miércoles, 6 de noviembre de 2013

CUANDO GONZALO SE GANÓ EL TÍTULO

En mayo de mil cuatrocientos noventa y cinco
desembarcaba en Messina, al frente de cinco mil infantes y seiscientos jinetes, don Gonzalo Fernández de Córdoba. 


Aquella fuerza era la que los Reyes Católicos enviaban en socorro del rey de Nápoles, Fernando II, al que los franceses habían expulsado a patadas de su reino y que, exiliado en Sicilia, había pedido, como también lo hiciera antes su difunto padre, que los poderosos reyes españoles le ayudasen contra el invasor gabacho.
Carlos VIII de Francia había cruzado los Alpes, doblegado los estados de Milán y de Florencia mientras el Papa Borgia había tenido que refugiarse corriendo en San Angelo y tragar con que los franceses campasen a sus anchas por toda Italia y se hiciesen con el codiciado Reino de Nápoles. 


Luego de haber aplastado a los florentinos, milaneses, napolitanos y demás, el rey gabacho se sentía muy seguro de sí mismo y muy envalentonado, por eso despreciaría, muy chulo y arrogante, la advertencia hecha por el embajador español: España haría valer por la fuerza de las armas los derechos que tenía sobre la corona napolitana.

Los diplomáticos españoles lograron que los Estados Italianos firmasen lo que se llamaría la Santa Liga, que tenía como único objetivo el de expulsar a los franceses de Italia.
Carlos VIII, viéndolas venir, ordenaría una apresurada retirada hacia territorio francés temiendo verse rodeado por sus numerosos y ahora, con la intervención de España, muy poderosos enemigos, mientras por toda la península crecía el odio a los franceses que robaban, saqueaban, violaban y mataban, cometiendo mil abusos y tropelías contra el pueblo italiano.
Carlos de Francia se largaría a toda prisa dejando a cargo de la defensa de Nápoles al Duque de Montpensier con seis mil mercenarios suizos y tudescos que contaban con abundante caballería y artillería.

Con aquel panorama llegaron los soldados españoles a Messina. Algunos eran veteranos de las guerras de Granada y de Portugal, otros eran soldados bisoños recién alistados en la milicia.
El de Córdoba lo primero que hace es ordenar que comience una agresiva y feroz campaña de hostigamiento y acoso contra los franceses.
Ordenaba realizar marchas y contramarchas, atacaba de improviso los campamentos y los almacenes enemigos en los que se acaba con todos los gabachos, los suizos o los tudescos que hubiera, que para el caso era lo mismo, para  luego desvanecerse entre la bruma de la madrugada y la espesura de los bosques. 
Utilizaba el astuto Gonzalo la guerra de guerrillas para ir desgastando y sacando de quicio al muy numeroso y muy bien armado ejército francés, que contaba entre sus filas con la caballería acorazada más eficaz y temible del mundo.

En la región de Calabria el mando francés recaía sobre el arrogante Señor de Aubigny, que era un escocés grande y coloradote al servicio de Francia.
El escocés estaba hasta el fuelle de la gaita de la táctica española, así que difundió a los cuatro vientos la noticia de que el rey Fernando de Nápoles no era más que un cobarde bujarrón que se escondía entre los riscos y los bosques pero que no tenía pelotas para salir a pelear en campo abierto…


Fernando de Nápoles tenía veintiséis ardorosos años y aquel rumor que se extendería por toda Italia muy pronto empezó a quemarle las entrañas, así que, encolerizado, ordenó a sus capitanes buscar y atacar a los franceses allí en dónde se encontrasen.
De nada servirían los sabios consejos de Gonzalo de Córdoba ni sus razonables argumentos para que el otro no se dejase arrastrar por la ofensa del escocés. Que era un listo.
El rey de Nápoles no haría ni puñetero caso y el veintiuno de junio, a una legua o dos de la ciudad de Seminara, se encontraría los dos ejércitos. 


Mil infantes y cuatrocientos jinetes españoles formaban a la derecha del riachuelo que los separaba de los seis mil infantes napolitanos con su cabezón y ardoroso rey al frente.
El escocés tuvo bien claro a quienes debía abatir primero, por eso ordenó a su poderosa caballería pesada que vadease el río y atacase sin miramiento a los españoles. 

Los relucientes caballeros sobre caballos acorazados se lanzaron a la carga contra la caballería ligera. 
Parecía, en un principio, que los españoles serían aplastados como escarabajos peloteros ante la avalancha de acero y carne que se abalanzaba sobre ellos.
Pero impávidos y fríos como el acero los jinetes españoles conseguirían detener en seco el primer envite francés, para poner de inmediato en marcha su astuto plan.
Una vez detenida la primera carga utilizaron la vieja estrategia mora de: “Hago como que me retiro, pero no, me revuelvo y ataco con más saña todavía...”, la antigua maniobra conocida como el “torna y fuye” que tantas victorias les había proporcionado a los moros durante los duros tiempos de la reconquista.

Sin embargo los seis mil infantes napolitanos, con su rey a la cabeza, nada sabían de tácticas y mucho menos todavía si eran morunas, así que cuando contemplaron horrorizados la supuesta retirada española, los seis mil arrojaron sus armas al suelo y huyeron del campo de batalla como alma que llevase el diablo.
Entonces los de la caballería francesa, al verlos correr como conejos, cambiaron su objetivo, en vez de pelear contra aquellos aguerridos y peligrosos lanceros, mucho más sencillo resultaba perseguir a los que huían. La consecuente degollina de napolitanos resultaría dantesca.


Para rematar la faena los afamados cuadros de piqueros suizos se abalanzaron contra el cuadro de infantería española que se había quedado en medio del campo más solo que la una.
Los españoles recibirían un durísimo castigo.  
Sin embargo retrocedieron impasibles, valerosos y disciplinados bajo el fuego enemigo. Porque los infantes españoles, pese a la superioridad numérica y la eficacia suiza, se retiraron a paso muy lento y peleando como tigres.

Tras aquella derrota, que sería la única de su vida, Gonzalo Fernández de Córdoba ordenó un repliegue general hasta la fortaleza de Reggio.
Ordena también que, de inmediato y sin dar tiempo a los gabachos a celebrar la victoria, comenzara de nuevo la campaña guerrillera.
En muy pocas semanas los españoles se harían con el control de las plazas de Bagneza y Muro.

Tras las murallas de la fortaleza de Reggio el general español idearía algunos cambios en la composición y organización de su ejército. Cambiaría los anticuados ballesteros por arcabuceros y crearía a los rodeleros, encargados de meterse bajo las picas, armados con rodela y daga para hacer pedazos las tripas del enemigo. Poco más tarde serían los mismos arcabuceros los que hiciesen el avío tras haber disparado sus doce apóstoles. 

Gonzalo organizaría sus tropas en Coronelías, creando el germen de los futuros Tercios que harían estremecerse el mundo bajo sus picas.

Para finales de año los españoles con su táctica de guerrillas controlaban todo el sur de Calabria y Gonzalo decidió pasar el invierno en Nicastro. 

Allí había recalado una flota que había traído un refuerzo de mil hombres, casi todos voluntarios gallegos, que llegaron miserablemente vestidos, hambrientos y desarmados, pero que, para principios de año, estaban alimentados y vestidos y eran parte integrante de aquellas novísimas tropas destinadas a hacer temblar Europa.

En febrero los españoles se pusieron en movimiento. 

El primer objetivo, la plaza de Cosenza, caería tras tres asaltos consecutivos de la infantería española a espada, daga y muchos huevos. La ciudad era el más importante nudo estratégico entre la Alta y la Baja Calabria. 

El rey napolitano, que asediaba la villa de Atella, mandaría aviso de urgencia al general español para que acudiese en su socorro, ya que el asedio se estaba alargando demasiado y sus tropas estaban a pique de abandonarle.
Los españoles se pondrían en marcha de inmediato y por el camino se enteraron
 de que unos cuantos nobles italianos, al mando de un tal San Severino, les estaban preparando una celada en la ciudad de Lanio.

Gonzalo y sus hombres atravesaron, en una durísima marcha nocturna, el Valle de Mucano, avanzando entre peñas y barrancas, de madrugada y en silencio absoluto acabaron con los centinelas que guardaban los pasos de las montañas y al amanecer, con los nobles italianos espantados y sorprendidos, los españoles entraron en Lanio a sangre y fuego.


Para el mes de junio Gonzalo se presentaba en Atella ante Fernando al que llevaba como presente a los pocos supervivientes de Lanio.
Se haría cargo del asedio ordenando destruir los molinos y ahogando el nudo de comunicaciones y de abastecimiento con el que contaba la ciudad en la que se hacinaban más de cinco mil franceses. 
Gonzalo apretó con fuerza el dogal al cuello del enemigo y la desesperada situación obligaría en pocas semanas al Duque de Montpensier, a solicitar la capitulación.

El acuerdo estipulaba que, si en treinta días no recibían los asediados socorro desde Francia, la plaza se rendiría. 
Carlos jamás mandó ni un miserable patache así que cumpliendo lo pactado la plaza de Atella capitularía sin más condiciones y la estrepitosa y humillante derrota francesa en Italia resonaría por toda Europa. 

Al general español algunos soldados empezaron a llamarle con el sobrenombre con el que pasaría a la Historia.
No se sabe quién fue el avispado creador de tan apropiado apelativo, pero, ¡pardiez!, además de ingenioso debía de ser nigromante ya que todavía faltaban por llegar las más resonantes victorias y las más grandes hazañas que protagonizase aquel soldado noble, hidalgo y valiente, que había desembarcado en Messina siendo simplemente Gonzalo Fernández de Córdoba para salir de Italia convertido en el Gran Capitán.

Pronto volvería a las tierras italianas para incrustar en nuestra Historia nombres tales como: Gaeta, Ceriñola o Garellano, pero había sido durante aquella olvidada y durísima primera guerra napolitana en la que, gracias al Gran Capitán, la infantería española empezaría a forjarse una bien ganada fama que la acompañaría durante siglos.


A. Villegas Glez.


Imagen: El Gran Capitán en Ceriñola. Óleo de Federico Madrazo.


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