lunes, 25 de agosto de 2014

EL CIUDADANO GARCÍA

Era noche cerrada con la luna iluminando la Torre de Hércules y la bahía.
El carromato rebosante de cadáveres medio podridos se detiene junto a la fosa abierta y sin muchos trámites dos hombres empiezan a arrojar los restos al fondo. Mientras un cura soñoliento les va dando la Extrema Unción a los muertos.

Hace frío y todos quieren acabar rápido el desagradable trabajo que les ha tocado hacer, total, aquellos que van tirando a la fosa no son más que pobres desgraciados, indigentes que no habían tenido ni para morirse. Huesos que acabarán revueltos unos con otros en la fosa común de los pobres.

De repente, entre la niebla, aparece corriendo un soldado. Llega el hombre sin aliento y justo a tiempo para ver como los hombres del carromato agarran por los pies el cadáver que viene buscando.

- ¡Esperad, esperad… ¡- dice mientras hace sonar su bolsa con el tintineo de las monedas que carga.

Los enterradores se detienen de inmediato con el brillo avaricioso pintado en los ojos. El cura mira interesado al soldado sin resuello que les pide que esperen y que no arrojen todavía el lívido cadáver al hoyo.

- ¿Qué sucede alférez?... - el cura ha reconocido las divisas en la bocamanga del joven oficial.

- Espere Padre, se lo ruego… Ése hombre merece algo más… Si me permite…

- Claro hijo… ¿Es familia suya…?

- Es familia de todos nosotros, Padre… Un buen hijo de España…

Con amor infinito el joven alférez envuelve el cuerpo inerte con una bandera española.

Luego, mientras los hombres depositan con cuidado el cuerpo en el fondo de la fosa, el joven oficial saca su sable de la vaina y saluda muy tieso y marcial. Tiene los ojos arrasados en lágrimas.
Después saluda, mientras algunas de sus lágrimas llegan al suelo y riegan la tierra sobre la que descansan varias docenas de muertos, retorcidos, pálidos, con la expresión aterrada de quien muere pobre y solo.
Y entre ellos, uno más, el cuerpo envuelto en la bandera, sobre el que empiezan a caer las paletadas de tierra mientras el cura reza un Padre Nuestro y el aire gallego se torna helado mientras las meigas entonan canciones de luto.

La última paletada oculta el último destello rojo de la bandera. Rojo como la sangre tan generosamente vertida por el hombre que ahora, sin honores y sin recuerdos, acaban de enterrar.

Mientras se aleja de allí el joven alférez recuerda y las imágenes grabadas en sus ojos de niño se agolpan en su mente, los recuerdos grabados mientras recorría España peleando contra los gabachos, mientras peleaba al lado del más valiente soldado que había conocido jamás.

Se llamaba Antonio García Monteavaro y López, había nacido en Castropol, Asturias, y estaba impregnado desde la cuna del valor y la determinación de su antepasado Pelayo.

Y el joven alférez acababa de enterrarlo…

Mil batallas contra el enemigo habían vivido juntos, el héroe y el pequeño niño que ahora vestía el uniforme. Mil historias de valentía y arrojo, de luchas a cuchillo, cara a cara contra los mejores soldados del mundo.

Antonio García estuvo en todas, sin faltar a ninguna, la lista era larguísima, tanto como el valor a toda prueba demostrado una vez y otra por el asturiano.
Empezó su guerra en La Balmaseda, en dónde le dieron un tiro, en Oviedo recibió una estocada, peleó en Navia, La Caridad y Mondoñedo en dónde recibió otro tiro que casi se lo lleva al cielo, recuperado y luchando en Lugo, le arrearon los coraceros gabachos tres sablazos más, después Vivero, Betanzos, Coruña y Santiago, de los que se lleva de recuerdo otro tiro y un par de puñaladas.

Antonio García era duro como el acero.

Valdeorras, Morella, Villafranca del Bierzo,
Alba de Tormes, Brañobares, Ciudad Rodrigo, Olivenza, y Llerena…

Todo había ido bien menos en el último combate. La mala suerte hace que agarren prisionero a Antonio junto a otros camaradas y los franceses buscan una tapia y los arcabucean sin miramientos.
Milagrosamente -con seis balazos en el cuerpo- el durísimo trozo de pedernal asturiano, logra salir vivo de la carnicería.

Se recupera tan bien, que en poco tiempo está de nuevo desjarretando franceses en Castillejos y Fregenal de La Sierra, en dónde el Destino le guarda una agradable sorpresa.
En Fregenal se encuentra -mira tú qué casualidad, François- al comandante enemigo que había ordenado fusilarlo.
El gabacho, aparte de alucinar en colores al verlo aparecer, sano y entero, no tiene su misma suerte y se queda para siempre acurrucado contra la tapia en la que lo han fusilado con los ojos todavía muy abiertos por la sorpresa.

Luego, García ve como unos quince gabachos se retiran llevándose con ellos una bandera de España.

Antonio García no duda…

Se abalanza, dando gritos que espantan, contra la quincena larga de franceses. Los gabachos que lo ven venir solo, le plantan cara, pero a pesar de ser muchos más, el espanto y el terror que causa el español, que está rojo de ira, echando espumarajos por la boca y dando unos sablazos terribles y certeros que parten en dos a todo el que encuentra por medio, los hace recular y querer correr más que pelear contra aquella fiera que grita y grita mientras clava y taja con su sable que chorrea sangre hasta la empuñadura:

- ¡La Bandera, dadme mi bandera!... ¡¡¡Dádmela gabachos hijosdeputaaaaaaaaaaaa!!!

Y se la dan, claro.

Esta hazaña le cuesta al bravo español recibir otro tiro y dos puñaladas. Que gratis no se la iban a dar…
Antonio tiene a cuatro o cinco franceses destrozados a sus pies, los otros habían huido como alma que lleva el demonio, dejando atrás, en las manos de García, la bandera robada.
Cuando la noticia se extendió entre las tropas españolas le pusieron el apodo de: “El Inmortal” y otro, que a él siempre le gustó más, que era: “El Arcabuceado”La fama de su valor daba fuerzas a los demás para que siguieran luchando, para que los hijos de España continuasen la pelea y el sacrificio contra los franceses. Impasibles y valientes, arrojados y bravos como lo era el admirado Antonio García.

Después de lo de Fregenal, continúa la marcha de liberación por nuestra tierra, pues, pese a que los combatientes eran casi todos asturianos, leoneses y gallegos sentían aquellas tierras del sur como suyas, como hermanas. Además ahora la capital estaba en Cádiz y Las Cortes y La Regencia y parecía que España, por fin, iba a levantar cabeza…
Así estuvo Antonio García en La Higuera, La Palma y en la grandiosa victoria de La Albuera, después Puebla de Guzmán, Zújar, Cúllar, Alaguas y Murcia…
Toda una campaña de norte a sur por las invadidas tierras de España.

Durante aquellos años le concedieron algunas prebendas y dádivas por su valiente comportamiento, espectacular fue el recibimiento que le otorgó el pueblo de Cádiz en el año 1813. Fue Aclamado por la gente, respetado por los mandamases que le concedieron medallas y le dieron dineros y uniformes y hasta el embajador inglés quiso conocer a tan extraordinario soldado. El británico le regaló un sable y un uniforme de la infantería inglesa.

Fue un fugaz agradecimiento.

Antonio García hasta las charreteras de oro del uniforme tuvo que vender para poder pagarse los médicos que cerrasen sus heridas. Pero como él había sido siempre generoso -había entregado las cincuenta pesetas que le había dado el Regente para sus gastos, al Hospital de Inválidos- por este y otros gestos que demostraban su noble corazón, no se le dejó en la estacada.
Cuando pidió humildemente, pública ayuda para pagar a un médico que le ayudase a sanar las heridas que le habían infringido los gabachos cuando lo de la bandera, el Ejército, en pública suscripción, reunió nueve mil y pico reales con los que el héroe pudo recuperarse.

De inmediato acudió a su destino en el frente con la guerra ya acabada… 
Ahora empezaba otra, más cruenta y dolorosa… La guerra entre hermanos…
Ya saben, España en su máxima expresión, dividida en sectas de distinto color y misma mala leche, en facciones irreconciliables, en perros rabiosos con collares distintos.
Antonio García toma partido por los liberales, sin comprender a los compatriotas que gritaban: ¡vivan las caenas!, sin entender como su amada patria había pasado de luchar por su independencia a hacerlo por la inmensa estupidez de no poder ponerse a hablar sin gritar, sin insultar y sin ofender al otro… Por dejarnos arrastrar por la envidia y la avaricia y enterrar nuestra humildad e hidalguía.

Se une a la partida de otro reconocido y valiente soldado al que le llamaban El Empecinado… Los fernandinos los capturan y a Martín le espera el patíbulo mientras que a los demás los dejan libres…
La suerte del Inmortal parece no acabarse. ¡Perra Suerte!

Antonio García, dolido por mil heridas, el alma rota y el corazón partido, se pierde por entre las calles de La Coruña, en dónde vivirá como un pordiosero hasta el final de sus días.
Un joven alférez le encontrará, a punto de ser enterrado en una fosa común, un día frío y lluvioso de marzo del año 1841…


Relato basado en la vida de Antonio García, El Inmortal de Castropol.
No hubo bandera ni alférez en su entierro… Solamente el puñado de tierra y el puñado de cal. Solamente el ingrato agradecimiento, el olvido más vergonzante, la fosa común en la que reposan nuestra gloria, nuestra honra y nuestro honor.
Gloria para tí, tocayo, gloria y recuerdo… Descansa en Paz hermano, porque ya desde hoy no serás un Héroe Olvidado.
© A. Villegas Glez. 12

















3 comentarios:

  1. Este relato me ha emocionado y me ha hecho llorar!!!...qué pena me da esta España que 200 años después sigue habiendo la misma envidia, rencor, picaresca y mal gobierno!!!

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  2. y qué ingrao es este país para con sus héroes y con su historia!!

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  3. ¡¡Cuánto he disfrutado conociendo a este héroe español!! Es la primera vez que oía hablar de él. Gracias por presentárnosle.

    Me ha llegado al alma la frase "Por dejarnos arrastrar por la envidia y la avaricia y enterrar nuestra humildad e hidalguía." Y es cierto: estamos como estamos por lo que escribes en esta frase.

    Ojalá llegue pronto el día en que España honre a sus héroes en vez de olvidarles.

    Un saludo.

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