jueves, 30 de julio de 2015

LOS MÍOS, LOS TUYOS... Asalto Inglés a Cádiz 1702

El inicio -y la mitad y el final- del siglo dieciocho no sería nada fácil para la arruinada y vapuleada España.
El último rey de la Casa de Austria se había muerto sin dejar herederos, perdido 
entre los barrotes de la locura y rodeado de buitres cortesanos que habían mantenido viva la pantomima para mantener su posición y su nivel de vida.

En su testamento el "Hechizado dejó el trono a un primo lejano, José Fernando de Baviera, y las naciones europeas se frotaban las manos ante el enorme pastel que se les ponía por delante. Los carroñeros se abalanzaban contra el cadáver de nuestro imperio.
Francia, Inglaterra y Holanda firmaban acuerdos secretos para repartirse el Imperio Español, cosa que llevaban deseando hacer desde hacía siglos y que nunca, ni juntos, ni separados, habían conseguido, 
Pero resulta que el de Baviera, que era un pretendiente más o menos aceptado por todos, va y la casca prematuramente. 

Entonces las potencias europeas contuvieron el aliento cuando el espabilado de Luis XIV rompe los acuerdos y plantea como candidato al trono español a su nieto Felipe de Anjou.
Aquí en España, por supuesto, cada uno barrería para su propia casa, y siguiendo nuestras viejas y acrisoladas costumbres, la mitad tomaría partido de un lado y la otra mitad, del otro.
Dedicamos así nuestro tiempo y esfuerzo a pelear entre hermanos mientras las tropas extranjeras, de los dos colores, saqueaban, robaban y mataban españoles de cualquier color, austriacos o borbónicos.
Estaban los que pedían fueros y que apoyaban al pretendiente austriaco y estaban los otros, que se pusieron del lado del nuevo monarca, al que veían como única solución para evitar el desmembramiento del imperio y la pérdida de las Provincias, ya que tener a Felipe en el trono nos convertiría en aliados de la todopoderosa Francia, que a despecho de todos era la que partía el bacalao en Europa.
 
Empezaba la Guerra de Sucesión Española, ¡ojito, que la de Secesión, sería la norteamericana. 

Una de las primeras acciones de la guerra fue el ataque anglo-holandés contra la ciudad de Cádiz en agosto de mil setecientos dos. 
Fondearon en la bahía, más chulos que un ocho, cincuenta navíos de guerra a los que se sumaban incontables barcos de transporte en los que había embarcados más de quince mil hombres. La expedición la mandaba el almirante inglés George Rooke y venían los hideputas dispuestos a desembarcar, tomar Cádiz y luego invadir toda Andalucía.
España imaginen cómo estaba. 
Ni Andalucía ni ningún otro sitio estaba prevenido ni preparado para un ataque de aquella magnitud. Todo era abandono, miseria y dejadez.

En la ciudad el Comandante Militar contaba con apenas trescientos soldados para defenderlo todo, y el Gobernador de toda Andalucía y responsable de su defensa, Francisco Castillo, Marqués de Villadarías solamente consigue reunir una pequeña compañía de ciento cincuenta lanceros.

Así tomaron fácilmente los pueblos de Rota y de El Puerto de Santa María. Las dos poblaciones sufrirían saqueos, asesinatos y violaciones. Los salvajes ingleses profanaron las iglesias y forzaron a las monjas de los conventos, a las que utilizaron compañías enteras para luego morir degolladas.
La bestialidad anglo-holandesa provoca que, desde toda la provincia y desde Andalucía entera, acudan los hombres, a veces armados solo con una navaja, para formar milicias y defender la ciudad de Cádiz.
Porque Cádiz aguantaba. 

La artillería de los fuertes españoles mantenía en respeto y bien lejos a los poderosos navíos enemigos.
Los españoles tenían muy poca pólvora, pero, ¡pardiez!, la poca que tenían la utilizaban bien. 
Muchos de los barcos enemigos, que se habían acercado demasiado, habían tenido que volverse con palos desmochados o una carnicería en la cubierta superior.

Mientras, los ingleses desplegados en Rota, terminada la vorágine saqueadora, atacaron el Fuerte de Matagorda, que apenas sí tenía municiones ni pólvora con la que defenderse, pero que con la valerosa ayuda de las galeras de Ferrán Nuñez, que machacaron las trincheras inglesas, lograron rechazar los intentos de los casacas rojas.
La Plaza se defendía con uñas y dientes.

En la orilla de Rota tenían desplegados los ingleses a más de dos mil infantes, pero los mantenía quietos y expectantes, la incertidumbre. 
Los oficiales herejes no se fiaban ni un pelo de aquellos españoles y desde sus posiciones en Rota podían ver que cada día se alzaban enormes polvaredas por el camino de Sevilla y cada noche, frente a ellos, se encendían docenas y docenas de fueguecillos de campamento.
Y además estaba la compañía de los lanceros locos, que aparecían cuándo menos se lo esperaba uno para ensartar sin piedad  a todo lo que se les ponía por delante.
Los oficiales ingleses pensaban que delante de ellos se estaba concentrando todo el ejército español.

Sin embargo todo era una estrategia y un artificio del Marqués, que ordenaba que se levantasen aquellas polvaredas y que se encendiesen fogatas por centenares. 
También era el que ordenaba las incursiones contra las trincheras enemigas. 
Incursiones que ponían los pelos de punta a los ingleses.
La realidad era que frente a los ingleses solamente estaban los ciento cincuenta jinetes de Villadarias -la compañía de jinetes locos- y los paisanos que iban llegando y reuniéndose en la orilla opuesta, todos deseando degollar ingleses en cuanto les dejase el Marqués.
Así estuvieron casi un mes. Cañonazo va, cañonazo viene, lanzazo va, lanzazo viene….

Hasta que el mando anglo-holandés decidió que lo mejor era reembarcar a sus aguerridas tropas y largarse con viento fresco de aquella 
maldita bahía en la que se estaba desangrando lo mejorcito de la expedición aliada.
Se da entonces la orden de que se abandonen las trincheras y las posiciones y de que la tropa agarre el camino de Rota para ser reembarcados.

En cuanto las unidades enemigas comienzan su lento repliegue -más de dos mil casacas rojas, recuerden- la compañía de lanceros empieza a ensartar ingleses como a novillos. 
Para darle más color a la degollina, Villadarías les suelta la correa a los milicianos locales, que eran casi todos padres, tíos, primos y hermanos de las forzadas en El Puerto y en Rota.

Entonces los pasos apresurados de los ingleses se convirtieron en alocada carrera y poco después en pánico desaforado.
Corrían, corrían los casacas rojas que se las pelaban directos hacia las barcazas que les estaban esperando y que, muy pronto, se vieron rebosantes y desbordadas de infantes ingleses que intentaban huir del espanto que se abalanzaba sobre ellos.
En el agua intentando nadar y alejarse había docenas de ingleses mientras los lanceros rebuscaban por entre las calles de Rota más enemigos que ensartar.
La milicia local degollaba a mansalva, sin dejar nadie vivo detrás, ni anillo ni cadena, ni diente de oro…
El agua estaba roja y había cuerpos flotando por todas partes acuchillados de mil maneras distintas. 
Parecía una almadraba, y acaso, ¿aquello no era Cádiz...?

El agua roja empapaba a los hombres, a los lanceros y a los caballos que miraban alejarse las atestadas barcazas inglesas.
Detrás habían dejado el campo cuajado de enemigos muertos o agonizantes que eran rematados sin piedad.
Dos hombres se miraban el uno al otro, los dos sostenían sendos sables que chorreaban sangre inglesa, los hombres se conocían bien y nunca habían sido amigos. 
Uno era leal al Archiduque de Austria y el otro al nuevo rey.
Una y mil veces habían discutido y una y mil veces casi habían llegado a las manos, una y mil veces habían defendido ardorosamente cada cual sus convicciones.
Los dos habían sido cabezones, fanáticos y cerriles como buenos españoles que eran.

Ahora se miraban el uno al otro mientras los cuajarones de sangre enemiga se les secaban sobre la ropa:

- ¡ Ohú, picha...!- deja escapar uno de ellos.
- ¡Malditos ingleses...!- dice el otro.
- ¡De los tuyos eran...!
- ¿De los míos...?
- Claro, de los que apoyan al austria...

Entonces, el segundo hombre reflexiona un momento, se rasca el cogote y le contesta:

- Los míos son la gente de Rota y del Puerto, ¡cohone...!

A. Villegas Glez. 2012


Imagen: Plano de la Bahía de Cádiz. 1702.






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