sábado, 20 de abril de 2013

EMBOSCADA

Aquella marcha no la olvidaré en la vida. Duró toda la tarde y toda la noche del veinticuatro de mayo de mil ochocientos doce. Recorrimos el camino desde Estella hasta el puerto de Arlabán para darles un rebato a los gabachos que no olvidasen en la vida, el que dejásemos vivo, claro.

Era el cuarto año de la guerra contra el francés, una guerra sin cuartel en la que los españoles de las cuatro esquinas nos habíamos levantado en armas contra el invasor, cuatro años de pelea despiadada en la que el pueblo español había decidido, sin reyes ni gobernantes, solamente dirigidos por las Juntas y por los mejores 
capitanes,  que en España Napoleón no se saldría con la suya.

El camino de la guerra me había llevado por muchos y peligrosos senderos durante aquellos cuatro años, había vivido la gloriosa victoria de Bailén y después la terrible derrota en Ocaña, en la que peleé como soldado, aunque, a decir verdad, aquel tipo de lucha entre formaciones cerradas, maniobras de infantería y caballería, parafernalias, plumas y trompetazos no me atraía lo más mínimo. 
No era cobardía tan sólo que mi mente me impelía a luchar de otra forma, menos espectacular quizás pero muy efectiva y muy nuestra. 
A mí, en verdad, lo que me pedía el cuerpo, para qué les voy a mentir, era hacerme guerrillero.
Por eso después de la carnicería de Ocaña no me alisté de nuevo en el Ejército, que, como el Ave Fénix renacía de sus cenizas tras cada derrota cabezón e impávido como buen español que era, sino que me enrolé con una partida y me eché al monte.

Aquella primera experiencia sería un desastre ya que aquella panda de hideputas no perseguían la libertad de la patria ni los nobles ideales, solamente eran unas bestias de rapiña que lo mismo les daba matar a un francés que a un español mientras llevase la bolsa repleta. 
Así que una noche con mucho sigilo y decisión, como me había enseñado un sargento que había muerto en Ocaña, degollé al cabecilla del grupo, le quité la pesada bolsa y como un fantasma me perdí entre la niebla de la noche.

Luego los vaivenes de la confrontación, que se tornó oscura, cruel, sangrienta y sin piedad por ninguna de las partes me llevarían hasta el norte de nuestra península, a las montañas ancestrales de la vieja y noble Navarra. 
Allí entraría a formar parte del grupo, numeroso, bien organizado y valiente que operaba bajo el mando de un vascongado al que llamaban: “Dos Pelos” y que era a su vez, la mano derecha del audaz capitán de guerrillas Espoz y Mina, que era de los mejores jefes guerrilleros de España junto al Empecinado.

Por aquella razón estaba vestido de paño marrón con mi sombrero de copa que llevaba clavada la escarapela rojigualda atravesando las montañas a paso forzado, sujetando con fuerza mi mosquete francés modelo setenta y siete, que le había quitado, por supuesto, a un gabacho muerto, y junto a otros tres mil camaradas que nos disponíamos a interceptar el convoy del mariscal Massena.
Era una enorme columna que entre Madrid y Valladolid había reunido más de ciento cincuenta carruajes que iban rebosantes de los tesoros españoles que habían robado los franceses, llenos de heridos y de viajeros que aprovechaban para subir a París por el, en teoría, segurísimo Camino Real, además la columna llevaba en cuerda de presos a unos mil prisioneros entre portugueses, españoles y sobretodo ingleses.

La inmensa columna había hecho un alto en la ciudad de Vitoria y la salida hacia Francia estaba prevista para el veinticuatro de mayo.
Espoz, el “Dos Pelos” y todos los demás no deseábamos otra cosa más que interceptar el convoy y enseñarles a nuestros enemigos que allí, tan cerca de la frontera, el león español mordía y arañaba con más fuerza, además no era cuestión de dejar que se llevasen lo que habían robado ni tampoco a los camaradas prisioneros.
Por eso nos desplegamos en el Puerto de Arlabán que es un pequeño paso de montaña entre las provincias de Álava y de Guipúzcoa. Arlabán no era el típico puerto entre barrancas y desfiladeros como otros que hay en esta tierra fértil, hermosa y hospitalaria, aunque al principio parecen fríos y distantes las gentes del norte peninsular son de corazón noble y sencillo, y una vez que penetras en su alma se convierten en camaradas “pa los restos” como decimos los del sur.Arlabán era un puerto con ligera y suave pendiente, rodeado de robledales espesos y paso obligado para el inmenso convoy que lentamente subía desde Vitoria. 

Entre aquellos árboles y matojos nos desparramamos los tres mil españoles con la orden tajante de no mover un músculo, pestaña o ceja hasta que se diese la señal de ataque, que sería un pistoletazo que daría el mismo Espoz y Mina. 
Hasta entonces las ordenes eran de quietud total, de hablar menos y rezar mucho pero bajito, aguantarse los espasmos de los músculos de piernas y brazos y las ganas de mear y, lo que resultaba mucho peor, las de fumar.
Aquella espera no la olvidaré en la vida.
Era muy de madrugada cuando me aposté, junto a varios camaradas, bajo unos enormes robles, y allí permanecimos ocultos por la espesura y sin mover un músculo.
Los minutos pasaban lentos y agónicos, tan despacio que casi se podía percibir el desplazamiento de la luna sobre el cielo claro de mayo. Todos nos mirábamos y abríamos mucho los ojos hablándonos sin palabras:

- ¡Estoy hasta los cojones compañeros!
- ¡Y yo!
- ¡Me duelen hasta las uñas compadres!
- ¡Jodíos gabachos!

De aquella manera tan entretenida fueron pasando las horas y la noche dejó paso al día. Con las primeras luces el enorme convoy francés empezó a rebasar las posiciones que ocupábamos. 
Se escuchaba el trinar de los pájaros y el ulular del viento vasco entre las montañas, también se oían los pasos cansados pero confiados de los mil y pico soldados imperiales que custodiaban el convoy, se oía el relinchar de los caballos de los coraceros y de las pobre mulas que tiraban trabajosamente de los pesados carros.
Automáticamente nos pusimos todos tensos como varas, apretando el fusil entre las manos y con las orejas tiesas como los lobos esperando el pistoletazo que daba la orden de ataque. 
Pasó un carro entoldado rodeado de soldados imperiales de aire hastiado y cansino, pasó otro, luego unos coraceros y al quinto o sexto carruaje, cuando ya se nos salían los ojos de las órbitas y nos iban a estallar los nervios, retumbó entre las montañas de Arlabán el disparo de Espoz y Mina.

No pueden imaginarse lo que sucedió 
después, parecía que lo hubiésemos estado ensayando durante meses ya que, de entre los árboles y los matojos, asomaron al tiempo y sincronizadas tres mil bocas de fuego que dispararon contra los franceses.
Franceses que se habían quedado espantados al oír aquel primer disparo. Luego y sin recargar que para eso llevábamos las bayonetas caladas, tras la humareda gris y apestosa de pólvora los franceses contemplaron horrorizados a la turba enfervorecida que se les echaba encima.

Fue una carnicería terrorífica, pero así son la guerra y la vorágine que origina, figúrense si fue espantoso que murieron allí algunas mujeres y sus hijos que viajaban en el convoy y fíjense si es todo caos y dar bayonetazos casi sin mirar y sin descanso que, a unos prisioneros ingleses que se habían armado y que en teoría eran aliados, se les ocurrió disparar contra nosotros y los pasamos a todos a cuchillo sin hacer caso a sus voces que espantados gritaban algo así como: “surrender” y “aliees, aliees”.
Estuvimos largas horas peleando, desentumeciendo los músculos tras la larga espera a base de desjarretar franceses, hasta que se rindieron o huyeron corriendo más allá de la frontera.

Sobre el terreno se empezaban a saquear los carruajes que iban a rebosar de joyas y de obras de arte, de cuberterías de plata y de crucifijos de oro. Los franceses supervivientes eran reunidos a palos y pinchazos en el culo en un circulo mientras los guerrilleros  gritaban eufóricos revolviendo las maletas y baúles de los carros y desparramando su contenido entre risas y jolgorio.
Yo estaba deshecho, así que me senté al borde del camino sobre una piedra que estaba manchada de sangre, otra mancha más no me importaba pues estaba empapado de ella hasta el guardamonte del fusil, que dejé apoyado a mi lado mientras me liaba un cigarro. 
Me costó horrores secarme las manos, y aún así, deje el papelillo rojizo y sucio, pero no me importaba, estaba deseando fumar.
Cuando solté el humo de la primera calada, que había sido larga y profunda y aspirando muy hondo, se mezcló con el aire de aquella tierra norteña que sentía tan mía y que ahora me traía los lamentos de los heridos y los gritos de mis compatriotas mientras el sol de mayo se reflejaba sobre los cascos y los petos de los coraceros que estaban muertos sobre la hierba.
Al poco rato se puso a mi lado mi amigo Andoni, que me arreó un golpetazo en el hombro que casi me lo descoyunta mientras decía:

- ¡Vamos a saquear coño, que nos quedaremos sin nada!

Permanecí entonces un momento quieto y él mirándome muy fijo y muy serio, para luego sonreír enseñando los dientes renegridos hasta que me puse en pie y eché a andar hacia el carromato más próximo...

© A. Villegas Glez.




1 comentario:

  1. Gracias por darmer a conocer, partes de la historisa que desconocía y recordarme otras.

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