sábado, 9 de agosto de 2014

UN EMPERADOR ENTRE SUS FILAS

 En un pequeño pueblo navarro nació Antonio de Leiva allá por el año mil cuatrocientos ochenta. 
Unos dicen que era de origen humilde y su progenitor un simple zapatero y otros -quizás los más fiables- le sitúan como segundo hijo de don Juan de Leiva, hidalgo que había construido el castillo de la Villa y combatido al lado de los Reyes Católicos. 
Antonio tendría un hermano mayor que, como era costumbre en la época, heredaría el mayorazgo y el título del padre, por lo que a él, no le quedaba más remedio que buscarse la vida de la única manera de la que se la podía buscar. O la Iglesia, o la Milicia. 

Antonio de Leiva escogió convertirse en soldado.

En el año mil quinientos y uno le encontramos combatiendo contra los rebeldes moriscos de Las Alpujarras y muy pronto adquiere fama de valiente y despierto lo que le concede el reconocimiento de sus superiores y de sus compañeros.

Pasa a Italia con la armada de Luis Portocarrero que acudía en apoyo de las tropas del Gran Capitán que estaba enfangado en su campaña contra Francisco I de Francia.

Participa destacadamente en la batalla de Seminara y en la de Rávena, en esta última la infantería española, abandonada de sus aliados, tuvo que retroceder acosada por los franceses y bajo el fuego de su artillería. 
Los españoles se retiraron pagando un alto precio en sangre pero sin perder la cara del enemigo y causándole innumerables muertos. Retrocedían los españoles paso a paso conteniendo a los gabachos mientras que las tropas del Virrey de Nápoles corrían como conejos asustados.
Rávena se convirtió así en dura escuela para la infantería española que comenzaba aquí  a forjar su leyenda.

Antonio de Leiva mandaba una Compañía durante la jornada y fue herido grave, pero en ningún momento quiso abandonar la primera línea de combate.

El mismo Gonzalo Fernández, impresionado por su valía, lo puso al mando de la Campaña de la Provenza, que pese a convertirse en desastre, pudo haber sido mucho peor de no ser por la astucia, valentía, dotes de organización y mando del Maestre Antonio de Leiva.

Francisco I de Francia había vuelto a invadir Italia y los galos, penetrado profundamente en el Milanesado, Leiva se vio rodeado por todas partes de tropas enemigas lo que le obligó a refugiarse tras los muros de la ciudad de Pavía.

A la que el gabacho puso cerco de inmediato.

Desde las murallas de la ciudad Antonio de Leiva contemplaba el enorme y poderoso ejército que el rey francés traía consigo. Treinta mil soldados y cincuenta piezas de artillería. 
En Pavía dos mil quinientos españoles y cuatro mil tudescos defendían los adarves.

La artillería francesa comenzó a disparar apenas pusieron en posición las baterías, ya no dejarían de hacerlo hasta el final del asedio. 
Sin embargo todos y cada uno de los asaltos que intentaron los franceses contra las murallas fueron rechazados por los defensores, con el Maestre de Campo siempre bien visible sobre las murallas, espada en mano y peleando como uno más entre sus hombres.

Francisco I estaba que trinaba como los pajarillos en los árboles de las Tullerías. 
Aquel cabezón navarro le estaba amargando la fiesta y la invasión de Italia con su obstinada resistencia, y para colmo de males, sus batidores le informaban de que los españoles cerraban con su ejército sobre Pavía, dispuestos a levantar el cerco de la ciudad y merendarse a los gabachos.

Habían transcurrido tres meses desde que el asedio había empezado y el rey Francisco se decidió entonces a rendir la ciudad por hambre y no hacer mucho caso de aquellas cosas que le contaban de supuestos ejércitos de españoles que se acercaban a Pavía.

Paco de Francia ni se imaginaba que el hambre, la enfermedad y la miseria campaban a sus anchas por la ciudad muy desde el principio, y que aquella circunstancia no era excusa para que los defensores se rindiesen.
Allí no quería capitular ni el gallo de la veleta, a pesar de que hasta el mismo Maestre Leiva se encontraba herido, quebrantado y roto por la enfermedad y que lo único que comían los defensores era el caldo que sacaban de los muy hervidos cinturones de cuero.

En aquella situación al confiado rey francés le dio un soponcio el veinticuatro de febrero del año mil quinientos y veinticinco, cuando el ejército imperial -que él creía inexistente- se hizo terriblemente real aquella mañana de invierno.

Francisco no podía creérselo, pero, todavía confiado, envió sus tropas al ataque. 
Primero le destrozaron la infantería y cuando decidió encabezar una carga de caballería, como las de antes, al rey gabacho y a sus brillantes caballeros los hicieron papilla los arcabuceros españoles.

Antonio de Leiva ordenó a sus soldados hambrientos que realizasen una salida, directa al campamento francés -y a sus cocinas-, una salida con el Maestre en silla de manos, porque casi no podía ni sujetar la espada por culpa de la fiebre, que significó la puntilla para los franceses que se vieron entre dos fuegos y huyeron despavoridos.

Francisco de Francia fue capturado y a don Antonio de Leiva, por su pertinaz y efectiva defensa de Pavía el Emperador le nombró Gobernador del Milanesado y Señor de Ascoli.

Sobre el año veintinueve del siglo ocurre la anécdota de Plasencia.

Con ella se da fe de la enorme fama que nuestro héroe había adquirido y el enorme respeto que despertaba su persona.
El mismo Emperador había solicitado la presencia del Maestre, pues deseaba conocer personalmente a tan magnífico y valiente capitán de sus ejércitos.

Las tropas fueron llamadas a una revista de comisario -o sea a un recuento- y allí estaban todos, piqueros y arcabuceros, formando sus Compañías y pasando delante del Contador Real, cuando a este se le quedó la pluma temblando sobre el papel y al Tercio entero se le quebró el aliento de emoción cuando, el mismísimo Emperador y portando una humilde pica, había avanzado hasta la mesa para decir con voz rotunda y clara:

- ¡Carlos de Gante, soldado en el Tercio del valiente don Antonio de Leiva…!

No mucho después, en la ciudad de Bolonia, durante la coronación de Carlos como Emperador del Sacro Imperio, se cuenta que el de Gante se moría de envidia cuando observaba como al Maestre Leiva sus soldados le aclamaban y le llevaban en volandas durante las celebraciones.

Como jefe indiscutible de todas las tropas del imperio Antonio de Leiva siguió acompañando y aconsejando al Emperador durante sus campañas. En África durante las expediciones del año treinta y tres y luego de nuevo en Italia.

En mil quinientos treinta y seis, Leiva toma la plaza de Tosano y aconseja al Emperador que lleve la guerra a territorio francés.

En la Campaña de la Provenza, durante la tercera guerra italiana, perderemos a Garcilaso en Le Muy – murió el poeta al frente de sus soldados como Maestre de Infantería- y a don Antonio de Leiva, abatido por la enfermedad en Aix en Provence.

Su cuerpo fue trasladado a Milán y enterrado en la iglesia de San Dionisio.

Dejó una hija guapa, soltera y heredera de un buen montón de ducados.

Y allí arriba, en la Taberna del Cielo, siempre podrá fardar -aunque a él no le guste hacerlo- de que, entre las filas de su Tercio, pasa revista un tal Carlos, Emperador del Mundo.

© A. Villegas Glez. 














2 comentarios:

  1. A don Antonio los franceses le rindieron homenaje en Francia facilitando una camilla para poder ser enterrado en Milán. Fue capitan general de la Santa Liga y condecorado por el Papa como al gran Capitán y otros principes cristianos. Y fue el unico español al que Carlos V nombró principe como al genovés Andrea Doria.

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  2. Una bonita historia de quien fuese grande entre los grandes de Espana.

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