lunes, 5 de diciembre de 2011

EL CONQUISTADOR OLVIDADO

Algunas veces los más grandes, los más tenaces, los que más aventuras vivieron, los que sin arcabuces ni caballos tan sólo con su astucia e ingenio conquistaron un imperio, permanecen escondidos y en segundo plano.
A la sombra de los Pizarro o los Cortés.
El hombre del que hoy les hablaré pertenece a este tipo, a esta clase.

Embarcó muy joven y, como tantos otros hidalgos españoles, con la barriga vacía y la cabeza llena de sueños de oro y de gloria. Nuestro protagonista era de noble corazón, generoso amigo de sus amigos, inteligente y cultivado.
Sin embargo la expedición a la que se uniría estaba abocada al fracaso desde el principio, casi desde que salieron de Sanlúcar.
La dirigía un hombre valiente pero desquiciado, un hombre al que la avaricia le nublaba la razón. Pánfilo de Narváez.

Después de estar dos 
largos años entre vueltas y revueltas por el Golfo de México, de sufrir un desastroso naufragio, de guerrear contra indios que redujeron la expedición a la mitad, de sufrir miseria y calamidades sin cuento, Narváez y los pocos supervivientes que le quedaban, perdidos en tierra extraña y hostil, deciden fabricar unas canoas al estilo indígena para intentan buscar una salida hacia el mar. 
Pero la mala fortuna seguía persiguiendo a la expedición y casi todos los hombres se ahogarían en el intento.
Pánfilo de Narváez moriría aquí y quizá por el camino encontró, por fin, su ansiado oro al llegar al fondo.

Mueren todos excepto tres hidalgos españoles y un sirviente negro. 
Estaban, sin ellos saberlo, claro, muy cerca del río Colorado. Perdidos, solos y acosados por los peligrosos indígenas, sin pólvora, ni arcabuces. Tan sólo les quedaban sus cruces y su valor.

Nuestro protagonista era uno de aquellos tres hombres, y muy pronto, gracias a su condición despierta y generosa, los demás le nombraron Capitán de la diminuta expedición.
Su primera decisión es la de abandonar la costa para alejarse de los sanguinarios salvajes que la habitan.
Los cuatro se internan en el territorio inexplorado del sureste de los futuros Estados Unidos. 
Llegan hasta el río Bravo -Grande- y lo remontan.

A aquellas alturas todo el territorio indio conocía la existencia de los cuatro magos que viajaban por sus tierras imponiendo las manos y curando a los enfermos, ayudando a las ancianas y contando junto al fuego historias fantásticas trufadas de palabras en un idioma incomprensible. 
Portan unas extrañas armas puntiagudas y afiladas fabricadas de un mágico material que jamás usan contra nadie, pero que desuellan la piel de un bisonte en un santiamén. 
Se había corrido la voz entre los indígenas de que aquellos hombres, y sobretodo su jefe, eran enviados de los mismísimos Dioses.

Así, pasito a paso y siempre en el coche de San Fernando, recorrían todo el sureste norteamericano hasta la costa del Golfo de California, para luego desde allí y siempre rumbo al sur, alcanzar el río Sinaloa y darse de bruces con una patrulla de soldados españoles:

- Si no es por el morrión, la toledana y las barbas les damos a vuestras mercedes un arcabuzazo...

Y era natural ya que con aquellas pieles de bisonte y aquellas plumas parecían cualquier cosa menos hidalgos.
Al pobre Estebanillo, por ser negro, le habían reconocido enseguida. Por cierto, aquel esclavo, sirviente de Andrés Dorantes -otro de los supervivientes- se convertiría en el primer hombre de raza negra que pisaba suelo americano. 
Y bien que lo pisó, el pobre.
El viaje había durado ocho años.

Nuestro protagonista escribiría un libro titulado: “Naufragios”, que es lectura recomendable y provechosa además de ser la primera narración histórica de los Estados Unidos de América.
Un libro que, como es natural, acumula polvo en los estantes de nuestras bibliotecas sin que nadie lo consulte.

¿Piensan vuestras mercedes que con aquella aventura extraordinaria nuestro héroe se dio por satisfecho...?

Pues no.

Tan sólo cuatro años después aprovechando su fama y fortuna saldría de Cádiz rumbo a Santa Catalina, en el Brasil. 
Desde allí, por tierra, pretendía llegar hasta Asunción del Paraguay que era la capital de la Gobernación del Río de la Plata.
Cruzaría ríos gigantescos, selvas impenetrables y montañas y selvas cuajadas de peligrosos indígenas.
Por el camino descubriría las maravillosas cataratas de Iguazú. 
Y solamente por contemplar aquella maravilla ya había merecido la pena el viaje.

Llegaría nuestro explorador a La Asunción y allí, sus ideas de colonización pacífica y de respeto escrupuloso en el cumplimiento de las Leyes de Indias, chocarían contra el Gobernador, Martínez de Irala y contra la mayoría de la población, que no quería granjas sino oro y esclavos.
Es acusado de los disturbios y el posterior incendio de la ciudad de Asunción del año mil quinientos cuarenta y tres.
Humillado lo enviarían a España cargado de cadenas.
En el juicio el Consejo de Indias lo sentencia al destierro en la plaza de Orán, en Berbería.
Su vida se convirtió en un eterno juicio y apelación por su caso. Luchaba ya tan sólo por restablecer su honor ya que su hacienda estaba perdida. Fagocitada por la burocracia vil y ambiciosa del Consejo.

Apenas se sabe nada de sus últimos días. 
Se cuenta que murió en un monasterio de Jerez de la Frontera y que terminó su tiempo en el silencio de la vida retirada.
Se llamaba Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Lo imagino en su celda añorando los abiertos espacios americanos, las manadas de bisontes, la vida primitiva pero equilibrada de los indios, añorando el sabor de la sal y del mar, del viento y de la sangre en su espada.

Y es que aquí siempre preferimos al burócrata ladrón, al gobernador servil y cruel, al pueblo ambicioso cegado por el oro fácil, renegando del esfuerzo, envilecido por la envidia y la avaricia. Aquí los que roban y van a la cárcel escriben la historia de su latrocinio y los convertimos en héroes y en ejemplos.
Mientras, la vida y el recuerdo de hombres como Álvar Núñez se pierde y se diluye. Se olvida...

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Busto de Alvar Núñez en la ciudad de Houston, Texas, EEUU.



3 comentarios:

  1. Olvidando a estos grandes hombres, y lo que consiguieron para España, es como sentir verguenza de nuestro glorioso pasado ... Y si... Así nos va..
    Excelente Relato.

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  2. Grande Alvar,
    rata de alcantarilla Pánfilo Narváez

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  3. El sino del imperio español, conquistado por hombres valerosos, para a continuación dejarlo en manos de segundones avariciosos, sin respetar lay ni fueros, solo su interes crematistico... Que se lo preguntan a Hernan Cortes, Pizarro, Cabeza de Vaca y tantos otros.Un saludo

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