martes, 10 de julio de 2012

EN EL FIN DEL MUNDO: Expediciones Españolas en el Pacífico Noroeste (I)

La soberanía española de la costa oeste de todo el continente americano era algo indiscutible y reconocido por todas las naciones del mundo, desde la Bula Papal de mil cuatrocientos noventa y tres.
El posterior Tratado de Tordesillas firmado entre españoles y portugueses, que prácticamente se repartían el globo que se habían atrevido a explorar antes que nadie, rubricaba aquella soberanía.

Poco más tarde Vasco Núñez de Balboa se bañaba en el Mar del Sur dando uno de los primeros pasos 
en la extraordinaria aventura que protagonizaron nuestros ancestros.
Balboa al tomar posesión lo hizo de: “Todas las tierras que tocase aquel Mar del Sur”, o sea, desde Chile hasta Alaska, pero claro, ni Balboa ni nadie podía imaginar lo enorme que era aquel nuevo y desconocido continente.

Luego llegarían cientos y cientos de exploraciones, descubrimientos y viajes hacia lo desconocido, tantos que marea ponerse a leer documentos y legajos de aquellos primeros años.
Sería tan rápida la sucesión de acontecimientos y tantos los prodigios que se contaban de las tierras del sur del continente: los imperios inca y azteca, el Amazonas, las montañas de los Andes, las planicies argentinas, etcétera y etcétera, que muy pronto la zona norte quedaría relegada casi al olvido.
A las que, sin embargo, llegarían hombres como Juan de Fuca muchos años antes que el publicitado y reconocido James Cook.

El Virreinato de Nueva España se extendía más allá de la Alta California pero en dirección al norte apenas había expediciones salvo un ramillete de viajes que salieron buscando el legendario: “Paso del Norte”, que, según todo el mundo, debía existir por fuerza al igual que sucedía al sur para poder cruzar de un Océano al otro.

Todas aquellas aventuras se encuentran perdidas entre las crónicas de otras exploraciones y conquistas más importantes, igual que sucede con los papeles sobre los viajes españoles por Oceanía, que en los mapas antiguos estaba cuajada de islas y accidentes geográficos con nombres españoles que serían luego, muchos de ellos, cambiados por los anglosajones.
Nombres que les habían puesto nuestros intrépidos marinos en sus incansables viajes por el mundo entero y que fueron los primeros en llegar hasta allí. 
Australia, por ejemplo, se llama así en honor de los “Austrias”.

Pasaban los años y por el Pacífico solamente navegaban algunas naves portuguesas, los piratas y los corsarios que siempre asoman en el mar como las chinches en los colchones y, por supuesto, nuestro intrépido y rico Galeón de Manila, que era el barco que transportaba las sedas, las especias, las porcelanas y los caprichos caros de Oriente para los hidalgos y los cortesanos que habitaban en Nueva España o en la metrópoli.
Nuevos ricos que ni se acordaban de hombres valientes como Andrés de Urdaneta que era el que había descubierto las corrientes que permitían el Tornaviaje.

Así estarían las cosas más o menos durante dos siglos y pico. 
Hasta que a finales del siglo dieciocho los ingleses empezaron a olisquear el negocio en el norte y los rusos a montar grandes factorías peleteras en las costas de Alaska.

La Corona recibiría con alarma aquellas noticias.
Los ingleses andaban buscando también el ansiado e inexistente “Paso del Norte”, que les haría el recorrido hasta China y las especias mucho más corto y por tanto más barato. También perseguían, ¡cómo no!, ocupar aquellas tierras para su Graciosa Majestad.
Que, por cierto, y aquí entre vuestras mercedes y yo, maldita la gracia que tienen los reyes de la Pérfida.

El caso es que el que era Virrey de Nueva España, Antonio Bucarelli, decidió patrocinar una expedición hacia el norte en el año mil setecientos setenta y cuatro. 
La aventura la encabezaría el reconocido marino, Pérez Hernández que, tras afrontar muchas calamidades lograría alcanzar los 54º 40’ de latitud norte, quedándose muy cerca de su objetivo que estaba situado en los sesenta grados y muy cerca de las que actualmente se conocen como: Islas de la Reina Carlota, que serían bautizadas así por una expedición inglesa algunos años más tarde.

Al año siguiente, y en vista de que los rumores sobre los rusos montando factorías y de los ingleses dando por saco, eran ciertos, Bucarelli decide enviar otra expedición, esta vez mejor preparada y armada.
El galeón “Santiago”, el patache “San Carlos” y una pequeña goleta, “Nuestra Señora de Guadalupe”, que sería rebautizada por la marinería como “La Sonora”, fueron los barcos que compondrían la expedición. 
El mando recayó en un joven teniente, Bruno de Heceta, que llevaría a Hernández -que iba el hombre echando chispas- de Segundo al mando y contaría también con algunos de sus compañeros casi recién llegados de la Academia Naval. Eran los tenientes, Francisco Bodega y Quadra y Manuel de Ayala.

El viaje no empezaría demasiado bien ya que el capitán al mando del “San Carlos” enloqueció inexplicablemente a los pocos días de navegación.
Al teniente Haceta no le quedó más remedio que mandar el barco de regreso, bajo el mando de Manuel Ayala, con rumbo directo a San Blas y al manicomio para el pobre capitán Manrique, al que habían tenido que amarrar para evitar que se arrojase por la borda.
Sin embargo y para que vean lo que son las cosas del mar, aquella circunstancia adversa sería la que permitiría a los tripulantes del “San Carlos”, incluido su loco capitán, a ser los primeros europeos en poder contemplar y navegar por la famosa y cinematográfica Bahía de San Francisco.

El “Santiago” y el “Sonora” seguirían con rumbo norte persiguiendo el ansiado objetivo de llegar a los sesenta grados de latitud.
El nueve de julio de mil setecientos setenta y cinco, Haceta tomaría posesión en nombre de España de una preciosa bahía a la que bautizaron, de la Trinidad. 
Posteriormente, el día once, y ubicada en el actual estado norteamericano de Washington, de otra hermosa y fría bahía que hoy se llama, de Grenville.
Los españoles la habían bautizado, de los Mártires en honor de los hombres que bajaron a tierra para aprovisionarse de agua y que morirían todos a manos de una tribu indígena que, valiente, decidida y una vez acabada la masacre en la playa, intentaron abordar el “Sonora”.
El teniente Bodega y Quadra, dando sablazos que espantaban y arengando a voces que enervaban, lograría rechazar el abordaje.

Días después y a pesar de las bajas sufridas y de que el escorbuto empezaba a hacer mella en las dotaciones, los capitanes decidieron separarse para abarcar más territorio que explorar.
El “Santiago” llegaría hasta la actual frontera canadiense explorando el Estrecho de Juan de Fuca -¿recuerdan que ya había estado por allí?- y la desembocadura del río Columbia.
Durante muchos años en los mapas españoles, mapas que pagaban a precio de oro los ingleses, los holandeses, los rusos y todo el que pudiese echarles mano, la desembocadura del Columbia sería conocida como: Entrada de Heceta.

Los hombres del “Sonora” llegarían hasta la Bahía de Sitka, que está en Alaska y tomarían posesión de aquellas tierras bautizando el lugar como, Puerto Bucarelli en honor del que había pagado la expedición.
A un monte enorme que cortaba el horizonte le pusieron, Monte San Jacinto. 
Sería el mismo pico que, poco tiempo después y con todo el morro renombraría el inglés Cook como: Monte Edgecumbe, y así hasta hoy.

Quadra y el “Sonora” lograrían alcanzar los 59º norte.
Los hombres estaban agotados y casi todos muy enfermos y con muchísimo esfuerzo lograrían, casi de milagro, poner rumbo al sur.
Durante el retorno moriría el viejo explorador Pérez Hernández, al que todos respetaban y admiraban por ser pionero en las exploraciones y el
experto marino que había sido en vida. En el mes de noviembre la exitosa expedición llegaría, por fin, al puerto de San Blas, que era la lanzadera española para las expediciones que viajaban al frío norte.

Cuatro años después, en abril de mil setecientos setenta y nueve, las corbetas: “Favorita” y “Princesa”, al mando de Ignacio de Arteaga, con Bodega y Quadra de Segundo, zarparon de San Blas, de nuevo, con rumbo norte.
Sus objetivos eran verificar la existencia de las factorías peleteras rusas, encontrar el dichoso “Paso del Norte” y, si era posible y se daba la ocasión, capturar al marino inglés, James Cook, que iba por ahí cambiando el nombre de las cosas.

Los españoles llegarían a una bahía bautizada por Cook un año antes y que sería mundialmente conocida siglos después cuando en sus aguas azules se desangrase el petrolero “Exxon Valdez”.

Como aquello eran tierras bañadas por nuestro “Lago Español” -que así se había conocido al Océano Pacífico hasta hacía cuatro días- se tomaría posesión en nombre de España y se rebautizarían -con "tol" morro, por supuesto- Puerto Santiago.
Era un veinticinco de julio y se encontraba situado a  61º 17’ de latitud norte.
Por fin se habían superado los inalcanzables sesenta grados.

La expedición no encontraría ni rastro de rusos ni de James Cook, de éste muchísimo menos ya que, a aquellas alturas, al afamado marino inglés lo habían servido como platillo principal en las Islas Hawai.

Por aquellas fechas y para no variar estalla una nueva guerra entre España e Inglaterra. A los hombres de la expedición no le queda más remedio que forzar las velas y regresar a San Blas.
La guerra paralizaría las expediciones porque había que centrar todo el esfuerzo naval en proteger las Islas Filipinas y la ruta del Tornaviaje. 
Permaneciendo la Alta California y el puerto de San Blas a disposición del esfuerzo de guerra.
Así quedaría el asunto exploratorio en suspenso hasta la firma del Tratado de París.

Sin embargo la expedición de Arteaga-Quadra sería conocida y reconocida en toda Europa y los mapas, crónicas y diarios codiciados por nuestros enemigos y nuestros amigos. El afamado y reconocido explorador francés, La Perouse, no tardaría ni un segundo en adquirir una copia del mapa de la expedición. El listo.

Las expediciones se retomarían con mucha más fuerza y presencia cuando acabase el conflicto, pero todo eso, si me lo permiten, se lo contaré en la segunda parte.

© A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Establecimiento de Nutka. Actual Vancouver.

1 comentario:

  1. Si señor, como siempre nos traes buenas lecturas llenas de enseñanza.

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