jueves, 5 de marzo de 2015

EL CRÁTER. I

1-

¡Qué frío hacía…! 

Igual que en mi tierra pero con más mala leche… 
Nunca pude imaginar que en Rusia hiciese más frío que en el helado Teruel, esta debe ser la razón por la que los “rusquis” consumen vodka a hectolitros y también será porque no tienen otra cosa con la que acallar los rugidos hambrientos de sus tripas. 
Se cuenta que en Leningrado se están comiendo a los muertos… ¡Rediós, pobre gente!

Los rusos me recuerdan mucho a nosotros mismos: hambrientos, famélicos, empobrecidos y despreciados por todo el mundo pero, aquí están, defendiendo su tierra con valor y determinación.
Por eso es quizá por lo que hemos congeniado tan bien con ellos. Nos respetan pues han aprendido que somos muy diferentes de los brutales y arrogantes alemanes que se creen los amos del mundo.

Los españoles hacemos buenas migas con todo Cristo y, a pesar de que somos como somos allí en casa, lejos de la patria todas las rencillas se olvidan y las cicatrices sanan como por ensalmo, ya que no existe mejor Bálsamo de Fierabrás, para curar nuestra endémica costumbre de matarnos y pelearnos entre nosotros, que tener a mano a algún enemigo.
Que ya lo había dicho el mismísimo Napoleón en persona tras cuando haber salido escaldado de España: “Les dí a ésos bestias una razón y un motivo para que se uniesen, y unidos los españoles resultan invencibles…”
Y era verdad…

Me había alistado en la División, aparte de por tener más hambre que el perro del afilador, igual que estaban todos los demás españoles, porque el hambre no entendía de colores ni de ideas políticas, también resultaba que tenía un Tío, hermano de mi madre, que había sido “rojo” y estado en lo del Ebro y en otras escabechinas. 


Al Tío Emilio lo iban a encerrar unos cuantos años y eso que solamente era un pobre infeliz al que le había pillado la guerra en un lado y no en el otro.
Pero las cosas eran así, en el otro bando, mientras hubo otro bando, los asuntos no se resolvían de manera distinta.
El caso es que se certificaba que a los voluntarios que fuesen a Rusia se les iban a perdonar todos los pecadillos políticos del pasado, quedando él y su familia, limpios de polvo y paja. 


Y ya ven, con diecinueve años recién cumplidos, habiéndome criado entre las bombas y los disparos, entre la miseria y el hambre, en medio de aquella contienda fratricida que, en España era costumbre enraizada y vieja, me vi un soleado día ante un falangista de postal, o sea: camisa azul impecable, bigote recortado y pelo engominado que me solicitaba mis datos y filiaciones igual que una ametralladora escupía las balas.

Se le pusieron los ojos finos, como puñaladas en un cartón, cuando me preguntó si yo tenía familiares encarcelados por motivos políticos y le dije que sí…
Pero aquel hombre del bigotillo permaneció imperturbable, anotó mis datos en la libreta azul y me deseó suerte y, aunque parezca mentira, aquel hombre me deseó buena fortuna de corazón, al menos así lo leí en sus bonitos ojos del color del caramelo.

Y es que, a fin de cuentas, la bondad, la hidalguía y el honor residen en el corazón de las personas y no en el color de sus camisas.
Además, por paradójico que sonase, en aquella España que surgía tras la guerra no era raro encontrar a un antiguo camarada comunista que se había reconvertido, como por arte de magia, en falangista de toda la vida, y por sistema solían convertirse en los más intolerantes y crueles perseguidores de sus antiguos camaradas del Partido.
Las curiosas cosas de España.

Fui de los primeros.
Era julio del año cuarenta y uno cuando nos metieron en aquel tren que, desde Madrid, nos llevaría a Irún y desde allí a la Francia ocupada por los alemanes. 

Recuerdo que un silencio sepulcral y una rabia profunda se extendían por los vagones cuando el tren pasaba cerca de uno de aquellos campamentos rodeados de alambradas y torres de vigilancia.
Allí dentro, nos contaron, estaban encerrados los exiliados españoles. 

Algunos espectros delgados venían hasta las vías para apedrearnos mientras no paraban de gritarnos: fascistas, hijos de puta y otras lindezas de las que nuestro idioma está sobradamente surtido.
Pero luego, cuando les tirábamos desde los vagones las hogazas de pan, las latas de atún y el tabaco dejaron de hacerlo.

Supongo que estarían muy ocupados recogiéndolo todo.

Llegamos por fin, tras mucha parada en estaciones abandonadas y mucha espera en andenes de servicio, a un lugar llamado Grafenwort -no sé si lo escribo bien porque el tudesco no hay Cristo que lo entienda- llegamos digo, y allí nos enteramos, y bien, de lo que era la disciplina prusiana.

En un mes poco más o menos tuvimos que aprender las nuevas tácticas de los alemanes, a manejar las ametralladoras, los cañones anticarro y a desfilar tan marciales que daba gusto vernos, todos marchando con nuestros flamantes y nuevecitos uniformes “feldgrau” y con nuestras camisas azules debajo, pues nadie había conseguido que nos las quitásemos, igual que nadie había impedido que cosiésemos el emblema rojo y gualda que llevábamos en el brazo de la guerrera, banderita que cosimos todos y cada uno de nosotros con lágrimas en los ojos… 
Y les juro que hasta los más recalcitrantes veteranos de la guerra civil, convencidos comunistas, que se habían alistado solamente con la idea de desertar y llegar de aquella manera a su soñado paraíso del proletariado, cosían aquel emblema con tanto amor y devoción como el más ardoroso falangista de la División.

En mi Sección el Teniente era rígido y fascista hasta la médula, buen militar y mejor persona, Ruiz de Espada se llamaba y siempre cantaba el Cara al Sol a voz en grito cuando se despertaba por las mañanas. 

Luego estaba el Sargento Peláez que había estado en África con los Regulares y luego como oficial de La Legión, expulsado del Cuerpo por acuchillar a su Comandante, más tarde se había hecho miliciano anarquista y ahora era un divisionario que te ponía los pelos de punta cuando te gritaba. 
Daba miedo y grima observarlo mientras afilaba su bayoneta, deseando echarse a la cara a: “aquellos comunistas cabrones”, como él mismo decía.
Era una auténtica joya el Sargento Peláez.

Los alemanes se quedaban pasmados cuando veían a los oficiales españoles de compadreo con la tropa, que si ahora el Capitán de una Compañía estaba con sus soldados fumando y riendo o veían al General Muñoz Grandes con su flamante Mercedes-Benz que se paseaba por el campamento deteniéndose a charlar, amigable y campechano, con sus soldados. 
Los alemanes no se lo podían creer, ellos que eran tan marciales, rígidos y prusianos. 
No les entraba en su cuadrada cabeza que los indisciplinados españoles, que les recordaban a los gitanos con sus campamentos de ropas tendidas al aire, pucheros en las fogatas que se encendían por todas partes y el rasgar de guitarras cada noche, pudiésemos agarrar sus cañones, sus ametralladoras, sus granadas y su moderno equipamiento y los usáramos como quien llevaba haciéndolo toda la vida.
Los tudescos se quedan boquiabiertos con la División… 

¡Olé nuestros cojones!

Y encima, en las granjas y los pueblos de alrededor hemos dejado muy grato recuerdo y alguna que otra semilla plantada. ¡Que no se diga que por dónde vamos no dejamos huella!


Aquellos días en Grafenwhort -o como rayos se escriba- fueron maravillosos.
En Baviera las mozas son rubias, pechugonas y para nada remilgadas, al contrario que las españolas que te piden matrimonio antes incluso de que les des la mano. 

Yo siempre fui buen mozo, un aragonés de mediana estatura, ancho de hombros y piernas como columnas dóricas, pelo negro y ojos verde oliva, agitanados y seductores -todo esto no es que lo diga yo, me lo decía mi Señora Madre, ojo- así que a las alemanas las volví locas desde el principio

Tampoco faltaron las peleas con los alemanes que nos consideraban inferiores y no se escondían en demostrarlo, sobre todo los de la “ese-ese”.
Altos, rubios y fuertes se doblaban sin embargo como navajas albaceteñas cuando les acertabas de lleno, con las botas claveteadas de la Whermacht, en mitad de los huevos. 
Ahora, si te agarraba alguno de ellos estabas perdido, a no ser que la jauría de lobos españoles te salvara a dentelladas de entre las garras del alemán.
Estas cosas pasaban casi cada noche en las tabernas del pueblo y yo creo que el Almirante Doenitz, que andaba por allí de visita, nos debió de ver y aplicó la táctica española a sus submarinos.

Las peleas sucedían más o menos de la misma manera:
Algún alemán se molestaba porque la rubia camarera, de pechos abundantes y estrecho corpiño, se paseaba durante más rato y con más picardía, por entre las mesas que ocupaban los españoles de la Doscientos Cincuenta División -que ésta es nuestra numeración en el organizado ejército alemán- que por delante de las mesas en las que se sentaban los aguerridos e invictos conquistadores de Polonia y de Francia.
Algún alemán nos llamaba: “unterchmen”, que en tudesco significa inferior, rata de alcantarilla, desecho y varias cosas más… Y claro, que te llamasen rojo, pase, que te llamasen rata, ya no.

Y éramos españoles, con siglos de solera a la espalda en el asunto de discutir a puñetazos contra quién nos insultaba.
Así que los germanos de Grafenwhort -o como coño se escriba- lo aprendieron, y bien.

Luego, por las mañanas, se quedaban los oficiales alemanes boquiabiertos cuando desplegábamos las Secciones y atacábamos la loma Tal o Pascual, con las bocas secas por la resaca, entre vendas, cabestrillos y ojos morados.
Así estuvimos durante un mes y pico, hasta que el General Muñoz Grandes se quedó ronco de tanto gritarles a los alemanes que estábamos ya preparados y ansiosos por entrar en combate.

La verdad es que podría haberse quedado calladito el General y así haber alargado el tiempo de estancia en Grafenwhold -o como se diga- pero no habíamos ido hasta allí para repoblar aquello, sino para luchar contra los bolcheviques, aunque esta fuese una misión mucho menos agradable.
Espero que el Tío Emilio me lo agradezca y emigre a las Américas, allí se haga rico con el ron o el azúcar y me deje en herencia una hacienda cubana llena de mulatas hermosas y cofres cuajados de oro.

Espero...

De momento nos ha encerrado en los cuarteles y puesto en estado de alerta. 

¡A saber qué es lo que pasa!
Radio Macuto dice que nos vamos al frente de Moscú, para tomar la Plaza Roja y devolver la visita a los comisarios políticos que habían estado en España y que se convirtieron en el terror de amigos y de enemigos.

También había rumores de que nos iban a hacer División Motorizada, pero se quedaron en eso, en rumores.
Tras un muy corto viaje en tren, llegamos hasta una aldeucha polaca de la que no recuerdo ni el nombre en la que nos estaban esperando
caballos, carros y mulos, que es lo que nos trajeron los alemanes y también arrugados mapas que señalaban un camino polvoriento hacia el Este.
Iniciamos así una marcha de mil kilómetros hasta el frente:

- ¡Los “espanien”, que caminen...!- al menos eso debió pensar algún gerifalte alemán. 
¡Así le salgan a él en los huevos, las ampollas que me salieron a mí en los pies!

Fue muy jodida aquella inacabable marcha desde Polonia hasta los arrabales de Leningrado, porque resultaba que a Moscú ya no íbamos ni nosotros ni nadie.

Ya era inalcanzable la capital de los rusos para los exhaustos alemanes. 

El polvo y treinta kilos de equipo fueron nuestros compañeros, polvo amarillo que te cubría por entero y que, en otoño -que nos pilló a medio camino- se convirtió en un barrizal intransitable en cuanto cayeron las primeras cuatro gotas.
Tres decenas de compatriotas se habían quedado por el camino, agotados, reventados, con la nostalgia de la patria en los labios y dos paladas de tierra extraña sobre el rostro:


- ¡Adiós Paco…! Que tengas más suerte por allí arriba camarada…

Los alemanes se quedaban petrificados de asombro.
En cada alto y en cada parada del camino nos reuníamos los españoles alrededor del fuego sobre el que asábamos chorizos o trozos de panceta y el olor hacía relamerse hasta a los mulos la División, sacábamos las botas de vino y cantábamos y reíamos pese a saber que, al día siguiente, volveríamos a marchar y quizá alguno de nosotros se quedaría para siempre al borde del camino mirando hacia el Oeste, hacia donde se ponía el sol, hacia donde estaba nuestra lejana, dura y amada patria.
Una patria que todos llevábamos muy dentro del corazón y del alma. Pues no existe mejor remedio contra la costumbre española de disgregarse que llevarte a aquellos mismos españoles lejos y meterlos en mitad de una tierra extraña a jugarse los huevos.

Nada más llegar al frente nos desplegaron en la ribera de un río que se llamaba Volchov.
Era octubre de mil novecientos cuarenta y uno, y en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones.
Como en mi tierra, pero con mucha, mucha más mala leche…

2-


Los rusos lo llaman “raputitsa” pero aquello no es más que fango pegajoso, barro oscuro que te atrapa y ya no te suelta, lodo como el del Ebro, aunque eso sí, el río Volchov era mucho más ancho y mucho más caudaloso que cualquiera de nuestros ríos. Y las riberas eran un fangal impracticable que se tragaba enteros los camiones alemanes.

¡Me cago en el Tío Emilio y en la madre que lo parió...!, y que me perdone la abuela.


Su hermana, mi madre, está cosiendo una manta de lana para enviármela, sigue muy preocupada, la pobre, por el único hijo que le queda vivo.

A su lado estará el Tío Emilio - como si lo estuviese viendo- junto al fuego y tocándose los cojones, bebiendo vino mientras juega a las cartas con el vecino, que anda el hideputa, detrás de la viuda.

Menos mal que dentro del último paquete enviado desde casa, que, ¡hay que ver lo bien que funciona La Posta Militar!, se había acordado de meter entre los chorizos y el jamón, un par de botellas del licor que mi padre fabricaba.

Antes de que todo se fuese a tomar por saco y al viejo lo sacaran una noche a rastras y lo fusilaran porque sabía leer y escribir.

Ahora estaba en Rusia, al borde de un inmenso río y de barro y de mierda hasta las orejas, preparando junto a los camaradas unos botes neumáticos que daba risa mirar y con los que debíamos atravesar el enorme río que teníamos delante.


Se conoce que los alemanes al ver aquellos ridículos botes de goma, dijeron:

- ¡Los spanien, los spanien…!

Y allí estábamos, venga darle a los infladores y venga acordarnos de la puñetera madre de los “Fritzs” y de nuestro General, que mucho pasearse en Mercedes pero que a las barcas no se arrimaba ni en pintura.
Eso sí, al menos invita el hombre a tabaco del bueno, a café y a coñá, mientras nos dice que a los rusos nos los vamos a comer con papas. 
La verdad, prefiero las “papas con choco” que hace el cocinero gaditano del Batallón, aunque muchas veces y como él mismo dice:

- “Er choco za quedao en Cái, pisha…”

Que a veces no hay Cristo que entienda a los andaluces que hablan más raro y enrevesado todavía que los mismos “ruskis”, con tanta zeta, tanta cé y tanta ese entrelazada, tanto cortar las palabras que parecen carniceros de la lengua. Ahora, también es verdad, que no hay mejores camaradas y junto a ellos siempre acabas riendo, lo que, en mitad de dónde estamos, no es cosa baladí.


Cuando los botes, o aquellas cosas negras que parecen botes, están preparados, llega el Coronel Esparza nos pega cuatro voces y: ¡maricón el último…!

Los alemanes alucinaban en colores.

Primero una, luego la otra, seguidas después en lenta procesión por el resto de la flotilla de endebles barquichuelas y con nosotros dentro dando paletadas furiosas, los españoles logramos cruzar el cauce del río Volchov. 

Y lo hacemos bajo los morterazos y los pepinazos de la artillería rusa que es la más efectiva del mundo, por calidad y por la abrumadora cantidad de cebolletazos que disparan por minuto.
Las ametralladoras llenan el aire de balas que silban alrededor como moscones, algunas aciertan en los botes- ¡pssssssssssssssshhhhht!- hacenn, para hundirse después 
al fondo helado del río como plomos sin dar tiempo a los que viajan encima ni de persignarse.

Íbamos todos rezando a La Santísima Virgen y a Dios Bendito, descreídos, anarquistas y comunistas incluidos. 
Todos con los huevos bien encogidos y rema que te rema hasta la otra orilla, a la que conseguimos llegar -los que llegamos- empapados, con un cabreo de mil pares de huevos y unas enromes ganas de revancha que nos cocinan las entrañas a fuego lento, y claro, fueron las defensas y los defensores soviéticos los que pagaron el pato.
Los rusos siempre ofrecen una dura y enconada resistencia, en eso se parecen a nosotros pues jamás retroceden, claro que detrás tienen a los batallones del “enekáuvedé”, con la sola misión de cargarse a los que reculen durante las ofensivas y claro está, aquella circunstancia anima mucho a la infantería enemiga.

Los alemanes, que se han atascado en su avance, no dejan de asombrándose por nuestro valor y el desprecio por la muerte de la que hacemos gala los soldados españoles.

A despecho del inminente invierno -que ya se empezaba a sentir con las primeras heladas y con las primeras nieves- pese a los botes de playa con los que tuvimos que cruzar el río, los españoles habíamos tomado la cabeza de puente y allí nos quedamos defendiéndola, mientras que la todopoderosa Whermacht había retrocedido y nos había dejado con el culo al aire.

A mí me había tocado en una aldea que se llamaba Possad -es que tengo la suerte de cara- y el General Muñoz ordenó defender aquello como si se tratase del mismísimo Alcázar de Toledo, así que ya pueden imaginarse el panorama.


A los soviéticos les había sentado fatal el audaz paso del río y se dedicaron, con mucho empeño, a hacernos la puñeta.
Asaltaron todas las aldeas y todos los pueblos que habíamos tomado con todo lo que tenían: infantería a espuertas, carros T-34, carros KV-1, que eran enormes y duros como peñones de granito y a los que nuestros cañoncitos del treinta y siete ni siquiera lograban arañar el blindaje. 

Luego estaban los lanza-cohetes, los “Katiusas” los llamaban, que chirriaban y silbaban cuando salían del tubo los proyectiles poniéndote los pelos de punta. 
El Páter los llamaba: “Los órganos de Stalin”, o sea -decía- del mismo demonio…

En aquellas aldeas rusas perdimos a muchos y buenos camaradas. Aguantando como jabatos el envite de nuestros enemigos, resistiendo el frío, el barro, las explosiones y la continua masa de soldados que los comisarios lanzaban contra nosotros.
Miles de bultos pardos que se arrojaban valientemente contra nuestras posiciones.

Los cañones de las ametralladoras “emegé -unas armas cojonudas- segaban rusos como su hoz el trigo y se recalentaban tanto que, entre cambio y cambio de cañón, había que mearse sobre ellos con el consecuente riesgo de que te volasen los huevos.
Pero mucho peor era dejar que se acercasen los rusos y tener que calar la bayoneta o agarrar el zapapico y enredarte a golpes y cuchilladas oliéndole muy de cerca el aliento al enemigo.


Paco, Pedro, Juan… Allí se quedarían para siempre.
Resulta terrible y el alma se te cae al suelo de rabia y de miedo cuando ves volar en pedazos al hombre que estaba a tu lado mientras la sangre de sus miembros amputados te empapa de arriba a abajo. 
Tiemblas como un pajarillo y piensas que qué coño haces tú allí. En aquellos instantes me cagaba en el Tío Emilio como nunca antes.

Pero aguantas, mientras no te acierte un bombazo o una bala, o se te hielen los pies en una guardia, o se te caiga un mulo encima y te aplaste, o mil cosas más que te pueden suceder en la guerra, mientras no salga tu boleto, aguantas, ¡Qué remedio!, que también están allí Alfredo, El “Perlas”, “El Gaditano”, “El Gallego”, Jordi el catalán, que revende las botas de los rusos muertos -unas botas de fieltro cojonudas- y todos están igual que tú: sucios y cansados, con los ojos enrojecidos, roncos y la boca seca, con la mirada perdida, llena de imágenes de su tierra, de nuestra tierra, España, a la que todos sospechamos que jamás regresaremos.

Al final no nos había quedó más remedio que replegarnos porque los rusos presionaban mucho y fuerte.
La avalancha soviética era imparable y a las unidades alemanas, que no habían podido cruzar el río, las habían hecho pedazos con la artillería. 


Nosotros no nos habíamos quedado sin recibir lo nuestro y el enemigo también había pagado el peaje estipulado, que una cosa era retirarse y otra dar la espalda. 
Por eso el repliegue había sido tan duro como el paso del río y la defensa de las aldeas, o más.

Casi me cazan…
Sucedió en la misma orilla. 

“El Gallego” y yo nos vimos rodeados por tres rusos que iban armados con aquellos subfusiles de cargador redondo que tanto me recordaban al “Naranjero” que el Tío Emilio había arrojado al pozo nada más acabada la guerra en España.

Solo duró un instante y casi ni me enteré de lo que pasaba.
En lo que tardé en parpadear y de empezar a rezar un Ave María, “El Gallego” había logrado degollar de oreja a oreja al ruso que tenía más cerca, después había lanzado su bayoneta, con mortal precisión y rapidez, contra el más alejado, que puso los ojos como platos hasta que la hoja se le hundió muy profunda en mitad del pecho, al tiempo el gigante celta se abalanzó contra el tercer hombre y le partió el pescuezo como  aun pollo de corral.

¡CRACK! -hizo el hueso quebrándose mientras “El Gallego”decía: “¡carallo!”, y al oír aquella palabra se me escapó una carcajada, tan desquiciada, que mi camarada me miró de arriba abajo diciéndome:

- ¡Estáis locos todos los aragoneses, carallo…!


Yo seguí riéndome un rato, con la risa histérica de quién se había visto muy de cerca la muerte. 
También me reía de la cara que había puesto el último de los enemigos cuando la bestia gallega le había atrapado como a un muñeco y lo había apretado tan fuerte como para partir el boj.

Luego tuve que callarme porque habíamos llegado a un lugar llamado Udernik.
Aquel era el sitio en el que se había establecido la llamada Posición Intermedia. Allí se había establecido el punto de defensa para intentar detener la enorme ola soviética que se nos echaba encima. 

En el frente de Novgorod no había soldados más duros y valientes que los indisciplinados españoles. 
Tanto y tan bien aguantamos en la posición de Udernik que los alemanes aprovecharon nuestras agallas para embolsar a unos miles de soldados soviéticos y hasta a un General famoso logramos capturar los españoles. 
Porque en Teremez también estuvimos, capturando rusos a cientos, a miles, soldados que se pasaban sin rechistar al bando alemán. 
Los que más suerte tenían eran a los que les tocaba entrar a completar nuestras filas, casi todos ucranianos que, al igual que antes habían sufrido nuestra dureza en combate, ahora disfrutaban de nuestra hospitalidad y nuestra camaradería, que estaban muy alejados del desprecio de los alemanes.

Los españoles pasábamos los días peleando y las noches cantando alrededor del fuego, los alemanes seguían sorprendiéndose por la familiaridad con la que los soldados y los oficiales se trataban, siempre había gilipollas claro, pero en mi Sección, la del Teniente Ruiz y el durísimo Sargento Peláez siempre hubo buen ambiente.
Disciplina bien administrada por el oficial que hacía las veces de policía bueno, el malo claro, era Peláez…
Aunque en el fondo fuese un cacho de pan.


En Navidades había recorrido veinte kilómetros de territorio enemigo solamente para llevar comida a una familia que había conocido cuando la ofensiva del otro lado del río.
Llegó al amanecer corriendo como un gamo y esquivando las balas de una ametralladora rusa. 

Todos le animábamos desde las trincheras mientras el viejo Peláez, ex Regular, ex Legionario, ex Miliciano y ahora Divisionario, con sus barbas hirsutas de moro mahometano, su tez tostada y su cara de limón agrio, corría haciendo zigzag con las balas que le buscaban el trasero mientras el viejo veterano las esquivaba y se reía de ellas. 

Tenía los huevos de acero el Sargento y el corazón de oro, pese a que, si te pillaba dormido de guardia, te despertaba de una patada en mitad de las pelotas y si te oía blasfemar, a pesar de que él fardaba cuando se emborrachaba -dos noches de cada tres- de que era anarquista y en nada creía salvo en Dios, La Patria y el Rey, te arreaba una hostia de las de ocho duros.

Un día se me había ocurrido decirle que lo que él pregonaba que era y sentía no se trataba de anarquismo, sino que se llamaba, Carlismo, como lo había sido un tío abuelo segundo,por parte de padre, muerto durante una de las tropecientas mil guerras civiles que los españoles habíamos sufrido el siglo pasado.
El sargento me miró de arriba a abajo muy serio y me dijo:

- González… ¡Yo soy lo que me sale de los cojones!

3-


No sé si les he dicho que en Rusia hacía un frío de mil demonios.
La División había recibido órdenes de trasladarse más al Norte todavía, más cerca de los suburbios de la ciudad de Leningrado.
Muy cerca de un lago que se llamaba Ilmen y que, por supuesto, estaba helado. 


Las temperaturas habían caído en picado con la llegada del famoso invierno ruso y un puñado de españoles, lejos de casa, solos y rodeados de enemigos, nos apiñábamos unos a otros como hermanos, compartiendo la vida y la muerte mientras demostrábamos a nuestros enemigos y a nuestros aliados que el hueso español siempre había sido muy duro de roer.

A mí la Suerte pareció que me daba la espalda y en el peor momento, cuando ya me creía a salvo, alejándome para siempre del barro, de la mierda, de la sangre y de la muerte. 

Aunque bien mirado no podía quejarme, pues conservaba intactos los miembros, la cordura y la vida. 
Muchos de mis compañeros no podían decir lo mismo y yacían bajo dos metros de tierra rusa, o mejor dicho de hielo ruso, porque todo estaba helado, el suelo, la ropa, el aire, la sangre y el alma.
El invierno ruso era tan duro, o más, de lo que nos habían contado y para colmo nuestros aliados alemanes -así revienten como el Lagarto de Jaén- ni nos abastecen ni nos amparan.
No hay ropa de abrigo, ni botas, ni combustible, ni víveres frescos, ni municiones, ni armas antitanque efectivas. 
Tan solo recibíamos las migajas arrancadas a puros huevos por el General Muñoz.

Encima los rescatamos y les salvamos el honor a costa de morir muchos compatriotas en el intento, a costa de muchos camaradas helados como bacalaos del Cantábrico. 
Que se lo contasen al Capitán Ordás y a sus valientes esquiadores que habían atravesado el lago Ilmen para rescatar a unos alemanes que ya se veían degollados por los comunistas:

- ¡Danke, kameraden, danke! - decían los jodíos mientras abrazaban a los congeladísimos españoles que habían atravesado treinta y pico kilómetros de infierno blanco, admirando y dejando patidifusos hasta a los endurecidos y famosos Regimientos Siberianos.

Gracias a Dios que desde la patria no se nos olvida y pese a que allí las están pasando igual de negras que aquí, o más, cada familia se esfuerza por enviar al frente lo poco que tienen: mantas, abrigos, pellizas, chorizos, jamones y orujo para que, con todo ello, se nos pase un poco la morriña y el frío y podamos saciar nuestra hambre con el aliento de España.


Con los últimos paquetes ha llegado la manta que mi madre me ha tejido con tanto amor. 

Es mullida y cálida, de pura lana de oveja merina, que no sé cómo se las habría apañado la vieja para conseguir tan preciado vellón estando como están.
Siempre había sido una mujer de recursos, murciana de armas tomar, cartagenera para más señas, con los ojos negros y profundos que su pasado púnico había dejado en su estirpe, con ellos había enamorado al aragonés, pequeño y recio que había visto un día bajar desde la escalinata del “Vicente Puchol”, el carguero sucio y destartalado, del que mi padre había sido Primer Oficial en tiempos de María Castaña, como él mismo me contaba mientras hablábamos durante las mañanas de cacería y el viento helado turolense se calentaba alrededor de mi progenitor y de las cosas que me contaba.

Me parecía que hacía siglos de todo aquello.
Ahora todas aquellas imágenes se agolpaban en mi cabeza mientras me arrebujaba en la manta, roja con una franja amarilla, que mi madre había tejido junto a la lumbre en mi lejanísima y amada España.

La manta rojigualda gustó tanto que algunos oficiales falangistas quisieron comprármela, pero claro, aquello no se vendía.

Además era cálida y bien confeccionada y también me había enviado unos calcetines de lo mismo que fueron la envidia del Regimiento entero. 
El Tío Emilio había dejado caer en el paquete varias botellas de aguardiente de guindas que duraron -licor y guindas- menos que un caramelo en la puerta de un colegio… 

No sé si les he comentado que en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones.
Una noche estando de centinela llegó hasta mi posición el Teniente Ruiz, que era alto y desgarbado y parecía un junco doblándose bajo el gélido frío ruso. 
Le di las novedades cuadrándome cuanto podía, que no era mucho pues el frío terrible de la madrugada te dejaba doblado igual que una navaja oxidada:

- Con esos colores se te ve mucho, González… Algún francotirador te pegará un tiro... -me dijo al tiempo que me alargaba una petaca plateada.

Venía en compañía del feroz Sargento Peláez.

- Así se ahorrarán la mortaja, mi Teniente…- dije y luego le di un trago al licor, que era un brandy del bueno, de Jerez, un trago largo que dejó temblando la petaca en forma de lágrima de plata que tenía las iniciales del Teniente grabadas sobre el metal.


Miraba el oficial hacia el campo enemigo que estaba más allá del río y del lago Ladoga.

Los rusos lejos de rendirse o amilanarse cada día eran más fuertes y más audaces y cada día también recibían trenes y más trenes llenos de suministros desde más allá de los Urales. 

Era un hombre joven, tan sólo un poco mayor que yo, veintitantos años, un niño bien de los que jamás les había faltado de nada.

Yo me preguntaba si el Teniente Ruiz tendría también un Tío Emilio por el que estar allí. 
Igual que todos los demás parecía diez años más viejo, en medio de las turbonadas de nieve rusa, con la ventisca helándonos hasta el tuétano de los huesos parecía más muerto que vivo, sucio, lleno de piojos, hambriento, con la nostalgia de su hogar en los labios y con muchas papeletas de que esa nostalgia se quedase allí pegada para siempre:

- Ya mismo te largas con el relevo… Aguanta y regresa a casa González, allí hacen falta hombres listos y honrados como tú...- me dijo.

- Y como usted, mi Teniente- respondí, y era sincero porque el oficial era valiente, decidido, justo y ecuánime con sus hombres, siempre amable y educado, siempre dispuesto a palmear la espalda de sus subordinados como un buen padre.

Le dio un nuevo trago a la petaca, que debía andar ya en las últimas, luego volvió a hablar y cada palabra resultaba pesada como el plomo.

El Teniente parecía resignado a su suerte y convencido de su destino:

- Yo me quedaré para siempre aquí, jamás saldré de Rusia…

- No diga usted eso, mi Teniente…

- Yo ya morí junto al Ebro ensangrentado, esto es solamente tiempo prestado, días y horas regalados...

No había terminado de hablar y se arreó otro lingotazo de brandy que -éste sí- dejó la petaca seca:

- ¡Me gusta tu manta! -dijo ahora sonriente- ...en caso de necesidad podría servir de Bandera…

Continuará...

A. Villegas Glez./ 2012

Lámina: Que en Rusia están. Augusto Ferrer Dalmau.




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