viernes, 26 de abril de 2013

EL ASEDIO OLVIDADO

Ciudad Rodrigo, febrero de 1810.

El Mariscal gabacho Michel Ney sale de Salamanca, en la que estaba desplegado su Sexto Cuerpo de Ejército, dispuesto a encontrar a los ingleses, que están al otro lado de la frontera y darles un escarmiento de padre y muy señor mío, así el Emperador le pasará la mano por el lomo a él y no a ése Massena, que le cae fatal.

Para conseguir llegar hasta los ingleses primero debe tomar la plaza de Ciudad Rodrigo que está defendida por cinco mil españoles que- piensa Ney- se rendirán seguro nada más verles aparecer a ellos, los franchutes. No pueden quedarles moral ni ganas de pelea a los españoles-piensa el Mariscal- después de las últimas tundas que han recibido. Ney peca de desconocimiento y de desprecio hacia un pueblo que es el único de Europa entera que ha tenido el valor de plantarle cara a su Emperador.
Con diez mil hombres llega frente a Ciudad Rodigo y envía una carta de rendición para su Gobernador, el eficacísimo militar don Andrés Pérez de Herrasti, que le contesta muy educadamente que nada de rendición y que: aquí os estamos esperando, si tenéis los huevos de venir, claro.

Ney recibe la respuesta y ordena el ataque inmediato, para encontrarse que el valiente Pérez de Herrasti se le ha adelantado en las intenciones y los españoles han salido de la ciudad con las bayonetas caladas y repartiendo lanzazos como si fuese aquello una corrida de toros. Entonces van los invencibles franceses y huyen y se desparraman por los cuatro puntos cardinales. Hasta que no caiga la noche, y los españoles se retiren intramuros no podrán arrimarse a Ciudad Rodrigo ni montar sus cañones.
En el cerro conocido como el Teso Grande los franceses montan de manera precipitada una batería, de tan mala manera la emplazan que por la mañana es silenciada por dos certeros cañonazos españoles.

Los franceses se retiran de Ciudad Rodrigo, rumiando la derrota y con Ney muy cabizbajo a lomos de su caballo. ¡Volveré!- va pensando.

Ciudad Rodrigo, 25 de abril de 1810.

El mariscal Ney ha regresado junto a su Sexto Cuerpo casi al completo, cuarenta mil hombres, con caballería y artillería, pero bajo mando, para más rabia de Ney de su odiado Mariscal Massena.
Así que ha llegado a las puertas de Ciudad Rodrigo de una mala leche que te cagas.

Pérez de Herrasti no tiene intención ninguna de rendirse a los franceses pese a la manifiesta inferioridad de los españoles. Al contrario, tiene bajo su mando al afamado guerrillero “El Charro” que con sus voluntarios hacen salidas en las que causan espanto entre las filas imperiales. Don Julián Sánchez, sus lanceros y los de ataques de noche y de día que efectúan las tropas españolas casi sin descanso sacan de quicio al ejército napoleónico.

A mediados de mayo el mariscal Ney envía una nueva carta a su oponente español. Herrasti le contesta desde las murallas que el que se acerque será recibido a balazos.


Herrasti tiene la esperanza de que los ingleses, que están a cuatro pasos en la frontera, se decidan a venir en ayuda de sus aliados españoles. Pero los ingleses pasean por la campiña portuguesa silbando al viento y disimulando mucho, y de esta manera transcurre todo el mes de mayo. Encima lloviendo a mares, con los caminos embarrados y los franceses pasando más hambre que el perro del afilador, los españoles también, claro, pero nosotros tenemos más costumbre.

El día treinta de mayo, que es la festividad de San Fernando y para celebrar la onomástica del Rey a los españoles se les ocurre una estratagema. En honor del monarca se disparan una serie de salvas de pólvora por la mañana y otra más por la tarde...
La salva de la noche, con los franceses confiados en su campamento y asomados a las tiendas, irá cargada de bala y de metralla y dirigida directa contra el enemigo que observa tan pancho, (y hasta alegre), el espectáculo de las salvas españolas.

- Mira François, qué monos los espagnoles...

Las carcajadas desde las murallas de Cuidad Rodrigo las podrán oír los ingleses desde el otro lado de la frontera, aunque ninguno acude a ver qué pasa, mientras los franceses huyen despavoridos dejando atrás heridos y muertos.

El primero de junio llegan hasta Ciudad Rodrigo Massena y el general Eblé, que es el jefe de la artillería imperial y que de inmediato traza un plan para abrir una brecha en las murallas.
Eblé es competente militar y deja discutiendo a los dos celosos mariscales sobre quién tiene el paquete más grande y ordena establecer posiciones de tiro sobre los cerros Teso Grande y Teso Chico, desde allí puede batir las murallas directamente y de forma eficaz.

Transcurre todo el mes de junio entre las encabezonadas salidas españolas, la lluvia y los avances franceses que el día veinte tienen sus baterías emplazadas.
Herrasti ordena entonces al Charro que abandone la ciudad para que así sus lanceros y él mismo no caigan en manos enemigas, pues serán mucho más útiles combatiendo que prisioneros en Burdeos. O peor, muertos.

El día veintitrés por la noche los franceses atacan con todas sus fuerzas las posiciones españolas extramuros de los arrabales del Puente y de San Francisco y los conventos de Santa Clara y Santo Domingo. 
El asalto es ferozmente rechazado por los defensores.

En el Convento de Santa Clara apenas cien españoles han logrado rechazar el ataque de tres columnas enemigas.

El día veinticinco las baterías francesas perfectamente posicionadas comienzan a escupir fuego contra Ciudad Rodrigo. Los disparos son certeros y mortales, pero los habitantes no se arredran, hombres, mujeres y niños participan de la defensa apagando incendios, atendiendo heridos y moviendo piezas de artillería.

El día veintisiete cae el Torreón del Rey y se empieza a abrir una brecha en la muralla. Los españoles no dejan de combatir contra todo lo que se acerca a ella, pero los franceses cañonean, cañonean y cañonean sin descanso. Los ingleses del otro lado de la frontera continúan silbando, tomando el té y mirando hacia Lisboa.

El dos de julio la brecha está abierta y los franceses con sus paralelas muy cerca de ella.
El seis se reciben noticias extramuros, noticias desalentadoras. Los ingleses no tienen la más mínima intención de venir a socorrer la ciudad ni a pelear contra los franceses.

El día ocho reforzadas las baterías enemigas con más cañones el fuego se intensifica todavía más y la situación se torna insostenible por momentos. Andrés Pérez de Herrasti toma entonces la decisión de capitular. Su otra opción, seguir resistiendo, tan sólo hubiese provocado una matanza entre los civiles cuando los franceses hubiesen atravesado la brecha, que era ya enorme y batidida sin descanso por la artillería.
Así que el día nueve ordena a las tropas que defienden la brecha que se retiren.

Al siguiente diez de julio de mil ochocientos diez la heroica ciudad se rendirá al enemigo tras setenta y seis días de asedio formal.
Los compatriotas capturados con su bravo general Pérez Herrasti al frente serán llevados a Francia como prisioneros en dónde pasaran el resto de la guerra.

Y al igual que Zaragoza, que Gerona, que Tarifa y que tantas otras, Ciudad Rodrigo gritó aquello de: ¡No se rinde!
No se dejó pisotear ni amedrentar por el temido Napoleón que había encontrado, en aquella tierra dura y ancestral que se llamaba España,  la horma de su zapato.

A. Villegas Glez.


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