jueves, 1 de mayo de 2014

EL TIRADOR

Tenía que pasar un día u otro y había sido aquel como podía haber sido cualquiera de los cientos de días que llevaba combatiendo. Algún día tenía que tocarle la china, y ese día había llegado.

Lo supo nada más sentir la explosión a su espalda, lo supo en el instante en que sintió la metralla atravesarlo candente y curiosamente indolora, el dolor llegaba después, aunque en su caso, (perra suerte), el dolor se perdía, junto con su fuerza y su sensibilidad, de cintura para abajo.
Había caído desmadejado y pensó que no quería morir así, en aquella postura de muñeco de trapo, así que escarbó con sus dedos en la tierra y reptó como una culebra arrastrando sus piernas sanguinolentas tras él.

Apretó los dientes y el lugar en el que imaginaba seguirían sus huevos y se arrastró hasta el abrigo de unas peñas que asomaban sobre la barranca.

Desde allí podría ver el sol antes de morirse desangrado.

Entonces llegaron los compañeros, pusieron aquella cara que él conocía tan bien, aquella que había puesto él mismo ante un camarada que estaba listo de papeles. Mezcla de pena, rabia y alivio, así era aquella mirada que ahora le dirigían. Le había tocado la china,había salido su número premiado, era inevitable, llevaba ya demasiados combates indemne, pagando solamente con heridas leves y más pesadillas que ahogar, con galones y medallas, no le había salido caro, hasta ahora.

Algunos dijeron de llevarle. ¿Para qué?, preguntaron otros con los ojos. Entonces él les pidió un fusil y munición.

Le miraron admirados. Él pudo verlo en sus ojos cuando le pusieron el máuser entre los brazos y dejaron a su lado algunos peines de munición que brillaba al sol del atardecer marroquí. Pudo verlo mientras les miraba alejarse, agachados, atentos, dispuestos a seguir avanzando y clavar en lo alto de aquel peñasco rifeño la bandera que llevaban con ellos. Deseó con todas sus fuerzas no morir antes de poder verlo.

Miró al sol que comenzaba a enrojecerse como las piedras enrojecían, porque abajo, en la barranca, el combate continuaba.

Veía las manchas verdosas subir la loma tras la barranca y allí ser acribillados por una lluvia de disparos que las manchitas verdes se afanaban en sobrepasar. Muchas quedaban atrás, en posturas inverosímiles o encogidos como fardos mojados.

Desde su posición, a unos doscientos metros en línea recta, podía distinguir una fila de turbantes y de chilabas pardas que se alternaban haciendo fuego. Parapetados tras una trinchera estaban haciendo mucho daño a sus camaradas. Los brazos le tiritaron un poco cuando agarró el fusil, había perdido ya mucha sangre, quizás demasiada, así que no lo pensó mucho.

Calibró el alza, tomó aire y cuando las chilabas asomaron, disparó. Falló por dos centímetros. Ajustó su respiración, que empezaba a fallarle, apretó los dientes y el lugar en el que una vez estuvieron sus huevos y disparó de nuevo.

El disparo atravesó la cabeza de un enemigo salpicando de sangre y sesos a sus camaradas de trinchera que no parecieron, sin embargo, inmutarse por la muerte de su compañero.

El tirador había gritado de júbilo, sintiendo al instante clavarse un millón de puñales en sus sienes, un dolor tan agudo que le hizo temblar de arriba abajo, su corazón se estaba secando y por sus piernas abiertas en canal se le escapaba la sangre a hectolitros.

Otro más- pensó- así que apuntó otra vez. Allí estaban las chilabas…

¡Bang!... Blanco…

Entonces fue cuando se le fue la cabeza.

El cerrojo del máuser echaba humo mientras empujaba los cartuchos y extraía las vainas al ritmo endiablado que el tirador imprimía al arma. La mano izquierda la tenía adormecida y rígida sujetando la madera recalentada, el hombro y la mano derecha entumecidos y el dedo índice ni lo sentía ya. Pero seguía disparando y en la trinchera enemiga ya nadie se asomaba.

Metió otro peine, el penúltimo, sus ojos ya apenas veían a las manchas verdes que avanzaban segándolo todo a su paso, las nubes acuosas le inundaban la mirada y los temblores de las manos se habían multiplicado teniendo que recurrir a su voluntad más profunda para poder seguir apuntando.

Y allí seguía.

Distinguió un bulto oscuro que se movía entre las pitas y las chumberas del norte de su posición. Doscientos cincuenta metros. ¡No aciertas ni de coña!, pensó.

Apuntó algo bajo, así que el tiro le entró al enemigo por la barriga. Él pudo verlo doblarse antes de que una súbita oscuridad le cubriese, llenándole de pánico. Llegaba la hora.

Miró a lo alto del cerro pedregoso justo a tiempo para ver un trazo rojo y amarillo que ondeaba en lo alto. A su alrededor las figurillas verdes se movían rítmicas y acompasadas.

Hasta él llegaron unos últimos gritos apagados:

- … Va, España, aña, aña… Ña…

Luego las manos inertes resbalaron desde la madera del fusil hasta el suelo africano mientras el sol incidía sobre unas gotas de sangre y sobre un montón de vainas humeantes y sobre el cielo se levantaba un arco iris rojo y gualda.

© A. Villegas Glez. abril-2014






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