domingo, 31 de agosto de 2014

El Galeote

Una vez fui galeote, hace ya muchos años, y todavía conservo sobre la piel las huellas de los rebencazos que nos daban los sarracenos. ¡Tachat, tachat, tachat!, restallaba el látigo mientras nos desollaban las espaldas.

La galera “Mahoma” era el orgullo de su capitán, Uluch Ahmed, y el hijo de mala madre tenía por honra que su nave fuese la más rápida y mortífera de toda la flota de La Sublime Puerta, y lo era, ¡Vive Dios que lo era!, ahí están mis cicatrices que lo demuestran.
Me llamo Gonzalo de Guzmán y Arregui y una vez fui galeote.

El día que los otomanos nos capturaron volvíamos de Chipre, a dónde habíamos llevado a varios caballeros de La Religión, que así es como llamamos a los miembros de la Orden de San Juan de Jerusalén.
Aparecieron los turcos de repente, tres galeras y una galeaza que nos hizo mucho daño con sus cañones. 

Una de aquellas galeras era la “Mahoma”, y ya les dije que era rápida como el viento, pues se distinguían sus remos avanzando cortando el agua rítmicos y acompasados. Disciplinados.

Los de la galera “Santiago”, como buenos hidalgos y españoles bien nacidos no íbamos a dejar que nos capturasen sin lucha, por eso durante tres horas nos batimos con furia, pero los jenízaros nos inundaron las arrumbadas y pronto Cristo empezó a abrirnos las puertas del cielo.

No sé si fue por mis ropas caras de hidalgo pudiente -que había ganado en una partida de desencuadernada- por lo que me encadenaron a un remo y no me degollaron como a un perro a proa, junto al espolón, como habían hecho con otros prisioneros, quizá los turcos suponían que mi supuesta familia rica pagaría mi rescate en buenos doblones del Rey.

¡Si estos infieles conociesen la realidad...!

En pocos días aprendí que en galera turca remar y callar es ley, a mi lado me habían tocado de compañeros de banco, dos tudescos grandes como bueyes e igual de inteligentes, un renegado maltés que hablaba solamente en lengua franca y al que no entendía ni la misma madre que lo parió y el de más allá que era un griego delgado y taciturno y que no dijo palabra en cinco meses, que fue el tiempo justo que tardó el brutal cómitre en hacerle trizas los riñones a rebencazos, para que luego lo tirasen por la borda sin más ceremonias.

El tiempo al remo es tiempo de mucho pensar, pues ingenias mil planes irrealizables de fuga, recuerdas cada instante bueno y malo de tu existencia, rezas mucho e imaginas, cada vez que nos cruzamos con alguna galera cristiana, que ésa será la que te saque de allí. 

También hay días en los que reniegas de todo y tan sólo deseas llegar de una puñetera vez a Constantinopla o a dónde sea, y que te quiten los grilletes oxidados que te están corroyendo los huesos.

Es bueno pensar y repensar e intentar que nada te afecte, así quizás la cabeza logre escapar de todo aquello y puede ser que no te vuelvas loco y acabes como algunos que gritan, o se ríen sin motivo aparente, o lloran desesperados mientras se arrancan las uñas a mordiscos.

Tampoco se hacen muchos amigos en galera pues apenas da lugar para ello ya que los turcos no permiten a los españoles juntarnos a más de tres a la vez. 

O se matan entre ellos, o peor, capaces son de tomar el barco a puros huevos, que con éstos nunca se sabe, así deben de pensar los turcos, porque es vernos a dos galeotes charlando en buen castellano y comenzar de inmediato a darnos latigazos, mientras nos enseñan las gumias y se señalan el gaznate, los hideputas.

Y de esta manera tan entretenida van pasando los días y los meses y los años.

De Constantinopla nada de nada, solamente algún atraque en puerto aliado de La Sublime para reabastecernos y soltar esclavos, aunque a mí nadie me deshierra, a mí me dejan encadenado al remo en cada ocasión.

Durante este tiempo encadenado, la galera "Mahoma" había sostenido combates duros- con nosotros dentro, claro- verdaderas batallas en las que piensas que hasta allí habías llegado, mientras chorrea la sangre y caen los hombres destrozados a tu alrededor.
Es para cagarse, y perdonen vuestras mercedes, pero es que es así, pues amarrado a las tablas si se va a pique la galera, tu te vas con ella irremediablemente al fondo y con tanta gente acuchillándose a mansalva y sin piedad a tu alrededor quedas expuesto a llevarte uno de los mil tajos que cortan el aire o de que te acierte una de las cien pelotas de plomo o de las quinientas saetas que vuelan por todas partes, y tú allí amarrado e indefenso. 
Un infierno para los nervios, créanme.

Sin embargo un suceso inesperado nos había sacado de la rutina, al menos de la rutina de navegar sin rumbo en busca de presas.
La inmensa flota turca se había reunido. Galeras y galeazas por decenas y cientos de tahonas y naves menores con miles de gargantas embarcadas y todas gritando : “Alá es grande” cinco veces al día. Cantando alegres y confiados, tocando chirimías y panderos hasta la madrugada. 

Algo gordo se cocía.

Entre los esclavos los rumores corren como el viento, que si los turcos se estaban reuniendo para entablar un gran combate contra los cristianos, que si el Papa había convocado una Liga, que si el Rey Felipe de España enviaba a su propio hermano como Capitán General, y mil chascarrillos más que corrían de banco en banco, de galera a galera, como un rayo de luz y de esperanza.
Todo esto no eran más que rumores y muy pocos les hacíamos caso y menos caso se hacía todavía a los cuatro locos que andaban propagando la rebelión entre nosotros, entre los galeotes, pregonan que cuando llegase el momento habría que intentar morir luchando. Yo estaba dispuesto pero, ¿y los grilletes…?

Sin embargo los rumores se convirtieron en realidad el día siete de octubre del año mil quinientos setenta y uno, nunca jamás olvidaré la fecha, era el día de la celebración de Nuestra Señora del Rosario y fue el día en que me liberé, por fin, del yugo sarraceno.

Las tablas saltaban hechas pedazos y los remos partidos eran ahora solamente inútiles estorbos, más de la mitad de los galeotes de la "Mahoma" yacían muertos. 

A mi alrededor todo era un caos de tripas y sangre, de madera y astillas, de cabos y lonas desparramados, de locura y de matanza.

La flota cristiana -gracias a Dios- estaba destrozando a los turcos. 

Los gritos desquiciados de los que mandaban nuestra galera así me lo indicaban, pues corrían todos como locos por las arrumbadas muy poco antes del brutal choque que dimos contra las naves cristianas. 
Los galeotes remábamos desquiciados y con la espalda chorreando sangre, pues como en cada ocasión, la galera de Uluch Ahmed navegaba de las primeras. 
Y así nos dieron...

Las galeazas cristianas nos hicieron migas con sus cañones mucho antes de poder acercarnos, pero la inercia, pues allí a aquellas alturas no remaba nadie, nos había llevado contra el espolón de una galera española. 

A través de un boquete de la tablazón podía ver a mis antiguos camaradas cargar y disparar sus arcabuces. Impasibles y certeros eran una muralla de hierro y de plomo. 
Eran la Ira de Dios.

Tengo que confesar que el orgullo que sentí en aquel momento por mi patria y por mis compatriotas valía todo el oro de las Indias y pagaba, sobradamente, todas las miserias y privanzas sufridas durante aquellos largos años de cautiverio.
La imagen de aquellos arcabuceros españoles disparando sobre los turcos, aquel día de octubre, hacía que mi corazón henchido diese gracias a Dios por haber nacido en aquella tierra dura e ingrata, en aquellos campos yermos y abandonados, en aquellos páramos llenos de ovejas, en aquel lugar en dónde relumbraban con igual fuerza, la gloria y la miseria.

Entonces me puse a gritar:

-¡¡¡SANTIAGO!!!!....¡¡¡¡CIERRA, CIERRA!!!!

Y el Apóstol me escuchó, porque unos soldados viejos, que segaban turcos como descosidos, me oyeron, y paso a paso se acercaron hasta dónde yo estaba. 

Daba miedo verlos venir dando tajos y pegando tiros con los arcabuces mientras chorreaba la sangre turca de sus espadas:

-¿Español, eres?- me dice uno con barbas y cara de fiera y me parece que respondo que sí.

- ¡Vamos pues!- y de un tiro certero me libra de los grilletes que me aprisionaban.

Los huesos vibran y duelen pero mi corazón salta de alegría y más todavía cuando me dieron una espada.
Pensaba yo que tantos años sentado al remo me habrían hecho perder la destreza, pero no, y además allí había sarracenos a cientos para poder practicar, ya que a mi alrededor la batalla continuaba.

Nadie daba cuartel, aunque al asomarme a la borda pude comprobar que los turcos buscaban más escapar que combatir, y no me extraña, porque casi toda la flota otomana ardía y las naves que quedaban se batían desesperadas a saetazos contra el poder de fuego de los cristianos que barrían las cubiertas enemigas a mosquetazos.
Por allí había un tal Miguel de Cervantes que, herido en una mano, manejaba la espada con la otra haciendo gran escabechina de turcos y a su magnífica e irrepetible pluma les remito.

A fin de cuentas yo no soy más que un pobre hidalgo segundón y simple soldado del Rey.
Gonzalo de Guzmán y Arregui... 

Y una vez fui galeote.

Golfo de Lepanto, año del Señor de Mil Quinientos Setenta y Uno.


© A. Villegas Glez.

Del libro: © Hierro y Plomo. Cuentos de los Tercios Viejos






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