domingo, 13 de noviembre de 2011

LA FILANTRÓPICA

Los enemigos de España siempre andan dándonos lecciones de civismo y de humanidad. Criticando a costa de nuestras derrotas y nuestras miserias. Ensalzan sus actos y desprestigian o mancillan los nuestros.
Sin embargo en medio de una época oscura y turbulenta para toda Europa, en la que hacía muy poco habían rodado las cabezas de los reyes gabachos y Napoleón empezaba a despuntar, una Europa en la que Inglaterra era la dueña de lo siete mares y en España había, como siempre, o casi, unos reyes inútiles que eran el hazmerreír y la comidilla del resto de las naciones civilizadas, en mitad de aquel despropósito, España le enseñó al mundo la razón por la que, una vez, habíamos sido tan grandes.

Desde hace siglos los hombres, sin distinción de naciones ni de credos, han sido azotados por la enfermedad en periódicas epidemias que mataban a millones de personas.
Una de ellas, quizá la peor de todas, fue la viruela. En 1796 la viruela batía récords de mortalidad en el mundo, sobretodo entre los niños.

En Inglaterra un avispado médico, observando trabajar a las pastoras de vacas de las tierras altas, se preguntó la razón por la qué, en aquella comunidad, no se conocía la enfermedad o ésta se presentaba de forma muy leve. 
Se dio cuenta de que las muchachas, al cortarse y magullarse en su faena diaria, desarrollan una variante de la enfermedad que las hacía inmunes a la versión más virulenta y mortal.

Era la variante animal del virus y las muchachas, gracias a su duro trabajo, estaban a salvo de la terrible enfermedad.
Edward Jenner, que así se llamaba el médico, desarrollaría la vacuna contra la viruela. 
Este es uno de los descubrimientos más importantes y vitales para toda la Humanidad aunque nadie se acuerde, claro...

Solamente siete años después del descubrimiento de Jenner la atrasada y embrutecida España, que tan sólo pensaba en capillas y hogueras según algunos, resulta que planea, organiza y lleva a cabo con éxito la primera expedición sanitaria de la Historia. 
El nombre ya lo dice todo:
Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

La dirige el Cirujano de Cámara Real, Francisco Javier Balmís. 
Parten desde La Coruña en noviembre del año 1803. 
Embarcados en la corbeta, “María Pita”, (qué buen nombre para una corbeta de la Real Armada), viajaban veintitrés niños expósitos y la rectora de su orfanato. ¿Niños...? Se preguntarán, pues sí, ya que era la única forma factible de transportar la vacuna, que se va pasando de brazo en brazo durante el trayecto, una solución inteligente y osada, española. 
Y es que en éso de buscarnos la vida siempre fuimos de los mejores.
Cruzan el Atlántico y llegan a Puerto Rico, en dónde se enteran de que otro médico español, Francisco Oller Ferrer ya había vacunado a más de mil quinientas personas. 
La vacuna la había conseguido el doctor Oller en una cercana colonia inglesa. 
La Expedición pone rumbo entonces hacia La Guaira, en Venezuela. 
Allí la expedición se divide.
Balmís y una parte se dirigen a La Habana, hasta donde haía llegado ya la labor inestimable de Oller. 
Balmís se dirige a Yucatán, Mérida y Campeche, y allí vuelve a dividir sus fuerzas para poder abarcar la mayor extensión de territorio vacunando a la población.
La otra parte se dirige hacia Villahermosa, Tabasco, Chiapas y desde allí a Guatemala, en Centroamérica.

Balmís vacunaría casi todo México.

José Salvany Llopart era el Subdirector de la expedición. 
Desde la Guaira había bajado hasta Cartagena de Indias, allí la población agradecida recibiría a los expedicionarios como a salvadores.
En diciembre remontan el río Magdalena y llegan hasta Santa Fe de Bogotá vacunando a todo el que se encuentran en su camino.
Salvany estaba enfermo de gravedad ya que padecía tuberculosis terminal, todos le aconsejaban que regresase, pero él se negaba en redondo, es más, al recibir noticias de que en Quito esperan un brote de la enfermedad, hacia allí se dirige sin dudarlo salvando a cientos de personas a las que vacuna ates de que se declare la epidemia. 
Los expedicionarios no se detienen y marchan hasta Piura y Lima. 
Los brazos salvadores de la expedición se extienden como un manto protector, un manto que salva millones de vidas. 
Salvany había enviado a sus colaboradores hacia Tumbez y Chile... Pero había gastado sus últimas fuerzas y morirá a causa de su enfermedad en Conchabamba. 
Se estiman en dieciocho mil los kilómetros recorridos y en doscientas mil las personas vacunadas solamente por esta parte de la expedición.

Los que marchan hacia Chile se encuentran allí con los primeros hervores independentistas. 
La expedición había sufrido calamidades sin cuento, robos, naufragios,enfermedades, marchas interminables pero también mucho reconocimiento y mucho cariño por parte del pueblo agradecido consciente de la importancia de aquel gesto.

Balmís también enfermo y agotado embarcaría en Acapulco rumbo a las islas Filipinas, tierras que eran también del Rey de España. Tierras también bendecidas por la generosidad española. Tierras que tuvieron la suerte de ser nuestras y no de otros. 
Que se lo pregunten si no a los sioux, los cheyenes y a los demás indígenas del río Grande para arriba.


Durante el regreso a España, el corazón generoso de Balmís introduciría la vacuna en China. De regalo vacuna al Gobernador de la isla de Santa Elena, posesión inglesa que se haría muy famosa algunos años después por albergar a un 
famoso inquilino .

De esta manera durante aquellos años oscuros de motines de Aranjuez, de desastres navales como el de San Vicente, de funestos pactos de familia con los franceses, en aquellos años de hambre y miseria, antesala de Trafalgar y del Dos de Mayo, España, antes que nadie, llevó la novedosa y vital vacuna allende los mares.
Salvando así millones de vidas, muchas más que las que se perdieron cuando la Conquista. Pero nadie lo recuerda, claro y quizás miles de los que hoy habitan la América hispana sean descendientes de todos aquellos que se salvaron gracias al esfuerzo y generosidad de España.

Pero el mundo sigue recordándonos por las supuestas matanzas a cruz y espada, más falacias que otra cosa, y no por hombres como Francisco Javier Balmís.
Y de eso tenemos la culpa nosotros. Desmemoriados y ciegos, olvidadizos y despegados, despreciando las hazañas y las gestas de los que nos precedieron. Sin reclamar nunca lo que, en justicia, pertenece a hombres como los que organizaron la expedición de la vacuna.
Relegándolos al pozo oscuro.
Sin hacerles siquiera una puñetera estatua...
 A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Mapa con el recorrido completo de la Filantrópica.





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