sábado, 30 de mayo de 2015

FRANCISCO PIZARRO

Quiso el destino que un servidor viniese al mundo casi al mismo tiempo y que mis días pasasen, igual que los suyos, haciendo de cuidador de cerdos, mula de carga y esclavo para todo en casa de nuestros respectivos progenitores.
Quiso el destino que mi vida sucediese pareja a la del hombre que estaba destinado a doblegar al rico y poderoso imperio del Birú. Aunque claro, durante aquellos primeros años de nuestra existencia ninguno de los dos tuviésemos ni pajolera idea de lo que era el Birú.

Me llamo Santiago de la Espada y pese a no figurar en ningún libro de Historia ni en relato alguno que cuente lo sucedido durante aquellos largos, peligrosos y gloriosos años, un servidor estuvo desde el principio junto a aquel hombre flaco, duro y hecho a sí mismo que se llamaba Francisco Pizarro...

La vida en el pueblo de Trujillo era dura y miserable. Francisco Pizarro cuidaba de la piara de cerdos que su padre poseía y con aquel trabajo, junto con otros muchos, se pagaba la manutención y el alojamiento.
Este que les escribe apacentaba un rebaño de cabras propiedad de don Julián, que era el jefe de los gendarmes de la comarca y a quien mi santa madre se estaba trajinando en aquellos momentos, muerto mi padre en campaña, mi madre repartía sus todavía suculentos encantos a maravedí la onza.
Crecimos así sin apenas más estudios que los que la vida nos iba dando y lo poco que podíamos aprender en los libros que había en la biblioteca de don Gonzalo, el padre de Francisco, en la que a veces nos colábamos para poder admirar extasiados los libros, ya que otra cosa no podíamos hacer, pues Francisco apenas sabía leer y yo muchísimo menos. 
Sin embargo los grabados y las láminas resultaban impresionantes y magníficos, dibujos de inmensas batallas contra los moros y cosas por el estilo sobre caballeros de brillante armadura, lances, espadas y peleas sin cuartel. 
Como podrán imaginar de cada lectura salíamos de la biblioteca repartiendo imaginarios mandobles a troche y moche y quemándonos en las tripas el deseo de alistarnos en el Ejército.

Ese día llegaría al enterarnos de que el famoso capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba preparaba una tropa y alistaba una armada con la que acudir en ayuda del Rey de Nápoles que estaba asediado hasta la gorja por los gabachos.
Así que sin dudarlo un instante, ambicionando la gloria de las armas, sentamos plaza como soldados y pronto, muy pronto tuvimos que aprender a manejar la pica, la espada, la daga, la rodela y el arcabuz como si lo hubiésemos estado haciendo toda la vida.

La campaña en el sur de Italia fue muy dura con combates entre barrancas y peñas, marchas y contramarchas, resistencias feroces en las defensas y sangrientos combates a muerte durante los asaltos en los que, Francisco Pizarro, demostraría siempre que era valiente como un Roldán durante la batalla, carente de toda piedad durante la degollina y un muy avispado militar que sería rápidamente ascendido al empleo de Cabo de una escuadra de soldados mucho más viejos que él...
Yo me contentaba con seguir vivo, entero y a su lado.


Fue una muy dura campaña pero también muy fructífera. 
Entre las pagas, los saqueos de villas y pueblos, sumado todo al despojo de los muchos enemigos muertos, teníamos las bolsas repletas hasta los topes del cordón de monedas de oro y de plata con el careto del emperador grabadas en el metal, teníamos más dineros que nunca antes en nuestras vidas.
Así que chulos, arrogantes, convertidos en curtidos, peligrosos y victoriosos soldados españoles, hidalgos como nos considerábamos y con la bolsa repleta del oro que habíamos pagado con nuestra sangre y siendo los dos jóvenes mozos, ¿a dónde creen vuestras mercedes que nos largamos...?
A Sevilla, claro, a gastar en barraganas, vino y juergas flamencas hasta el último de nuestros maravedíes.

En la ciudad del Guadalquivir fue en dónde Francisco de Pizarro empezaría a gestar su mayor sueño. Una mañana se despertó sobresaltado, con los ojos chispeantes y me dijo que Dios le había hablado. 

Según Francisco, el Señor le había contado que él sería el conquistador del imperio más grande, rico y poderoso de todos los que había en aquellas Indias recién descubiertas y de las que todo el mundo hablaba. 
Yo pensé que se había vuelto loco de remate por culpa de tanto vino y de tanta hembra, que alguna barragana le había contagiado alguna inoportuna miasma infecciosa que estaba corroyéndole los sesos. 
Pero no, me equivocaba, pues su loca idea había cuajado muy profunda dentro de su alma y más pronto que tarde se pondría a buscar el barco en el que enrolarnos para poder poner rumbo a tan peligrosa aventura.
Peripecia que comenzaríamos con muy poco dinero en las dilapidadas bolsas, yo con mucho miedo y él con el profundo convencimiento de que, en aquellas nuevas tierras, estaba escrito su destino.

Así que en el año mil quinientos y dos abandonamos la nación que nos había visto nacer para poner proa hacia lo desconocido. Viajaríamos como agregados a las mangas de arcabuceros que iban de dotación en cada una de las naves que componían la enorme flota que, bajo mando de Nicolás de Ovando, se disponía a partir hacia Santo Domingo. 

Nuestra experiencia como soldados durante la campaña italiana y algún que otro maravedí, de los últimos que nos quedaban, colocado en las manos apropiadas, nos pagaron el billete.

La travesía del Océano Tenebroso sería una terrible y larga pesadilla. Aburrida, pesada y miserable. 
El galeón que nos había tocado en suerte, el “Nuestra Señora de Loreto” era solamente un apestoso aglomerado de maderas y cuerdas, de lonas, de cabrestantes y de hombres sucios y descalzos que correteaban de aquí para allá, desplegando las velas o enrollándolas en las vergas según lo ordenase el capitán, que era un malnacido viejo, cojo y tuerto, pero que tenía el privilegio de saberse el derrotero que llevaba directo hacia Las Indias y que, en aquel tiempo, tan solo unos pocos conocían.

Desde las Islas Canarias y tras un larguísimo mes de navegación arribamos por fin a Santo Domingo, en la isla de La Española. Era una ciudad nueva y flamante que sustituía a la fundada por el mismo Almirante Colón, la perdida Isabela.
No voy a negar que fue un golpetazo para los sentidos cuando desembarcamos en aquella tierra embriagadora que estaba cuajada de aromas, de sonidos y de sabores 
nuevos. 
También estaba llena hasta los topes de peligros y de ocasiones en las que perder la vida, cosa que no tardaríamos mucho en comprobar por nosotros mismos.

La conquista de la isla nos tendría bien entretenidos y ocupados durante unos pocos años, así nos curtimos en la batalla contra los indígenas mientras tratábamos de ganar una encomienda que nos permitiese abandonar la peligrosa y dura vida de soldados.
Entre campañas por la selva y razzias contra los indios rebeldes cada vez íbamos quedando menos para sujetar las espadas, bien es verdad que también el número de enemigos cayó en picado y aunque tuvo que ver mucho la guerra y la vorágine consecuente -que oiga los indígenas mataban igual que matábamos nosotros- pero es de mucha justicia dejar constancia de que los miasmas infecciosos mataron a más indígenas que las espadas y que en muchas, muchas ocasiones, para cuando llegábamos a algún un poblado solamente encontrábamos allí a los muertos o a los moribundos que tiritaban por la fiebre, y ¡pardiez!, aunque no me crean, para un soldado era una gran lástima ver morir de aquella manera terrible a tan bravos y fieros guerreros.

Sería más o menos sobre el año de mil quinientos y ocho cuando conocimos a Alonso de Ojeda. 

El pequeño gran hombre, el conquistador con la peor suerte del mundo y al que le caería tan bien Francisco que desde el primer momento se hicieron inseparables. Ojeda nos convenció enseguida para que le acompañásemos en la expedición que preparaba para explorar su flamante gobernación del territorio bautizado como Nueva Andalucía.
Resultaría una aventura 
terrible, llena de peligros y de calamidades, la peor de todas, sin duda, la muerte del insigne Juan de la Cosa, famoso cartógrafo cántabro al que conocí y del que recibí el inmenso regalo de que me enseñase a leer y a escribir en nuestra hermosa lengua española. 
Moriría tan gran hombre asaeteado por una lluvia de flechas mientras intentaba proteger a su amigo y jefe de la expedición.  
Francisco y yo, peleando espalda contra espalda, lograríamos alcanzar la playa y los botes de milagro, sin resuello y cubiertos de sangre y de sudor.

Después de tan gran desgracia y con la expedición destrozada nos refugiamos en el poblacho de San Sebastián de Urabá, en el que Ojeda, herido, demacrado y derrotado decidiría que lo mejor era volverse a Santo Domingo con lo que le quedaba de sus hombres, pero dejando allí como Gobernador a Francisco Pizarro junto con unos pocos españoles y con la condición de defender aquello durante cincuenta días, pasados los cuales Pizarro y los que quedásemos deberíamos buscarnos la vida para regresar a Santo Domingo.

En Urabá aguantamos como jabatos los cincuenta días estipulados. 

Pasamos hambre, enfermedades, calamidades y ataques constantes y brutales de los indios, pero aguantamos sin rechistar hasta el último día y sin que nadie osara desobedecer las órdenes de Francisco Pizarro. 
Yo que le conocía bien sabía que cumpliría la promesa dada a Ojeda, aunque este nunca regresara, cosa que al cabo es lo que sucedió.
Sí apareció -gracias a Dios Bendito- la expedición de Fernández de Enciso el día que hacía el número cincuenta y uno, y nos produjo tanta alegría el encuentro que vaciamos en una sola noche todos los toneles de vino que traía en la escuadra.


Aquella misma noche conocimos a otro loco hidalgo que también se decía predestinado para realizar grandísimas hazañas que dejarían su nombre para siempre en los libros de Historia. 
Se llamaba Vasco Núñez de Balboa, y no me van a creer vuestras mercedes, pero solamente cuatro años después de aquella noche y tras vivir la más increíble y peligrosa peripecia de nuestras vidas, entre selvas impenetrables, terroríficas bestias de pesadilla, oleadas y oleadas de indígenas belicosos, montañas inexpugnables y días inacabables de hambre y de sed, al final, y de la mano de aquel loco, Francisco Pizarro y yo nos pudimos bañar en las cálidas aguas de un inmenso océano que ningún otro europeo había disfrutado antes.

Y ya ven vuestras mercedes lo que son las cosas de esta vida. Algunos años después -por estar al servicio del infame y 
envidioso Pedrarías Dávila- tuvo que ser precisamente Francisco Pizarro el que arrestase al que había sido su amigo, Vasco Núñez de Balboa, y luego ser testigo de su falsa acusación, su falso juicio y su ignominiosa ejecución.

Francisco Pizarro era ya Encomendador y Alcalde de Panamá lo que no estaba nada mal para un antiguo cuidador de cerdos.
Pero Francisco quería más, mucho más ya que su destino era otro -me decía- y estaba dispuesto a llegar hasta donde hiciese falta. 


Por eso se asociaría con Hernando de Luque y Diego de Almagro para formar una expedición que tendría como objetivo el mítico reino del Birú del que se contaba que había ciudades hechas de oro sobre la cima de altísimas montañas y que un solo hombre, al que llamaban el Inca, controlaba la vida de más de un millón de súbditos. 

A mí el de Almagro me había dado muy mala espina desde primera hora pero mantuve el silencio y las orejas tiesas. 
La expedición la capitanearía Pizarro con Almagro de Intendente General y Luque de Contador. 
En el año mil quinientos y veinticuatro zarpamos rumbo a la gloria.

Durante dos larguísimos años tan solo encontraríamos miseria, luchas a muerte contra indígenas valientes y muy belicosos, pasaríamos más hambre 
que el perro del afilador y más sed que los camellos de Berbería, además de sufrir las enfermedades comunes durante aquellas expediciones, o sea, fiebres que te empapaban y cagaleras que te dejaban seco. 
Los restos de la maltrecha expedición lograríamos llegar casi de milagro hasta la desolada Isla del Gallo en el año veintiséis del siglo. Estábamos todos derrengados, rotos y derrotados.

Pero mi amigo de la infancia le puso dos cojones al asunto, pues destrozado, hambriento y con cuarenta y tres tacos de vida sobre la espalda que tenía, pero manteniendo con firmeza la serenidad y la sangre fría, mirándonos de arriba a abajo, arrogante y desafiante a todos y cada uno de los que allí estábamos discutiendo a voces si lo mejor era seguir adelante o volver a Panamá.

Francisco Pizarro trazó con la punta de su espada una raya sobre la fina arena:
- De aquí "pallá" están la deshonra y la miseria, de allí "pacá" la muerte o la gloria. 
Que cada cual escoja, como buen castellano, lo que prefiera…

Nos quedamos todos en silencio, cada cual carcomido por las palabras del extremeño sin que nadie se atreviese a moverse, luego unos pocos hombres cruzamos la línea, unos trece, catorce o quizás alguno más, no lo recuerdo bien, pero sí que me acuerdo perfectamente de que Francisco Pizarro nos miraba a todos y el agradecimiento refulgía en sus ojos como dos carbones encendidos. 
Estoy seguro de que, si nadie se hubiera atrevido a traspasar aquel Rubicón que había trazado sobre la arena, el viejo cabezota habría seguido adelante él solo. 
Bueno, un servidor le habría acompañado hasta el mismo infierno si hubiese hecho falta porque como ya les dije, Francisco Pizarro era mi amigo.

Después de tantas y tantas calamidades y quebrantos las cosas empezarían a marchar bien en cuanto llegaron a la isla, entre vítores de alegría, los refuerzos, los víveres y la pólvora que traían Almagro y Luque. 

Nada más reponer las fuerzas, Pizarro ordenó poner rumbo al sur, hacia el corazón de aquel imperio que contaban estaba cuajado de oro.

Llegamos al  reino del Birú en el año de mil quinientos treinta y uno, y la verdad, los incas se estaban matando entre ellos con furia desatada y crueldad inhumana. 

Los partidarios de un rey o del otro se desollaban vivos y todos quisieron, desde el principio, camelarnos para que nos pusiéramos de su lado.
Pizarro que era más listo que el hambre, quizás de tanta como había pasado, se aprovecharía astutamente de aquella situación.

Atahualpa que así se llamaba uno de los pretendientes al trono incaico nos invitó a visitar la ciudad de Cajamarca, para allí agasajarnos con oro, hembras y comida abundante y que así los "señores del trueno", o sea nosotros, nos pusiéramos de su parte en la cruenta guerra que mantenía contra su hermano. 
Aunque al otro pretendiente, un tal Huascar, nos enteramos de que lo habían matado -despellejado vivo- hacía pocos días y por orden directa de su hermano.
Comprendió de inmediato Francisco Pizarro que aquel inmenso y rico imperio se asentaba sobre la 
poco inteligente cabeza de tal Atahualpa, y que los millares de guerreros que tenía el ejército incaico dejarían de ser una amenaza en cuanto acabase con su líder.
Así que Francisco, como era su costumbre, actuó rápido y despiadado. 
Si que le temblase el pulso lo más mínimo ordenó la inmediata ejecución de Atahualpa.
De remate nos hicimos con el fabuloso tesoro que el inca había reunido a cambio de su libertad y que llenaba una enorme habitación con el refulgir del oro.
Luego las cosas llegarían casi solas y en pocas palabras les puedo decir que al final mi buen amigo logró su sueño. 

Porque cuando para el año mil quinientos treinta y cinco, en el que se fundaría la ciudad de Los Tres Reyes, la conquista de aquel vasto y rico imperio del Birú casi había terminado del todo y había sido Francisco Pizarro, con su cabezonería, valor y astucia quien lo había logrado.
Sin embargo la alegría nos duraría muy poco ya que muy pronto empezaron los problemas con Almagro. Que ostentaba el hombre el título de Adelantado y tenía permiso para explorar las vastísimas tierras ignotas que se extendían hacia el sur, pero que se encaprichó de la ciudad de Cuzco.
Los dos hombres tuvieron algo más que palabras, sobretodo a cuenta del trato bajuno y vejatorio que Almagro había infringido a los hermanos de Pizarro, que pese a su antigua y baja posición dentro de la familia, jamás había guardado rencor alguno a sus hermanos que, al contrario, se beneficiaron siempre de su fama y su riqueza.

Durante un tiempo las cosas permanecieron en calma, pero cuando Almagro regresó derrotado y enfermo de su fallida expedición a la tierra de lo araucanos, sin cortarse ni un pelo y echándole mucho morro al asunto, va y toma el control de la ciudad de Cuzco que se encontraba sometida a asedio pero muy bien defendida por un hermano de Pizarro.

Mientras en Lima, que así se conocía a la ciudad de los Reyes, la pelea contra los indígenas declarados en rebeldía estaba casi perdida. 

Los rebeldes se habían aprovechado de la división de los españoles igual que antes nosotros nos habíamos aprovechado de la suya. 
Lima se encontraba cercada por el enemigo pero dentro estaba Francisco Pizarro que con su fuego interior y su valor desmedido nos arrastraría a la batalla y a la victoria.

Almagro mientras tanto se encuentra con que los rebeldes levantan el asedio de Cuzco y él aprovecha la circunstancia para encarcelar y humillar a los hermanos de Pizarro.

Para guinda de la tarta, Almagro consigue derrotar muy severamente a Alonso de Alvarado que era uno de los capitanes de confianza de Pizarro que lo había enviado al Cuzco con la misión de pararle los pies a Almagro.
La derrota obligaría a Pizarro a tener que negociar un pacto con su antiguo camarada, al que ahora odiaba con toda su alma y al que tan solo deseaba ver colgando de una cuerda.

Por eso a la primera provocación, los seguidores de Pizarro nos llegamos hasta un lugar llamado Las Salinas, para una vez allí, los españoles de uno y otro bando arcabuceamos y matamos entre nosotros como es costumbre vieja y rancia de nuestra estirpe. 

La batalla duró hasta que Almagro fue capturado. 
Luego rápidamente procesado y condenado sería ejecutado en la Plaza Mayor de la ciudad de Cuzco en el verano del año mil quinientos treinta y ocho.

Vendría, luego de estos sucesos, un largo tiempo de paz y de expansión territorial a base de exploraciones y conquistas como la que llevó a cabo el valiente capitán Alvarado a las peligrosas tierras de los míticos araucanos.

Pero la envidia y la venganza resultan sentimientos poderosos y entre los más acérrimos enemigos de Pizarro estaba un hijo de Almagro al que llamaban, el Mozo.

Era el domingo veintiséis de junio del año mil quinientos cuarenta y uno y 
Francisco Pizarro había invitado a unos cuantos conocidos a comer en su casa.

Aquel día yo paseaba del brazo de cierta dama de ojos del color de la miel derretida y de corpiño inigualable, y no estuve allí, pero por lo que me contaron, puedo imaginarme perfectamente la escena:
Los enemigos de Pizarro irrumpieron en su casa al grito de: ¡muera el traidor!, y degollando todo lo que se les ponía por delante. Pizarro se asomó a la escalera y vio la tromba de enemigos que tajaban a los sirvientes como a marranos.
Al volver a entrar en el comedor pudo ver como la mayoría de sus invitados saltaban aterrorizados por las ventanas.
Solamente cinco hombres permanecerían leales y morirían allí junto a él. Vendiendo muy cara su vieja y recosida piel, Francisco Pizarro se defendió como un jabato hasta el final. 
Cuentan que con su sangre había trazado una cruz en el suelo antes de expirar…

Yo solo sé que lloraba como un niño cuando me trajeron la noticia y eché a correr hasta su casa para tan solo poder contemplar el frío cadáver de mi amigo bajo una sábana ensangrentada.
Me despreciaba a mí mismo por no haber estado a su lado.

Pero así era la vida y así había sido la vida y la muerte de aquel hombre al que el destino me había unido casi desde la cuna y con el que había vivido las más extraordinarias aventuras que un hombre pudiese imaginar. Francisco Pizarro se llamaba. 


Y gracias a hombres como él, aquel castillo y aquel león rampante que ondeaban sobre la tela de su bandera, pudieron comerse el mundo entero.

A. Villegas Glez. 2012









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