sábado, 26 de abril de 2014

VIDA DE UN MORRIÓN

Entre el fuego de la fragua y los golpes del herrero, artesano prodigioso, maestro del hierro y del acero, me forjaron hace años en la ciudad de Toledo.
Todavía su marca al ácido entre mis viejas curvas conservo, todavía pueden verse los grabados en mis costados, el águila de alas extendidas, la cabeza del caballo, todavía, pese al óxido y el tiempo, orgulloso conservo las marcas de aquel herrero que un día me dio vida para servir a un Imperio que al igual que a mí lo fraguaron bajo el fuego y el acero.


Han pasado muchos, muchos años, tantos que ni sé cuántos han pasado, pero recuerdo perfectamente quién fue mi primer dueño, por supuesto, fue un soldado. 

Pica seca que, tras muchas penurias, miserias y combates haber pasado, pudo comprarse al fin el peto y el morrión con su sangre bien pagados. Y allí que fui a parar yo, a la cabeza de aquel soldado, desde mi Toledo natal hasta el Flandes embarrado.

Allí hice lo que tenía que hacer, aquello para lo que fui creado, proteger, esquivar y detener los golpes de las picas, plomazos, espadas y moharras que pretendían herir y mutilar al que yo llevaba debajo.
Media almendra era mi forma con alas como las de un gavilán volando que hacían los golpes resbalar contra mi buen acero toledano.

Al principio, para qué mentir, había sentido espanto cuando las picas por primera vez sentí rozar, hierro contra hierro, contra mi acero rechinando. 

Sin embargo mi forja, mis redaños y el valor y la honra que sentía latir en las sienes del soldado me hicieron vencer siempre, aunque saliésemos derrotados, cosa que solamente pasó muy al final cuando tras muchos y muchos años, en un asedio de aquellos penosos y largos, al soldado al que había servido bajo las murallas mataron.
Recuerdo que rodé por el barro con la sangre que me había salpicado mezclándose con el lodo de aquel infierno flamenco en el que creí que quedaría para siempre perdido y abandonado.


Mi valor y mi buen acero, sin embargo, eran demasiado valiosos, demasiado escasos, y yo, pese a los golpes y arañazos, conservaba mi prestancia y mi gallardía, y sobre todo mi resistencia a las picas enemigas. Por eso me recogió para su uso otro de aquellos soldados.
Gritaban mucho, eran valientes hasta el exceso, bravos leones que por no avergonzarse con el compañero eran capaces de comerse al Mundo entero, y pardiez, que así lo hicieron.

Con aquel segundo dueño la cosa no varió casi nada, golpes, batallas, sangre, barro y miedo, hasta que al pobre se lo cargaron en otro combate sangriento. Esta vez no rodé, atado a él por el barboquejo, pero poco tiempo duré junto a aquel muerto, pues otro soldado me encontró y limpió del otro los restos.


Esta vez era un viejo sargento que a una ciudad hereje me llevó para que un maestro herrero diese un repaso a mis rayones y a las muescas de mi cresta, dándome lustre con pericia el tudesco de la ciudad de Solingen de la que supe que eran buenos y afamados maestros.
Se repararon los cueros del capacete, se arreglaron mellas y requiebros, volvió a brillar el caballo, el águila a alzar el vuelo y volvió a relucir la marca de mi viejo y añorado Toledo, marca que hizo que el tudesco bajase la cabeza con mucho respeto y que por mi posesión porfiara con el viejo sargento ofreciéndole muchos y muy buenos dineros, a lo que el veterano dijo que nones, que yo era un morrión de Toledo y que no había mejor sitio para mí que la cabeza de un soldado español y no la casa de un herrero.

De nuevo regresé a la rutina de las batallas, de la guerra, de la sangre y del barro, de nuevo los cuadros removiéndose en oleadas de acero golpeándose, de gritos espeluznantes, de nuevo me encontraba protegiendo la cabeza de mi dueño el infante. 

Así otra vez en muy poco tiempo mellas y abolladuras, roces, ralladuras y más satisfacción por saberme servidor de aquellos hombres valientes que siempre peleaban hasta que de ellos no quedaba, más que el campo cubierto de muertos.

En otro de aquellos me vi bajo el peso de mil hombres alrededor de una bandera con la cruz roja y unos azules ajedrezados, junto a ella fue a caer la cabeza cercenada de mi sargento, manchando con u sangre el acero y el trapo y allí me quedé entre la sangre y el barro, por largo tiempo y bajo las estrellas que aquella noche los restos de la batalla iluminaron. 

Por la mañana llegaron los buitres que los cuerpos desnudaron, unas manos ávidas me desataron y en un saco me encerraron, luego sentí carreras, hasta que, tras un largo caminar, sentí que el saco hundían y que luego, para mi horror, el saco fue enterrado.
No puedo decirles lo que sentí ya que tan solo era un trozo de hierro forjado, más si frío nací por la esencia de los compuestos con los que estoy fabricado, puedo decirles que el frío se multiplicó por mil, por saberme enterrado y porque allí, mi buen acero toledano, se pudriría sin poder servir para lo que había sido fabricado.

Sin embargo la suerte siempre me había acompañado, y esta vez no sería diferente, porque tras algunos viajes escondido entre paja y coles de Bruselas, me llevaron hasta la populosa ciudad de Amberes, allí a un comerciante me vendieron y en las vitrinas emplomadas de su tienda, me expusieron. 

"Acero español", ponía en el cartel y al recordarlo alza el vuelo mi alma de hierro cubierta de orgullo.
Habían limpiado la sangre y el lodo, reparado el capacete, sacado brillo a mis marcas, habían remendado el pavonado. Lucía lustroso y, para qué mentirles, lucía lindo y orgulloso, se me veía fuerte y curtido, fiable y del mejor acero del mundo revestido, así que llamé la atención de un soldado, pues aquel era siempre mi destino, y quiso Dios que aquel soldado fuese español y de buen tino, culto, alegre y refinado, algo loco, valiente y un poco presumido pues ordenó que de inmediato me colocasen un soporte para poder llevar tres plumas al combate, a mí al principio aquello hizo que mi honra se avergonzase, pero luego, ¡para qué engañarme!, aquellas tres plumas de avestruz, dos rojas y una amarilla, hicieron que me sonrojase al saberme sobre aquel hombre, valiente, osado, noble y que a la postre me llevaría hasta el otro lado del Orbe.

De ninguno a los que serví le recuerdo el nombre, si recuerdo que sobre sus cabezas sudorosas sentía latir sus sienes y les oía gritar mientras mataban y morían, pero de este último, pues el último sería, recuerdo que si pude sentir algo distinto y que le haría, quizá por ser el final, al que más recordaría.


Tras haberme comprado en Flandes luché junto a él en algunas ocasiones, pero poco tiempo después, primero me llevó a España de nuevo, y a pesar de ser un simple pedazo de acero, no pueden imaginar la emoción que sentí cuando volví a pasar por Toledo.
Luego Sevilla, después el mar, un mar inmenso y eterno, que pude contemplar cuando unos piratas atacaron el galeón sobre el que nos llevaba el viento. 
El sol brillaba sobre mi acero, el calor hacía sudar a mi dueño, las tierras que se veían en el horizonte eran cálidas y húmedas y yo no estaba más que empezando a aprenderlo.


Había ciudades que crecían, plantaciones, catedrales, señores y esclavos, curas, vendedores de santos, había una tierra cuajada de oro y de plata, un mundo por explorar, tierras ignotas, aventuras en selvas despiadadas, había un Mundo Nuevo que se abría y había peligros que acechaban, hice al cabo para lo que fui forjado y como en el barro flamenco, allí entre selvas intrincadas y bajo el calor del fuego de aquel sol húmedo que derretía los sesos del soldado que me portaba.

En una de aquellas, otra de tantas, otra sumada a la lista que nunca terminaba, en otra escaramuza, en otra batalla, murió el soldado al que servía con el pecho atravesado por mil flechas envenenadas, y allí me quedé junto a él, bajo las aguas oscuras que todo lo anegaban, y luego barro y después más agua, y lodo y riadas, y el tiempo que los huesos de mi antiguo dueño deshacían y con la tierra los mezclaban.


Para deshacer mi acero al Tiempo le harían falta más años, pero los años pasaban, y mi antiguo pavonado- yo aún Amberes recordaba- empezaba a debilitarse y en algunas esquinas comenzaba el óxido a acumularse mientras, calladamente, paciente, inexorable, mis entrañas devoraba.
Cerré los ojos dejándome llevar por mi destino, no era mal final para un morrión toledano, Flandes y las Américas siempre cargado de honra, sirviendo a la más leal y valiente infantería, la infantería española. 

No, no era mal final, ¡pardiez!, así que me dejé llevar por el tiempo mientras este pasaba despacio, muy lento, allí entre aquel barro que se endurecía a mi alrededor queriendo aplastarme, y yo, para qué mentirles, me reía, estaba hecho de acero toledano, viejo y cansado sí, por mil moharras golpeado, pero al tiempo le iba a costar siglos que mi buen hierro a sus entrañas regresase. Por eso me fui a dormir, soñando con todo lo que había vivido, recordando lo que había sido y bajo qué banderas había servido. Y de esta manera, orgulloso y agradecido, me quedé profundamente dormido.

Ya mis viejas marcas se borraban bajo el peso del tiempo, mis viejas mellas convertidas en grietas que se oxidaban bajo el implacable suceder de los días, de los meses, de los años, de los siglos.
No fue mala vida para un morrión español, hijo de la ciudad de Toledo, ¡pardiez que no lo fue!, siempre aquellas banderas defendiendo, siempre peleando solos contra el mundo, contra el viento, no fue mal final para mi hierro.

Ya se termina mi tiempo… O quizás no, pues últimamente sueño con una palabra extraña que jamás había oído ni sé lo que significa, cada noche sueño, y no se rían de mí vuestras mercedes, con la palabra Museo…
¡Qué extraños que son los sueños!

Será el óxido que ya me está corroyendo, será que ya tan solo le queda soñar a este trozo de buen acero al que un día forjaron las mismas manos que forjaron el más grande de los Imperios…



Morrión de Toledo, enterrado en algún punto perdido de las selvas americanas…

© A. Villegas Glez. abril-2014













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