lunes, 31 de marzo de 2014

CENTINELA PERDIDA

1
La niebla espesa y helada cubría los canales y los diques y no se podía ver más allá de las propias narices, sobre los morriones se condensaban las gotas de agua que, de inmediato, se helaban sobre el metal.
Los bultos permanecían en el suelo tirados aquí y allá, arrebujados en sus capotes encerados, con las alas de los chambergos sobre los ojos y pegados unos a los otros intentando compartir el calor.
Algunos conseguían dormir, otros permanecían en una 
inquieta duermevela pero todos ellos, soldados veteranos, aprovechaban el tiempo que tenían para descansar, que en campaña nunca se sabía cuando podrían volver a hacerlo.
Y en Flandes menos.

Sobre los cestones que formaban el exiguo fortín había una figura sentada, con el arcabuz apoyado entre las piernas, bala, pedernal y la mecha preparados. 

Masticaba con parsimonia un trozo de carne seca y dura como una piedra, que el soldado debía mordisquear para poder extraer el jugo que chupaba despacio del trozo de cecina que había sido, hacía siglos, una lustrosa vaca flamenca.
A su memoria acudían los olores de los cerdos que se asaban, cuando el Duque organizaba los saraos tras las cosechas en su pueblo, cuando no era más que un niño. Las tripas entonces rugían y protestaban nostálgicas de tan exquisitas comidas, aunque las tripas del soldado, como las de cualquier español, pasaban más tiempo nostálgicas de algo, de lo que fuese, que ahítas y satisfechas de nada.

Por el horizonte empezaba a clarear el sol, el amanecer holandés era frío y deslucido como si hasta el mismo Astro Rey tuviese que salir desde un sucio y embarrado canal.
Otro nuevo día amanecía, otro más en aquella posición avanzada que en el argot militar llamaban: “de centinela perdida”, y que resultaba un nombre apropiadísimo, pues eran las encargadas de dar la alarma en caso de ataque hereje y de detener, en lo que pudiesen, al enemigo, mientras se reorganizan en la retaguardia el resto de los Tercios y las reservas, aquella era su labor de centinela.
Lo de perdida imaginen vuestras mercedes la razón…

El soldado viejo, que había hecho el último trozo de guardia, el que siempre escogía voluntariamente pese a ser el más veterano del grupo, mucho más que el imberbe y arrogante Capitán que les mandaba, despertó a sus compañeros que, como cada mañana, protestaron, renegaron y lanzaron votos que harían enrojecer al Papa de Roma, pero el soldado no les hacía caso, él mismo se cagaba en todo lo sagrado cuando le despertaban, así que ni se ofendía ni se molestaba.
Como cada mañana se acercó hasta donde dormía Felipillo, el mochilero del Capitán, que tiene doce años mientras le da un trozo de pan duro remojado en vino, dulcemente le quita de los ojos las legañas al chiquillo:

- ¡Despierta Felipe, antes de que ése hideputa te reclame…!

El chiquillo le miraba con los ojos marrones muy abiertos y muy agradecidos.
El soldado que tiene canas en la barba y cicatrices en la piel, los ojos negros llenos de recuerdos y de imágenes y la cazoleta de su toledana repleta de abolladuras, le revuelve el pelo de la cabeza al niño, el resto de los hombres mientras se van levantando les observan con respeto y envidia.

Uno de los que se levanta se restriega los ojos que parezca que quiera sacárselos de las órbitas, se estira como un muelle y lanza al mundo un par de sonoros pedos a modo de buenos días, luego se acerca hasta el soldado y el niño:

- ¡Eres un tierno, Pedro…!- le dice.


Después se aleja riendo fuera de la posición, más allá del círculo que formaban los cestones, las tablas medio podridas y los sacos rellenos de tierra.

2

Don Juan Garcibáñez y Osorio se sacudía el barro de las botas andaluzas renegando para sus adentros de su perra suerte, acordándose de los fenecidos más frescos del Maestre de Campo y de la camarilla de lameculos y de arrastrados que iban a su lado a todas partes. Aunque él mismo había sido uno de aquellos mantenidos hasta hacía bien poco.
Ya era mala suerte la suya.

Su viejo padre, allá en Salamanca, estaría muy orgulloso de que su hijo, por fin, fuese a demostrar el valor del apellido Garcibáñez, cristianos viejos que habían combatido lealmente en los Ejércitos de Castilla desde tiempos de los moros y siempre lo habían hecho con audacia extrema y arrojo desmedido.
A Juan, sin embargo, la nueva situación tan sólo le causaba desasosiego, sudores fríos como la muerte y que las manos le temblasen tanto que debía hacer un esfuerzo casi
 sobrehumano para que los hombres no lo notasen… 
¡Ya sería lo que le faltaba!

Desde el primer momento habían aceptado su mando muy a regañadientes y tan sólo la presencia del veterano Sargento Idiáquez, un vascongado enorme y rojo como un tomate murciano, había logrado que aquellos soldados llenos de cicatrices, mal encarados y vestidos casi de harapos, pero que mantenían sus arcabuces limpios, sus espadas y dagas afiladas como cuchillas, le hubiesen aceptado a él, un simple hijodalgo sin experiencia en el combate, limpiaculos, lamebotas y protegido del Maestre y de sus apellidos, como Capitán.

Aunque aquello de protegido… ¡Maldita fuese su estampa!

La bilis negra le inundaba las tripas cada vez que recordaba aquella noche -iba a hacer una semana- en la tienda de mando, mientras saboreaba un excelente vino de moscatel servido en finas copas de cristal de Bohemia. 

Y es que el Maestre de Campo, Melchor Pérez de Ayala siempre había sido un sibarita. 
Ya se lo había advertido su padre: es borracho, arrogante, cruel y avaricioso, pero valiente como San Jorge y rico como el propio Rey…
Y así era en verdad.
El Maestre se bebía el vino, la hereje cerveza y los finos licores que pareciera que cada uva exprimida o licor alambicado hubiesen sido creados exclusivamente para su consumo propio, una esponja de aquellas del mar,  no chupaban tanta agua como el hígado indestructible del Maestre, el alcohol.
Lo de valiente lo había demostrado en campaña desde el siglo anterior, cuando había entrado a servir en los Tercios del Rey Católico como simple pica seca y había ido ascendiendo por méritos: Cabo, Sargento, Alférez, Capitán y por fin, Maestre de Campo de los Tercios de Infantería española. Una carrera impresionante cuajada de victorias, encamisadas y desastres, como el terrible de Las Dunas.
Por eso el Maestre Pérez tenía más cicatrices que un mulo viejo y, ¿acaso no era más que un viejo y tozudo mulo castellano?

Conocido y amigo de su padre, que había luchado a su lado contra los herejes iconoclastas y contra los franceses, el viejo Maestre lo había calado nada más verlo. 

Ante aquel hombre no podía ocultar ni su miedo ni sus pocas ganas de convertirse en Capitán efectivo de una Compañía de Caballería, o peor todavía, de arcabuceros. Pero era el hijo de su amigo y pese al desprecio que sentía en cada mirada y en cada gesto que el viejo Pérez le lanzaba y que intentaba disimular el Maestre tragaba, y siempre trataba a los cinco jóvenes hidalgos que componían su cuadrilla de mantenidos, con mucha política y mucho tacto, sobretodo a los cobardes como Juan, que, en casi dos años de campaña, nunca se había presentado voluntario para ninguna misión, trabajo o fatiga.

Por eso ahora, Juan Garcibáñez, con el barro flamenco que manchaba sus caros greguescos y echaban a perder sus magníficas botas de cuero andaluz, renegaba de aquella noche y del mayor de sus defectos, su enorme bocaza.
Fuera hacía mucho frío, el frío húmedo y hereje que se clavaba en los huesos, pero allí dentro, en la tienda del Maestre, se estaba en la gloria.
Las brasas caldeaban el ambiente y las tripas se caldeaban con el buen vino de España que el Maestre siempre tenía a su disposición, por que no habría caudales ni maravedíes en todo el Tercio, pero barriles de vino no podían faltar y en casa del Maestre Pérez de Ayala siempre se bebía en copas de fino cristal, recuerdo de su paso por el Danubio.


Y allí estaban -recordaba con mucha pena- tintineando las copas mientras los hombres las vaciaban y reían. El viejo Ayala con los ojos achispados contaba batallitas de cuando era joven y asaltaba conventos y mancebías.

El Sargento Mayor González, que era un malagueño con los huevos de acero y los cuatro mantenidos, jóvenes hijos de la nobleza que iban a Flandes para conseguir un expediente militar honroso, a ganarse la gloria y la fama desjarretando herejes o haciendo como que los desjarretaban, le reían las gracias al Maestre.
Una noche más en la tienda de mando, con los oficiales nadando en la abundancia mientras que los soldados se vestían con harapos y comían pan mohoso y carne tan dura como las inexistentes piedras de Flandes.

Todo habían sido risas y buen ambiente hasta que había entrado el mensajero y las risas se acallaron de inmediato.

El hombre venía sucio, agotado y sangrando por un feo tajo en el brazo derecho. Se bebió de un golpe la copa de vino que le ofreció el Sargento Mayor, dejando tras beber el fino cristal manchado de sangre, luego soltó la noticia:

- … Esta mañana nos atacaron los holandeses, con caballos coraza y varias mangas de piqueros… No consiguieron ganar la posición.

- ¿Muchos muertos...?- preguntó el Maestre.

- Diecisiete… y varios heridos.

- ¿El Capitán…?

- Muerto de un arcabuzazo a las primeras de cambio…

- Ya… Valiente muchacho...

- ¿Y la posición...?

- Mantenida de momento…

- ¿Quién la manda ahora...?

- El Sargento Idiáquez…- respondió el soldado y fue en aquel preciso momento cuando, Juan Garcibáñez y Osorio, abrió la bocaza:

- ¡Pardiez, un simple Sargento mandando toda una Compañía!, ¿habrase visto tal desatino…? -dijo.

Entonces el Maestre Pérez de Ayala lo miró de arriba abajo con desprecio muy mal disimulado, le dio un trago a su copa de vino, eructó sonoramente y le dijo muy serio y mirándole muy fijo a los ojos:

- ¡Capitán Garcibañez...!, vuestra merced tomará el mando de la posición del fallecido Capitán Gómez -el Maestre hizo una pausa larga y pesada como un plomazo- y espero de vuestra merced que cumpla su cometido con el mismo ardor y dedicación que su predecesor y que proteja la honra de su nación tanto como la suya propia -nueva pausa- si es que vuestra merced conoce el significado de la palabra honra, claro.

Los ojos del Maestre eran duros como piedras y fríos como témpanos.

Ante tan tajante y directa orden, a Juan no le quedaba más que obedecer y ahogar con un largo trago de vino las mil excusas que acudían a su cabeza, tan sólo le quedaba aceptar su perra suerte y callar.
Después de casi dos años en Flandes, Juan Garcibáñez iba a poder conocer al fin y de primerísima mano, lo que eran la guerra y la vorágine del combate, porque el Maestre lo enviaba hacia la primera línea de batalla, hacia una de aquellas posiciones que llamaban, en la jerga soldadesca, de centinela perdida.


3
Miguel López y Pedraza estaba con el culo al aire cuando vio al holandés acercándose:

- ¡Pardiez, un explorador y yo aquí cagando!, esperemos que al hereje le falle el olfato -pensaba más tenso que la cuerda de una guitarra.

El ojeador enemigo era alto y fuerte, un soldadool y por lo que López podía apreciar no era de los malos, puesto que se movía sigiloso, extremando todas las precauciones y miraba en derredor con mucha desconfianza, deteniéndose cada cuatro pasos para volver a remirar en todas las direcciones, abriendo mucho las orejas y lo que era peor, las narices.

Esto último es lo que ponía a López de los nervios, porque el holandés, olisqueando como un chucho, caminaba directo hacia donde él se estaba aliviando aliviando tan tranquilamente.

A doscientos metros de distancia podía distinguir, dentro del circulo de cestones y tablas que formaban el reducto español, a los camaradas que iban reuniéndose para tomar su magro desayuno.

En la puerta de la única tienda de la posición estaba el Capitán Garcibáñez, que se sacudía el barro de las botas y hablaba con el recio Sargento Idiáquez, que parecía desde la distancia un tocón de encina pequeño, duro y arrugado.

El holandés estaba a tres pasos y López seguía con las calzas por las rodillas, apretando muy fuerte la daga que llevaba consigo desde el saqueo de la ciudad de Roterdick, apretaba también los dientes intentando acompasar la respiración, era soldado veterano y curtido en mil batallas, por lo que, pese a lo apurado de su situación, estaba tranquilo, y eso que a nadie le gustaba que lo pillasen con el culo y los aparejos al aire, pero así se había presentado la ocasión, aunque -pensaba, López- para morir primero tendría que matarme el maldito hereje.

El explorador estaba muy cerca, daba pasos muy cortos y muy medidos, olisqueaba, llevaba en la mano derecha un pistolón y en la izquierda una daga que había desenvainado en cuanto había distinguido el olor a mierda humana y fresca.

López esperaba paciente, a momentos parecía que el holandés lo había visto, pero luego miraba hacia otro lado y el soldado español sentía los testículos muy helados y muy pegados al culo, los muslos tensos y los dedos casi blancos de tanto como apretaban el pomo de la daga.
Un paso, dos pasos y la hierba crujía bajo los pies del holandés, mientras otro pensamiento cruzaba la mente del español: ¡buenas botas, pardiez!

El explorador hizo entonces un pequeño giro con el que su pistola no apuntaba directamente hacia el estómago de López, lo justo, tan sólo un leve movimiento de cadera y una mirada hacia otro lado, pero le bastaron y le sobraron al español. 

Lanzó un grito salvaje mientras saltaba sobre la espalda del explorador, rezando para no trabarse con las calzas, al tiempo que le clavaba la daga en el pescuezo con saña.
Su enemigo se debatió con furia pero sólo durante un momento, la primera puñalada había sido certera y mortal, entrando por el cuello del soldado de lado y tajando, salpicando a López  con el chorreón de la sangre caliente del holandés que, como un toro herido, trataba de liberarse pero que al igual que aquellos, se desangraba y perdía fuerza. López clavó y desclavó la daga una vez y luego otra, entonces el holandés se derrumbó del todo mientras del cuello manaba un abundante chorro de sangre espesa que se derramó contra el suelo para luego gotear sobre el agujero apestoso que les servía a los españoles como letrina.

Miguel López jadeaba todavía mientras despojaba de las botas al muerto, buen botín -se decía- esto más los florines que llevaba en la faltriquera. Comienza la mañana de manera cojonuda, mejor calzado y sobretodo vivo, pero veríamos a ver cómo acababa, porque la presencia del explorador enemigo solamente significaba una cosa: los holandeses estaban moviendo ficha.


Entonces llegaron corriendo varios piqueros y un par de camaradas que traían sus arcabuces con la mecha dispuesta, pues sus gritos y sobretodo los del verraco holandés, habían alertado a toda la posición. 

Como siempre el Capitán Garcibáñez no estaba entre los que llegaban corriendo:

- ¿Qué pasó pues, Miguel? - le preguntó el Sargento Idiáquez

- Un explorador hereje que me ha pillado en mala postura…

Idiáquez miraba al muerto con ojos de veterano, por las ropas y las armas reconocía sin duda que era un explorador del enemigo, de los que se dedicaban a ir de avanzadilla recabando información sobre el número de posiciones, de hombres y de arcabuces que defendían la línea española. 

Una señal inequívoca de que los herejes preparaban alguna cosa, algún asalto, ataque o pequeña escaramuza, lo que fuese, lo que estaba claro como el agua, era que ellos se encontraban en mitad de su camino.
Tras arrojar el cadáver del holandés al hoyo en el que se aliviaba la Compañía, los soldados de ropas raídas regresaron al reducto, en donde el resto de camaradas esperaban ansiosos las novedades. Felipillo, el mochilero, lustraba las botas andaluzas del Capitán, que sentado en su silla, descalzo, miraba displicente a los que llegaban:

- ¿Qué novedades hay, Idiáquez?

- Un explorador holandés... Andarán cerca los herejes dispuestos ya sabe vuestra merced a qué...

- Habrá que redoblar las guardias entonces…

- Habrá… ¿qué manda vuestra merced, Señor Capitán?- el tono del Sargento era de retranca absoluta.

Juan Garcibañez se restregaba nervioso las manos intentando que a su cabeza acudiesen las palabras adecuadas, el gesto inequívoco de valentía que esperaban sus hombres, la bravuconada que les infundiese ánimos, pero torpe e inexperto como era no sabía qué decir pues nada se le ocurría:

- ¡Pardiez…!- el Sargento Idiáquez manoseaba la cazoleta de su espada

- ¿Sucede algo, Sargento...?

- ¡Nada que no se arregle con un buen mando…!

La pulla iba directa contra los ojos de Garcibáñez que apenas podía mantener la dura  mirada de su viejo Sargento, que lo miraba con desprecio y aguantándose las ganas de meterle por el pecho la toledana que llevaba colgada al cinto.

Ya se lo había dejado claro como el agua de manantial el día que había llegado con el carro de bastimentos y los veinte hombres, diez de ellos tudescos, que había seleccionado él mismo como guardia personal y que ahora miraban al Sargento Idiáquez con cara de bueyes. 
Aquí no hay Maestre que le proteja -le había dicho. 
Por esa razón me traje a éstos conmigo, le había contestado Garcibáñez, señalando con el mentón a los tudescos.

La Compañía había mermado mucho después del último ataque holandés y que habían aguantado por los pelos tras agotar toda la pólvora y dejarse a dieciocho camaradas tirados panza arriba sobre los cestones, entre ellos al joven y valiente Capitán Gómez, que había salido de los primeros para contener la turba enemiga y al que habían dejado seco de un arcabuzazo.
Después había llegado el estirado Garcibáñez y a nadie le había gustado verlo aparecer, pues todo el Tercio sabía que, de todos los entretenidos del Maestre, aquel era el más 
inepto y cobarde, al que tan sólo veían aparecer cuando la batalla estaba ganada, pavoneándose como si, él solito, hubiese derrotado a nuestros enemigos.
Los hombres reunidos en grupos permanecían muy atentos a la conversación y a la escena. 
Al viejo Idiáquez todos le respetaban y temían pues en asuntos de honra o servicio el vascongado era inflexible y a más de un soldado, que le había faltado al respeto, lo había enviado al infierno con sus mismas manos.
Ninguno de los hombres de la posición daba ni un maravedí por su pellejo en cuanto los holandeses atacasen en serio, que ahora y con los exploradores rondando por allí cerca, era seguro que atacarían. Garcibáñez, en una semana escasa al mando de la posición ya se había ganado el desprecio y el odio de los hombres y cualquiera estaba dispuesto a matarlo a la menor ocasión, sin embargo en milicia, acabar a estocadas con un oficial era el camino más directo hacia la horca y nadie quería terminar así, con la lengua fuera y el pescuezo partido como un vulgar ladrón, sino arcabuceado o destrozado por las moharras enemigas en mitad de una buena batalla. 

Y además estaban los tudescos.

Idiáquez y el Capitán seguían de parla en la puerta de la tienda, la misma ostentosa lona que había traído consigo, puesto que el noble no soportaba los extremos del clima flamenco y se la había traído a pesar de que, según las ordenanzas, en las posiciones de centinela perdida no se debían armar tiendas, toldillos o refugios que el enemigo pudiese distinguir en la distancia. 

Garcibáñez había plantado aquella tienda enorme en la que pernoctaba junto a su guardia de tudescos:

- ¿Entonces, qué cojones ordena vuestra merced, Señor Capitán…?.

- Que se redoblen las guardias y que se reparta más pólvora.

- ¿Nada más…?

- ¿Qué sugiere el Señor Sargento…?

- Una escuadra que salga de batida y nos traiga noticias sobre la magnitud del enemigo… Y enviar aviso al Maestre.

- Así sea, pero... Idiáquez, mande a un Cabo de confianza. Si hay ataque holandés quiero tener cerca a vuestra merced.

- ¡Será un placer ver como los holandeses lo desjarretan…!

Con la rabia metida entre los huesos y el estómago revuelto el veterano, que había soportado calamidades, fatigas y batallas contra los enemigos de España desde mucho antes de que aquel pisaverde hubiese salido de los huevos de su padre, escupió un gargajo verde y espeso que fue a caer justo entre los pies descalzos del Capitán.


Luego se dirigió hacia un grupo de soldados que, algo más allá masticaban el pan duro y bebían por turnos de un bota bien curada y veterana de mil tientos, que se pasaban unos a otros. 
Cuando llega le alcanzan la bota. Idiáquez le da un trago largo y luego la pasa a su vez mientras se limpia las barbas con la manga del jubón:

- Hay que salir de batida…-dice.

- ¿Y nos tocó la china...?

- Así es…

Pedro González de León se acariciaba la rodilla derecha y miraba fijamente a su amigo. No hacían falta muchas palabras entre los dos veteranos, pues habían sido muchos los días y las noches pasadas juntos y los combates sufridos y mucha la pelea hombro con hombro.
Los dos hombres se miraban y sin palabras se preguntaban la razón por la cual no se acercaba ninguno de ellos hasta el Capitán y le regalaba un par de buenas cuartas de acero toledano:

- ¿Toda la escuadra...?

- No, cosa discreta ya sabes ir, ver, oír y regresar… Contar picas y caballos.

- ¿Ahora...?

- En cuanto escojas a los que te acompañen.

- Ya… Cuida de Felipillo…

- Anda, pásame la bota... ¡Voto a Cristo Pedro!, a tu edad y con el corazón enternecido por un criajo…

- Será eso…

- ¿El qué...?

- La edad…

- Será…

El Sargento Idiáquez echó la cabeza hacia atrás y se arreó un largo lingotazo de vino con los ojos cerrados y el apagado sol holandés iluminando las canas de su barba.

Miguel de Pedraza, que masticaba con parsimonia su trozo de pan, se levanta y se sacude la tierra pegajosa del culo, mientras mira a sus dos camaradas y sonríe como un infante, se cerciora de que la espada y la daga salen con facilidad de sus tahalíes, coge su arcabuz y dice:

- ¡Voy contigo, a ver si ahora soy yo el que los pilla cagando…!

Riéndose muy fuerte y muy alto les toca el hombro a otros dos camaradas que, con aquel simple gesto, acababan de ser escogidos para la misión. 

Los dos hombres resoplan, miran al cielo, se persignan y se levantan comprobando sus propias armas.
Los tres de pie se vuelven a pasar la bota, mientras Pedro de León se levanta despacio, se sacude el barro y se queda cara a cara con su Sargento y amigo, el vascongado Idiáquez, que le pone una mano en el hombro derecho:

- Ten cuidado camarada…

- Vigila a ese hideputa… Si recula ya sabes…

- Descuida amigo de aquí no saldremos ninguno y Garcibáñez menos, a no ser que tenga el valor de hacerlo al filo de su propia espada…

- No creo que suceda tal cosa.

- Más raras se han visto…

Pedro de León comprueba sus armas, la espada que entra y sale sin problemas, la daga tres cuartos de lo mismo y la pistola metida en la cintura bien sujeta y cebada, luego mira a sus tres compañeros y sin decir una palabra más comienza a caminar hacia el bosque. 

Los demás le siguen mientras la figura del Sargento Idiáquez se va quedando atrás con una extraña sensación en las tripas.

Pronto la pequeña patrulla se pierde entre la espesura y en el aire queda suspendida la interrogante de si volverán y de cuáles serán las noticias que traigan con ellos.

Ninguno de los que se quedaba en la posición de cestones, tablas y sacos podridos, que ahora se distinguía a la legua gracias a la punta cónica y blanca de la tienda del Capitán, ninguno de los que allí se encontraba tenía dudas sobre lo que los camaradas iban a encontrar y todos intentaban asumir y asimilar la noticia de que quizá no viesen el siguiente amanecer, tampoco es que a ninguno de ellos le importase lo más mínimo, el caso era irse de pie y con honra, para que así en el cielo, pudiesen tener lo que la tierra les había negado siempre.
Todos menos el Capitán Garcibáñez, claro, que permanecía encerrado en su tienda temblando como un pajarillo y pensando en qué hacer y en cómo actuar, buscando una excusa para poder regresar a retaguardia, a la tienda del Maestre ya que aquel era su lugar y no aquella posición perdida, embarrada y que los condenaba a todos a una muerte segura.
Juan Garcibáñez hubiese dado la mitad de su herencia por haber estado en cualquier otro lugar del mundo y no allí en aquel agujero holandés que llevaba camino de convertirse en su tumba.



4
Los cuatro hombres avanzaban con el agua por la cintura muy despacio y haciendo el menor ruido posible, se movían por el fondo del canal intentando que las aguas se removiesen lo mínimo. 
Marchaban callados y tensos, uno de ellos acariciaba el arcabuz que llevaba muy pegado al pecho, con la mecha apagada que le rozaba las barbas con cada paso. 
Se comunicaban entre ellos por señales convenidas, que si la palma de la mano extendida hacia delante significaba avanzar, que si el puño cerrado sobre las cabezas significaba detenerse y gestos así que los cuatro hombres conocían y entendían a la perfección. 
Después de haber atravesado el bosque, con las mismas pocas palabras y muchos gestos y no haber descubierto señal alguna del enemigo, Pedro González de León, como Cabo de la patrulla, había decidido ir un poco más allá y atravesar el Canal de Ijkssel para poder asomar el hocico hacia el camino de Róterdam y las líneas herejes que se extendían por el Norte como una mancha de aceite.

Se pegaron al barro holandés para escalar el dique, Miguel López lo hacía de espaldas para proteger el único arcabuz con que contaba la pequeña fuerza y subieron, arrastrándose como culebras el hasta que llegaron arriba sin aliento y se asomaron:

- ¡Pardiez...! -la expresión fue unánime.

Había miles de enemigos.
Cientos de tiendas que llenaban todo el horizonte, cientos y cientos de caballos que calcorreaban por todas partes y docenas de cañones que eran arrastrados sobre el barro flamenco, había decenas de carros de abastecimiento y barcazas llenas de hombres y de material que desembarcaban en la costa.

Hasta los cuatro españoles llegaban las voces atenuadas por la distancia. Ninguno de los cuatro pudo evitar un escalofrío:

- ¡Virgen Santa!… ¡Son miles camaradas!- dijo uno de ellos, con los ojos como platos y acariciando al descuido un crucifijo que llevaba colgado al cuello atado con cuerda de arcabuz.

- No será la primera vez que los herejes nos superan en número, ¿hay acojone, Julio?- le dijo Miguel de Pedraza.

- ¡Pardiez, amigo, no más que en otras ocasiones…!

Pedro González interrumpió la cháchara, el cuarto soldado permanecía mudo, contando cañones desde que se había asomado por el terraplén:

- ¡Venga vuestras mercedes a contar enemigos y lanzas y carros y ésas cosas…!, como hace el camarada Guzmán.

- ¡Ya salió el mando...!

- ¡No me toques los doce apóstoles!

Durante un buen rato los cuatro españoles se dedicaron a observar el despliegue del enemigo. Seguían llegando barcazas atestadas de soldados y de cañones.
En el campamento se podían distinguir claramente los Estandartes de los Orange y de sus aliados alemanes, también estaban los Lises gabachos que, ¡cómo no!, se habían unido a la fiesta. 

Y es que cuando se trataba de fastidiar a los españoles y tal como decía el refrán: “Dios los criaba…”

Estaban a punto de dejarse resbalar por el terraplén para emprender el camino de regreso, cuando escucharon los caballos que se acercaban. 

Aparecieron de repente y casi frente a ellos, cinco lanceros de la Caballería Ligera, que habían llegado cada uno desde diferente dirección y ahora, con las bestias bufando y caracoleando nerviosas, hablaban entre ellos señalando el campamento, el dique y el bosque.
Los españoles se habían pegado más todavía al barro, intentando confundirse con el fango, inmóviles y cada cual en la misma postura que le había pillado la imprevista llegada de los jinetes que estaban a cinco o seis metros bajo su posición, justo cuando se acababa el terraplén.
Tres hombres, tras unas palabras con sus camaradas, emprendieron el camino del campamento mientras que los otros dos giraron sus monturas y empezaron a subir el terraplén casi en línea recta hacia donde los españoles estaban agazapados:

- Enciende la mecha, Miguel… - Pedro González sacaba la pistola de la cintura, la desenrollaba del trapo encerado que la protegía y amartillaba el perrillo, todo esto sin dejar de mirar muy fijo hacia el borde del terraplén por el que se oía el bufar de los caballos holandeses.

Miguel de Pedraza con mucha dificultad, golpeando la piedra varias veces sin conseguir chispa al principio -¡Vive Dios, maldita humedad y maldito Flandes!- logra por fin encender un cabo de mecha que sujeta entre los dientes mientras lo arrima al serpentín, lo encaja y se queda apuntando con cuidado hacia el terraplén. 

No había tardado más de unos segundos en realizar la operación, pero a sus tres camaradas les había parecido que hubiese tardado una eternidad. Los holandeses estaban muy cerca del borde.

Julio de Málaga y Guzmán de Zaragoza sacaron sus dagas y apretaron los pies contra el barro y los huevos contra el culo, mientras la cabeza del primer caballo enemigo aparecía sobre el borde del canal y a pocos metros por debajo, cuatro figuras inmóviles rezaban y se persignaban mientras el segundo caballo coronaba la empinada subida. 


No hubo gritos ni llamadas al Santísimo, solamente el salto felino de dos bultos empapados, el relincho de un caballo asustado y el gorgoteo de una garganta cortada de un certero tajo.
El segundo jinete, o era más precavido o la fortuna le había sonreído, pues llevaba muy a mano una pistola de arzón con la que dejó seco de un certero disparo al malagueño, que cayó al canal agarrándose el pecho y diciendo: ¡Jesús, María y José...!, haciendo luego: ¡Chof!, para perderse para siempre entre las aguas oscuras de aquel frío canal flamenco. 
El holandés había logrado también desenvainar su espada y rechazaba al pobre Guzmán con mandobles certeros y valerosos, al tiempo que intentaba hacer girar su montura para dejarse caer terraplén abajo. 
Ya se pensaba el hereje que estaba a salvo.

Miguel de Pedraza no solía fallar y después de haber visto a su querido compadre, el “Malaguita”, hundirse como un plomo en el canal, menos todavía, disparaba además desde muy cerca y directo contra la cabeza del caballo que queda volatilizada en el acto, el jinete sale volando para caer rodando terraplén abajo, hasta que se detiene un poco más allá, más magullado que otra cosa y gimiendo dolorido. 

Pedro González corre hasta donde está el holandés y lo degüella sin miramientos. 
Miguel puede ver el codo de su amigo moverse como una sierra, mientras con el otro brazo tira hacia atrás del pescuezo del enemigo, que ni gorgotea ni nada, solamente le tiemblan un poco los pies hasta que se vacía como un barril de vino sobre el frío fango de su tierra:

- ¡Vayámonos de aquí o nos acaban!- grita Pedro mientras sube por el terraplén con la daga en la mano chorreando sangre del holandés muerto.

Los tres jinetes que habían tomado el camino del campamento al oír los disparos regresaban a todo galope y detrás, algo más lejos, podían ver revuelo de caballerías, polvareda de gente alertada y los clarines y los tambores que habían comenzado a tocar al arma por todo el campo enemigo:

- ¡Mejor nos cargamos a ésos que vienen!

- ¿Acertarás...?

- ¡Vive Dios!

- ¡Pues venga! -¡Guzmán!, empieza a correr hasta nuestra posición…

- ¡Me ofendéis señor Cabo, correré cuando vuestras mercedes…!

- ¡Pardiez…!

- A cabezón no le gana vuestra merced a un aragonés, o sea que ¡sus y a ellos!

Miguel de Pedraza recargaba su arcabuz con parsimonia, los jinetes holandeses estaban a unos cien metros cuando el soldado, respirando tranquilo, se levanta apoyando el mocho del arma contra su hombro y con el dedo índice rozando levemente la llave, la cabeza calculando distancias y parábolas, y de repente, sorprendiendo a su camarada Guzmán que da un respingo, el arcabuz se estremece:

- ¡PATABÚM!

A ochenta metros del terraplén pueden ver cómo uno de los jinetes cae hacia atrás para luego rodar y rodar muchos metros hasta que se detiene y se queda muy quieto, convertido en un amasijo de huesos rotos.

Miguel de Pedraza recarga impávido su arma, que humeaba oliendo a azufre quemado y a sal derretida, los holandeses se le acercan a cincuenta metros y para cuando vuelve asomarse dos pelotas de plomo se clavan bajo sus pies y los holandeses se han separado y cabalgaban precavidos haciendo zig-zag sobre sus monturas. 

El soldado español encara su arma de nuevo y escoge al jinete de su izquierda, que intentaba desesperadamente sacar de su arnés otra pistola, el español acompasa su respiración y:

- ¡PATABÚM!

El holandés deja de buscar y cae pero este ni rueda ni nada, se queda clavado en el barro, estirando una mano hacia el cielo y chillando como un cerdo capado. 


Su compañero sin embargo si que consigue extraer su arma y disparar. 
La bala le entra a Miguel López por el muslo derecho y se lo atraviesa de parte a parte, el español cae al suelo como un plomo, con el holandés a pocos metros suyo con el sable en la mano y dispuesto a hacerlo filetes.
Pedro González salta sobre el jinete como un gato de aquellos de las Indias y derriba al holandés justo a tiempo, luego apoya la rodilla en la espalda de su enemigo y le dispara en mitad de la cabeza
:

- ¡Montad y salid echando leches de aquí!- le grita Pedro al Maño.

- ¡Pero vuestra merced se quedará solo!- le reclama Guzmán

- Eso da lo mismo... Miguel no puede caminar y tú debes obedecer mis ordenes, o sea que, ¡andando…!

- Pero, pero… ¡No se abandona a un camarada…!

- ¡Vete, Guzmán! -Pedro González apoya la mano en el hombro de su camarada, a esos herejes les resultará mucho más difícil agarrar a un hombre solo y para el caso al final nos agarrarán a todos...

- ¡Pardiez…!

- ¡Vamos hideputa que dejo la vida de mi amigo en tus manos! ¡No te digo más!

- ¡Llegará hasta allí vivo, te lo juro…!

- Pues venga, ¡Con Dios...!

Mientras galopa sobre el estrecho dique, llevando a la grupa a su camarada malherido, que sangra como un verraco, mira hacia la figura sucia y embarrada que corre tras ellos llevando entre las manos el arcabuz del que puede ver brillar la lucecita de la cuerda encendida.


Pedro González de León, sin embargo, no mira hacia 
atrás ni una sola vez, mantiene los ojos fijos en la grupa del caballo, en la espalda de su amigo y en la linde del bosque que significa su única oportunidad para poder escapar de los holandeses que se habían lanzado como perros en su persecución. Escuchaba cada vez más claro el relinchar de los caballos y los gritos de los soldados enemigos que se acercaban a su espalda.
No estaba muy seguro de si llegaría al bosque, ya no era ningún jovencito y el arcabuz y las piernas le pesaban como piedras de granito, pero de lo que sí estaba seguro era de que, pasase lo que pasase, él se iría de pie y cara a la muerte. 
Como mandaba la honra de un buen y viejo soldado español. Y Pedro no se había considerado otra cosa en su vida más que aquello y sabría hacer honor a tal título cuando le tocase marcharse. 
Cuando le tocase...
De momento corría mientras en su cabeza se iba diciendo a sí mismo:

- ¡Corre, Pedrito, corre!, o te harán migas esos hideputas…




5
El sol holandés estaba pasado el mediodía cuando el Sargento Mayor Idiáquez escucha el trotar de un caballo que se acercaba a la posición de cestones, tablazones y sacos podridos que conformaban el reducto adelantado español.
En medio, impoluta entre tanta mierda, resaltaba la tienda del Capitán Garcibáñez, que en aquel momento, se encontraba ausente de supuesta inspección junto a su guardia de tudescos al Sur de la posición, precisamente el mismo camino que llevaba hasta la retaguardia y la comodidad y seguridad de la lona del Maestre Pérez de Ayala.

El Sargento Mayor Idiáquez  mira durante un instante a uno de sus soldados. 

El hombre de ropas sucias y raídas no necesitaba más señales y se levanta parsimonioso, acercándose hasta donde estaba Idiáquez con las orejas tiesas como las de un lobo, metiendo pólvora y bala en caño para permanecer luego muy atento a las órdenes del Sargento, soplando perezosamente un cabo de mecha.

Por la linde del bosque apareció el caballo holandés a todo galope, el arcabucero español, nada más verlo, encaró su arma y apuntó al bulto del caballo, Idiáquez dudaba: demasiado bulto, demasiado sucios y con demasiadas prisas, ésos que llegaban, porque en el jamelgo viajaban dos jinetes, no eran holandeses:

- ¡Espera, Mauricio!, ¿no ves que son españoles, pardiez?

En efecto, las dos figuras que se acercaban eran españoles, para más señas dos de los cuatro que habían salido aquella misma mañana en batida de exploración. Cuando alcanzan la altura de Idiáquez este comprueba que entre los que habían llegado no estaba su amigo Pedro:

- ¿Problemas...?- pregunta el Sargento

- ¡Pardiez! - contesta Guzmán.

- ¿El enemigo está cerca...?

- Mucho y por millares…

- ¿Y los otros...? -Guzmán puede ver cómo se le frunce más todavía el ceño al viejo Sargento.

- El malagueño listo de papeles… González se ha quedado atrás protegiendo nuestra retirada.

- ¿Y vuestras mercedes han corrido como putas y lo han dejado abandonado? -los ojos marrón oscuro del vascongado refulgían de odio y de desprecio.

- ¡Pedro nos lo exigió...!-roto por el dolor y blanco como la cera era Miguel López el que hablaba, agarrado a la cintura de su camarada, mientras su sangre seguía empapando el costado de la montura.

Martín Idiáquez le ordena entonces al arcabucero Mauricio Tejada que corra a avisar al Capitán de que había novedades sobre la patrulla de la mañana.
Luego ayuda a bajar a malherido Miguel de Pedraza del caballo. 


Cuando le desmontan del muslo atravesado mana un abundante chorro de sangre -y eso, piensa Idiáquez- que no le ha de quedar mucha en el cuerpo.
Sobre el barro que estaba húmedo y helado, Miguel López de Pedraza balbucea cosas incomprensibles, rematando muchas de sus frases con la palabra amén. 

El viejo Sargento le sujeta la mano derecha manchada de sangre y la aprieta con fuerza, el soldado que se desangra mira a su camarada y le dice:

- ¡Nos dijo que nos fuésemos, Martín!

- Sí camarada lo sé, tú no lo hubieses abandonado jamás... - y la mano se aprieta todavía más y las miradas se clavan una en la otra.

- … Como, como en el Revellín del Diablo… - Miguel López empezaba a ver una luz inmensa que le llamaba.

- Sí camarada, como en aquél revellín del que salimos solamente cuatro con vida, ¿te acuerdas, Miguel?

- … Me acuerdo Martín… Tú, Pedro, Lope y yo…

- Ahora podrás ver a Lope, ese viejo sinvergüenza… -  al decir esto el Sargento Idiáquez siente como la mano de su compañero se pone muy rígida durante un instante para después quedarse sin fuerza y quedar colgando inerte de la suya.


Al lado de los dos hombres que están en el suelo, uno sujetando la cabeza y la mano derecha del otro, en pie y rezando devoto a la Santísima Virgen por el alma de aquel hombre y de paso por la de todos ellos, Guzmán de Zaragoza no puede evitar un escalofrío.


Más cascos de caballerías se acercan en aquel momento, son el Capitán y su jauría de perros tudescos que regresan de su inspección.
El Sargento Idiáquez apoya la cabeza de su amigo contra el suelo, le cierra los ojos y se pone de pie junto al cadáver, justo en el momento en que el emperifollado y distinguido Capitán llega a su lado con una mano en la cadera y la otra sujetando las riendas.
Juan Garcibáñez contemplaba la escena con extrema frialdad pues para nada le importaban los soldados, ni vivos ni muertos, para él solamente eran la escoria de España, pícaros y gañanes, espadachines de tres al cuarto, miserables al servicio de los nobles como él. 
Por eso el cadáver blanquecino y rígido que había en el suelo no le causaba ni frío ni calor.

Lo que si le preocupaba, y mucho, era la cercanía del enemigo, así que pregunta y de muy malos modos dirigiéndose Guzmán:

- ¡A ver tú!, ¿qué habéis visto en el bosque...?

Guzmán se acariciaba el bigote negro y rumiaba consigo mismo la conveniencia de saltar o no sobre el Capitán para meterle una cuarta de acero por el costado del peto repujado, y si le daría tiempo o no de hacerlo antes que Idiáquez, muy a pesar suyo, le descerrajase un tiro, o los tudescos lo hiciesen pedazos con las moharras de sus picas. 

Pero el viejo Sargento, más iracundo y rabioso que él mismo, acariciando la culata redondeada de la pistola que llevaba metida en la cintura, consigue evitar que Guzmán, al que ya acosaban y perseguían algunos por su supuesta o no, limpieza de sangre, se viese a cuchilladas contra un oficial:

- Este Señor Soldado ha cabalgado hasta aquí para salvar a su camarada. Primero iba a asearse un poco antes de dar la novedad a vuestra merced, Señor Capitán, ¡ah! y como Sargento Mayor que soy, le advierto que el tuteo entre los soldados es solamente cosa de amigos y vuestra merced no cuenta en la Compañía con ninguno, Idiáquez miró entonces con desprecio a los tudescos,  ¡a no ser a esos perros…!

Juan Garcibáñez y Osorio podía ser un cobarde poco amigo de lances, batallas, gloria y honra, pero no era un estúpido y la advertencia velada del duro Sargento, que lo miraba como deseando que hiciese el más mínimo gesto ofendido u ofensivo para tener una excusa y poder pegarle un tiro, había calado y cambió su tono de inmediato:

- Pues cuando el señor soldado guste, en mi tienda a un buen vino está convidado y vuestra merced, Señor Idiáquez, por supuesto también.

Con el gesto mohíno y contrariado, Garcibáñez espoleó el caballo y se alejó seguido por los tudescos, que iban a pie con sus enormes picas en alto como perillos falderos y así seguirían mientras la bolsa del Capitán siguiese sonando y derramando sobre ellos los codiciados óbolos de oro con la cara grabada del Emperador.

                               

5a
A menos de dos leguas de la posición española los tambores tronaban y los clarines daban toques de órdenes mientras las formaciones de Infantería y de Caballería se ponían en marcha, con las banderas de los Orange, de las Flores de Lis y del Duque del Palatinado desplegadas al viento, con docenas de carros de bueyes que arrastraban pesados cañones, mientras los exploradores de la Caballería Ligera se desparramaban por los cuatro puntos cardinales.
El ejército holandés se había puesto en marcha.

Su objetivo era claro, reunidos en tal número no podía ser otro que el de romper la línea española para atacar y tomar los puertos de la costa. Quizás Zebruge o quizás la misma Dunquerque.

Acurrucado contra las raíces prominentes de un árbol,
 inmóvil como un camaleón y cubierto de hojarasca húmeda, estaba Pedro González de León, que observaba al enorme ejército enemigo que se movía despacio y ocupando una enorme porción del terreno que iba hacia el Sur.
La primera defensa eran las posiciones de centinela perdida, que caerían como fruta madura, de eso estaba seguro, pues el holandés había movido ficha y no un peón precisamente. Así que no daba un maravedí por sus camaradas.

Apretaba los dientes para poder soportar mejor el dolor de la cuchillada que llevaba en el costado, un tajo que no era muy profundo pero sí largo y que sangraba sin parar, a pesar de que se había limpiado la herida con un pañuelo empapado en vinagre pero que le dolía horrores cada vez que respiraba, no le extrañaría que el holandés le hubiese partido una costilla, o dos.

Había corrido como nunca antes en su vida, con el arcabuz pesándole entre los brazos y los pulmones queriendo estallar en cada inspiración, pero lo había conseguido. 

Había logrado llegar hasta la linde del bosque y se había tenido que arrojar contra el suelo lleno de hojarasca muerta y de rodillas había soltado hasta la primera papilla y tosido y tosido como un tísico hasta que sus pulmones habían podido empezar a tranquilizarse.
Se maldecía a sí mismo por aquellas toses pero no las había podido evitar. 

Te matarán por toser como una vieja, Pedro... -pensaba.

La patrulla holandesa que había oído todo el tiempo detrás y que creía pegada a sus pies había pasado de largo, gritando en flamenco que les iban a cortar los huevos a todos los españoles que encontrasen. 
Sin embargo dos exploradores se habían quedado husmeando en el bosque y llegado -¡perra suerte!- hasta donde estaba Pedro, habían llegado cada uno por un lado y con las espadas sin desenvainar.
Aquello le había dado al español su oportunidad.

Había logrado dejar de toser domando el picor infernal que le quemaba la garganta en cuanto había distinguido el sonido de la hojarasca removiéndose a su izquierda y a su derecha. Se ocultó entre unos arbustos altos y frondosos con la daga en la mano y tratando de acompasar y tranquilizar su respiración, a sus pies tenía el arcabuz que olía a azufre y estaba manchado con la sangre de su amigo.

Al recordar a Miguel una ira oscura y densa hizo que los sentidos del veterano se agudizasen como los de un tigre. Y como tal se abalanzó sobre el primer holandés que tuvo cerca. 
Era pequeñajo, rubito y puso los ojos como platos mientras trataba de sacar su espada y retrocedía trastabillando ante la aguda hoja que aquel espectro silencioso le había puesto ante los ojos. 
Pedro había alcanzado a su enemigo en tres pasos y al cuarto, con el otro todavía intentando sacar su acero del tahalí, le apoyó la daga en la gorja y empujó hasta la empuñadura, luego la sacó de un tirón seco mientras dejaba que el holandés se fuese al suelo gorgoteando y soltando espumarajos sanguinolentos por la boca.

Se giró buscando al segundo holandés,  justo a tiempo para poder ver cómo el otro que se abalanzaba con toda su enorme humanidad contra su costado. 
Pedro emitió un aullido lobuno mientras volaba, lo que le pareció una enorme distancia, para luego dejarse la espalda contra el tronco de un árbol, mientras caía al suelo el búfalo holandés cargaba de nuevo sin desenvainar siquiera. Aquel hideputa estaba dispuesto a destrozarlo a puñetazos y a patadas.

Se contuvo fingiendo estar más aturdido de lo que estaba en realidad, aunque le dolían todos y cada uno de los huesos, hasta que el holandés estuvo muy encima suyo y entonces, en un gesto brusco y fulminante, saltó sobre un lado y le puso la zancadilla a su oponente. El otro trastabilló y cayó de bruces contra el suelo, Pedro González sin dudar se abalanzó sobre él dispuesto a matarlo. 
Pero el enemigo era un toro fuerte y bravo.

Pese a estar encima no conseguía vencer la resistencia del otro, que era grande, pecoso, pelirrojo y que escupía, mordía y sujetaba los brazos del español sin aparente esfuerzo, manteniendo la daga lejos de su pescuezo.
Era tal la fuerza de su oponente que pese a su veteranía, ni se enteró de que el hereje le aguantaba con un sólo brazo, mientras que con la zurda buscaba algo en su cinturón. 

Pedro vio el movimiento en el último instante y consiguió apartarse justo a tiempo pese a lo cual el holandés había logrado darle una cuchillada en el costado, un tajo largo que casi lo envía al infierno.
También con su movimiento y con el intento de ponerse en pie, el holandés había dejado un resquicio para el ataque del español, había clavado una rodilla en la tierra y apoyado la mano que sostenía la daga en la misma.

Pedro sintió en las tripas que aquella era su única y última oportunidad pues el tajo del costado manaba mucha sangre y pronto no tendría fuerzas suficientes para acabar con semejante contrincante.
Así que sin mucho pensarlo, que es cómo al fin y al cabo se hacían aquellas cosas, saltó sobre su rival dando un grito inhumano.
La hoja le entró al holandés por la clavícula izquierda hasta casi la empuñadura, pero aún así, el verraco abrazaba apretando y machacando todavía más su maltrecho costado, Pedro hundía más la hoja girando al tiempo la daga, hasta que los brazos del holandés se quedaron laxos y los ojos azules muy abiertos.
Le costó horrores sacar la daga del cuerpo, que se había quedado en mitad del bosque de rodillas y mirando para siempre a su cielo flamenco.

Pedro González de León se curó la herida del costado con vinagre, que escocía como el fuego pero que limpiaba y evitaba las infecciones, oculto entre las raíces de un gran árbol. 
A pocas varas el Ejército enemigo avanzaba. Eran miles. 
Sabía que muy pronto alcanzarían la posición de cestones y sacos podridos que guardaban sus camaradas. Y cuando llegasen él no estaría junto a ellos… Si no ponía remedio, claro.

¡Maldito honor...!-pensó mientras se arrastraba como un culebra para echar un último vistazo al enemigo -pasaba muy cerca un tiro de bueyes que arrastraban un cañón de a dieciocho- luego, mirando a izquierda y a derecha, con el arcabuz de su amigo Miguel entre las manos, Pedro de León abandonó su refugio y dando pequeños y precavidos salto se encaminó resuelto hacia el Sur.

Hacia la posición en la que estaban sus compatriotas porque ya que uno iba a morir lejos de su casa, que al menos lo hiciese rodeado por los suyos.


6
Atardecía en la posición de cestones y sacos podridos sobre la que resaltaba la punta blanca de la tienda del Capitán. 
Dentro, Juan Garcibáñez, sentado y descalzo, bebía vino y sobre la mesa humeaba un plato con tocino frito que olía a gloria.
Felipillo el mochilero limpiaba el barro de las botas acurrucado algo más allá, casi a los pies de uno de los tres tudescos que nunca dejaban solo al Capitán. 

El niño tenía un ojo amoratado y el rostro enrojecido y mientras limpiaba las costosas botas andaluzas, hipaba y se sorbía los mocos.
Martín Idiáquez había lanzado una furibunda mirada de reproche al Capitán en cuanto había entrado en la tienda y visto la cara del crío y los cepillazos rápidos y precisos, como las cuchilladas que no podía dar, que le daba al cuero de las botas del Capitán:

- No tienes honor ni hombría...- Idiáquez, por vez primera, tuteaba  su oficial.

- ¿Lo decís por el mochilero?, se ha ganado el castigo y además no es asunto de vuestra merced…

- No, no lo es, pero no tenéis valor, Señor Capitán, más que ante niños y barraganas…

- No me calentará vuestra merced por ésos caminos ni por otros…

- Lo sé…


Garcibañez y el Sargento Idiáquez se miraban, El veterano despreciaba profundamente al otro hombre, que representaba, más que a él le pesara, una parte de su propia gente, de su propio pueblo. Idiáquez temía que el futuro fuese para los Garcibáñez de este mundo y que los González y los Pedrazas serían olvidados y el honor que los empujaba quedaría perdido entre los entresijos de la cobardía de hombres como el que tenía delante:

- ¿Qué fue lo que vio el Señor Soldado en el bosque?, si le place contárselo a su Capitán, claro… - hablaba suave, se había levantado y llenaba, con los pies embutidos en unos buenos zuecos flamencos, dos jarras de peltre que brillaban sobre la mesa. Sírvanse picar algo vuestras mercedes -dijo malicioso- es tocino de la Extremadura- añadió, sonriendo más falso que un maravedí de plomo.


Guzmán, a pesar de la conversión forzosa de sus abuelos y su pasado hebraico, se arrojó contra el plato como un lobo hambriento sin más trámite que el de apartar al Capitán de su camino, le sacaba dos cuartas de altura y agarrar la jarra de vino que este le ofrecía.
No había dicho todavía ni una palabra.
Los tudescos le miraban masticar con envidia, mientras por las comisuras de la boca, tenía más hambre atrasada que pagas le debían, chorreaba el aceite dorado del tocino que trasegaba. Luego se bebió media jarra de un trago, se limpió la boca con la manga del jubón, eructó sonoramente y le dijo a Garcibáñez de sopetón, cuando ya se lo comía la impaciencia:

- Holandeses, cinco o seis mil. Veinte cañones gruesos y más de los otros, con aliados franceses y alemanes, se dirigen al Sur, a la costa, o sea derechos hacia aquí. Hora de que vuestra merced haga honor de esa sangre limpia de cristiano viejo de la que presume y que yo, ni nadie,  todavía ha visto... -dijo impasible.


Juan Garcibáñez se tensó como la cuerda de una ballesta al oír aquello, aguantar los insultos y las pullas de un veterano Sargento era una cosa, pero las de un simple soldado muerto de hambre y encima del que decían que era judío o converso, minaba su podrida honra en lo más profundo. Sintió unos deseos irreprimibles de ordenar a los tudescos que sacaran de allí a aquel desagradecido y que lo colgasen del primer árbol a mano:

- ¿Cómo osáis habladme en ése tono soldado...?

- No merecéis que se os hable de otra manera, Señor Capitán.

- ¡Salid de aquí o mandaré ahorcaros, converso!

- Los hombres de verdad defienden su honra con su propia espada no se esconden tras órdenes y cargos.

- ¡Te la estás jugando, hebreo!- un desprecio infinito removía las tripas de Juan Garcibañez, por vez primera en su vida sintió deseos de verdad de sacar su espada y usarla contra aquel desgraciado que le mantenía impasible la mirada y que, por cierto, sí había hecho el gesto de posar la mano en el pomo de su toledana.


Los tres tudescos permanecían rígidos y mirando a su amo, esperando el gesto inequívoco que los lanzase al ataque, pero éste no se produjo. Garcibáñez bebió de su jarra y se sirvió luego un poco más, Idiáquez pudo observar que al señorito le temblaba el pulso. Guzmán seguía a tres pasos de distancia:

- ¡Salga de la tienda, Señor Soldado...! - escupió Garcibáñez.


Pero Guzmán no movió una ceja hasta que el Sargento Idiáquez le hizo un pequeño gesto con la cabeza, echándola levemente hacia atrás y señalando la salida de la tienda, entonces dio un par de pasos sin dar la espalda al Capitán y se fue. 


Al salir el sol rayaba el horizonte rojo como el fuego y se dio cuenta de que, en la mano, llevaba todavía la bonita jarra de peltre del Capitán. Botín de guerra -pensó sonriente- y relamiendo el último poso de vino, que estaba rico como el maná, fue cuando se escuchó el primer arcabuzazo.
Luego se oyó el grito de sorpresa y de dolor del que había recibido el tiro -¡Aaaaaaaagggggg!-  Guzmán vio rodar un bulto oscuro que caía a su derecha. 

Después resonó la escopetada cerrada de decenas de arcabuces disparados al tiempo y las pelotas de plomo inundaron la posición española clavándose en los cestones y en los sacos, levantando astillas de las tablas, perforando la carne y quebrando los huesos.

Guzmán echó a correr hacia su esquina, hacia su posición, allí algunos camaradas empezaban a devolver el fuego que salía desde el bosque. 
Los tiradores holandeses asomaban, daban una descarga y luego se ocultaban de nuevo. 
El aire empezó a impregnarse del olor a pólvora quemada y a sudor. Al principio resultó un caos terrible con las balas silbando por todas partes y los hombres agachados tras los cestos y protegiéndose como podían, los holandeses habían dejado ya tiesos sobre el barro a algunos camaradas y el fuego terrible que mantenían sobre la posición obligaba a los españoles a mantenerse agachados. 
Hasta que apareció el Sargento Idiáquez:

- ¡Me cago en la puta que os parió a todos!- fue lo primero que dijo- ¿qué coño hacéis tirados por el suelo como cerdos?, ¿no sois acaso los Soldados del Rey Católico?... ¡Demostrádselo a ésos perros!

Organizó mangas de arcabuces y dejó protegidos a los piqueros, y al terminar de acordarse de nuestras madres, agarró un arcabuz y de un disparo certero, dejó seco a uno de los holandeses que se asomaban desde la linde del bosque:

- ¿Y el Señor Capitán, Sargento...?- le preguntó un soldado con cierta sorna en el tono y que por la pinta era bisoño todavía.

- ¡A vuestra merced eso no le importa, ¡a lo suyo señor soldado!

Mientras observaba las posiciones enemigas el Sargento también pensaba en Garcibáñez y en la puta que lo había parido, íntimamente se arrepentía de no haber vaciado su pistola cuando, tras haberse ido el maño, le había soltado que aquellos conversos no merecían llamarse españoles:


- Quien no lo merece eres tú... -entonces fue cuando había acariciado durante un instante la culata de su pistola. El otro pudo ver las sombras negras que se oscurecían más todavía en los ojos del vascongado.

Luego se habían escuchado los tiros y los gritos de: ¡al arma, al arma!, y el viejo Sargento había tenido la enorme satisfacción de poder ver la cara del noble Garcibáñez cambiar del rosa al blanco y el temblor de sus manos, que apenas podían sujetar la jarra de peltre, multiplicarse por ciento.

Ahora mientras veía a los holandeses formando un cuadro y avanzando contra ellos, sentía no haberle pegado un tiro a aquel cobarde que bajuno como era había subido a su caballo y tomado de inmediato el camino de la retaguardia:

- Voy a dar aviso yo mismo al Maestre, hágase cargo de la defensa Idiáquez... - le había dicho tan fresco, con el brillo de la cobardía en los ojos pero sin vergüenza ninguna.

- ¡Espero que no llegues nunca pedazo de hideputa...!

Pero a Juan Garcibáñez los insultos le traían sin cuidado. Su cabeza solamente pensaba en tomar el camino hacia el Sur antes de que los holandeses les rodeasen. 

La honra ya la compraría con el oro de su padre, ahora sólo debía mantenerse con vida y contra más lejos de aquel reducto de barro y mierda, mejor.

6a
Pedro González de León no parecía un ser humano sino un arbusto más del bosque.
Había marchado veloz como el rayo para alcanzar la posición donde estaban los camaradas y llegar antes que los holandeses, pero no lo había logrado y había tenido que transmutarse en vegetal para poder conservar la vida. 


Tenía la paciencia de un gato y a pesar de los calambres que sentía en los miembros entumecidos soportaba bien el dolor pues le iba en ello la vida. El bosque estaba inundado de enemigos, los holandeses habían puesto en el asador mucha carne y por todas partes se oían las voces de las unidades herejes que, a ritmo frenético, iban en busca de los españoles y de su primera y débil línea de posiciones adelantadas.

Desde su refugio en la linde del bosque podía ver, a unas varas de distancia, la posición española. 
Por los flancos un río de holandeses la desbordaba y seguía su fluir hacia el Sur. 
Tres potentes cuadros de Infantería y un Escuadrón de Caballería atacaban con saña el círculo de cestones y lo barrían con descargas de arcabucería. La noche se iluminaba con aquellas descargas y con las antorchas que portaban las columnas herejes. 

Pedro González de León inmóvil y con lágrimas en los ojos contemplaba cómo sus camaradas se batían con uñas y dientes.
Podía ver casi todo el perímetro de la posición, aunque en la parte que no podía ver la comedia no estaría resultando diferente. 
Las pocas picas españolas se enredaban con las muchas enemigas, había tiros de arcabuz muy de cerca y hasta sus oídos llegaba el sonido de los gritos espeluznantes de los hombres muriendo y matando. Las tripas le urgían a correr hasta allí y unirse a ellos, le gritaban que corriese, que intentara atravesar la distancia y a los cientos de enemigos que en formaciones o sueltos, a pie o a caballo, contemplaban el exterminio de la posición española.
Pero por mucho que le doliese, no tenía forma humana de llegar hasta ellos y lo sabía. 
Aquella certeza le corroía las entrañas y en su cabeza la palabra cobardía repicaba como una campana tocando a muerto.

O mueres tú, o muere tu honra...- se decía entre dientes.
                  

6b
Los cestones y los sacos estaban cubiertos de cadáveres y de heridos que se arrastraban intentando no ser pisoteados por la marea de holandeses que los habían copado y que se desparramaban dentro de la posición.

Los españoles habían ido retrocediendo paso a paso hasta juntarse junto al Estandarte que sostenía el Sargento Idiáquez, al que le habían saltado un ojo y aquello le daba un terrible y feroz aspecto con la barba bermeja por la sangre.
Quedaban diez o doce hombres con vida que sostenían las espadas y alguna pica en alto contemplando la masa humana que se les echaba encima, apretaban los huevos, aposentaban los pies contra el suelo y se aprestan a morir como valientes.
El Sargento Idiáquez miraba el cuerpo de Guzmán, que estaba cosido a puñaladas un poco más allá y que había muerto invocando al Apóstol, a María Santísima y a todos los Santos del cielo después de haber matado -él solito- a un buen manojo de herejes. 

Para que luego criticasen a los cristianos nuevos. 
La sangre de Guzmán, si es que alguna vez había estado sucia, había quedado por completo limpia y más ahora que se mezclaba con el lodo flamenco.

Desde su posición Pedro de León podía ver a los arcabuceros holandeses que se apostaban sobre los cestones y abrían fuego sin descanso contra los pocos españoles que debían quedar abajo. Dispararon hasta que el abanderado cayó muerto y acribillado sobre sus valientes hombres. 

Desde la lejanía y con las lágrimas limpiando la roña de su rostro, pudo reconocer en el abanderado la figura enjuta y pequeña de su amigo el Sargento Idiáquez.
Era un hombre curtido pero haber visto caer a sus camaradas y no haber estado junto a ellos le rompía el alma. 

Entonces cayó en la cuenta...
Garcibáñez… ¡Maldito cobarde hideputa!


EPÍLOGO:

Felipillo, el mochilero, estaba profundamente dormido, derrengado sobre el montón de paja que le servía de colchón, hambriento y con el cuerpo molido porque el Capitán Garcibáñez -grandísimo hideputa!- continuaba con la costumbre de arrearle más palos que a una estera y sin motivo alguno. 
Por eso cada día en el campamento español era un infierno para el chiquillo que ahora dormía doblado sobre sí mismo, sujetándose las tripas doloridas y rugientes.

De improviso una recia mano le tapó la boca del niño ahogando el grito aterrado que acudía a su garganta. Con los ojos como platos Felipillo intentaba ver al que le sujetaba la boca, no sentía violencia ni maldad, tan sólo la fuerza justa para que no gritase. 
En su corazón entonces la curiosidad sustituyó al miedo.

Bajo la palma de la mano, Pedro González de León, podía sentir como la boca de Felipillo cambiaba el gesto, de tenso y alarmado al principio, por una sonrisa. En la oscuridad podía ver los ojos del chiquillo brillar felices y sorprendidos, brillaban como los de un hijo que volvía a encontrarse con su padre y aquello estremeció al hombre. 
Poco a poco retiró la mano del rostro sucio del pequeño, que con los ojos le estaba preguntando un millón de cosas a la vez pero que no abría la boca:

- ¡Nos vamos..!- le dijo al niño susurrando.

- ¿Desertamos…?- preguntó el mochilero frunciendo el ceño.

- No, eso jamás… Bajamos hasta Italia por el Camino con el Tercio de Figueroa.

- Pero… ¿Y el Capitán...?

- Por ese cobarde no tendrás que volver a preocuparte jamás, hijo…

Felipillo mientras guardaba sus pocas posesiones y sin poder creerse todavía que estuviese allí el hombre que creía muerto y podrido, pero que milagrosamente había regresado para sacarlo de aquel infierno de palizas, humillaciones, hambre y trabajos sin fin, se fija en las botas del hombre, en las que se distinguen claramente los cuajarones de sangre que se seca y mientras sigue haciendo los nudos de su hatillo,  Felipillo, el mochilero, sonríe...

FIN

© A. Villegas Glez. 2013








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