domingo, 14 de junio de 2015

El Navío Glorioso: Un barco y una bandera

La proa cortaba el mar como un cuchillo y creaba espuma blanca que resaltaba contra la oscura capa de animales marinos y mugre que se acumulaba contra la madera del barco.
Rolaba el viento de noroeste y la brisa llegaba fresca y embriagadora desde las cercanas Islas Azores.
El largo viaje desde La Habana estaba llegando a su parte final, las últimas millas, las más cercanas a puerto amigo y que resultaban -¡tócate los cojones!- las más peligrosas de toda la travesía.


Porque resultaba que, como era normal y natural desde que Colón había llegado a las Indias hacía la tira de años, rondando las costas atlánticas de la Península Ibérica, siempre andaban, o mejor dicho, navegaban, los barcos de la Armada Real inglesa con la intención de darnos todo el por saco que pudiesen y de paso, robarnos el oro, la plata y los codiciados productos ultramarinos que transportábamos en nuestros barcos.
Por eso aquellas últimas millas de la travesía eran las más peligrosas y por eso, el Capitán De la Cerda había ordenado redoblar la guardia de vigías en las cofas y en la proa.

Por aquella misma razón allí estaba yo, con el frío que me helaba el tuétano de los huesos y los ojos como dos platos de porcelana de la China buscando velas en el mar, que es como buscar una aguja en un pajar, pero en húmedo.
Porque puede parecer sencillo pero no lo es distinguir entre borregos de espuma, luces que se reflejan en el agua, el horizonte que sube y que baja, sumado todo esto a que entre nieblas, neblinas y nieblones, nubes bajas y altas, vientos que rolan y corrientes que te llevan de aquí para allá como un corcho, en la mar, localizar y distinguir las cosas resulta muy distinto que en la tierra, es mucho más complicado y sobretodo, más necesario.
Y más necesario resulta todavía si eras un barquito español solitario en mitad del mar y que hacía el viaje de vuelta cargado hasta los topes de ricas mercaderías.
Por que en vez de barco te convertías en dulce de caña de azúcar, en zorro para que te pudieran dar caza los piratas malnacidos de los ingleses.
Y aquello, claro, nos pasó a nosotros. 

No podía ser de otra manera.

Entre la niebla aparecieron.
Primero no eran más que unas manchas grises recortadas contra el gris de las nubes que bailoteaban con el agua, luego, conforme el baile se terminaba y las nubes regresaban satisfechas al cielo, las manchas se convirtieron en cascos oscuros y en velas recosidas.
Era un convoy de mercantes británicos que navegaban muy tranquilos con rumbo a su isla, le brindaban protección un navío que, por la pinta, debía montar más o menos la misma artillería que nosotros, también había una fragata, que era una embarcación con mucho peligro puesta en manos expertas pues, más rápida y maniobrera que nuestro navío, podía acercarse hasta nosotros y cañonear nuestra arboladura o el timón, mientras el otro barco -el de los muchos cañones- se iba acercando para darnos la puntilla.


Pero el Capitán De la Cerda era perro viejo y apaleado, buen marino y mejor soldado y además el hombre llevaba media vida batiéndose el cobre contra los ingleses y jamás se había rendido sin pelea.
Y esta vez no iba a ser distinta.


Viendo el movimiento enemigo, efectivamente, nada más echarnos el ojo encima sus vigías, habían iniciado las maniobras pertinentes para darnos caza, y la fragata -ya sabía yo que esa vendría primero- desplegaba todo el trapo y ponía rumbo directo a nuestra popa, en la que ondeaba, más orgullosa y bonita que el mismo sol, la bandera de nuestra patria.
La vieja, desagradecida y hermosa España.


Sin embargo en la popa de los barcos no suele haber montada mucha -o ninguna- artillería, algún cañoncito de los de Pin y Pon y poca cosa más y resultaba devastador que te endiñasen andanada tras andanada por detrás y con toda aquella mala intención se nos estaba acercando, a toda vela, la fragata inglesa:

- ¡Mantened el barlovento...!- gritaba el Capitán y su voz corría por las cubiertas electrizándonos a todos.

Lo que ordenó después, que era lo más lógico y normal del mundo, porque la fragata se acercaba más y más y nuestro barco navegaba menos y menos, aunque, siendo lo más normal del mundo, la orden del Capitán nos puso a todos los pelos como escarpias:

- ¡Que lleven a popa dos cañones de "a dieciocho" y otros dos de "a veinticuatro"...! - dijo, y aquello significaba que, perro viejo como era, el Capitán sabía ineludible el combate y nos preparaba para lo que se nos venía encima.

Visto desde la distancia, nadie podía saber la que se nos estaba viniendo encima aquel día quince de julio de mil setecientos cuarenta y siete. Los ingleses, para su desgracia, tampoco imaginaban la que se les venía encima a ellos.
La fragata se puso a tiro de cañón cuando la noche empezaba a devorarnos, no era feo barco y desde mi posición -me había acercado a popa todo lo que había podido- pude ver los primeros fogonazos de sus cañones y escuchar las balas pasar por encima de nuestras cabezas - ¡zziussssssssss!- que luego caían al mar levantando sifones de espuma blanca que la luna iluminaba. 
La luna que estaba llena y clara, brillante sobre el mar y los barcos. Era tan clara que se podían distinguir hasta los botones del uniforme del capitán enemigo que nos miraba a través de su catalejo.
Supongo que el hombre podría ver, saliendo desde las bocas negras de los cuatro cañones de popa, las andanadas certeras y continuadas que no dejaban de disparar contra su flamante fragata.
Entre cada recarga podía escuchar a los artilleros:


- ¡Toma inglés, para ti y para tu puñetero rey...!
- ¡... Y para la puta de su madre...!- remataba algún otro y luego las carcajadas, roncas de pólvora y ebrias de orgullo, recorrían las tablas de nuestro barco para, de inmediato, enviarle otro regalo al inglés:


¡BAAAUM, BAAAUM!- ¡Toma dos cebolletas españolas de a veinticuatro!

Pasamos la noche entera así, cañonazo va, cañonazo viene, y alguna, claro, nos llevamos, pero al inglés lo habíamos puesto bonito, a pesar de lo cual, cabezones como son y oliendo la plata a cien millas de distancia, seguían emperrados, fragata y navío, en darnos caza.
La mañana nos quitó el viento, a nosotros, porque a nuestros enemigos pareciese que soplase solamente para sus velas.
La fragata, que se había retirado para reparar las muchas averías y lamerse las muchas heridas, volvió a arrimarse a nuestra popa mientras el otro barco, el de la mucha artillería, nos buscaba una de las bandas para hacernos pedazos con sus cañones.
Se llamaba " Warwick".


Primero le dimos a la fragata leña hasta que se hundió echando humo y chorreando sangre, más tarde me enteré de que el barco se había llamado: "Lark", aunque la verdad, a mí o a los camaradas como se llamase el barco enemigo nos importaba lo que tres pimientos morrones, o menos.

Luego el Capitán De la Cerda le demostraría a todo el mundo que no había mejor marino por los alrededores.

Tras haber destrozado a la fragata, y con el "Warwick" a punto de caramelo, venían muy seguros con las portas abiertas y pensando que vencernos sería coser y cantar, se ve que no habían aprendido la lección con la fragata, el Capitán ordenó una virada en redondo -que dejó a su homólogo inglés con la boca abierta y el culo cerrado- y en cuanto nuestra banda se puso paralela a la del enemigo ordenó abrir fuego a todas las baterías:


¡BATABUUUUUMMMMM!

De la proa a la popa el "Glorioso" se estremecía mientras, una a una, las bocas negras de los cañones escupían fuego contra el inglés, que se estremecía más todavía, claro:

¡Crackcrockcatacrokkkclingclong!

Todos gritamos, todo el navío español gritó desde la quilla a la cofa: 


- ¡Joderoooosssss!

Porque la andanada había resultado brutal y devastadora. 

Y los camaradas artilleros, sudando la gota gorda en las cubiertas inferiores, tardaron un suspiro en recargar y arrearle otro surtido de hierro español para que se repartiesen los del "Warwick".

¡BATABUUUUUUUMMMMMM!

A popa, picado de mosquetazos y de metralla ondeaba nuestro trapo, que era sólo eso, un trapo, pero un trozo de tela que nos llevaba a todos metidos entre sus hilos y enredados entre su madeja.
Y ahí seguía, como nosotros.


El "Warwick" se despegó de nuestra banda harto de recibir estopa después de un par de horas de combate. 
Supongo que su capitán, si no estaba muerto a aquellas alturas, querría poder volver a Inglaterra subido en algo parecido a un barco.
Mientras el inglés se retiraba volvimos a gritar como locos enardecidos y debieron escucharnos, porque de inmediato en los palos desmochados y las vergas partidas colgaron más velas agujereadas para poder coger todo el viento que pudiesen y salir de allí pitando.
Cosa que hicieron con el conocido garbo y salero inglés de toda la vida.

Nuestro barco había sufrido algunas averías que se empezaron a reparar de inmediato y nuestro Capitán pudo el hombre respirar aliviado. El valioso cargamento seguía seguro en nuestras sólidas bodegas de madera cubana.
El Segundo Oficial y él hablaban a popa contemplando al vapuleado barco inglés que se alejaba con un renqueante rumbo norte:


- Les hemos dado como para tres años, Capitán...
- Sí, gracias a Dios... Espero no tener más encontronazos...
- No creo, ya estamos cerca de casa...
- No me fío ni un pelo de estos ingleses, amigo...

Hacía muy bien el Capitán De la Cerda en no fiarse. 

Porque a fin de cuentas estábamos en guerra contra los ingleses y, a pesar de la recuperación de nuestra Armada, ellos eran los dueños indiscutibles del mar. 
Buenos marinos con buenos barcos y dotaciones disciplinadas, que encima, envidiaban y codiciaban -desde que Colón había llegado- las Provincias Españolas de Ultramar.

Así que no me resultó nada raro que el día catorce de agosto, con Finisterre a dos pasos, nos saliesen al encuentro tres nuevas naves enemigas. Un navío, una fragata y una corbeta que se nos vinieron encima más chulos que un ocho.

El Capitán miraba a su Segundo como diciéndole: ¿ves, no te lo decía yo, que no me fiaba?, y luego nos miraba a nosotros, los hombres de su dotación, aspiraba una bocanada de aire de mar y ordenaba cebar los cañones y esperar hasta que se nos echasen encima los barcos enemigos.


El navío inglés "Oxford" era muy bonito, con sus bandas pintadas de un gastado tono amarillo. 
Fue el primero en acercarse y por tanto, el primero en llevarse la bienvenida en forma de hierro vizcaíno que se tiraba contra el casco y no contra la arboladura, para así poder desmontar todos los cañones que pudiésemos antes de que se acercasen los otros y sumasen sus bocas de fuego a las del navío. 
Porque la cosa estaba en eso, en teoría, el que más cañones tuviese llevaba la ventaja. 
Más cañones y el barlovento, al menos eso era lo que enseñaban en la Academia Naval, aunque yo de ésta solamente conociese las puertas, desde afuera, claro.

El "Oxford" se tragó entera toda la andanada de la banda de babor y crujió como si talasen de golpe todos los árboles del mundo. Mientras apuntaba mi mosquete podía ver las caras desencajadas de los marineros enemigos, la cara asombrada de quién estaba preguntándose: ¿cómo puede estar pasándonos esto?, ¡a nosotros!, los Britannia Rules, los amos del mar...

Entonces la proa del "Glorioso" viró en redondo y crujieron las cuadernas y chillaron los palos que parecía que iban a quebrarse, pero el barco viró, y nada más acabar la maniobra los cañones tronaron de nuevo y la corbeta y la fragata, que ya se nos habían acercado lo suficiente, también recibieron su buena ración de hierro y de plomo.


Nosotros, por supuesto, recibíamos también lo nuestro, que allí no estábamos de fiesta precisamente. Los compañeros caían como moscas destrozados por los bombazos ingleses que no dejaban de disparar, los hideputas, que nuestros enemigos ni eran mancos ni mudos, aunque en verdad, allí no había más mudos que los muertos pues todos los demás gritábamos desesperadamente, quizás para así demostrarnos que seguíamos vivos.

En mitad de la locura crujió, entre lamentos de astillas quebradas, nuestro palo bauprés: ¡CROCK-CRACK! 
Y junto al palo se fueron al mar algunos buenos amigos que combatían en proa. 
¡Adiós camaradas, que las Sirenas os acojan!

En aquel momento pensé que los ingleses nos vencerían. Era tanto el fuego que se abatía sobre nosotros, tanto el humo y tanto el estruendo, tanta la sangre que corría por la cubierta, que imaginé que íbamos perdiendo.
Pero no, ¡que va!


Se levantó una fresca corriente de aire que hinchó las velas, cosa que aprovechó el Capitán de inmediato para ordenar una maniobra que nos sacó del cerco de los tres barcos ingleses. 
Comprobé entonces satisfecho que si nosotros habíamos recibido, ellos se habían llevado ración doble.

Los tres ingleses estaban muy tocados, sobretodo el "Oxford", que por haber sido el primero en acercarse se las había llevado todas, o casi. 

La fragata y la corbeta, que estaban algo más enteras, se lanzaron en nuestra persecución.
Pero nuestro barco, a pesar de las muchas averías -lo del bauprés nos tenía bien jodidos y no había vela sin agujero- navegaba firme y seguro hacia el puerto, con los dos ingleses detrás como moscas oliéndole el culo a un caballo.

Mientras miraba los barcos ingleses, que, una vez en vista de que no nos iban a dar caza, decidieron retirarse vapuleados, humillados y vencidos, caí en la cuenta y me acordé de nuestro trapo que estaba allí detrás, en la zona más acribillada tras los dos combates sufridos. 

El corazón se me aceleró y corrí por la cubierta hacia la popa.

De la Cerda miraba por su catalejo observando como los tres ingleses se auxiliaban los unos a los otros. 

El Segundo sonreía de oreja a oreja a pesar del aparatoso y sucio vendaje que le cubría la frente y parte de la cara:

- ¡Dos de dos, mi Capitán...!
- Pues ya conoces el dicho...¿no?
- ¿Qué dicho...?
- A la tercera, la vencida...
- No creo que haya tercera, don Pedro...
- No sé amigo, ahora que les hemos tocado la honrilla creo que no pararán hasta hundirnos...

Tras ellos, flameando contra el viento, estaba nuestra bandera. 

La pobre estaba hecha jirones, destrozada por los balazos y la metralla, pero aquellos jirones seguían sosteniéndose los unos a los otros. 
Igual que nosotros-pensé- igual que nosotros.

A la mañana siguiente entrábamos en el puerto de Corcubión. 
Había decenas de personas en el muelle, subidas a las murallas y encaramadas a los palos de los navíos atracados y los vítores y los aplausos se podían oír por encima del sonido de las olas, eran nuestros compatriotas que, enterados de los sucesos, nos recibían como a héroes. 
El Capitán por fin podría dormir tranquilo ya que la plata quedaría a resguardo y su misión y la de su barco estaba cumplida.
Y encima el "Glorioso" se había convertido en azote y escarnio de la Armada Inglesa.

Fueron muy gratos aquellos días en Galicia, llenos de trabajo reparando el barco pero llenos también de orgullo en cada tabla que claveteábamos. 

En popa los ventanales se cambiaron por paneles de buena madera, se apañó un bauprés de otro barco, se reparó la verga rota, se recosieron las velas y, por supuesto, nuestra bandera que con aquellos parches y costuras estaba, aunque no lo parezca, más bonita todavía.

También nos recuperábamos los hombres, que buena falta nos hacía a todos y se alistaron algunos nuevos tripulantes y además de pasajero para la siguiente travesía, embarcó en el "Glorioso" un pintor que había retratado al mismo rey y era muy querido y famoso en toda España.


Así, tras las reparaciones pertinentes, con la dotación recuperada y el barco medio en condiciones, repuestas la pólvora y las balas en la santa bárbara, la comida y el agua en las bodegas y con mucha, muchísima pena en los corazones, nos despedimos de Corcubión y emprendimos la travesía.
Nada más abandonar el puerto y en vista de los vientos, que al fin y al cabo son los que mandan el el mar, el Capitán ordenó poner rumbo sur, directos a Cádiz, pero eso sí, alejados de la peligrosa y hostil costa portuguesa que se había convertido en el patio trasero de los ingleses.

Todo fue como la seda hasta el diecisiete de octubre. 

Estábamos a la altura del Cabo de San Vicente, de nuevo a cuatro pasos de la meta, cuando cuatro fragatas inglesas nos avistaron y se arrojaron sobre nuestro barco como lobos hambrientos. 
Y eso que en las bodegas solamente llevábamos el lastre.
Aunque, aquella vez, sospechaba que no era la avaricia del oro indiano lo que empujaba las velas inglesas, sino la venganza. 
El Capitán tenía razón y el vapuleo recibido por sus barcos, en proporción de tres a uno, le había escocido a la "Navy" como la sal gorda escocía sobre una herida abierta.
Nos habían declarado en busca y captura y les daba lo mismo que vivos o muertos a los hideputas.

Aquellas cuatro fragatas eran solo el principio, todos sospechábamos que, como buitres hambrientos, acudirían más y más barcos hasta que acabasen con nosotros.

¡Pues allí estábamos...!

Aquello debió pensar el Capitán, porque ordenó que se izase el pabellón de guerra, antes llevábamos uno mercante y extranjero para despistar, que en el mar ya se sabe: camarón que se duerme... 
Nada más subir el Estandarte de España a lo alto del palo, De la Cerda ordenó que se abriese fuego contra la fragata inglesa más cercana:

¡BBBRRROOUUUMMMMMMMMMMMMM!

Los cañones del "Glorioso" cantaron todos a la vez y el coro inglés consecuente resultó tan glorioso como el nombre de nuestro barco. 
La fragata quedó envuelta entre humo y lamentos, se le partió el Mayor y saltaron trocitos rojos por todas partes.
Al tiempo, por nuestra banda contraria, retumbaba la andanada disparada desde aquel lado.
Luego respondieron los ingleses y el humo y la locura nos envolvió de a todos.


Hervía el mar y hervía el cielo mientras rodeados por las fragatas inglesas nos debatíamos como numantinos. 
Podía ver a los artilleros de la cubierta empapados en sudor, negros de pólvora quemada, sin aliento, exhaustos, pero que no dejaban de recargar los cañones, disparar, tirar de las cuerdas, recargar y disparar de nuevo.
De vez en cuando entraba una bala inglesa y se llevaba a unos pocos por delante entre alaridos de dolor y pedazos de carne exprimida. 
Por todas partes llovía el granizo de los mosquetazos, por todas partes había restos de aparejo y cada cañonazo, cada disparo, cada insulto y cada grito que lanzaban los ingleses era respondido por las baterías del "Glorioso".
Pasito a pasito intentábamos zafarnos del enemigo y seguir rumbo a Cádiz, casi lo logramos.

Luego llegaron los dos navíos.
Venían flamantes, sin mácula, frescos, enteros y con ochenta cañones cada uno. 

Pensarán que aquella aparición nos hizo flaquear, pues no, ya nos daba lo mismo pelear contra cuatro que contra cuarenta, a aquellas alturas de la función estábamos todos convencidos de que éramos invencibles y que nada podrían los ingleses contra las férreas cuadernas de nuestro navío ni contra nuestra voluntad de vencer o de hundirnos con nuestro barco.

Por eso les plantamos cara a los ingleses, por eso y por nuestra bandera que, otra vez acribillada, ondeaba impasible y orgullosa de sus bravos hijos que la defendían como leones. 
Entre ellos estaba el famoso pintor que había cambiado los pinceles por un botafuego con el que alimentaba una pieza del castillo de proa. Estaba negro de pólvora, brillante de sudor y sonreía como un niño en mitad de una fiesta mientras arengaba a los servidores de la pieza:

- ¡Vamos muchachos, otra bellota, ésta por Valladolid...!

Acercaba el botafuego -¡BAUMM!- y la pieza se encabritaba y la sonrisa del hombre se ensanchaba al ver la bala impactar contra el pasamanos del ingles que saltaba destrozado- ¡Catacraaaakkkk!

No sé si fue su cañón el que acertó, no puedo decir que fuesen ellos, pero bien pudo ser aquel cañonazo, me parece que dijo: ¡por Barcelona!, el que impactó contra la santa bárbara de uno de los navíos ingleses. La bala entró limpia, atravesando tablas y cuerpos hasta que llegó a las tripas del barco. Primero vino una llamarada inmensa, amarilla y roja, que nos dio a todos los que peleábamos en la cara como un tortazo de calor que hizo que el combate se detuviese y que girásemos la cabeza para contemplar el espectáculo.
Tras la llamarada se escuchó un silbido agudo y un segundo después el mundo estalló en un millón de pedacitos.
El barco inglés se desintegró y junto al barco la mayoría de la tripulación.

Desde el "Glorioso" retumbó entonces, por encima de la batalla, nuestro grito inhumano y enardecido, el grito desesperado de los que no dábamos nuestro brazo a torcer, de los que no nos rendiríamos. 

Al menos, no todavía.

La pérdida del barco enemigo nos concedería una última oportunidad.
Pusimos rumbo a Cádiz  mientras la noche se nos echaba encima. Quizás lo lográsemos...


Sin embargo nuestros enemigos, admirados, temerosos y deseando hundirnos seguían con su acoso. La noche del dieciocho de octubre la pasaríamos entre los fogonazos de los cañones y los mosquetes, peleando como jabatos por nuestra vida y nuestro barco.
Por la mañana estábamos agotados, sedientos, destrozados, hambrientos y deslomados, pero había que seguir adelante, reparar las averías, cebar los cañones, repartir el bizcocho y el vino, arrojar a los muertos al agua, desembarazarnos de la jarcia destrozada y seguir, seguir adelante hasta que nos hundiesen.


Era el diecinueve de octubre de mil setecientos cuarenta y siete. 
El navío "Glorioso" seguía resistiéndose a arriar la bandera acribillada y rota que ondeaba exhausta en el mocho del palo que nos quedaba.
El Capitán Pedro Mesía de la Cerda estrujaba el catalejo entre las manos pensando en cómo podríamos escapar y burlar a los ingleses:

¡BAAUUMMM!- ¡...por mis cojones...!


Al famoso pintor, herido de un astillazo en la cabeza, se le habían terminado todas las ciudades y todas las regiones de España.
Igual que al barco se le habían agotado todas las municiones:


- Ya no nos quedan balas, don Pedro- le dijo el Segundo al Capitán.
- ¿Nada con qué disparar a esos hideputas...?
- Ya echamos mano a las cadenas, los escapularios, las cuchillas y hasta a los utensilios del cocinero... ¡Como no les tiremos canciones del Perales...!

Entonces y solamente entonces, sin municiones, sin pólvora, sin palos ni aparejo, con la lumbre del agua destrozada, la popa inexistente y sin saber muy bien como no estábamos todos en el fondo del mar, el Capitán me ordenó que arriase la bandera.
El "Glorioso", por fin, se rendía.

Mientras arriaba el trapo del que solamente quedaban jirones, un trozo del castillo, media cabeza del león, jirones llenos de agujeros y rasgones, de parches y de gloria, mientras arriaba la bandera mis ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas que me dolían y que me quemaban.


¿Es solamente un trozo de trapo?, ¿qué te pasa?, me pregunté a mí mismo.
Y las mismas lágrimas que me quemaban y me abrasaban, fueron las que me contestaron desde muy dentro de las entrañas:

¡No es solamente un trapo roto, chaval!, ese trozo de tela, te duele, te quema, te abrasa, porque eso que arrías no es tan solo una bandera, eso amigo, eso es España...


Fin


© A. Villegas Glez. 2015


Imagen: El Combate de Finisterre. Navío Glorioso. Augusto Ferrer Dalmau




















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