sábado, 19 de abril de 2014

DON FRANCISCO DE ALDANA: “EL DIVINO”

Su padre había sido Capitán en los renombrados e invencibles Tercios Españoles, así que Francisco, desde muy pequeño, quiso seguir sus pasos.

Aunque en verdad lo que a Francisco le gustaba era la vida de los poetas. Amar mucho y bien, para luego crear versos que hicieran palidecer al mismísimo Garcilaso de la Vega, que era el gran poeta del momento y además buen amigo suyo.

Francisco había nacido en Nápoles sobre el año 1537 -año arriba, año abajo- pues de su vida, apenas se sabe casi nada. Solamente que dejó escritos versos magníficos y que empuñó la espada -¡qué remedio!- haciendo suyos aquellos otros que decían:

"Por necesidad batallo, y una vez puesto en la silla, se va ensanchando Castilla, delante de mi caballo…"

O algo más o menos así. 

Porque ya puestos en batallas, escabechinas, espadazos y demás costumbres de milicia, a Francisco de Aldana muy pocos lograron mojarle la oreja y desde tierna edad destacó sobre los demás por su arrojo, temple y valor frente al enemigo.

Fue un soldado valiente y un hombre cultivado en el humanismo italiano, pues se había educado desde niño en la esplendorosa, hermosa y cautivadora ciudad de Florencia, en la que se había empapado con los autores clásicos, aprendido latín y griego, además de otra docena más de idiomas, para los que Francisco tenía una asombrosa capacidad de aprendizaje.
Hasta el sarraceno cuentan que aprendió, entre abordajes y saqueos de la costa turca, mientras estuvo sirviendo en las Galeras del Rey.

Siendo Capitán de infantería española, cuando la 
gloriosa jornada de San Quintín, en la que los franceses recibieron más palos que una esterilla vieja,
Francisco de Aldana se había destacado tanto y tan bien, al frente de su Compañía desjarretando caballeros franceses a arcabuzazo limpio, que hasta el mismo Felipe II, asombrado por la valentía del poeta, le felicitó efusivamente:

- ¡Pardiez, Aldana!, ¿no era vuestra merced poeta?

- Sí, Majestad… Mañana le compongo unos versos por la victoria...

- Deja, deja, si tengo pensado levantar un Monasterio-Palacio que va a quitar el "sentío"

- ¿En Madrid...?

- En el Real Sitio…

- ¿Y el arquitecto?

- Herrera…

- Buena elección Majestad, buena elección…

Después de esta amistosa conversación -inventada, ojo, no salten los puristas y los académicos-el Rey lo envía, ascendido a General de Artillería, directo a Flandes… 
Para que compusiese todos los versos neoplatónicos que quisiera, pero allí, entre el barro flamenco.

Bajo las órdenes del segundo de los Duques de Alba, pelea en aquellas frías tierras con el estoicismo y el valor a toda prueba que siempre demostraron los soldados españoles. Participa en todas las batallas y en todas las escaramuzas, en cada encamisada y en todos los asedios de la guerra.

Durante uno de aquellos asedios, el de la ciudad de Haarlem, fue herido en un pie, por lo que arrastraría ya para siempre una ligera cojera -quizá por este detalle de cojitranco compartido, a Quevedo le caería siempre tan bien su tocayo- vaya usted a saber, entre poetas, nunca se sabe.

En una pausa de sus obligaciones militares, reponiendo fuerzas en Italia, pasa un tiempo invitado en la Corte de los Médici, de nuevo en Florencia, hermosa, elegante y culta, cuna del Renacimiento y de toda la belleza de aquel tiempo.

En el año mil quinientos setenta y uno regresa a España, o mejor dicho, visita Castilla por primera vez en su vida. 
Es nombrado Alcalde del Castillo de San Sebastián y su relación con Felipe II se hace muy estrecha, dejándose el Rey aconsejar por el viejo Capitán. 
A veces…

Porque cuando el Rey de Portugal, el joven y fogoso Don Sebastián, acudió a su tío -brillándole los ojillos de ilusión- para ofrecerle participar en el ataque que estaba planeando contra los bereberes del norte de África, Francisco de Aldana fue de los primeros en oponerse al suicida proyecto.
 
Pero Felipe le envía a espiar a los peligrosos habitantes del actual Marruecos, misión que cumple a la perfección, disfrazándose de moro, junto a Diego de Torres.
Sus informes fueron claros y fríos. 
A pesar de la guerra que había desatada entre los dos Sultanes, entrar en Marruecos era entrar en un avispero, como meterse en la boca del lobo. 
Aldana como curtido y fogueado soldado desaconseja encarecidamente la expedición…

Felipe II no sólo no le hace ni puñetero caso, le da una palmadita en la espalda y sus mejores bendiciones al príncipe luso y de regalo le entrega como Capitán a Francisco de Aldana, -que andaba el hombre ya retirado de milicias y escabechinas- junto con trescientos soldados viejos de los Tercios, para que aconsejase al Rey portugués- que al fin y al cabo era su sobrino- y para que formase con aquellos hombres la guardia personal de Don Sebastián. 
¡Toma Aldana, que es de lana...!

Don Francisco se embarcó en aquella expedición sabiendo que no volvería. 
Sus sabios consejos fueron desoídos por el rey portugués, que había conseguido hasta mercenarios tudescos para la arriesgada empresa y andaba el hombre muy seguro de su victoria.

Así, en el año mil quinientos setenta y ocho, diecisiete mil portugueses, con tropas inglesas y alemanas entre sus filas -más los trescientos españoles bajo mando de Aldana- partieron de Arcila en dirección a Fez.

A mitad de camino les estaban esperando cincuenta mil combatientes llegados desde todos los rincones de Marruecos.
Una inmensa marea sarracena cubrió por completo a los portugueses, que se defendieron como leones acorralados, pero la lluvia de flechas, de cimitarras y de arcabuzazos destrozó sus filas y la matanza resultó espantosa.
La llanura de Alcazarquivir quedó alfombrada de muertos y de heridos, con los últimos cristianos peleando en pequeños cuadros aislados unos de otros, todos perdidos pero luchando hasta el final.
Francisco de Aldana y sus trescientos españoles formaban la Guardia del Rey. 
Los enemigos se les echaban encima en oleadas de cientos y cientos, queriendo todos ser los que cortasen la cabeza de Don Sebastián de Portugal, pero allí estaban Aldana y los suyos, chorreando sangre enemiga y vendiendo muy caro su pellejo.

El Rey portugués vio a Francisco de Aldana de pie, muerto el caballo, chorreando sangre de la espada, sin aliento, los brazos tensos, los ojos inyectados en sangre, el alma en Florencia, el corazón en un poema inacabado. 
Con sus cuarenta y un años de espada y de pluma, a pique de acabarse. 
El Rey le preguntó:

- ¿Capitán, por qué no tomáis un caballo...?- a lo que el viejo soldado sólo pudo responder.

- Señor, ya no es tiempo sino de morir… ¡Y que sea de pie…!

Don Francisco de Aldana gritando hasta desgañitarse, se lanzó a la carga blandiendo su toledana contra la turba de enemigos que se les echaban encima, envalentonados los moros al ver tan cerca de ellos los gallardetes y banderolas del Rey, al que tenían a dos pasos.
Detrás suyo, lo que quedaba de sus trescientos españoles le siguió gritando: ¡España!, ¡Cierra! y ¡Santiago!, mientras disparaban los últimos tiros de arcabuz, tiraban apresurados de las espadas y las dagas, para así poder morir de pie junto a su valiente Capitán, don Francisco de Aldana.

A. Villegas Glez , 2012





2 comentarios:

  1. Voto a tal que estoy disfrutando vuestro blog, camarada.
    Gracias!

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  2. Pardiez que este blog me da la paz que ansío, gracias!

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