viernes, 5 de febrero de 2016

¡CON DOS CULLONS!: La muerte del Cabo Fradera

5 de febrero de 1865. Puerto de Callao, Perú...

La mañana, luminosa y cálida invitaba a pasear bajo el sol peruano, aunque, nada más desembarcar casi todos los hombres habían agarrado el camino de la tasca o del burdel más cercano.
Era natural después de tantos días embarcados y de la tensión a la que habían estado sometidos.

Nadie sabía si España y Perú iban a declararse la guerra y los marineros solamente pensaban en pasar un buen rato que tal vez podría ser el último.
Las relaciones entre la vieja metrópoli y sus antiguas provincias habían alcanzado un punto demasiado caliente y la tensión en el Mar del Sur hacía que las nuevas potencias, sobretodo el poderoso vecino norteño, arrugasen la frente temiendo que se desatase un conflicto en la zona.
Hacía solamente cuatro décadas desde que aquellos nuevos países se habían independizado de España y todavía quedaban rescoldos de odio y viejas cuentas por saldar.

Sin embargo, aquel día de febrero las cosas parecían tranquilas. Los dos países habían llegado a acuerdos diplomáticos y el ambiente en el puerto de Callao era de calma chicha, con los taberneros, putas y tahúres deseando que, el capitán de cada nave, le diese permiso a sus respectivas dotaciones para bajar a tierra y que éstos se gastasen, en dos ratos, lo que habían ahorrado en largos meses de travesía.

En el puerto había atracados barcos norteamericanos, franceses, ingleses, holandeses y una fragata española que se llamaba: "Resolución".

Esteban Fradera había nacido en Malgrat del Mar, provincia de Barcelona, región de Cataluña, España, hacía veintiocho años.
Desde muy joven había optado por la vida marinera en la Real Armada viviendo las vicisitudes normales, pasando de un destino a otro hasta ascender al empleo de Cabo de la Armada.

Aquella mañana de febrero había preferido no acompañar a sus compañeros a los tugurios que iban a visitar. 
Algunos comentaban que Esteban tenía una novieta en el Callao y que por eso no se iba de putas con ellos, otros decían que era melancólico y solitario, de ésos que miraban las estrellas en las noches de guardia.

El caso es que Esteban Fradera estaba más solo que la una en mitad de la ciudad cuando escuchó los gritos:

- ¡Os vamos a matar a todos...!- decían, seguido por una retahíla de los más selectos insultos del idioma castellano...

Luego pudo ver gente que corría, grupos de hombres que, mirando atrás con espanto, buscaban el camino del puerto y la seguridad de las naves.
Los gritos se multiplicaban por toda la ciudad. 
Gritos que exigían sangre de españoles, cabezas cortadas y testículos amputados, gritos que anunciaban la matanza, gritos que abrían la veda, en todo Lima, para cazar hispanos.

Esteban Fradera sintió por dentro más rabia que miedo. 
Cada grito que insultaba a su patria y a sus compatriotas hacía que sus tripas se retorcieran tanto que apenas podía respirar.
La ira densa le llenaba el alma.

Con calma buscó el camino más corto hasta los muelles mientras la masa ciega que buscaba españoles que matar se iban extendiendo por cada callejuela:

- ¡Hay que destriparlos, que no quede ninguno con vida...!

Cruzó una calle, dos, tres... 

Al verlo y distinguir el uniforme y los galones de su manga la turba que se había encontrado de bruces irrumpió en un grito unánime:

- ¡Agárrenlo...!

De inmediato algunas piedras vuelan directas contra la cabeza del marinero que, hábilmente, logra esquivarlas.
Algunas manos se abalanzan sobre su cuerpo queriendo agarrarlo y descuartizarlo allí mismo.

La riada de insultos contra España y contra los españoles, con adjetivos que harían enrojecer a un arriero y perder la paciencia al mismo Santo Job, se derraman en continua cascada sobre los oídos de Esteban Fradera inundando su alma de rabia y provocando que el orgullo y la dignidad hagan saltar dentro de su ánima algo ancestral y primitivo:

- ¡Hasta los huevos me tenéis panda de fils de put...!

Esteban Fradera saca su navaja reglamentaria, un palmo de buen acero español, y se abalanza sobre los tres hombres que tiene más próximos.
Al primero lo deja seco como a un bacalao. Los otros dos quedan en el suelo sangrando como cerdos capados.

Fradera tiene ahora una cara de loco que espanta y grita, él solo, más que toda la marabunta de gente que le rodea.
Cinco o seis hombres más que se arrojan decididos contra él reciben también su ración de acero bien metido en las tripas. 
Fradera se ha convertido en un toro acorralado y peligroso al que es mejor no acercarse.
Así que la valiente masa embrutecida decide que, lo mejor, es matarlo de lejos, a pedradas.

Así morirá aquel bravo compatriota nuestro, lapidado y luego desguazado por la turba enloquecida que, sin embargo, no se había atrevido a acercarse a la navaja, brillante y afilada, de aquel valiente español que, solo y rodeado, había sabido encarar a la muerte con la bravura de su vieja estirpe.

Se llamaba Esteban Fradera y Bohigás, había nacido en Cataluña y murió defendiendo el nombre de su patria. España...

¡Con dos cullons...!

A. Villegas Glez. 2016



Imagen: Supuesta fotografía de D. Esteban Fradera y Bohigás.


















2 comentarios:

  1. En la Armada aún se le recuerda. Cabo Fradera. Honor y Gloria.

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  2. Muy interesante, y muy buena historia para los tiempos que corren.

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