lunes, 8 de agosto de 2016

EL BLOCAO LAUREADO. Kudia Tahar

2 de septiembre de 1925. La Posición.

Desde el blocao, en la lejanía, se podía ver la ciudad de Tetuán. 
Entre las nubes bajas y la reverberación que producía el calor parecía colgada de las montañas, hermosa y misteriosa la Blanca Paloma del Protectorado parecía irreal, como sacada de los cuentos de las Mil y Una Noches. 
A apenas doce kilómetros parecía tan inalcanzable como el Edén, tan cercana y al tiempo tan alejada de los que estábamos allí, en aquel blocao de tiendas cónicas que nos servía de hogar y, seguramente, de tumba.

Tenía muy frescas en la memoria las imágenes terroríficas que había visto en los diarios cuando recuperamos Monte Arruit. 
Aquellos cuerpos resecos y martirizados de mis compatriotas, aquellas muecas de horror, aquellas interminables columnas de huesos calcinados por el sol rifeño, el arco de la posición rodeado de esqueletos ennegrecidos y el reguero de cientos de cadáveres podridos y mutilados que se extendían hasta el horizonte.
Las imágenes aparecían en mis sueños y provocaban que una ira densa y oscura me inundase el alma. 
Aquella rabia era la que me había empujado a servir en África, a pesar de los ruegos de mi pobre madre y del dinero de mi padre que me prometía un servicio tranquilo en la Península. Aquel deseo de revancha me había impulsado a querer servir en primera línea y vengar a mis paisanos asesinados sin compasión.
Y allí estaba ahora, en aquel pequeño blocao de la Línea Estrella, rodeado de enemigos y contemplando ensimismado la ciudad de Tetuán que brillaba bajo el sol del atardecer...

3-4 de septiembre de 1925.

Todos sabíamos que iban a venir. 
El Capitán Zaracíbar nos lo había advertido y todos sabíamos que sería duro, pero ninguno imaginábamos que empezaría de una forma tan terrible y tan efectiva.

Los disparos de los cañones capturados por los rifeños retumbaban entre los barrancos y los despeñaderos, el eco resonaba entre las montañas produciendo un sonido aterrador. Eran los heraldos de la muerte que, en forma de pepinazos del "setenta y cinco", llovían sobre nosotros.
Las piedras volatilizadas volaban por todas partes bailando una danza mortal junto con los trozos de metralla ardiente que segaban la vida de mis compañeros y reducían el blocao a escombros.
Los moros batían la posición sin descanso con un cañoneo preciso y mortal, así que muy pronto los trozos de los camaradas adornaban las piedras, las tiendas ardían y el parapeto se desintegraba.

¡Boummm boummmm Boummmm!

El depósito de agua saltó en mil pedazos, el polvorín estalló entre llamaradas mientras la munición recalentada silbaba por todas partes, los víveres se quemaron, la enfermería ardió y nuestros cuatro cañoncitos del "setenta" recibieron toda la atención del enemigo hasta que las piezas y el Teniente y el último de sus artilleros fueron volatilizados y sus restos nos llovieron encima como los papelillos de colores que tiran en las ferias.
Los moros atinaban, y atinaban bien... 
¿Serían ingleses los que manejaban aquellas piezas que nos demolían?

Habíamos comenzado el día ciento treinta hombres entre infantes, artilleros y los ingenieros que se encargaban de manejar el heliógrafo. Nos habíamos visto las caras, por última vez vivas, en la formación de la mañana. 
Ahora, algunas horas después, apenas quedábamos cien hombres y habíamos rechazado tres asaltos de la infantería moruna.

No sé cómo pudimos lograrlo, quizás gracias al Capitán Zaracíbar que los tenía bien puestos y a sus palabras que nos enardecían:

- ¡Somos españoles y nadie nos va a vencer...!- gritaba sobre los parapetos mientras mil balas le buscaban.

O quizás fue a causa de aquellas imágenes de Nador o de Arruit regadas de compatriotas resecos y devorados por las alimañas las que nos dieron el valor y la entereza.

Porque en mitad del fuego artillero, que no cesaba un momento, entre las llamaradas y los gritos de agonía de los que la metralla alcanzaba, entre el calor sofocante y la turba inmensa de moros que nos acechaban, entre el hedor de la muerte y la pólvora quemada, como lagartijas, pegados a las piedras calientes del blocao, ahí estábamos los que quedábamos con vida, aguantando el chaparrón y mirando al Capitán que nos hacía gestos ordenando que retuviésemos el fuego.

Y así, una y otra vez, logramos rechazar tres asaltos consecutivos de los valientes hombres del moro Heriro.
Esperábamos hasta que estaban cerca, muy cerca, tanto que se podían distinguir los ojos llenos de odio y las muecas de dolor cuando los alcanzábamos con nuestras descargas o, mucho peor, los ensartábamos con las bayonetas:

-¡Fuego, fuego, fuego...! - gritaba el Capitán y luego se arrojaba contra la morisma como el mismo Cid, y nosotros a su lado, ensartando moros como a aceitunas sevillanas.

Alrededor de Kudia Tahar se amontonaban los enemigos abatidos y los heridos que se arrastraban dejando regueros de sangre sobre aquella tierra reseca.

- ¡Viva Españaaa...!- gritaba el Capitán.
- ¡Vivaaaaaa...!- respondíamos las voces roncas y rotas de lo que quedábamos con vida.

Al tiempo que recargaba mi máuser que estaba caliente como las puertas del Averno - Clic-cloc... Bang... Clic-cloc...- y sentía la sangre enemiga que me empapaba hasta los codos un pensamiento feroz me inundaba:

- ¡Esto no es Arruit, hijosdeputaaaaaa...!

3 de septiembre de 1925. El Socorro.

En Tetuán la noticia cayó como un jarro de agua helada.
Abdelkrim, sabiendo que todo el poder de España apoyada por Francia se abatía contra él había ordenado un ataque desesperado, un último intento antes de que las dos potencias le hiciesen pagar la sangre que había derramado.
El plan del líder rifeño era claro. 
Atacar la Línea Estrella y tomar la ciudad de Tetuán.
Para ello había ordenado a uno de sus mejores subordinados, el Caíd Heriro que tomase la pequeña posición de Kudia Tahar, situada entre el macizo del Gorgues y Ben Karrich y luego avanzara sobre la ciudad para así evitar que los españoles desembarcaran en las playas de Alhucemas.

Desde las primeras horas de la tarde del día tres el heliógrafo de Tahar no había parado de enviar información sobre el ataque.

- " Bombardeo intenso y preciso ha destrozado el blocao. Muchas bajas. Asaltos enemigos rechazados a la bayoneta. Necesitamos munición y agua. El blocao resistirá hasta el último hombre...". Cap. Zaracíbar.

Los telégrafos echaban humo desde la Comandancia de Tetuán y nadie ponía en duda lo peligroso de la situación. Desde las terrazas de la ciudad se podía ver la humareda que provenía de la posición y se escuchaban las detonaciones de la artillería rifeña.
Apenas había tropas en la zona con las que reforzar a los valientes de Kudia ya que todo el material y todos los hombres habían sido movilizados para el desembarco, sin embargo, desde el Alto Mando la orden llegó clara:

- ¡Hay que socorrer la posición y defender la línea...!

Los oficiales de la Plaza se juramentaron para socorrer Kudia o morir todos en el intento.

3-4 de septiembre. La Posición.

Desde el blocao apenas se distingue más que el humo y los incendios. Estamos rodeados por completo y el macizo de Gorgues se ha convertido en un avispero de moros emboscados dispuestos a no dejar que nadie llegue hasta nosotros.
El camino hasta aquí es un hervidero, un infierno de gumias, fusiles y moros emboscados, un camino hacia la muerte.

Desde los parapetos derruidos seguimos disparando, aguantando el envite de nuestros enemigos, lanzando granadas, clavando las bayonetas y humedeciéndonos los labios agrietados con la poca saliva que cada cual produce.

Por entre las peñas, agazapados, avanzando por escuadras, cayendo abatidos cada pocos metros, perseguidos por una turbamulta de enemigos enardecidos, les vemos llegar.
Son pocos, muy pocos los que lo consiguen.
Primero alcanzan la posición diez o doce artilleros con un Teniente al frente. 
Se protegen de los disparos, miran alrededor desolados, algunos se persignan, y el oficial se cuadra ante el Capitán:

- ¡Teniente de Artillería Fuentes Pila... A sus órdenes...!

A todos se nos estremece el alma cuando le escuchamos.

Poco después alcanzan los parapetos unos cuantos soldados de Intendencia con otro oficial a su mando. También se presenta, bajo el fuego rifeño, al Capitán Zaracíbar:

- ¡Teniente Almenta a sus órdenes... Traemos alguna munición y agua...!

La subida hasta la posición ha sido terrorífica para los hombres del bravo oficial, pero, impasibles ante las bajas, habían seguido subiendo y subiendo hasta lograr traernos abastecimientos y esperanza.

Los últimos en llegar son un grupo de veinte zapadores que, impávidos al fuego, como leones embravecidos siguiendo a su Teniente, logran meterse en el blocao entre las explosiones y la lluvia de balas de los rifeños encolerizados por su valor:

- ¡Teniente Sevillano Cousillas a sus órdenes mi Capitán...!

En mitad del fuego que no cesa, de los bombazos de la artillería que nos barre, entre el olor a muerte, en mitad de la certeza de que ninguno saldremos de allí, infantes, intendentes, ingenieros y artilleros gritamos enardecidos, valientes, invencibles:

- ¡Viva Españaaaaaaaaaaaa....!

Y por un instante el fuego enemigo enmudece, mientras un aeroplano, una frágil construcción de tela y madera, sobrevuela la posición y deja caer sobre nosotros unas barras de hielo y sobre el enemigo un par de bombas que retumban en nuestros corazones cargándonos de esperanza.
Desde mi posición puedo ver como el observador, arriesgando el pellejo, fotografía el blocao.

- Aquí seguimos -pienso- venid pronto hermanos...

5-6-7 de septiembre. La Posición.

No me queda agua en el cuerpo. Nos hemos bebido todo lo líquido que teníamos y ya no nos queda más que la sangre. Sangre que se desparrama por estas piedras recalentadas, que mancha la madera de los fusiles y que se seca bajo el inclemente sol africano.

Los muertos insepultos, ya que el intenso fuego enemigo no nos deja enterrarlos y hay que dejarlos tumbados delante del parapeto, hieden y son un comedero de moscas azuladas que zumban y bailotean sin que ni el fuego ni la metralla parezca importarles lo más mínimo.
Entre los cuerpos, uno más entre sus soldados, yace el valiente Capitán Zaracíbar al que un tiro en el corazón dejó tendido en las alambradas mientras lideraba a los hombres que rechazamos el millonésimo intento rifeño de entrar en la posición.

Ahora nos manda el bravo Teniente Sevillano que, a pesar de sus heridas, continúa la resistencia gritando que allí no se rinde nadie hasta que acabemos todos haciendo compañía al capitán y a los muchos camaradas que están allí tumbados, sin frío ni calor, sin más preocupación de que alguien los entierre.

Mi máuser reventó el día seis, pero tenía dónde escoger, ya que de los ciento cincuenta hombres que estábamos aquí destinados, ya solamente quedamos menos de la mitad.

También han reventado los moros el cañón que el Teniente artillero había conseguido reparar. Toda la noche se habían pagado él y sus hombres dale que te pego, rebuscando piezas útiles entre los amasijos de hierro, acoplando un trozo de este cañón con un trozo de aquel y reuniendo municiones hasta que, rayando el amanecer y para sorpresa de los moros, habían disparado gritando como posesos:

-¡Por nuestros cojones...!

Los nueve o diez disparos que consiguieron hacer nos supieron como un trago de agua fresca. 
Veía los impactos caer entre las líneas morunas y los trozos de carne que arrancaban y todos los del blocao gritábamos desaforados a pesar de las gargantas resecas. 
Cada pepinazo que consiguieron disparar Fuentes Pila y sus hombres era como un rayo de esperanza y como un zarpazo de revancha que asestábamos a los que nos rodeaban.
Luego los cañones rifeños pusieron sus miras en ellos. 

¡Bum, baum, baum, baummm...!

Y aquellos artilleros no se movían ni reculaban, a pesar de saber que, una de aquellas granadas, muy pronto les mandaría a todos a cubrir más espacio en el cementerio al aire libre del parapeto.
Al Teniente le segó las piernas el bombazo, varios artilleros quedaron convertidos en casquería y el cañón reparado quedó hecho un trozo de acero retorcido y negro...

Quedábamos cuatro gatos sedientos. Pero el Teniente Sevillano seguía recorriendo la destrozada posición gritando que allí no se rendía ni Dios...
Ninguno le discutíamos... Todos queríamos seguir allí hasta que la Parca nos acogiese como a sus mejores hijos y ocupar nuestro puesto entre el blocao y la alambrada, allí en donde yacían nuestros bravos compañeros.

Imagen: Kudia Tahar el día 9 de septiembre. Fotografía del Ejército del Aire.




8 de septiembre. El Socorro.

Había que llegar costase lo que costase, había que llevar agua a los valientes de Kudia que se estaban defendiendo como leones enjaulados.

El Teniente Muntané con sus cincuenta Regulares, en completo silencio, paso a paso, degollando a los enemigos que se iban encontrando y arrastrándose sobre las piedras afiladas, consigue entrar en el blocao bajo la luz de la madrugada.
Llevan cantimploras de agua fresca que resultan un bálsamo para los defensores.
Los indígenas miran y remiran admirados a los espectros que defienden el blocao. Muntané se abraza al Teniente Sevillano.

- Primo de Rivera envía a dos Banderas del Tercio y a un Tabor de Melilla para que vengan a socorreros...
-¿Ya han desembarcado en Alhucemas...?- al Teniente Sevillano le brillaron los ojos emocionados.
- Hoy es el día... Primo ha dado la orden de asaltar las playas cueste lo que cueste. También de venir hasta aquí para salvar la posición y Tetuán.- Muntané observaba la posición destrozada y se estremecía de orgullo- ¡Les habéis echado un par de cojones compañero...!
- No teníamos otra opción, aquí nadie quiere rendirse...

Los dos oficiales se aprietan en un abrazo y luego el de Regulares da la orden de salida. Allí no pueden quedarse aunque todos saben que será muy difícil, casi imposible, que puedan regresar sin sufrir bajas.
A pesar de todo, de los miles de enemigos que los rodean, los infantes indígenas, con su oficial al frente, salen de Kudia Tahar dispuestos a regresar más tarde con más agua para aquellos valientes.

8-9-10-11-12 de septiembre. La Posición.

Es sorprendente lo que el cuerpo resiste... Con el agua racionada a un trago al día, con la munición reducida a algunos peines, sin artillería y sin apenas granadas de mano, destrozados los parapetos, repletas las alambradas de cadáveres de enemigos enredados en mil posturas diferentes y con nuestros propios camaradas caídos alineados delante de la posición, el cuerpo sigue aguantando. Resecos, ahogados por el hedor de la muerte, acosados, rodeados, asediados por miles de moros que, obcecados, no dejan de atacar mientras nosotros, cuatro gatos fantasmagóricos, nos defendemos como jabatos con las bayonetas retorcidas de tanto atravesar cuerpos.

Los Regulares que nos trajeron las cantimploras no pudieron regresar a la línea y ahora están como nosotros, rodeados y sedientos ocupando la Tienda Fortificada. Los moros han repartido los cañonazos entre las dos posiciones y algunos indígenas, espantados, han desertado para unirse a las filas de Heriro, pero la mayoría, o los que quedan vivos, siguen leales a su Teniente y pelean a la desesperada.

Nuestro heliógrafo no para de enviar mensajes al mando. Es increíble el valor de los ingenieros que lo manejan ya que tienen que exponerse mucho, muchísimo para poder atrapar los rayos de sol. 
El aparato en sí está cosido a balazos, una de las patas del trípode es ahora un palo de escobón y uno de los espejos la tapa de una lata pulida por uno de los soldados, un Cabo de Manzanares que siempre está al frente de sus hombres, sonriente a pesar de que las balas le buscan con ahínco y cada vez que envía un mensaje los moros encolerizados redoblan sus ataques.

No sé si alguien podrá llegar hasta nosotros. Hasta ahora todos los intentos han sido rechazados y el barranco de Sekim y Dar Gazi son un avispero de moros emboscados que no van a permitir que nos socorran.
No podrán tomar Tetuán, pero a los defensores de Kudia pretenden pasarnos a todos a cuchillo.
No siento miedo, solamente la sed y un cansancio profundo que se me agarra a los músculos, solamente las ganas de seguir peleando hasta que me maten y depositen mi cuerpo junto a los demás camaradas...

9-10-11-12 y 13 de septiembre. El Socorro.

El avión del Teniente Nombela llegó cosido a balazos.
El piloto lloraba emocionado mientras daba el informe al mando. Nombela, muy grave, era trasladado de inmediato al hospital con una herida en la columna vertebral.

- No quiso volver hasta acabar la misión... Le pegaron el tiro, se desmayó un instante y, en cuanto sintió que yo regresaba al aeródromo me dijo que no, que diese otra pasada, que había que soltar el hielo para los defensores y las bombas para el enemigo... Y así lo hizo. Creo que los de Kudia no resistirán mucho tiempo más... ¡Hay que llegar hasta ellos!

La situación de los defensores es desesperada y en Tetuán nadie quiere que el enemigo tome la arrasada posición.
Han llegado a la ciudad la I y II Banderas del Tercio y el Tábor de Regulares de Melilla que, sin apenas descanso reciben la orden de avanzar sobre el macizo del Gorgues, Ben Karrich y liberar del asedio la posición de Kudia Tahar.

Muy temprano el día once se despliegan los legionarios y los Regulares avanzando de piedra en piedra, de barranca a barranca bajo un nutrido y preciso fuego que, desde el barranco de Sekim, le hace un numeroso enemigo dispuesto a no dejarles llegar a Kudia.
Crepitan los fusiles, estallan las granadas y caen los hombres abatidos.
El avance es detenido... Los defensores tienen que aguantar un día más. No se puede llegar hasta ellos. Ningún hombre quiere detenerse ya que pueden oír los impactos de los cañones enemigos que siguen destrozando Kudia, pero la noche se les ha echado encima y, a pesar del valor demostrado, no queda más remedio que detenerse, apretar los dientes, limpiar las armas y mirar la honrosa enseña que pueden ver ondeando todavía sobre la posición humeante en la que unos pocos de compatriotas siguen peleando como leones.

El día doce amanece frío, con las nubes bajas que se desparraman como algodones sobre el campo rifeño. Las columnas de Fanjul Y Perteguer tomarían los flancos del ataque mientras la de Balmes atacaría el frente de Dar Gazi.

Nada más iniciar el movimiento los moros, apostados en un infranqueable sistema de trincheras y pozos de tirador, abren fuego provocando muchas bajas, pero los españoles avanzan y avanzan entre la humareda y los disparos. Paso a paso van limpiando de enemigos el camino hacia Dar Gazi. El reguero de caídos y de heridos marca el camino para los que vienen detrás. Los gritos enardecidos retumban por las montañas y las bayonetas ensangrentadas brillan rojizas al sol africano.

Caen los hombres bajo las balas, se retuercen de dolor, ruedan colina abajo mientras otros siguen y siguen avanzando a despecho de la muerte que los persigue a todos. Los rifeños envalentonados no cejan en su empeño de impedir el socorro a la posición que lleva diez días asediada y vapuleada, pero los españoles tampoco quieren abandonar su empeño y avanzan y avanzan pagando cada metro con litros de sangre.

La III Bandera del Tercio es detenida en seco frente a unas casa fortificadas de Dar Gazi. Aquello es un fortín infranqueable, un muro de fuego del que nadie podrá salir con vida. 
Entonces su Comandante, García Escamez, consciente de que los bravos defensores de Kudia no podrán soportar un solo día más pide voluntarios para una misión suicida.
Toda la Bandera da un paso al frente y el Comandante siente en el corazón una punzada de orgullo que le hace estremecerse como una hoja al viento.

Un joven Teniente, Martinez Anglada, se adelanta del resto de la formación y grita:

- ¡Aquí estamos mi Comandante...!- detrás suyo los veinticinco legionarios permanecen mayestáticos.
- ¿Sabéis que vamos hacia la muerte...?
- ¡Sí, mi Comandante...!- gritan mientras el resto de la Bandera se remueve como una ola del mar embravecido. Todos quieren ir con su Jefe.

García Escamez se pone al frente de los hombres que, a bayoneta calada, se arrojan contra las casas fortificadas de Dar Gazi.
Caen acribillados algunos lo que provoca más rabia y más valor a los que alcanzan las posiciones enemigas. 
Estallan algunas granadas pero el sonido reinante es el de las bayonetas clavándose en las tripas de los rifeños que, espantados ante la bravura de los legionarios, reculan y abandonan sus posiciones. 
Los que pueden, porque los hombres de Anglada y Escamez no se detienen. Enardecidos acaban con más de un centenar de enemigos y despejan el camino hacia Kudia Tahar...

13 de septiembre. La Posición.

Apostado en mi parapeto que ya no es más que una sucesión de piedras requemadas recargo mi máuser. Solamente me queda este peine, luego ya todo será a bayonetazos. 
Los labios agrietados se me pagan dolorosamente uno al otro, apenas puedo retener el aire en mis pulmones y la herida en la pierna me duele como si me la estuviesen arrancando. Espero no pillar la gangrena y tener que regresar a casa como un lisiado. Aunque peor están los camaradas que están tumbados frente al parapeto cubiertos de arena y piedras volatilizadas, muertos y sin esperanza de regresar nunca a ningún lugar.

Entre el humo distingo algunas figuras que vienen hacia el blocao... Apunto mi fusil y acaricio el disparador. Entonces una voz, tan rota como debo tener la mía grita a mi lado:

¡Son los nuestros...!

No puedo creerlo, pero veo a los compañeros que, con cansancio infinito, se van poniendo de pie sobre las piedras destrozadas y a los que llegan que lo hacen más confiados, alzando los brazos y gritando:

- ¡Valientes, valientes...!

Entre las lágrimas que limpian mi rostro sucio de pólvora, sangre y roña distingo los uniformes verdosos de los del Tercio de Extranjeros.

Uno de ellos llega y me abraza, luego me ofrece su cantimplora que, tembloroso acerco a mi boca reseca:

- Bebe despacio compañero- me dice.

El líquido fresco borbotea entre mis labios, inunda mi garganta y cae sobre el suelo reseco de aquel blocao y se mezcla con la sangre fresca que gotea desde mi pierna herida.

Se oyen risas y llantos emocionados mientras los legionarios se desparraman por lo que queda del blocao. Un Comandante mira el montón informe de muertos alineados se descubre y reza.

Alrededor hay cientos de enemigos abatidos. Cientos que no pudieron vencer nuestra resistencia. Se oyen algunos disparos sueltos mientras los del Tercio siguen avanzando sobre la línea. 
El Comandante legionario nos mira orgulloso y luego mira el trapo rojigualdo cosido a balazos que, los de Ingenieros, pusieron hace días sobre un mástil improvisado.

Veo al Teniente Sevillano, que también está herido como todos avanzar hacia el oficial, arreglarse como puede la guerrera rota y sucia, cuadrarse marcial y decir:

- ¡Sin novedad en la posición, mi Comandante...!

Fin

A. Villegas Glez. 2016


Imagen: Fotografía de los supervivientes de Kudia Tahar- 13/9/1925. Autor desconocido.






































































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