miércoles, 7 de enero de 2015

COTILLÓN. La Taberna del Cielo III

Después de la espectacular Misa del Gallo que le organizaron, el Señor no había podido negarse. 
Aquellos hombres arrodillados con las espadas clavadas entre las nubes, con la cabeza agachada y rezando con tanta devoción y Fe que habían hecho temblar hasta los lejanos y calientes cimientos del infierno, le habían llegado tan profundo al alma, que luego, cuando los Capitanes le fueron con la solicitud, no había podido decirles que no:

- No me la líen demasiado vuestras mercedes- les dijo.

- Descuide Su Divinidad que tiene la palabra de hidalgos españoles- respondió Miguel de Cervantes llevándose la mano al pecho.

- Don Miguel, precisamente eso de que sean vuestras mercedes españoles es lo que más temo... Habrá cotillón, pero nada de trifulcas, discusiones,pardieces y voto a tales...

- Es complicado lo que pide...

- Lo sé... 

Luego hubo un corto silencio mientras el escritor de escritores miraba a la lejanía, como disculpándose por adelantado de algo que sabía inevitable:

- ¿Me reservarán vuestras mercedes una silla...?- Jesús de Nazaret sonreía como un niño travieso- ¡pero que no se entere mi madre, pardiez...!

- ¡Palabra de hidalgo!

Por eso aquella noche la Taberna del Cielo lucía algo distinta. Más brillante y acogedora, más cálida y hogareña. 
Con el fuego asando lentamente un par de cochinos que llenaban el aire de olor a gloria y cuatro barricas de vino que habían sido colocadas en el centro de la estancia y de la que cada cual podía servirse cuanto quisiera, cargadas de tinto español, tan rico como ninguno de los presentes había probado antes.

La procedencia del vino había provocado la primera discusión y los pequeños roces entre el grupo de invitados. Siendo de dónde era la parroquia de La Taberna, no podía ser de otra manera:

- Este vino de Logroño será, tan bueno que está...- comentaba Juan de Lezcano.

- Puede ser camarada, pero a mí me suena a vino de Toro- repuso Rodrigo de Vivar.

- Se equivocan caballeros... Este vino es extremeño- Hernán Cortés barría para su tierra.

- Más bien de las riberas del río Duero- Diego Dávila se relamía los bigotazos mientras rellenaba su jarra de barro.

- El mejor vino de España, señores, es el que hay en mi vaso- Francisco de Quevedo sonreía como un niño pequeño mientras metía los dedos en las llagas conociendo como conocía a sus paisanos.

- El de Valdeiglesias, don Francisco... 

- O el de Jerez, pardiez, que no es de los malos- el Duque de Osuna intervenía también en el corrillo que se estaba formando alrededor de los toneles de vino y que, por momentos, adquiría el aspecto de un mar que se iba embraveciendo, formándose olas de manos agitadas que iban y venían entre la espuma de las voces, cada vez más altas, que los hombres alrededor de las barricas se daban.

- ¡El mejor vino de España es el que vende Asunción...! -gritaba Quevedo con retranca. 

La cosa, sin embargo y a pesar de los intentos de algunos por pintar de humor algo que se estaba tornando negro, se estaba calentando demasiado.

Lo de menos era ya el vino y de dónde coño fuese, ya habían surgido las rencillas viejas, que entre los españoles permanecían ancladas como lastres en sus corazones y las antiguas discusiones habían logrado que los ceños fruncidos y la desconfianza sustituyesen a la alegría.

Sentados en una de las mesas dos hombres hablaban y miraban espantados y avergonzados a los que discutían alrededor de las barricas:

- ¿Crees que cambiaremos alguna vez...?

- No lo sé, quisiera pensar que sí...

- Yo también... Pero fíjate, por unos toneles de vino...

- Así somos...

- Una lástima...

- ¿De dónde crees que es el vino...?

- ¿Qué más da... ¡Está buenísimo!

- ¡Tienes toda la razón...!

Justo en aquel instante se abrieron las puertas de La Taberna y un viento gélido hizo que se apagasen las llamas sobre las que se asaban los cochinos y que todos los presentes se estremeciesen de frío.
Se hizo el silencio de repente, instantáneo, un silencio tan pesado que cada hombre de los que allí había sintió que, aquel aire de plomo, caía sobre sus hombros y les hacía agachar la cabeza avergonzados.

El hombre que había entrado causaba en todos ellos un profundo respeto y algunos se clavaron de rodillas en el suelo. Vestía un sencillo jubón en el que había cosido una pequeña Cruz de San Andrés y, a pesar de que emanaba una seriedad y un disgusto que daban miedo, el hombre sonreía tranquilo:

- ¿Por qué discutían vuestras mercedes, señores hidalgos...?

Al principio nadie se atrevió a contestar, todos permanecieron mudos de vergüenza y desprecio por ellos mismos. 
Hasta que Blas de Lezo se levantó sobre su pierna buena -había estado sentado en una silla contemplando el espectáculo- y le explicó lo sucedido:

- Discutíamos -se había incluido él mismo a pesar de no haber participado en la disputa- por la procedencia del vino, Señor...

- ¿Vino, qué vino...?

- El de las barricas...

- ¡Ah!, se confunden vuestras mercedes, esas barricas están llenas de agua...

Todos los que había alrededor de las barricas se quedaron entonces más mudos todavía...

¿Agua...? 
¡Pardiez!

Después el hombre del jubón se dio la vuelta y se marchó: 

- A ver si así, aprenden vuestras mercedes...

A. Villegas Glez.












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