martes, 1 de octubre de 2013

VIETNAM XIX

Entre las impenetrables selvas del Reino de Annam, sometidos a mil tormentos orientales, son vilmente asesinados unos cientos de fieles católicos. 
Entre ellos estaban el Obispo de Platea José María Sanjurjo y su sustituto, Fray Melchor García y junto a ellos fueron pasados a cuchillo todos sus misioneros y clérigos franceses y españoles, que fueron masacrados sin piedad por las turbas que los hicieron pedacitos irreconocibles.

En Francia la gente salió a la calle exigiendo venganza a gritos y su flamante Emperador Napoleón -el de Santa Elena no, el tercero- dio orden a su poderosa Armada, para que se preparase a emprender una expedición de castigo contra aquellos asesinos impíos de la otra punta del Mundo y de la que Francia pretendía apropiarse… 

Pero para poder llevar a cabo sus planes bélicos la poderosa Francia necesitaba el permiso de la pobre España para usar las Islas Filipinas como base de abastecimiento y despliegue.
A pesar de esta necesidad los franceses de muy mala gana, le solicitaron al General O, Donell -que era el mandamás español del momento -ayuda y apoyo para la empresa:


- ¡Oh la, lá, Odonell, también degollaron a curas espagnoles!- le dicen...

Y a pesar del calamitoso estado en que se encuentra el país, con el Ejército desperdigado entre América y África, peleando contra insurrectos y moros, después de haber sufrido tres guerras civiles consecutivas, el Gobierno y la Reina apoyan con entusiasmo la operación combinada:

- ¡Pero que no salga muy cara la cosa...!- cuentan que comentó sobre el asunto la Reina Isabel, mientras le clavaba la mirada en el paquete a un Guardia de Corps.

Se envió orden urgente a Manila para que  se preparasen y armasen lo mejor posible a mil y pico de hombres y, si era posible, algún que otro barco para poder presentar ante los aliados gabachos.

Rebañando y escarbando mucho se pudo apañar al viejo navío, “Elcano”, pero como las carcajadas de los franceses se escucharon hasta en Pekín cuando vieron llegar al viejo barco de vela, se decidió entonces, rebañando más todavía, mandar al vapor “Jorge Juan”, acompañado de una goleta y una corbeta.

Mil quinientos españoles formaban la expedición, españoles peninsulares y españoles de la Provincia de Filipinas.

En agosto del año mil ochocientos cincuenta y ocho, la fuerza expedicionaria hispano-francesa, llega hasta la hermosa Bahía de Turena. 
Hoy en día se llama Bahía de Da Nang y les sonará mucho gracias a los reconocidos héroes, Coronel Bradock y Rambo.

Allí había dos fuertes muy bien defendidos y que guardaban el camino hacia la ciudad de Hué, que era la capital vietnamita.

Seis de octubre, ocho de la mañana...
El sol salía y los soldados de infantería españoles avanzaban hacia los fortines con la consigna de tomarlos y despejar el camino de la ciudad de Hué.

Bajo un intenso fuego de artillería los españoles avanzan y se encuentran una línea de estacas que atraviesan bajo el horroroso fuego de fusilería y de cañón que les hace el enemigo. 
Pero la primera posición es asaltada y los artilleros pasados a cuchillo sin compasión.
Quedaban dos líneas más, igual de bien protegidas con estacas y empalizadas cubiertas por el fuego cruzado de los vietnamitas.

Los soldados españoles avanzaron impasibles como dignos herederos de los vencedores de Las Navas y de Lepanto.
La segunda línea de estacas y defensas resultó arrollada y luego la tercera también.
El enemigo huyó espantado ante la turba de soldados que, ensangrentados y casi sin resuello, no dejaban de clavar sus bayonetas, y de postre, los paisanos filipinos armados con sus machetes, causaban espanto y pavor entre los vietnamitas.

El Contraalmirante francés, Rigault de Genouilly, que era el Comandante en Jefe de la expedición, no podía creerse que fuesen los españoles, que eran los menos numerosos, los peor pertrechados y los que no veían un duro desde que habían llegado a la selva, los mismos que habían provocado el desprecio, la desconfianza y la hilaridad de la estirada oficialidad gabacha, que fuesen los atrasados españoles los que habían destrozado -¡con dos cojones!- las potentes defensas vietnamitas:

- ¡Mon Dieu…, ahora me explico lo de Bailén, Gastón!

Sin embargo los esfuerzos aliados se estrellaban-como se volverán a estrellar cien años después los franceses, que no escarmentaron y los norteamericanos que no se enteraban-contra la espesura impenetrable, contra las enfermedades, los pantanos, las serpientes y el enemigo emboscado entre selvas oscuras, húmedas y densas. Selvas que se tragaban Compañías enteras para no devolverlas jamás.

Así que en vez de atacar la ciudad de Hué, los franceses, que tienen mucha prisa por abrir sus factorías comerciales y asentar de esta forma las bases de su imperio en Asia, cambian el objetivo estratégico y ponen sus ojitos en Saigón.

La ciudad era grande y la habitaban cerca de cien mil personas, pero el mando francés estaba muy seguro de la victoria.
Por algo llevaban con ellos a mil y pico españoles, aunque ya quedaban algunos menos, pues muchos de nuestros compatriotas se habían dejado los huesos para siempre entre los arrozales de Da Nang.

Pero los que quedaban, acompañados de frailes dominicos, que luchaban como demonios junto a las tropas, animándolas como en las Cruzadas y con el recuerdo de sus compañeros martirizados en la cabeza y en el corazón, lograron tomar la ciudad de Saigón el diecisiete de febrero del año mil ochocientos cincuenta y nueve.

La Gran Pagoda Sagrada la asaltaron el Capitán don Ignacio Fernández, espada en mano y empapado en sangre y sudor, junto a los Cazadores españoles de su Compañía.
¡Toma ya, Rigault de los cojones!

Un rato después los franceses ondearon la tricolor sobre la Pagoda y a los españoles, pese al valor y al sacrificio, tan sólo nos dejaron ponerle nombre a una plaza. 
¡Muchas gracias, François!

Comenzaba tras la batalla un asedio de seis meses de duración, que aguantarían ochocientos soldados franceses, que también mataban y morían, que no todo iba a ser quedarse mirando a los españoles desjarretando vietnamitas. Junto a ellos pelearán ciento y pico paisanos nuestros como numantinos.

Es ahora cuando, desde Manila, se envía al Coronel Carlos Palanca con refuerzos para ayudar a los sitiados de Saigón.
Lo que Palanca se encuentra es indescriptible.

No se reponían las bajas, no había pertrechos ni intención de enviarlos, no había dineros, ni vendas para el médico, ni apenas garbanzos, menos mal que allí, arroz había más que en su querida Albufera.
Un desastre típico de nuestro país y más típica y tradicional todavía fue la respuesta de los señores ministros del Estado y de la Guerra cuando el Coronel Palanca, aún sabiendo lo que le esperaba, les solicitó socorros urgentes:

- ¿Dineros…?

- Y abastecimientos y hombres y barcos y uniformes y pagas y fusiles y municiones…

- ¡Cohones...!

- ¡Lo mismo digo…!

- Pues no hay un duro, Palanca… Así que apechuga con lo que tienes…

- ¡Joder…!

- Eso... Isabelita…

De esta manera la fuerza y el respeto que se habían ganado los españoles allí, a base de esfuerzo y de sangre, se diluye por la incapacidad de los gobernantes, por la ceguera de un pueblo que parece condenado, en bucle diabólico, a repetir siempre los mismos errores.

Por eso el nuevo Comandante en Jefe francés, un tal Page, sin consultar al gobierno español -¿Pa qué?, debió pensar el gabacho- ordena el repliegue inmediato de todas nuestras tropas. 
Todos menos el destacamento que el Coronel Palanca tiene en Saigón.

Así que el que había sido el Jefe de la expedición española hasta aquel momento, el muy olvidado Ruiz de Lanzarote y el grueso de las tropas, regresan a las Filipinas, dejándose atrás casi cuatro años de calamidades, de enfermedad, de húmeda selva, de combates contra un duro enemigo, de sangre y de valor. 
Y a muchos compatriotas enterrados allí para siempre.
Regresaban con la honra de su nación en lo más alto. Orgullosos y con la cabeza bien alta, habiéndose ganado el respeto de amigos y enemigos. 
A pesar de todo.

El Coronel Palanca se quedará en Saigón dos años más junto a sus doscientos soldados. Serán empleados siempre en las misiones más arriesgadas, en los puestos de mayor peligro y fatiga, y cumplirán como los mejores, admirando en cada combate a los aliados franceses y causando pavor entre el enemigo.

El Coronel Palanca lucha y se desvive por proteger los intereses de España, en briega constante contra los oficiales franceses, que tienen que aguantar las verdades que Palanca les suelta casi cada noche en el bar de oficiales, y los otros tragan -¡qué remedio!- pues no pueden prescindir los franceses de aquellos hombres que les habían sacado las castañas del fuego en más de una ocasión, o de dos.
Desde España solamente recibía, en respuesta a sus súplicas para que le mandasen más hombres y más material, la cantinela española por excelencia. 
El sonido del aire entrando y saliendo por las orejas de los gobernantes:

- ¡FIUUUSSS, FIIUUUSSS, FIUUUSSS!


De esta manera, cuando el rey vietnamita decida aceptar las condiciones de capitulación francesas, o sea, ocupación territorial, instalación de comercios, comerciantes y libertad de culto religioso, en el tratado que firmen las partes ni siquiera nombrarán a España. 
¿Pa qué?, debieron pensar aquellos hideputas.


Mientras, Carlos Palanca masticaba despacio el ala de su sombrero despidiéndose para siempre de aquella tierra, de aquellas selvas en las que España pudo haber tenido un importante papel y no quiso. O no pudo.
De aquella manera tan española, tan nuestra, tan de aquí, nos ganamos el derecho a que, en la hermosa ciudad de Saigón, una plaza -de las importantes- se llamase durante un cierto periodo tiempo: 
Plaza de España.

Y que en la Bahía de Da Nang, escondido entre matojos, con las lápidas derrumbadas, los nichos abiertos y las cruces oxidadas, con el incienso ardiendo y los regalos que les hacen los budistas al espíritu de aquellos guerreros llegados desde tierras lejanas, exista un olvidado cementerio de soldados, franceses y españoles, muertos durante aquella expedición.

Pone los pelos de punta mirar la foto y saber que allí dentro, olvidados, están los huesos de un compatriota, de un hermano. De un hombre que murió con la nostalgia de España en la boca, con la punzada de tristeza para siempre clavada en el corazón.

Pienso que deberíamos dejarnos de tanta estupidez, de tanto pisotearnos unos a otros, de hundirnos y de humillarnos. 
Ya es hora de que nos unamos y gritemos todos juntos que no queremos nada, que nada exigimos y que nada reclamamos.

Excepto que los huesos de nuestros hermanos regresen a casa. 
Al menos, eso les debemos.

© A. Villegas Glez. 2013



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