lunes, 23 de diciembre de 2013

NATIVIDAD EN FLANDES

Hacía muchos años que había pasado, tantos que mi anciana memoria apenas recordaba lo sucedido. Borrado el recuerdo entre otros menos agradables y llenos de fantasmas oscuros.
Más no es el caso de la presente historia que me propongo narrar a vuestras mercedes y que ha regresado a mi memoria impulsada por la presencia de mi nieto, que no hay mayor ventura que marcharse de este mundo sabiendo que detrás queda la honra intacta y tu simiente bien sembrada.

El caso es que al crío, que va a hacer los seis años, le encanta que le cuente historias de aquel tiempo singular en el que su abuelo fue soldado.

Llegada la festividad de la Natividad de Nuestro Señor, me había pedido que le contase algo que hubiese sucedido durante aquellas fechas señaladas, durante mi servicio en las frías tierras de Flandes.

- Los herejes también celebran la Navidad…

- ¿Sí, abuelo…?

Y los ojillos verdosos como los de su hermosa madre brillaban tanto que mi viejo corazón se arrugaba de emoción.

Recordé entonces lo que nos había sucedido a un grupo de camaradas, durante las Navidades del Año del Señor de mil quinientos ochenta y cuatro, en mitad del largo y durísimo asedio contra la populosa y rica ciudad de Amberes, que fue rendida por la tenacidad, el ingenio y el valor de nuestro General, Alejandro Farnesio, al verano siguiente.
Pero para aquello todavía faltaba mucho, pardiez, era el mes de diciembre y hacía un frío hereje que te pelaba las pelotas.

La nieve lo cubría todo, excepto las zonas más pisadas que se convertían en lodazal helado e intransitable y como era natural en nuestras circunstancias: soldados, españoles y sometiendo a sitio a la ciudad más poderosa de Flandes, no teníamos ninguno de nosotros ni un maravedí en la bolsa y comíamos  lo que cogíamos de dónde podíamos, o sea, lo que cada cual adquiría de una u otra manera.
En definitiva, que pasábamos más hambre que el perro del afilador, que tan sólo come caliente -el pobre- cuando caen las chispas de la piedra.

Como podrán imaginar, y como a nosotros sucedía igual en cada camareta de cada Tercio, valón, italiano, tudesco o español que rodeaban la ciudad de Amberes, cada cual buscándose la vida, habían esquilmado los alrededores y más allá, y en torno al sitio, formando círculos concéntricos se acumulaban la miseria y el hambre y si nosotros los soldados las pasábamos negras, imaginen vuestras mercedes los habitantes de los alrededores.
Los que seguían vivos, claro.


Aquella Nochebuena recuerdo que había conseguido cada cual alguna cosa.
Pedro de Murcia, medio pato seco, Guzmán de Nájera unas cebollas y unos ajos, no sé quién trajo una damajuana de vino, yo puse mis últimas monedas para unos trozos de chorizo y tocino, otro había conseguido unos nabos.

Y allí estábamos, en nuestro rincón del campamento, sin cantar ni nada de eso, no se crean vuestras mercedes que andábamos contándonos las penas, había más silencio que otra cosa, roto de cuando en cuando por una corta carcajada. Había camaradería y hermandad, pero era ruda, sudada y manchada de barro, allí, pardiez, solamente había soldados.

Hoy todavía no sé si lo que vimos fue una aparición o fue real, entre dos silencios y dos risas, oímos a nuestra espalda el llanto ahogado de un niño. Alguno hizo el gesto de echar mano a la espada, pero solamente fue el gesto.

Allí, sin saber de dónde había salido, había aparecido una madre con su hijo en brazos, se podían ver dos bracitos regordetes y rosados que manoteaban y la mujer que nos miraba sin temor alguno. 

Era muy hermosa, pero allí nadie veía hembra sino madre, recuerdo que dos camaradas se arrodillaron y yo estuve a pique de hacer lo mismo.

- ¿Me dan vuestras mercedes, señores soldados, algo de comer...?- nos pidió en perfecto y claro castellano.

Todos nos quedamos convertidos en piedra, como si la diosa Medusa nos hubiese hechizado con su mirada.

Luego, magnetizados nos fuimos apartando muy respetuosos de la mesa desvencijada, fabricada con troncos de madera que ocupábamos y la madre se sentó en un taburete de tocón con el niño sobre el regazo.

Comió, comió hasta saciarse, probando el vino tan sólo a pequeños sorbos, mientras nosotros mirábamos extasiados aquellos bracitos rosas que jugaban con el pelo rubio de su madre.

Cuando terminó, disimuló un pequeño eructo satisfecho y luego nos miró muy fijamente y durante un instante uno por uno, se levantó y nos dio las gracias por haberla alimentado. 

Luego, igual que había llegado, desapareció, pero ahora el niño no gemía, se le podía oír reír entre medias de unos horrorosos chupetazos que le daba al pecho de su madre.

Nosotros nos habíamos quedado con el corazón lleno de alegría, y a pesar de que no nos quedaba nada que llevarnos a la boca a ninguno nos importaba, quedaba vino en la damajuana y a ella nos aplicamos con la debida disciplina de soldados sedientos.

Recuerdo que fue Juan de Antequera el que se marchó a hacer sus necesidades unas varas más allá, entre las espesuras nevadas, y fue él, el que nos contó lo que había sucedido cuando, al poco rato de haberse marchado, le oímos gritar como a un endemoniado:

- ¡Milagro, milagro!- gritaba.

Cuando llegamos a dónde estaba, con las espadas en la mano y dispuestos a despachar herejes, le encontramos extasiado mirando algo que había frente a él. 

Algo que brillaba.

Todos nos apelotonamos detrás suyo, como una avalancha sobre sus hombros, y a todos se nos pusieron los ojos como platos al ver lo que vimos.

Había un pequeño cofre del que rebosaban los embutidos y dos panes de hogaza, dos buenos y gordos pellejos de vino flanqueaban el cofre en el que una buena cantidad de monedas de oro brillaban más que el mismo sol:

- ¿Quién ha dejado esto aquí, Juan?

- No vas a creértelo…

- Prueba…

- Un tal Nicolás, hereje… y, ¿sabes…?

- ¿Qué...?

- Dice que viene de España…

- No me j…

No voy a terminar contando lo que pasó con aquellas monedas y con aquellas viandas, pueden imaginarlo vuestras mercedes, pero aquella Nochebuena, durante el asedio de Amberes, a ninguno de los que salimos vivos de allí -la mitad de la mitad tan sólo lo pudo conseguir- la podríamos olvidar nunca.

Bueno, yo sí, pardiez, hasta que mi nieto me había preguntado...

¡Ah, pues no se ha dormido el perillán!, no sé en qué punto habrá cerrado la criatura los ojitos...


© A. Villegas Glez. 2013

¡¡¡ FELIZ NAVIDAD, TENGAN VUESTRAS MERCEDES!!!



8 comentarios:

  1. Una historia preciosa, y me quedo con; "que no hay mayor ventura que marcharse de este mundo sabiendo que atras queda la honra intacta y tu simiente bien sembrada"

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    1. Muchas gracias, yo también me quedo con eso... Felices Fiestas

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  2. Feliz Navidad, Don Villegas.

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  3. Genial. Que no se borre, por favor. Feliz Navidad!!!

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    1. Feliz Navidad... No se preocupe, éste no, y le pido disculpas...

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    2. El que me tengo que disculpar soy yo porque con mi comentario no quería quejarme de nada.

      Es un honor leer estas historias tan geniales, porque los hechos que cuentas son verdad....y te has atenido fielmente a ellos, introduciendo detalles literarios...que bien pudieron ser también todos ciertos.

      Y es un honor, porque ya era hora de que la verdad gloriosa de los españoles resplandeciese, a pesar de las sombras y los silencios.

      Te digo lo del capitán de Flandes: Sigue escribiendo sin miedo.

      Mis más cordiales saludos. Y feliz 2014 que empieza!!

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  4. Pues ¡ no seré tonto que me emocionó el relato !

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