sábado, 22 de diciembre de 2012

EL CUADRO. La Escuadra Arregui II

Nunca imaginé que matar a un hombre fuese tan complicado.

Había visto morir a muchos, a cientos, y los había visto morir de mil formas diferentes, arcabuceados con los sesos saliendo por detrás de la cabeza o ensartados como aceitunas por las picas enemigas, pisoteados por los caballos o degollados de oreja a oreja. Había visto miembros terriblemente amputados, bestias y hombres desventrados, había visto la sangre manar a borbotones y mil horrores más que se convertían en cosas normales y naturales cuando los hombres nos enfrentábamos en el campo de batalla.
Un espanto, créanme vuestras mercedes.
Sin embargo no es lo mismo ver morir y ver matar que hacerlo uno mismo, pardiez que la sensación es distinta, terrible, instructiva y acojonante, además de marcarte para el resto de la vida y dejarte en la memoria trazos de imágenes que de cuando en cuando te visitan y remueven tu conciencia. 
Igual que regresaban a la mía los ojos azules del primer soldado enemigo que envié a su cielo hereje un día de mayo del año mil quinientos setenta y nueve.

El asedio de Mastrique se alargaba y los holandeses resistían todos nuestros intentos y hacían los hideputas peligrosas salidas contra nuestro campo que desbarataban el preciso plan que el General Farnesio había trazado.
En mitad de una de aquellas andábamos aquel día, aguantando las embestidas de tres mil y pico holandeses que, apoyados por los gabachos, habían venido contra nosotros dispuestos a que levantásemos el sitio y liberar a los hambrientos defensores de la ciudad.

Habían atacado de madrugada arrasando las posiciones adelantadas y degollando a los centinelas, a pesar de lo cual algunas habían cumplido su misión logrando resistir a arcabuzazos, 
al que habían pillado despierto, claro, y con su valor, sacrificio y ejemplo, ya que era más fácil salir corriendo pero la honra obligaba, y les diré que comida, oro y ropa seca no había en el campo español, pero honra la había a espuertas, pues era de lo único que podíamos fardar hasta la arrogancia los españoles.

El asunto es que los camaradas que ahora estaban panza arriba en sus puestos, desnudos y saqueados, habían logrado poner sobre aviso al resto del Tercio Viejo de Sicilia, en el que ahora se encuadraba la escuadra del Cabo Arregui.
Así que las vanguardias holandesas de caballería ligera ya se habían encontrado con el bosque de picas y de arcabuces, las banderas muy arriba y el tambor redoblando mientras el sol holandés, frío y apagado, iluminaba las brumas de la mañana y hacía brillar con destellos mortales de plata el filo de las espadas, de las dagas y de las moharras.

La escuadra Arregui era toda de arcabuceros y estaba en una de las esquinas del cuadro que el Tercio había formado para rechazar a la caballería pesada y a la infantería francesa que se nos había echado encima con las primeras luces del amanecer. 
Los españoles nos batíamos como leones.

El trabajo del mochilero es muy peligroso y más todavía en mitad de una de aquellas sarracinas espantosas que se arman durante el encontronazo entre dos ejércitos.
También resultan terroríficas las pequeñas carnicerías de cada día, los asaltos a villorrios, las escaramuzas y las encamisadas, pero todo esto luce mucho menos, aunque si te matan lo mismo da que sea aquí o allá, el caso era morir de pie y frente al enemigo, mirando a la Parca a la cara, como decía el Cabo Arregui.
De pie caían los camaradas como moscas, pero nuestros enemigos también, ya que las descargas de arcabucería y las picas abatiéndose con cada nueva carga holandesa mantenían la cosa equilibrada.
Y entre toda aquella maraña inmensa de hombres, picas, espadas, morriones y petos, arcabuzazos, humo, sangre, gritos y sudor, los mochileros debíamos correr para abastecer a nuestra escuadra de balas, pólvora, mecha y agua.

Yo tenía trece años, era delgado y fuerte, seco de miembros y rápido como el viento, amén de que los dos años que llevaba al servicio de la escuadra me habían convertido en bachiller del forrajeo y maestro del robo, además de haber aprendido los rudimentos básicos del manejo de la espada y de la daga, que Arregui y otro camarada me habían enseñado a manejar usando palos de madera y rodelas.
La cosa no era sencilla.
Había que correr hasta la retaguardia propia abandonando el cuadro y su protección. 
En teoría debían cubrirte el culo los de la caballería flamenca, pero si a éstos los habían hecho fosfatina, el culo que se quedaba al aire era el tuyo y si la que aparecía era la caballería holandesa, entonces sí que debías correr más que un galgo.
Por fortuna aquel día no fue el caso y al salir del cuadro tan sólo encontré a los heridos que reculaban dejando rastros sanguinolentos tras ellos y a nuestra caballería -¡Gracias a Dios!- que era dueña del campo por retaguardia, ayudando a trasladar a los heridos y muy atenta a los holandeses por si pretendían colarse por aquel costado. 
Era un alivio verles por allí para qué les voy a mentir a vuestras mercedes.

Una vez en el campamento te colgabas del cuello dos o tres barros de agua, que pesaban más que un borrico muerto, le sumabas un buen puñado de balas de plomo que pesaban más todavía, además de dos saquetes de pólvora y un tramo de mecha que te enrollabas a la cintura y todo esto había que hacerlo en menos de lo que duraba rezar un Ave María, pues sabías que los camaradas te estaban esperando, sin descomponer el gesto ni haciendo aspavientos, impasibles así les cayesen mil rayos encima, pero mirando de cuando en cuando hacia atrás de reojo para ver si aparecía de una puta vez el puñetero mochilero con la pólvora, las balas y el agua.

Así que, sin aliento, corrías de nuevo hacia el cuadro, que, como somos así de chulos los españoles, no sólo no había retrocedido un palmo, si no que avanzaba hacia el enemigo y estaba ahora doscientas varas más lejos:

- ¡Serán hideputas! - pensé mientras los pulmones me ardían y en mis oídos retumbaba el "cloc, clac, esploch, esplach", que hacían los cántaros que bamboleaban sobre mi pecho que el agua empapaba y las balas de plomo me golpeaban en el muslo en cada zancada apremiándome a correr más y llegar antes.

El reguero de heridos lamentándose había crecido, también había herejes a los que se les distinguía por lo rubio y porque ya los habían saqueado convenientemente los camaradas que, con heridas menos graves o en compañía de esos otros a los que ves recular y que luego se nombran de valientes en las charlas de campamento, y que ahora se amparaban en la piedad para con los heridos mientras los veías arrancando los dientes de oro a los muertos.

Cuando regresas al cuadro el sonido cambia y se vuelve más ensordecedor todavía, una locura de gritos y de aullidos inhumanos que se hacen más salvajes y estremecedores cuanto más te acercas a la primera fila, allí en dónde la sangre y las tripas cubren los borceguíes de los soldados.
Algunos soldados te piden agua por el camino, yo por eso llevo siempre tres cántaros ya que el peso extra lo pagan las miradas agradecidas de los camaradas de otras escuadras, a los que, sin obligación de amparar, ayudas. 
No hay mejor pago para tanto trabajo que la mirada agradecida del sediento veterano al que acercas el barro fresco y que no conoces apenas más que de vista.
La escuadra del Cabo Arregui se batía en su esquina con frialdad y eficacia. 
El veterano había dividido a sus hombres y mientras unos recargaban, los otros disparaban.
Cuando me acerqué pude comprobar que la cosa no estaba pareja ya que, entre los que recargaban, había un hueco y cuando miré pude ver que uno de los míos estaba en el suelo panza arriba con los ojos como platos y la barriga abierta en canal hasta el pecho.

Es -o era, mejor dicho- Pedro García de Cazalla y cuando llegué más cerca del cuerpo y el cabo Arregui vio como yo lo miraba, pálido como el mármol, me dijo:

- Una moharra holandesa, cosa rápida, sin dolor casi…- luego me gritó con su vozarrón de montañés vascongado - ¡dame balas Miguel, y reparte pólvora y agua a los camaradas!

La voz del vascongado era como un trueno, grave y poderosa y su mirada te electrizaba, así que dejé de mirarle los interiores al pobre García y le entregué un buen puñado de balas. 
Arregui no le quitaba ojo a los holandeses mientras recargaba su arcabuz.
Luego repartí el agua entre todos y el líquido elemento se acabó en un decir Jesús y la provisión de pólvora en un decir María ya que los herejes apretaban y apretaban bien.
Los camaradas me miraban agradecidos y admirados, unos más que otros, claro, pues en la escuadra, como en la vida misma, nunca puede uno ser del agrado de todos al igual que uno no puede pretender caer en gracia a todo el mundo. 
Estaba preparándome para regresar a por más agua y más pólvora, cuando el ruido que reverberaba, en mil voces distintas dentro del cuadro, se unificó en uno solo:

- ¡¡¡Aguantad, aguantad!!! - ¡¡¡CIERRRAAAAA!!!! ¡¡¡ESPAÑAAAAAA!!!

Los caballos coraza holandeses habían llegado muy cerca de la escuadra y las picas se quebraban contra los caballos y los jinetes volaban y caían en volteretas mortales que acababan contra el acero español, las lanzas enemigas penetraban en nuestro cuadro arrancando gritos de dolor y angustia, removiéndose dentro de nuestras filas con saña y rabia.
La escuadra Arregui combatía contra los infantes y los jinetes caídos a espada y daga. 
Daba pavor mirarlos.

Fue entonces cuando aquel holandés desmontado y del que no me había percatado, para mí era solamente otro bulto rubio más en mitad de otros bultos, se abalanzó contra mí gritando como una bestia del averno.
Era enorme, gigantesco y llevaba en la mano derecha una daga que me pareció afiladísima, en los ojos del holandés pude contemplar el odio infinito del que no quería sino verme muerto.
Les juro que no me cagué encima porque, siguiendo el consejo de los soldados viejos, uno va a la guerra ayuno, meado y aliviado con antelación.
Yo solamente era un imberbe de trece años, ágil, pero como un conejo indefenso ante la bestia que me acorralaba, así que recé todas las oraciones que conocía, me acordé de mis hermanos y de mi pobre madre y busqué con la mirada algo con lo que poder defenderme para, como decía Arregui, al menos irme de pie y como lo que era o pretendía ser, un soldado español.

El hideputa del holandés debió ver el miedo o la determinación a morir reflejada en mis ojos, pues sonrió de oreja a oreja y su sonrisa era la de un sádico que iba a disfrutar de lo lindo destripando a un siervo de Su Católica Majestad.
Avanzó decidido hacia mí, yo cerré los puños en un patético intento y pude ver el destello metálico mientas el holandés subía la daga. Cerré los ojos para que lo último que viesen no fuese al hereje que me mataba...
Y entre tanto escopetazo, tanto grito y tanta vorágine que me rodeaba, con mi alma a punto de emprender el camino al cielo, pude oír, con perfecta nitidez, el disparo que le acertó al holandés en la pierna izquierda:


- ¡ BANG!, ¡Crrraaaaaclacc!- hizo la rodilla del rubio al partirse en dos.
- ¡AAAAAAAAAAAAAGGGGGG!!!- hizo el holandés mientras caía como un fardo y los ojos, antes sádicos, se le inundaban de pavor.

La daga que traía consigo, larga y efectivamente, afiladísima, había caído de su mano y el holandés se arrastraba hacia ella chorreándole sangre de la pierna de la que colgaban trozos de músculo y de hueso que el hombre arrastraba tras de sí mientras el pie izquierdo se quedaba atrás para siempre.

Entonces corrí como nunca antes en mi vida hacia el arma y cuando la agarré una fuerza extraña, nueva y magnética recorrió mi espina dorsal
Me puse a horcajadas sobre el holandés que se arrastraba, él intentó zafarse de mí pero el dolor de la pierna no debía permitirle más que chillar pues era lo único que hacía: “esrinden, esrinden”, o algo así decía el hideputa, pero a mí el flamenco siempre se me había dado fatal, agarré la daga con las dos manos, la alcé hacia el cielo y se la hundí en mitad de la espalda.
El grito terrorífico del rubio no fue humano y todavía resuena en mis tripas junto a otros gritos y otros fantasmas. 
Pero yo tan solo recordaba sus ojos mirándome con furia asesina así que desclavé la daga y luego la clavé de nuevo en aquel desgraciado, no sé ni cuantas veces la clavé y la desclavé.
Pero el holandés no se moría, se negaba a ello mientras se agarraba a la vida que yo le estaba arrancando a estocadas y no dejaba de gritar y patalear como un cerdo en San Martín.

Ni le vi acercarse, llegó como un relámpago hasta nosotros. 
Él había sido el que había disparado al holandés y siempre pensé -y todavía lo creo- que le había disparado a la pierna con toda la mala intención del mundo, para probarme, para que catase de primera mano el miedo y el horror como lección de vida imprescindible que debía aprender para poder sobrevivir en aquel mundo en el que me había tocado vivir.
El vascongado Arregui, con muy pocos trámites, levanto el pescuezo del holandés, en aquel momento fue cuando pude ver de cerca sus horrorizados ojos de un bonito azul marino, y le rebanó el pescuezo de oreja a oreja:

- ¡Así se hace Miguel…!, ¡o matas o mueres…!- me gritó.

Permanecí un rato sobre el cuerpo del muerto mientras e
l cuadro español continuaba su avance contra el enemigo que huía en clara desbandada. 
La sangre del holandés empapaba mi jubón y todavía tenía la daga clavada en la espalda y mi mano sobre la empuñadura.
Miré durante mucho rato a aquel hombre, el primero al que había matado, o casi, puesto que el cabo Arregui era el que había acabado el trabajo.
Pero yo había sido quien lo había comenzado y aquel holandés fue solamente el primer alistado de una larga nómina de fantasmas y pozos oscuros que no habían hecho más que comenzar a llenarse.
Mientras el cuadro avanzaba, sobreponiéndose a las otras voces y a los otros gritos, llegó a mis oídos la voz de trueno del cabo Arregui:
- ¡¡¡Miguel, mecagüentusmuelas!!... ¡¡Agua y pólvora mochilero de los cojones!!!

Desperté de mi letargo, miré el cadáver por última vez y luego salí corriendo hacia la retaguardia, que a aquellas alturas de la mañana estaba lejísimos de mi posición.

En la mano llevaba, goteando sangre, la afilada daga que le había quitado al holandés muerto...

(Continuará...)


© A. Villegas Glez. 

Imagen: Detalle del óleo: Rocroi, de Augusto Ferrer Dalmau.









2 comentarios:

  1. muy bueno el relato, espero con ansias el siguiente. Aunque a ratos me recuerda a otro mochilero llamado, Iñigo Balboa....

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  2. Excelente relato.
    Enhorabuena.
    Revisa la ortografía del corrector, pues aparece un si no, que es sino. Un error muy extendido desde que se usan estos correctores.

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