sábado, 23 de junio de 2012

ROBINSÓN SERRANO

En el Mar Caribe y a unas ciento treinta millas náuticas, milla más, milla menos, de las llamadas Islas de San Andrés, existen unos peñascos coralinos -llamarlos islotes sería excesivo- que tienen alrededor un inmenso arenal que es removido periódicamente por los huracanes y al que adornan algunas palmeras que han ido creciendo allí durante estos últimos quinientos años.

Tales peñascos aparecen en las cartas de navegación, más por el peligro de sus bajíos que por otra cosa, desde que los ingleses que para algunas faenas resultan prácticos, eficaces y profesionales, las dibujaron en sus derroteros del Caribe allá por el año 1660.
Los ingleses bautizaron aquel conjunto de pedruscos, arena y desolación como: Banco de Serrana.

Y lo llamaron así en honor de un Capitán español, que había naufragado allí y sobrevivido en aquel perdido rincón del mundo a la soledad y la falta de todo, hacía más de cien años.

Se llamaba Pedro Serrano… Y en él se basó Daniel Defoe para su novela.
Ya saben, el náufrago que es ejemplo de virtudes que civiliza al indígena Viernes y rescata a los prisioneros de los impíos caníbales… Hasta Marx dio su opinión sobre el afamado libro.

Para mí resulta una novela que va perdiendo interés y estoy deseando que agarren a Robinsón y se lo coman los caníbales a la parrila. Me gusta mucho más “La Isla del Tesoro”. Pero cada cual es como es… Para los gustos, los colores y hay que reconocer que la novela, como aventura, sin buscarle tres pies al gato es buena, si no, no hubiese aguantado tantos años, ¿verdad?.


El caso es que el protagonista, el verdadero Robinsón, era compatriota nuestro.
Sí, de nuestra querida España que todo lo olvida menos el rencor, el odio y la miseria. De aquí mismo.

Sobrevivió a base de cangrejos, camarones, pájaros y sobretodo tortugas marinas, a las que degollaba para beber su sangre y luego secaba la carne al sol. 

Con los caparazones hacía depósitos para recoger el agua de lluvia… El naufrago de Defoe obtuvo de entre los restos de su barco todo lo que necesita y más que pareciese que en vez de en un navío de vela viajase en un crucero de lujo, pardiez…

Pedro Serrano inició su aventura sobre el año 1526, cuando el patache que mandaba se perdió en una tormenta caribeña durante la travesía de La Habana a Cartagena de Indias.
Nadie sobrevivió, cosa muy normal en aquellos desastres en los que se ahogaba hasta el Tato. La natación no se llevaba en España, ni siquiera la sincronizada.

Pero Pedro era un buen nadador, eso y la suerte le empujan hasta el inhóspito e inhabitable Cayo de Serrana… Que todavía no se llamaba así, claro.  A saber cómo lo bautizó nuestro paisano:

- Maldito sitio de los cojones o algo así...

Los tres primeros meses fueron un infierno de soledad, pero un día apareció por allí otro hombre, otro marino zozobrado.
Su nombre jamás se supo, quizá por eso Defoe lo bautizó, “Viernes”…

El caso es que los dos hombres sobreviven, construyen un refugio con coral, conchas y caparazones de tortuga que les protegía de los vientos y que les servía de atalaya desde la que hacer señales a los barcos que pasaban sobre el horizonte…
Esperaron ocho largos años hasta que les encontraron. O en hacer caso a sus señales, porque, ¿quién se fiaba de señales de auxilio en un Mar Caribe atestado de piratas...?

Cuando los recogieron, el pobre“Viernes” se murió reventado el estómago cuando se bebió un barril entero de vino y se comió un quintal de carne seca.
El Capitán Serrano llegaría a España y se paseará por aquí y por toda Europa como una atracción de feria, o casi.
Hasta el mismo Emperador lo había recibido, nada más desembarcar, con las mismas kilométricas barbas arrastrando por el suelo de palacio y con una concha de almeja caribeña tapándole las vergüenzas.

Cuatro mil pesos de renta le concedería el Rey tras escuchar su extraordinaria aventura… 

Serrano no los cobraría jamás.
Morirá en Panamá unos pocos años después, pobre y solo, añorando quizá los días en el Arenal de Serrana.

Su hermano Robinson tuvo mucha más suerte, todo el mundo le conoce y sabe quién es… Claro, era inglés.
Si hubiese nacido español, otro gallo le cantaría. Por muchos indígenas que cristianizase, por muchos prisioneros que salvase y por mucho que hiciese, de haber nacido aquí, nadie sabría de su existencia.

Que se lo cuenten a Pedro Serrano que todavía espera que le paguen los reales que el Rey le prometió.
Y lo que le queda por esperar…

A. Vilegas Glez. 2012



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