domingo, 18 de mayo de 2014

ABARRÁN

I

En el mismo instante en que le dieron la orden supo que moriría allí. Había tragado saliva, se había cuadrado y había salido de la tienda del comandante Villar sin despegar los labios más que para decir a sus órdenes. Al salir, las estrellas comenzaban a iluminar el cielo marroquí y la temperatura a bajar hasta hacer tiritar a los centinelas en sus puestos.

El capitán Juan Salafranca y Barrio se arrebujó en su capote y miró hacia dónde se distinguía la sombra oscura de un monte, a unos nueve kilómetros en línea recta, Dar Uberrán le llamaban los moros y estaba al otro lado del río Amekrán, y él apenas podía distinguir la línea de su cima, pero cuando miró supo con toda certeza que allí, en aquel pelado monte rifeño se dejaría la vida para siempre.

Juan Salafranca se prometió a sí mismo hacerlo fiel a su estirpe y a su condición de oficial español. Luego se dirigió hacia las tiendas de su Compañía, para comunicarles a los oficiales y suboficiales la misión que el mando les había encomendado. Una misión estúpida, suicida, hija del politiqueo y del engaño, trampa mortal que todos conocían, encerrona a la que los enviaban como a corderos al matadero, pese a la bilis amarga que le corroía las entrañas, afrontó su deber y su destino, apretó los dientes y comenzó a despertar a su gente.

II

Diego Flomesta y Moya es teniente de artillería y mientras mira las estrellas que empiezan a alumbrar el cielo supervisa la preparación de las cuatro piezas Schneider de setenta y cinco milímetros que llevarán hasta la posición seleccionada por el mando.

Un mando que parece sordo y ciego ante las advertencias y la obviedad de que aquel cerro pelado que se les ordena tomar no será sino la tumba de todos ellos.

A pesar de todo Diego Flomesta anima a sus hombres, los veintiocho artilleros que se quedarán junto a él allí arriba, solos y rodeados de enemigos, pese a la certeza que se ha incrustado en su alma como un aguijón, el teniente encara con valentía y temple su destino, porque es un oficial de Artillería y es un soldado español. 

Mientras supervisa la carga de los mulos puede ver a su conocido, el capitán Huelva, formando a sus policías indígenas un poco más allá.

A Flomesta se le eriza el vello del cogote al pensar en que serán más los indígenas que les acompañen que los españoles. Un funesto presentimiento cruza su mente. Si estos desertan, estamos listos-se dice

III

Son la una de la madrugada del primero de junio de mil novecientos veintiuno cuando la columna española se pone en marcha. A pesar de los consejos recibidos el jefe de la misma, el comandante Villar, jefe de la Policía Indígena del Kert, ha decidido que sea una sola columna la que acometa la toma del monte Abarrán.

El camino es sinuoso y estrecho obligando a los hombres y a las bestias de carga a caminar en fila india, alargando la columna de forma peligrosa. Los casi mil quinientos hombres que la forman se recortan en sombras que la luna rifeña ilumina en larga y expuesta procesión.

En los montes de alrededor del campamento de Annual, base principal y máximo punto del avance del General Silvestre en su campaña del año veintiuno, se han encendido cientos de hogueras que dan testimonio de que el enemigo no solamente no ha sido sorprendido, sino que conoce al detalle cada movimiento de los españoles y espera, atento y expectante, a que la columna alcance la cima de Abarrán.

Saben que Silvestre tiene la costumbre de visitar las posiciones recién conquistadas y esperan pacientes poder cazar allí arriba al general de los bigotazos y las mil heridas.

Salafranca que va en la retaguardia puede ver las hogueras y los rostros de sus regulares y de los policías y puede leer el miedo y la aprensión en ellos.

La columna se alarga sobre el camino de piedras y polvo y el capitán se pregunta que qué coño hace un simple comandante mandando una fuerza como aquella, demasiado grande y estirada como para que pueda defenderse de un ataque. Salafranca reniega en sus adentros de la inutilidad y negligencia del mando que o no sabe, o no quiere saber, mirar lo que tienen alrededor.

Y alrededor tienen una caldera a punto de estallarles en la boca.

En el centro de la marcha Diego Flomesta comprueba los atalajes de las caballerías y mira alrededor con el corazón en un puño. ¡Maldita sea!- va pensando- este inútil de Villar conseguirán que nos maten a todos…

La vanguardia de la columna cruza el río Amekrán y una harka de la cábila de Tensaman se une a los españoles. En teoría, juntos deben expulsar de las tierras de dicha cábila a los combatientes urriagueles que andan soliviantando los ánimos y pregonando la guerra santa contra los infieles. Esa es la razón principal de la toma del monte Abarrán.

Sobre las cinco y media de la madrugada las primeras unidades llegan a la cima. La columna se ha alargado tanto que la retaguardia llega dos horas después, cuando el sol ya está en el cielo y el aire trae el olor de las fogatas que el enemigo apaga en aquellos momentos, quitándose las legañas y poniendo todo su interés en aquella columna que empieza a intentar fortificar la cima del monte Abarrán.

Lo de fortificar es una forma de hablar. Abarrán es solamente un cerro pelado de tierra casi sin piedras y de quinientos metros de alto, dominado por alturas mayores y con escasas posibilidades de defensa. Aquello es una ratonera y todo el mundo lo sabe. Al echar mano de los sacos terreros estos aparecen podridos y se desfondan al llenarse con la tierra, no hay apenas piedras para levantar un parapeto, así que este se hace de tierra y unos pocos sacos terreros. En los lugares de máxima protección alcanzaron el metro y poco, delante unas pocas alambradas que daban más risa que otra cosa.

El capitán Salafranca renegaba de todos los santos del cielo mientras el teniente Flomesta miraba la ladera hacia la que apuntaban sus cañones y ordenaba poner las espoletas a cero. Pues desde aquí poco más podremos hacer cuando esos vengan- pensaba.

El caid Haddú aconsejó encarecidamente al comandante que abandonase la posición y volviesen todos a Annual, que aquello era indefendible y que sería darle a Abd del Krim una fácil victoria con la que conseguiría alzar a todo el Rif contra España.

Villar no le hizo ni puñetero caso.

Mientras en el campamento principal el general Silvestre discutía con el coronel Morales la conveniencia o no de subir hasta Abarrán para “felicitar a los muchachos”. Morales que renegaba del plan de la toma de Abarrán porfiaba con el general y le convenció de que no subiera. Aquello salvó a Silvestre, al menos de momento.

Sobre las once de la mañana las ridículas fortificaciones de monte Abarrán se dan por finalizadas. Las puntas de las tiendas cónicas apuntan al cielo como dedos tratando de rozar la eternidad.

Los alrededores del monte son un hervidero de combatientes rifeños, se contaba que rondaban los tres mil hombres, que observan descaradamente los movimientos españoles.
Permanecen a la vista, sin temor, esperando la señal que los lance como una jauría de lobos contra la recién estrenada posición.

El comandante Villar regresa con el grueso de la columna hacia Annual por un camino diferente y más corto que el de la ida. Nadie se explica por qué no se tomó este camino a la subida, pero así son las cosas. Los que se marchan, con Villar a la cabeza, lo hacen nerviosos, apresurados, casi a la carrera, arreando a las bestias con prisa indisimulada.

La tensión se puede mascar en el ambiente, el aire denso y pesado solamente se rompe por el sonido de las primeras chicharras que comienzan su cantinela. La columna de regreso acelera su marcha a pasos agigantados, atrás quedan doscientos hombres al mando del capitán de Regulares de Melilla, Juan Salafranca y Barrio.

Un soldado de Transmisiones, de los tres que se han quedado allí a cargo del heliógrafo, no puede reprimir su exclamación cuando contempla a sus compañeros de la columna salir casi por piernas de allí, dejándoles desamparados y rodeados de moros:

- ¡Serán hijos de puta!-

IV

A la una del mediodía, con el sol calentando fuerte arriba en el cielo y justo cuando la columna de Villar estaba atravesando de regreso el río Amekrán, más o menos la mitad del camino, llevando consigo una fuerza considerable, dos largas ráfagas de disparos de ametralladora rompieron el aire y las voces de tres mil gargantas gritaron al tiempo y se lanzaron decididas al ataque contra la posición española.
Monte Abarrán estaba siendo atacado. 
Villar ordenó que su columna continuase hacia Annual y que los de la posición resistiesen allí, que aquello ya no era responsabilidad suya.

Los de Abarrán mientras, se defendían como leones. Pese a todo.

Al principio parecía que los de la cábila de Tensamán permanecerían fieles, pero en cuanto comprobaron la magnitud de lo que se les venía encima se cambiaron de bando y apuntaron sus “fusilas” contra la posición que debían defender.

Todo había sido muy rápido, casi sin dar tiempo a reaccionar.

Ante la deserción de los tensamaníes la mayoría de los policías indígenas desertaron también y lo que es peor, comenzaron a disparar contra sus compañeros que se mantenían leales y contra los españoles de dentro de la posición. Al capitán Huelva lo mataron muy pronto de un tiro en la cabeza sus propios hombres, también al teniente Fernandez y al sargento Alí.

Al capitán Salafranca le dieron en un brazo, pese a ello permaneció disparando junto a sus hombres, gritando en buen castellano que allí estaban sus cojones y que estaban esperando a todos los moros del mundo. 
Podía oír a su espalda las detonaciones continuas de las cuatro piezas que mandaba Diego Flomesta, que no dejaban de disparar con los artilleros renegridos de humo de cordita y ensordecidos y su teniente dando saltos de pieza en pieza ordenando abrir fuego y recargar y abrir fuego y recargar de nuevo. Por aquel frente no se colaba ni un enemigo. Al menos de momento.

- ¡Bravo muchacho ese Flomesta!- se decía el capitán sin dejar de dirigir a sus hombres. ¡Moriremos aquí, sí, pero lo haremos como lo que somos- les gritaba.

La marea rifeña sin embargo era imparable, tres mil o más contra apenas cien hombres, pues la deserción de unos y la muerte de los otros había dejado más reducida todavía la pequeña fuerza que defendía Abarrán.

Al capitán le dieron entonces un feo tiro en la barriga, tan feo y grave que tenía que sostenerse los intestinos con la mano para que no se le desparramasen por el suelo.
Se negó a abandonar su puesto o siquiera a que lo vendasen. Es más ordenó a sus hombres calar las bayonetas para ir junto a él a defender los cañones, pues podía ver a Flomesta y sus artilleros que desmontaban los cierres y se armaban con fusiles. La munición estaba agotada y el enemigo subía ya por decenas por el frente en dónde estaban situadas las piezas de artillería que eran su más preciado objeto de deseo.

Dirigiendo a los pocos hombres que le quedaban, sosteniéndose de puro valor, Juan Salafranca fue herido de nuevo. Protegido por sus hombres despertó unos minutos de la antesala de la muerte y pidió papel y lápiz para escribir a su madre y poder despedirse de ella, luego entregó al teniente los planos y la cartera con el dinero de la Compañía y expiró manchando su sangre heroica las resecas piedras del monte Abarrán, que seguía defendiéndose, que seguía resistiendo la acometida de un enemigo que se multiplicaba por momentos, pues toda la región se había unido a la rebelión.

Tras cuatro horas de resistencia, tras cuatro horas de soportar el ataque incesante y valeroso de miles de rifeños desde los cuatro puntos cardinales, la posición de Abarrán se inundó de enemigos. Los supervivientes corrieron en dirección a Annual, peñas abajo, sin aliento, perseguidos por una turba de cabileños dispuestos a degollarlos. Unos pocos lograron llegar al campamento principal.

Todos los oficiales habían caído en la defensa. Entre los cañones los moros encontraron muy mal herido al teniente Diego Flomesta. Se alegraron de encontrarle vivo, pues ahora podrían obligarlo a enseñarles a manejar los cañones capturados.
El teniente sonreía a pesar del dolor de sus heridas. En su cabeza se reía a carcajadas pensando:

- ¡Os vais a tocar los cojones, que os enseñe vuestra puta madre!

Y así lo hizo.

Diego Flomesta se negó a recibir alimento y a que le curasen las heridas que había recibido durante la defensa. Lo torturaron y lo sometieron a mil perrerías. Pero Flomesta, a pesar del dolor y la humillación se mantuvo firme.

Murió el día treinta de junio tras un mes de sufrimiento y penalidades sin haber conseguido el enemigo que les enseñase el manejo ni la forma de reparar las piezas.

Se dejó morir con tal de que sus conocimientos no sirviesen para que el enemigo los usara para matar a otros españoles, a otros compatriotas. Eso es solidaridad y lo demás zarandajas y cuentos. Eso es valor.

Juan Salafranca y Diego Flomesta son dos de nuestros laureados, dos más de nuestros cientos de héroes olvidados.

Dos hombres valientes que cumplieron su deber y entre la derrota y el desatino, la desorganización, la sinvergüencería y la negligencia, entre el manto oscuro del Desastre de Annual, brillan con luz propia junto a todos aquellos que supieron morir como siempre habían hecho sus antepasados, de pie, peleando hasta el último aliento y vendiendo muy cara su vieja y recosida piel de toro española.

© A. Villegas Glez. mayo-14












1 comentario:

  1. Gran héroe, militar y persona mi tío visabuelo Juan Salafranca, mas que merecida la otorgada Laureada y la segunda ocasión que le proponen para ella

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