jueves, 3 de octubre de 2013

MORIR CON EL SABLE EN LA MANO

Luis Vicente de Velasco nació en la villa de Noja, cerca de Santander, en el año 1711.
Como buen cántabro heredero de Juan de La Cosa su vida, desde muy niño, estuvo ligada al mar y a la Real Armada. 

Con quince años ingresa como Guardiamarina y recibiría su bautismo de fuego durante los asedios a Gibraltar y durante el ataque contra Orán liderado por el Duque de Montemar. Allí nuestro héroe se graduaría bajo las balas y los cañonazos sarracenos.
Como cualquier oficial de la Armada su vida transcurría entre el Mediterráneo, donde perseguía a los piratas berberiscos y el Océano Atlántico destinado en la flota de Guarda de la Carrera de Indias.

En el año 1741 sería ascendido a Capitán de Fragata y destinado a Las Antillas.

Cierto día de 1742 la fragata del Capitán Velasco se topa con un navío inglés, de mucho mayor porte y tonelaje, que se le arrimaba con las intenciones del turco, mientras otra fragata inglesa trataba de apoyar a su compañera ciñendo el poco viento que soplaba aquella mañana de junio y buscando el barlovento de la fragata española.

Velasco ve el panorama y como es un capitán muy querido por su tripulación, valiente y más listo que el hambre, calcula las distancias y las oportunidades sonriendo de oreja a oreja. Ordena zafarrancho de combate mientras los ingleses del poderoso navío no se pueden creer lo que ven:

- Parece que nos quieren abordar, Captain Jameson
- ¡Oh, nou, nou...! Imposible Edwar, estos spaniards no tienen eggs…

Pero el tal Jameson -que es un nombre ficticio ojo, no me saquen las tripas vuestras mercedes con el rigor histórico-, se equivocaba…

La fragata de Velasco maniobra como el rayo, presenta la banda con las portas abiertas y dispara todas sus baterías: ¡BATABUUUMMM!
Saltan destrozadas las tablazones enemigas, vuelan las astillas y corre la sangre por la cubierta inglesa.
Luego, mientras Jameson y su Segundo siguen alucinando en colores, Velasco y su valerosa tripulación se abarloan y abordan el navío a sangre y fuego.

A todo esto, el otro barco inglés que se acercaba, al ver la valiente y arriesgada maniobra española, se lo piensa mejor e intenta poner mar de por medio.
Pero el Capitán Velasco lo persigue, lo acosa y lo cañonea con tan buena fortuna y atino que los cañonazos españoles destrozan la línea de flotación del inglés y el barco, de inmediato, se escora peligrosamente.
Al capitán británico -digamos que se llamaba Francis- no le queda otra que arriar el pabellón inglés e izar el de auxilio… 
El cántabro, hidalgo marino, rescata a los ingleses y pone proa hacia La Habana con su presa. Entra en el puerto aclamado y admirado por el pueblo.

Velasco adquiere la justa fama de tener los huevos como dos balas de "a veinticuatro", pues en cada combate, allí estaba, siempre a la cabeza de sus hombres dando el ejemplo que todo oficial debe dar y todo soldado necesita recibir.

Para el año 1746 es ascendido a Capitán de Navío y le otorgan el mando del “Reina”. Con aquel barco seguirá las vicisitudes, temporales, ataques y demás fatigas que la Real Armada tenía que soportar sobre sus espaldas de madera, cuerda y acero.

Junio de 1762... Una poderosa flota inglesa compuesta de cincuenta y tres navíos y veinticinco mil hombres se presenta ante La Habana dispuestos a tomarla.

A Luis Velasco le asignan la defensa del Castillo del Morro ya que la intención de los ingleses era clara: desembarcar y tomar tan importante enclave, que como todos los enclaves caribeños, estaba falto de hombres, mosquetes, cañones y con la pólvora justa. 
Sin embargo ni faltaba el valor ni las ganas de pelea. Los ingleses estaban a punto de comprobarlo.

El día siete de junio empezó el bombardeo naval contra las posiciones españolas. Los ingleses desembarcan diez mil efectivos y atacan Cojimar y La Chorrera.
El día ocho los británicos, con el General Elliot al frente de ocho mil hombres, atacan la población de Guanabacoa situada al sur de La Habana. 
El regidor de la villa, Antonio Gómez y sus apenas armados vecinos ofrecieron una tenaz y durísima resistencia hasta que fueron aniquilados.
En la población de La Cabaña se repetirá la misma escena. Después de una feroz resistencia por parte de las mal armadas milicias locales el enemigo ocupa la posición instalando allí su artillería para batir El Morro.

El Castillo se había convertido en un doloroso grano en el culo de los ingleses, ya que su comandante, Luis de Velasco, era inteligente, fiero y acosaba continuamente a los ingleses con sangrientas salidas y con sus certeros cañones.

El primero de julio cuatro navíos ingleses, que sumaban más de ciento cincuenta bocas de fuego, se arrimaron, chulos y arrogantes, a la mole impresionante del Castillo del Morro.
Lo hicieron por la Batería de Santiago que contaba solamente con unas treinta piezas, pero que tenía como jefe y alma de la defensa al Capitán Velasco, que, otra vez con la sonrisa de oreja a oreja, calculaba las distancias y las parábolas.
El duelo artillero duraría seis horas. 

Desde la Batería de Santiago, pese a que algunas piezas habían sido desmontadas y los regueros de sangre corrían sobre las piedras, Luís Velasco contemplaba orgulloso cómo los barcos ingleses se retiraban apaleados.
Uno iba desmochado por completo y remolcado por otro navío que también se había llevado lo suyo. El tercero, que había sido el más osado y el que había hecho más daño a la batería española, se alejaba también con muchas averías. 
El cuarto navío ni se había arrimado a tiro de cañón y ponía pies en polvorosa o en espumosa, o como se diga cuando un navío se aleja del combate como alma que lleva el diablo.
Al mismo tiempo y por el lado de tierra se había rechazado el asalto de los ingleses que no lograron ni arrimarse a los gruesos muros del Morro.

El Capitán Velasco llevaba desde el primer día del ataque en pie, sin apenas dormir y acudiendo siempre a los puestos en donde se le necesitaba. 
El quince de julio, tras recibir una herida, le ordenan retirarse a la Plaza, que inexplicablemente, los ingleses no habían logrado tomar todavía, para que descansara y se repusiera… 
Pero su falta en El Morro era como la falta del fuelle en la fragua, así que, sin apenas descanso ni reposo, el bravo cántabro se reincorpora a su puesto.

La tenaz defensa del Castillo de los Tres Reyes continuaba y los ingleses chocaban una y otra vez contra la férrea voluntad de Velasco que con su entrega y valor galvanizaba a los defensores.

El veinticinco de julio una extraña calma se abate sobre el campo de batalla… Algo preparaban los ingleses, algo gordo.

El día treinta de julio, tras dos meses de heroica defensa, una enorme mina estallaba y abría una enorme brecha en los gruesos muros del Castillo. 
Los infantes de marina ingleses, arrojados como suelen, se lanzaron sin dudarlo a tomar la brecha.

El Capitán Velasco junto con su Segundo al mando, el Marqués de González, ven la multitud de bultos rojos que trepan sobre las piedras derruidas, y a unos doce soldados españoles que, con su bravo Capitán al frente, tratan de contener la oleada inglesa. 
Morirán todos allí defendiendo la brecha pero gracias a su sacrificio, dan tiempo a que el Capitán Velasco y todo el que pudo reunir, se abalanzaran contra los ingleses en una turba enloquecida.
Pero la superioridad numérica de los ingleses resulta abrumadora. Seiscientos contra seis mil…

Don Luis Velasco que iba como siempre al frente de sus hombres con el sable en la mano recibe un tiro en el pecho. 
Mientras cae moribundo al suelo le dice a su Segundo que defienda la bandera.
A González, junto con otros oficiales y soldados, los encontrarán alrededor del mástil rodeados de enemigos muertos.

Muertos Velasco y casi todos los demás, los pocos supervivientes deponen las armas. 
Los ingleses no pueden creerse que por fin hayan doblegado a aquellos bravos españoles. 

El Coronel Keppel, jefe de los casacas rojas, cuando entra en donde reposaba moribundo el heroico capitán español, lo abraza admirado, y ofrece de inmediato a los médicos ingleses para salvar la vida de tan valiente soldado.

Se pactó un alto el fuego para poder trasladar al Capitán Velasco hasta La Habana, en donde, debido a las infecciones, moriría el treinta y uno de julio. 
Al día siguiente se le enterraría con todos los honores.
Un servidor piensa que, para el valiente Luís Velasco, el mayor honor era el de seguir escuchando las descargas cerradas de los defensores del convento de San Francisco que todavía resistía al invasor.

En nuestra patria olvidadiza muy pocos saben quién fue el Capitán Velasco y lo que hizo en su vida de servicio a España. 
Se acuñaron monedas y en la Armada, que sí le recuerda, debe haber un barco con su nombre.
Para nuestra vergüenza los ingleses levantaron una estatua en honor de Velasco y de González en la mismísima Abadía de Westminster.
Y hata hace no mucho cuando pasaban los navíos de la Royal Navy cerca del pueblo de Noja, disparaban salvas en su honor…

Como ellos mismos decían, Luis Vicente de Velasco era: 

“El Capitán más bravo del Rey Católico”.

A. Villegas Glez. 2013

Imagen. El Capitán Don Luís de Velasco


2 comentarios:

  1. Honor y reconocimiento al héroe olvidado.

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  2. las dos franjas rojas de los pantalones de la Infantería de Marina, como tropas reales , se deben a esta gesta del Castillo del Morro

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