nobleza, bondad y valentía a nosotros, los estúpidos hombres...
Mujeres que sostuvieron impasibles sobre sus vientres el Imperio en el que el sol no se ponía jamás...

© A. Villegas Glez. 2013






3 comentarios:

  1. Pues bien que se tardó en aceptar a las mujeres en el ejército.....¡¡ lástima¡,¡

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  2. Las mujeres siempre en el frente, en la retaguardia o como enfermeras no se las ve, no se les aprecia, pero son el alma y el espiritu que sostiene a los varones que pelean por la libertad.

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  3. Sólo puedo decir: GRACIAS!! por tan rendido homenaje (que no "mujeraje"... también tenemos que aguantar este tipo de estupideces que son peores que ir a la guerra). Un abrazo de Leona!

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