viernes, 10 de enero de 2014

LA LOMA DE SAN MARCIAL

Llegaron entre la bruma de la mañana protegidos por su artillería. Y llegaron a miles. Los franceses del mariscal Soult pretendían romper el cerco de San Sebastián y mantener de esta manera abierto el camino hacia su país.
Llegaron muy resueltos, decididos y dispuestos a arrollarnos, pretendiendo quebrar nuestro ánimo y nuestra entereza, aprovechando la circunstancia de que los españoles estábamos pasando más hambre que el perro del afilador. 

Llegaron por miles, pero no consiguieron pasar de las lomas de San Marcial pues allí estábamos nosotros, los sucios y hambrientos españoles. El Cuarto Ejército, el de Galicia. Allí estábamos, y mientras nosotros matábamos y moríamos, nuestros supuestos aliados portugueses e ingleses se dedicaron a saquear, violar e incendiar San Sebastián, los hijos de la gran puta.

Era muy temprano, el último día del mes de agosto y los gabachos habían pasado el río Bidasoa por los vados de Hendaya y del Camino Real. Siete divisiones de los que todavía eran los mejores y más disciplinados soldados del mundo, que avanzaron protegidos por la niebla y al amparo de sus cañones.

Las posiciones avanzadas de Irún y de Bera fueron arrolladas sin contemplaciones, pero algunos consiguieron escapar  de la matanza y dieron la alerta al general Freire, que sin dudarlo ni un segundo, nos envió a todos los soldados que tenía a sus órdenes, hacia San Marcial, para formar allí una línea defensiva:

- De aquí que no pasen- dijo el general- y en verdad que francés no pasó ni uno.

En Soroya el Regimiento de Asturias no cedió ni un palmo de terreno, dejándose allí la vida su bravo coronel Miranda. La lucha fue encarnizada puesto que los españoles no solamente nos conformamos con detener a los gabachos, sino que luego, enardecidos y gritando como bestias enloquecidas, cargamos a la bayoneta contra los enemigos de nuestra patria, arrollándolos y ensartándolos sin piedad ni cuartel hasta que su sangre encharcó la tierra vasca. Gritaban los hombres mientras morían y mataban, gritaban los heridos, gritaba el cielo y la tierra, y en mil acentos diferentes se gritaba el nombre de España.

Después los franceses, en vista que por allí no podían pasar, decidieron atacar por el centro español, que estaba protegido por la división de Díaz Porlier y por el Segundo Batallón de Marina. 
La artillería gabacha abrió huecos entre las filas y los hombres caían destrozados uno tras otro, pero cuando la infantería se lanzó al asalto, se encontró también con un muro inamovible de bayonetas españolas y no consiguió pasar ni uno, mientras la sangre corría a litros y las bayonetas brillaban en la mañana goteando sangre enemiga. El nombre sagrado de la patria volvía a resonar , en mil voces distintas, por entre aquellas viejas cumbres.

El ala izquierda pasó a ser entonces el centro de las atenciones francesas. La división de Ezpeleta aguantó en sus posiciones contra la ola de franceses con serenidad y valor, pese a lo cual el enemigo consiguió ocupar unos barracones en dónde se hicieron fuertes,y con ello, con aquel punto estratégico en sus manos, ya casi tenían la victoria al alcance de la mano. 

Pero no contaron los franceses con el ardor español ni contaban con la firme convicción, que ardía en todos nuestros corazones con llama inextinguible, que teníamos de expulsarlos de nuestra tierra, no contaron con el legendario valor ni con el desprecio por la muerte de los soldados españoles.

Los Regimientos de Guadalajara, de Asturias y de la Corona, apoyados por los Voluntarios de Guipúzcoa y una compañía de artilleros que habían cambiado el botafuego por el mosquete, atacaron sin miramientos, ni florituras ni gaitas gallegas, sino por derecho y a pecho descubierto a los franceses que se habían refugiado y hecho fortín con aquellas barracas, y los expulsaron de la posición a bayonetazos, y no se detuvieron hasta que los franceses no dejaron de correr y cruzaron el río Bidasoa y por el camino se dejaban atrás a cuatro mil y pico de camaradas mirando al cielo.
Los franceses habían sido derrotados y sus águilas humilladas por aquellos sucios y hambrientos españoles a los que tanto despreciaban. 

Al caer la noche y desde las ensangrentadas lomas de San Marcial, pudimos ver como ardía San Sebastián.
Nadie podía haber imaginado el  grado de deshonor y la canallesca inmunda que guardaban en sus almas nuestros aliados, los vecinos portugueses y los ingleses, que mal rayo les parta a todos. 
Porque mientras nosotros nos desangrábamos, ellos se dedicaron a destrozarlo todo, a robar, a matar y a violar sin descanso ni freno, sin piedad ninguna, masacrando a los desgraciados que caían en sus manos, profanando los templos y tomando la ciudad a sangre y fuego. Los hideputas.
Por eso las palabras aduladoras del general Guelintón, (o como coño se escriba su nombre), en vez de llenarme de satisfacción me llenaron de rabia.

Ahora, pasado el tiempo y visto desde la lejanía y la perspectiva que dan los años, pienso que cuando atacamos a los franceses, loma de San Marcial abajo, debíamos haber seguido corriendo y haber pasado a cuchillo también a los que se decían nuestros aliados, que por cierto permanecieron muy lejos de la batalla y sin atreverse ninguno a acercarse. 
Quizás si lo hubiésemos hecho muchas mujeres, ancianos y niños de San Sebastián nos lo habrían agradecido. Pues si mala era la ocupación francesa, peor, mucho peor, fue la liberación por parte de aquellos canallas, que encima tenía la desvergüenza de ir diciendo por ahí, que la guerra en España la habían ganado ellos.

Lo dicho, debíamos haber continuado lomas abajo, así como íbamos, como una tromba de bayonetas empapadas de sangre enemiga, y haber mezclado aquella sangre con la de los ingleses que saqueaban la ciudad. Al fin y al cabo, por mucho que el Guelintón nos felicitase, aquellos hideputas no se habían comportado de otra manera más que como enemigos.
Y de aquella forma debimos haberlos tratado y que el general hubiese felicitado a su puñetera madre británica.


© A. Vilegas Glez.

Lámina: Batalla de San Marcial. Augusto Ferrer Dalmau.






1 comentario:

  1. Saroia no Soroya, ya en la época se confundió el nombre de ese caserío por el de Soroya más familiar al oido castellano.

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