lunes, 23 de febrero de 2015

El Héroe de Dreznica

Pocas veces a lo largo de la vida tienes la oportunidad y la suerte de conocer a un héroe. Un servidor tuvo ese privilegio.

Se llamaba Antonio Galdo y era gallego, estupenda persona, magnífico soldado y, sobretodo, amigo. Él y sus compañeros "boinas verdes"-Baena y Martín- a los que metieron en un destino muy alejado de sus verdaderas capacidades, muy distinto, más "pistolo" y deslucido, lejos de sus "peerrepés" y de sus golpes de mano, emboscadas e incursiones. Sin embargo, disciplinados, aceptaron la nueva situación como una más de sus vidas de soldado.
Jamás les oí un reproche, una mala palabra, un mal gesto o un desprecio hacia nosotros, sus nuevos compañeros de destino y de trabajo. Se adaptaron, se unieron a los demás y en tres días éramos uña y carne.
Con ellos aprendí a manejar una lancha neumática, a subirme en ella, agarrándome desesperado a los brazos de un compañero y sollándome hasta los codos con la goma, a saltar en marcha, a bucear por un pecio, a reírme con la mandíbula desencajada de los "Rambitos" que, inevitablemente, aparecieron por allí, con ellos, una pequeña espina que siempre había llevado clavada, dejó de pinchar.
Pocas veces en mi vida, y ya llevo la mitad del camino o casi recorrido, he conocido personas tan magníficas, tan especiales y tan sanas. 

Antonio Galdo era callado y serio, como buen gallego no sabías si subía, bajaba o todo a la vez, y como buen gallego tenía el corazón de oro puro. Siempre que podía estaba metido en el agua del mar, como si la falta de este elemento le causara desazón, ya podía haber olas, o hacer frío- no hizo mucho aquel verano- ya podían ser las tantas, que, si preguntabas por el gallego la respuesta era casi siempre la misma:

- En el agua está, como las ranas...

Fueron pasando los días y la suerte de una Agrupación sin bajas se acabó de golpe. Cayeron el Teniente Muñoz, el Sargento Tornel y el Teniente Aguilar, los tres en rápida sucesión. Tres cuchilladas en el corazón de los mil españoles que por allí andábamos.

Recuerdo que a la semana más o menos de morir el Teniente legionario en Mostar, vinieron corriendo a buscarles, era sábado: ¡Rápido, rápido, rápido!, un accidente, en el río, hay ahogados...
Los metieron en un helicóptero francés y salieron disparados hacia el puente de Dreznica, que estaba sobre el río Neretva, al final de un peligroso tramo de la Ruta Alternativa.
Un VCZ de los Zapadores había caído al agua y cuatro compañeros habían desaparecido en las corrientes frías y oscuras de aquel río caudaloso, bravo y enorme que habíamos atravesado infinidad de veces.
La desolación arrasó nuestras almas, las lágrimas corrieron como las aguas de aquel río que se había tragado las vidas de nuestros compañeros. 
La noticia corrió como la pólvora, saltaron todas las alarmas y hasta el último mono de la Agrupación -o sea, nosotros- fue puesto en alerta para ir a ayudar en lo que hiciese falta y en el momento que se necesitase.
Todo fue como un martillazo, como una estaca profunda que se nos clavó por dentro, una sensación de pena y de rabia que hacía que te temblasen las manos. Dentro de cada español de los que por allí estábamos latían las ganas de ayudar, de ofrecer su mano para rescatar a nuestros camaradas, que caídos, sí, pero jamás abandonados.

Se ha escrito mucho sobre aquello, plumas mejores que la mía, tituladas, con estrellas en la bocamanga, con conocimientos de primera mano, con testimonios de los que participaron directamente en la operación de rescate, han llenado páginas explicando lo sucedido, hay polémicas, reproches y hay varias versiones: que si hubo tiros, que si no los hubo, que si inexperiencia del conductor, que si etcéteras . 
Un servidor el tercer día de rescate repartió café caliente, bocatas y algún lingotazo de "anticongelante", como todos y cada uno de los que formábamos la Agrupación, me sentía roto por dentro y acuchillado por la rabia. Deseando que encontrasen a los paracaidistas y que los sacaran del río. 
Pero un servidor tuvo la inmensa suerte de tener por compañeros y amigos, a los hombres que sacaron del río a sus compatriotas caídos, un servidor tuvo la suerte de conocer al hombre que, con esfuerzo, valor y entrega sin limite, sacó del agua helada a sus hermanos.

Antonio Galdo y sus compañeros se marcharon con lo puesto, o sea, el neopreno y el par de cojones. Al llegar a Dreznica, puente Vrdi, se encontraron a unos buceadores de la Armada inglesa que habían sido alertados y que eran los únicos con equipo de agua, esto es: botellas de oxígeno, lastres, gafas, aletas, además de lanchas neumáticas en las que transportarlo todo.
La verdad es que los ingleses no habían doblado el lomo con el suficiente ahínco, limitándose a meterse en el agua:

- ¡Qué very, very cold que está el water, James!

Para después salir muy apresurados diciendo que allí abajo no se veía nothing de nothing. O sea, que allí abajo se podían quedar los cuerpos de los españoles que a ellos, ni fú ni fá:

- You understand?

Los españoles de la Bandera Legionaria se mordían de rabia, me los imagino, conociéndolos como les conocí, retorciéndose las manos y deseando soltarle dos hostias a aquellos hideputas. 
Pero lo hicieron mejor, mucho mejor.

Cuando los ingleses habían dicho que nones, que allí abajo ni flores, que había alambres y filos cortantes y fango y visibilidad cero patatero, agarraron ellos la lancha, se arrimaron hasta los pilares del puente y una vez allí, aquel Neptuno revivido que era mi amigo Galdo, a pecho descubierto, con unas simples gafas y un tubo, se arrojó al río en busca de los zapadores.
Asomó al mucho rato, dijo nones con la cabeza, tomó un par de bocanadas de aire y se sumergió de nuevo.
La segunda vez que asomó gritaba desesperado, mezclándose sus lágrimas con las aguas turbulentas del río:

- ¡Está aquí... Hay uno aquí!

Todo el mundo se quedó de piedra, algunos oficiales corrieron en busca de los buzos ingleses que ya se preparaban para regresar a su base: ¡Venga, vamos, que han encontrado un cuerpo!- les decían.
Y los otros ponían cara de haba frita, mucho what? y mucho no querer desembalar lo que ya habían embalado.
Había mucha tensión y a los oficiales españoles se les ponía la vena del pescuezo tipo Blas de Lezo, mientras los otros más que ingleses, parecían suecos.

Hasta que llegó el legionario Galdo Anca, gallego, serio y empapado, con aquel pecho hercúleo que gastaba mi compadre que hacía suspirar a las croatas en la Disco Casanova de Trogir, resoplando del esfuerzo, con una cara de muy pocos amigos y sin decir ni mú, va y agarra al inglés más próximo y tira de él hacia el río. El buzo de la Pérfida, claro, se equipa y se tira al agua con el gallego.
Todavía tiene que llevarle nuestro paisano de la mano hasta la mano muerta del que yace en el fondo.
Galdo sigue buceando a pulmón. El inglés, tras el grueso cristal de sus gafas, observa admirado al hombre que nada a su lado entre el lodo removido del fondo, mientras tira con él del cuerpo de su compatriota muerto.

Se ha escrito mucho sobre Dreznica y el puente Vrdi, sobre lo que allí pasó o dejó de pasar. Pocas cosas he leído sobre Galdo y sus compañeros, de lo que hicieron aquellos días en el río Neretva, de su heroísmo anónimo, callado e impagable, poco se ha escrito sobre ellos, casi nada, por eso quiero que estas letras sean mi tributo, mi homenaje y mi recuerdo.
Porque, muchos días después, aquel gallego callado y serio, entre dos copas -Galdo no bebía, ojo- y algunas lágrimas, entre nudos en el pecho, entre tripas arrugadas por la rabia, entre algún sollozo, alguna risa amarga y algún abrazo a destiempo, me confesó que había estado a pique de abandonar -allí abajo no se veía una mierda-, que el frío desolado de la muerte que sentía alrededor casi le hizo claudicar:

-¡Pero seguiste...!

- No podía irme sin encontrarles, carallo, no podía irme.

Luego mientras los demás seguimos apurando las copas, aquella noche eran amargas y silenciosas, Galdo se tiró de cabeza al mar y se sumergió muy profundo.
Supongo que allí abajo se sentiría mucho mejor que en la tierra, o quizás, era su manera de espantar los fantasmas y las negruras.

Se llamaba Antonio Galdo, era gallego, serio y callado, era mi amigo y no podía permitir que siguiese siendo, un héroe olvidado.

A Villegas Glez. 2015












4 comentarios:

  1. Conozco el sitio y en 1996 tuve el honor de rendir homenaje a esos nuestros héroes caídos, que están en la mente de algunos y en el monolito de la plaza de España de Mostar. Y no sabía lo de mi paisano, cada día más orgulloso de haber servido.

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  2. Uno de los fallecidos también era gallego, de mi ciudad, Ourense.

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  3. No sería posible tener una historia a la altura de la nuestra sin tantos y tantos Antonios Galdo. Gracias Antonio por derramar luz sobre estos hechos, sobre estos hombres, sobre tanto olvido. Viva Galicia, Viva España!.

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  4. Había oído hablar de esta historia como si de una leyenda se tratará cuando estuve con la AGT Aragón. Gracias por abrirme el libro de la historia real.

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