sábado, 11 de enero de 2014

HISTORIA DE UNOS COLORES






Desde que el hombre es hombre y se agrupó en tribus y se organizó en poblados y luego en ciudades y después en estados y más tarde en imperios, ha venido usado trozos de tela pintados con sus colores favoritos, los mismos con los que cada cual se pintaba la cara, y con más o menos adornos, para distinguirse entre ellos y recibir órdenes en mitad de los combates que, desde que no éramos más que unos monos semierguidos, los seres humanos hemos sostenido los unos contra los otros.

Aquellos trozos de tela se convirtieron muy pronto en los depositarios de los valores y de la historia de cada tribu, de cada grupo y sobre ellos se solían representar a las deidades propias. Por eso las primeras fueron trapos del color favorito de la tribu y con algún animal pintado sobre la tela y que colocados sobre una lanza podían ser vistos desde lejos por mucha gente. Que veían en la enseña, que permanecía siempre junto al jefe o capitán, el motivo por el que estaban allí, peleando, pues aquel trapo era la encarnación de todo lo que ellos amaban. Por eso las banderas adquieron su carga de emociones y de sentimientos, convirtiéndose en símbolos y en representantes de cada pueblo, además del servicio práctico y fundamental, ya citado, de servir como guía en mitad de una batalla.

Los romanos quizás fueron los primeros en usar una bandera “oficial”, se llamaba vexilium y era un lienzo rojo sobre una cruceta que acompañaba siempre al general de las legiones durante el combate. En Hispania, los romanos se encontraron con los temibles iberos, que adornaban sus cascos de bronce con un penacho de hilachos de color rojo sangre. En los escudos, los guerreros pintaban motivos personales, invocaciones a sus Dioses o los símbolos de su tribu o clan. Muy pronto esta simbología pasaría a formar parte de las banderas y estas, en inevitable conjunción, a formar parte de los ejércitos.

Durante la Edad Media alcanzaron las banderas, banderolas, estandartes y pendones su edad adulta. Durante las Cruzadas los cristianos habían copiado la costumbre sarracena de acudir a la batalla con una enorme cantidad de banderas, aquí en España no nos hicieron falta cruzadas, ya teníamos la nuestra propia y, como era natural en toda Europa, cada caballero o noble tenía su propia bandera, aunque eso sí, siempre bajo de las que empezaban a representar a los reyes a los que servían.

Castilla utilizaba un lienzo carmesí con un castillo dorado, León un león rampante rojo sobre un fondo blanco, Aragón las cuatro barras rojigualdas.

Al finalizar la reconquista y bajo el reinado de los Reyes Católicos, se utilizó un pendón carmesí con los blasones que formaban los reinos de España. Y entonces o casi, fue cuando apareció en escena Felipe de Austria y con él, el Aspa de Borgoña. Traída en las banderas de los arqueros de Borgoña que el infante había llevado consigo a España, se popularizó tanto y en tan poco tiempo que pasó a ser una de esas cosas españolas, que sin ser nuestras de nacimiento, nadie podría negar nunca que no fuesen españolas.

Los soldados españoles comenzaron a pintarse o bordarse, según la faltriquera de cada cual, un aspa roja en el jubón, para así poder reconocerse en mitad de los combates y matanzas espantosas que eran moda en la época. Luego pasaron a formar parte de los estandartes y banderas de las unidades y se adoptó tan profundamente que llegó el momento en que no importaba el color del paño sobre el que se bordase, lo importante era que si aquello era una compañía de españoles, allí debía ondear el Aspa de Borgoña, y de esta manera, hasta hoy.

Con Carlos primero cada compañía llevaba la bandera de su capitán, (siempre con la de Borgoña), y como representación real un pendón amarillo, (color de la Casa de Austria), con el Escudo Imperial, esta bandera solía ir bajo protección del Maestre del Tercio. En Pavía nuestras tropas combatieron bajo paños blancos con la de San Andrés en rojo. Además, se llevaban al combate otros pendones con la imagen de la Virgen María o del apóstol Santiago. Ya saben que en aquellos años esas cosas se estilaban mucho.

Con Felipe II a cada Tercio se le asigna una bandera amarilla con el Aspa en rojo. Esta bandera irá también como cabecera y destacada en el centro de los cuadros españoles. Siguen usándose con profusión los pendones con motivos religiosos. Famoso es el Estandarte de la Santa Liga en Lepanto.

Felipe Cuarto intentó poner algo de orden en el desbarajuste de enseñas, ordenando que las banderas de Tercio y de Compañía fuesen las mismas, rojas y con la imagen de la Virgen, pero, por las causas que sean, falta de paño, de dineros o porque, según vieja costumbre española, se pasaron las ordenes del rey por el forro, se siguieron usando las viejas banderas en cada batalla y en cada asedio.

En el siglo dieciocho, tras la Guerra de Sucesión, Felipe Quinto unifica criterios y conceptos. A golpe de decreto organiza las enseñas del país en tres grupos:

La Bandera Real, que representa a todas las tierras del rey, que es roja carmesí con el Escudo al que se añaden las armas de Borbón, el Toisón de oro y la Orden del Espíritu Santo.

El Ejército llevará en cada unidad, una bandera principal o coronela, a la que se añadirá el Escudo Real y cada Regimiento su propia bandera. Serán blancas y con el Aspa de Borgoña en rojo.

La Armada debería enarbolar un pabellón blanco con el Escudo Real

Felipe Quinto cambiará las ordenanzas en varias ocasiones durante su reinado, como en el año mil setecientos dos en el que nace el regimiento de Guardias Valonas, por ejemplo y se cambiaron los diseños y los colores en varias ocasiones, según se reorganizaban las unidades pero manteniendo más o menos la disposición inicial de su reinado.

Carlos Tercero se encontró entonces con un grave problema. Resulta que la enseña naval española, blanca con el Escudo borbónico, se confundía en la mar con el de otras naciones, aliadas o no, pues el color blanco en sus pabellones lo utilizaban también Francia, Toscana, Sicilia o Nápoles y lo que era peor y mucho más peligroso, la mismísima Inglaterra.

Por un rifirrafe entre un barco de esta nación y uno nuestro, el rey decidió encargarle a su Ministro de Marina el diseño de unas nuevas banderas para la Armada con la única condición de que se pudiesen ver con claridad desde la distancia en alta mar.

De los doce proyectos presentados el rey escogió el de la bandera rojigualda, con la franja amarilla del doble de anchura para meter el Escudo Real reducido a los cuarteles de Castilla y de León y que a mí, personalmente, es de los que más me gustan de toda nuestra Historia.

Pronto los mares del Mundo conocieron los colores que ya habían navegado, hacía siglos, por todo el Mediterráneo cuando ni un pez osaba moverse sin enarbolar las Barras de Aragón.

En el año mil setecientos noventa y tres, la bandera pasa a ser reglamentaria en las plazas marítimas, castillos y defensas de la costa. Mientras seguían usándose las banderas reales y las de cada unidad o establecimiento militar.

Al llegar la Guerra de la Independencia, aunque cada milicia y cada unidad militar usaron las banderas que prácticamente se confeccionaban ellas mismas, muchas de ellas blancas con lemas escritos leales al rey Fernando, a la patria y a la religión, con los cuarteles reales y de mil y una formas, ya que el periodo no estaba precisamente para textiles.

Sin embargo, como las tropas leales al rey José Bonaparte llevaban las enseñas blancas con sus armas, la bandera roja y amarilla comenzó a hacerse muy popular entre los españoles, convirtiéndose incluso en los colores oficiales de las Cortes de Cádiz y bandera de la Milicia Nacional.

Pero no es hasta mucho después, hasta el año mil ochocientos cuarenta y tres, cuando no se hace oficial su nombramiento, bajo el reinado de Isabel Segunda como bandera de España. Y así siguió solamente con variaciones en el Escudo, como cuando pusimos de rey al efímero Amadeo de Saboya o llegó la no menos efímera Primera República que quitó, como era natural, los símbolos monárquicos, la corona y los lises a tomar vientos, pero los colores no los tocaron en una sabia decisión hasta que llegó la Segunda República al poder, en mil novecientos treinta y uno y la cagó al abolir la bandera bicolor y poner en su lugar a la tricolor, horrenda y encima errónea. Provocando con ello una quiebra social de la que todavía nos lamentamos.

Los republicanos cometieron dos errores garrafales al seleccionar su enseña: primero confundieron la rojigualda con la monarquía, cuando esta siempre había sido enseña nacional y el rey contaba con su propio y privativo Pendón Real, que curiosamente, era morado. ¡Tócate los cojones!

El segundo error es casi peor. Durante el siglo diecinueve proliferaron en España las sociedades secretas, los corrillos literario-revolucionarios y los grupos regionalistas comenzaban a surgir como hongos, nacieron los pensamientos radicales, el anarquismo, el socialismo y los demás ismos que nos podíamos haber ahorrado pues que yo creo que con el istmo de Panamá ya nos sobraba. En fin.

Una de estas sociedades secretas se hizo llamar los “Comuneros” y sin tener ni pajolera idea ni nada que ver con aquellos otros del siglo dieciséis, van y adoptan una bandera tricolor de una franja roja, otra amarilla y la tercera morada, en honor, según ellos, de la enseña púrpura de los Comuneros de Castilla, cuando estos llevaban sus banderas carmesíes, o sea rojas, al combate en Villalar. ¡Tócate los cojones!

Con su decisión, censurada por muchos reconocidos republicanos, el gobierno solamente consiguió quebrar más todavía la ya rota sociedad española y ahondar el abismo que separaba a unos y a otros.

Durante la contienda en el bando gubernamental lo que menos se veían eran banderas tricolores, siendo sustituidas casi siempre por las banderas del partido en cuestión, rojas los comunistas-socialistas, con la hoz y el martillo, un puño en alto y etcéteras o rojinegras si eran anarquistas los que las enarbolaban. No fue hasta que se organizó el Ejercito Popular hasta que no volvió aparecer la tricolor y mezclada con las anteriores casi siempre.

En el bando sublevado al principio se utilizó la bandera gubernamental, aunque muy desde el principio también y siguiendo el ejemplo de requetés navarros y, curiosamente, catalanes, se adoptó la bandera anterior al año treinta y uno.

Al acabar la guerra se recuperó el Escudo de los Reyes Católicos, que no es un invento franquista ni mucho menos, siendo la aportación del régimen únicamente el lema “Una, Grande y Libre” y el cambio de orientación del yugo y las flechas, que en vez de apuntar hacia abajo, apuntaban ahora hacia arriba y la estilización agresiva de las alas del águila de San Juan que enmarcaba todo el conjunto.

Esta bandera permaneció sin variaciones hasta el año mil novecientos setenta y siete. En este año al águila abre sus alas, las Columnas de Hércules vuelven a su regazo,( en el anterior se habían quedado fuera), y el lema se coloca ahora sobre la cabeza y no sobre el cuello del animal. Esta bandera fue la oficial hasta que se aprobó la actual Constitución y la casa de Borbón fue restaurada en el trono. Nuestra Carta Magna en su Título Preliminar, artículo 4.1 dice:

"La Bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas".

En el año mil novecientos ochenta y uno se aprueba una ley que define el actual Escudo de España, por tanto no tenemos Escudo constitucional porque este no aparece en la Ley Fundamental sino en otra, menor, aprobada después.

Aunque esto son pequeñeces al lado de todo lo que detrás tienen esos colores que nos representan. Toda la Historia, toda la cultura, todos los hombres y mujeres que antes que nosotros habitaron esta vieja tierra.

Cuando la ves ondear, en tierra propia o extraña, la miras y un escalofrío te recorre las entrañas, cuando abatido, cabreado, roto y cansado, la miras y flamea allí orgullosa-¡te jodes, parece decirte- y tú, claro, te jodes, respiras hondo, aprietas los dientes y luego la miras de nuevo:

-¡Cabrona!-le dices- no sé por qué te quiero…

Y por dentro claman tus tripas, mientras sigues mirándola flamear, y te contestan, te braman, te gritan:

-La amas porque es tu bandera, ¡pardiez, ¡y no hay en al Mundo otra más bella!

Dedicado a mis colores. Dedicado a mi Bandera.

© A. Villegas Glez.









3 comentarios:

  1. Enorme lección de historia que me acaba de dar. Feliz domingo.

    @FernanML

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  2. Vaya por delante que me gusta el texto tal y como lo has escrito, y lo suscribiría sin fisuras en su parte "politica" en cuanto a la tricolor. Pero pensandolo un poco, este mismo texto nos vale PERFECTAMENTE para que los nenes del cole sepan el porque de esta tela de colores que nos representa, eso si, suavizando algo las aristas "politicas", para que no digan que se "alecciona". Que por otra parte es lo que se ha de hacer en el cole, aleccionar, o sea, dar lecciones.

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