miércoles, 3 de febrero de 2016

DIARIO DE UN MAÑICO- 1808- 1809

15 de diciembre...

Ya sabía yo que Napoleón no iba a dejar a nuestra pobre patria en paz y que la guerra será al final larga y sangrienta.
El mismísimo emperador en persona ha tomado el asunto de España entre sus manos y ha derrotado a un ejercito nuestro en Tudela y ahora marcha hacia Madrid, victorioso y seguro.
Alarmado por la visceral y generalizada reacción española se ha traído consigo a la flor y a la nata de la Gran Armada, más de doscientos cincuenta mil veteranos curtidos y fogueados, que han atravesado la frontera con su emperador al frente y vienen dispuestos a someter al país y a que los españoles estemos callados, quietos, obedientes y sumisos, igual que han hecho los prusianos, los austriacos, los polacos, los suecos y toda Europa bajo la bota imperial.

Pero el listo de Napoleón no sabe muy bien donde se está metiendo. Desprecia pero también subestima a los españoles y se hace el ciego y el sordo ante la evidencia de que el pueblo español resulta muy diferente a los demás pueblos de Europa.
Aquí somos más arcaicos, mucho más orgullosos y no permitimos jamás que de fuera vengan a decirnos lo que tenemos, o no tenemos que hacer.
Somos un pueblo noble y hospitalario pero que se tornar cruel y despiadado ante los que se declaran sus enemigos.

Y Napoleón no viene en absoluto como amigo.
Ha traído el horror y la desolación de la guerra a nuestra tierra y éso mismo, multiplicado por ciento, es lo que le vamos a devolver.
El emperador ha removido el avispero español...

¡Que Dios nos coja a todos confesados!

26 de diciembre...

Ayer celebramos la Navidad aunque a los defensores nos pareciese mentira.
En la ciudad asediada celebramos el nacimiento de Cristo con decenas y decenas de bombas francesas cayendo sobre nuestras cabezas, porque estamos bajo el fuego enemigo desde el día veintiuno del mes, que fue el día en el que los franceses se plantaron, otra vez, ante la ciudad de Zaragoza.

Ya sabía yo que volverían...

Nada más llegar atacaron con mucho ímpetu, trompetazos y banderas desplegadas, el Arrabal, el Canal de Casablanca y los Altos de Bernadona.
Esta vez vienen avisados de nuestra bravura y muy bien pertrechados.
Han traído una ingente cantidad de artillería de la que llaman "de asedio" y de la otra también, a la que hay que sumar miles y miles de hombres de infantería.
También han traído ingenieros y zapadores que nada más desplegarse los gabachos empezaron a cavar trincheras y a construir baluartes para los morteros que traen, también, en abundancia.
A pesar del miedo y del terror que te produce contemplar al eficaz y poderoso ejercito napoleónico afilándose las uñas para asestar sus zarpazos contra la ciudad, igual que durante el Primer Sitio, allí estábamos los defensores dispuestos a pelear hasta que no quedásemos ni uno con vida.

El Coronel Sangenís había convertido cada uno de los conventos que había extramuros en fortalezas.
Así el día veinticuatro defendimos el de San José con tanto valor y ferocidad que nuestros enemigos no tuvieron más remedio que retirarse apaleados dejándose detrás docenas de heridos que se arrastraban y de muertos que no iban a ninguna parte.

Como dice mi amigo el andaluz:

"Zaragosa no ze rinde..."



29 de diciembre...

Se ha declarado oficialmente la epidemia de tifus… La enfermedad se une al racionamiento y a las bombas.
Los intentos de asalto de los franceses siguen siendo rechazados uno tras otro en combates a muerte.
Cada día me la juego en las murallas... Pincho, tajo, disparo y rezo mucho a La Pilarica para que me proteja y me ampare... Por ahora la fórmula está dando resultado.

Aunque cojeo un poco, recuerdo del Portillo y del Primer Sitio, me muevo con bastante soltura y además resulta analgésico mirar alrededor y ver que hay muchos otros que están mucho peor que tú, sin un brazo o una pierna, o mucho peor todavía, muertos del todo y sin poder moverse.
Sin embargo los que más lástima y congoja me provocan son los enfermos de tifus.
Da miedo, mucho más que el miedo que dan los gabachos, verlos tiritar y saltar en horribles espasmos, chorreando sudor hasta que se mueren después de una larga y horrible agonía.
Prefiero, la verdad, acabar en las murallas...

Día 2 de enero del año 1809...

¡Año nuevo, vida nueva…!
Al menos eso decíamos antes...
Este año lo hemos cambiado a:
Año nuevo, vida vieja, o perdida...

Porque en la asediada y medio derruida ciudad de Zaragoza las cosas no han mejorado con el año nuevo, al contrario, cada día los combates resultan mucho más desesperados y mucho más brutales.

El año lo hemos empezado aprovechando una inesperada crecida del río Ebro, que se ha llevado por delante, entre fragor de espuma y gritos de gabachos ahogándose, el flamante puente de barcas que los ingenieros habían levantado sobre el río.

El mismo treinta y uno, tuvimos la cortesía de ir a felicitar el Año Nuevo a los franceses.

Cuatro mil tíos armados hasta los dientes salieron desde distintos puntos de las murallas para atacar a los sorprendidos gabachos.
Me imagino las carreras que se han tenido que pegar porque los cuatro mil tíos, pegando gritos y con las bayonetas caladas, lograron llegar hasta Justibol, que en vista de las obras de asedio y las paralelas francesas, es como si hubiesen llegado a la misma China.
Por el camino, claro, hicieron una espantosa matanza de enemigos.
También, ya a la vuelta, lograron traer a la ciudad hambrienta algo de comida saqueada del campamento francés.
Al mismo tiempo, a modo de distracción, por San José otros mil hombres nos lanzamos como energúmenos enloquecidos contra las lineas enemigas.
Aquello fue una masacre terrorífica. A pesar de que uno ya estaba bien curtido en el combate -desde que me habían dado el mosquete aquel día de junio de, me parecía que hacía siglos- el asalto contra las trincheras francesas que guarnecían la parte de San José no podré borrarlo de mi memoria jamás.

Hasta donde conseguimos llegar, nos metimos como un estilete entre las líneas francesas -y no fue más porque los oficiales nos lo impidieron bajo gritos y amenazas- hasta aquel punto de las trincheras gabachas no quedó ningún francés para poder contarlo y todo se había resuelto a bayonetazos y cuchilladas, de muy cerca, oliendo el sudor y la sangre del enemigo.

Ha sido, sin duda, un comienzo de año diferente…

12 de enero...

Los jodidos gabachos llevan bombardeando los conventos extramuros dos días con sus noches sin detenerse ni para comerse un cruasán, los hideputas.

Con el nuevo año han cambiado de estrategia. La mina y la artillería batiendo sin descanso son ahora sus armas predilectas.
Resulta aterrador encontrarse bajo bombardeo enemigo porque nunca sabes en dónde caerá el siguiente pepinazo y si serás tú el elegido…

Pero, aquí seguimos, resistiendo, aguantando la granizada de bombazos y la lluvia de metralla, para que, cuándo asome la infantería francesa, de entre los escombros, cubiertos de polvo y sangre, asomen las figuras de los que han sobrevivido y se arrojen contra ellos valientes, heroicos, sin temor a morir si antes se pueden llevar otro francés por delante.

La guerra aquí en Zaragoza resulta muy diferente a todo lo conocido hasta la fecha.
Los partes de guerra imperiales no citan ciudades ni distancias kilométricas, tampoco hablan de victorias aplastantes sobre un enemigo acobardado.
Suelen decir cosas así:

- "Rendida la casa número uno... Se intentará tomar al asalto la casa número dos de la misma calle de la ciudad de Zaragoza…"
"No se puede precisar fecha de posible fin de resistencia enemiga en la casa número dos…"
Muchas bajas, moral muy baja"
¡Están locos estos españoles!


Así, de esta manera tan entretenida y didáctica, sobrevivimos los defensores de Zaragoza este año recién estrenado de 1809.
Combatiendo al invasor, rechazando sus asaltos uno tras otro, pasando hambre, fatigas, miseria y viendo morir a los compatriotas.

Como se ha muerto mi amigo el andaluz, que la ha palmado en la salida por San José.
Lo cosieron a tiros tras haber llegado, él solito y atravesando gabachos con su bayoneta, hasta las mismas narices del mariscal Moncey.
Seguro que soltó alguna de las suyas antes de morir…

"Josú mi arma", o alguna cosa así.

Que descanse en paz mi buen amigo, hoy apuntaré con mucho más tino y cuidado en su honor.

20 de enero...

Hace más de una semana que no quedan ni carne seca ni harina en toda la ciudad y la epidemia se cobra más de cien vidas cada día.
La situación es desesperante.
Entre las Tenerías y Santa Engracia no quedan ya tapias ni muros, solamente hay escombros desparramados.

También han matado al Coronel Sangenís. Lo abatieron sobre las murallas, lugar en el que normalmente se le podía encontrar dirigiendo la defensa.
Al bravo Coronel lo mataron con el botafuego en la mano en el momento en el que iba a disparar un cañón cuyos sirvientes estaban todos muertos alrededor de la pieza.
Allí se quedaría mucho rato el gran hombre, tirado sobre otros cadáveres con los ojos abiertos y la mirada vacía.

Con él hemos perdido al organizador, al ingeniero y al hombre que, con su ejemplo de bravura, nos arrastraba tras él con tan sólo mirarnos.
El nuevo mando ha resultado un cobarde que no se asoma por las murallas así estuviesen repartiendo carretadas de dineros.

Cada día las bombas siguen y siguen cayendo sin parar. Me imagino a los artilleros franceses venga recargar y enfriar, sudando a mares y negros de pólvora quemada.
Esos hideputas metódicos y eficaces están reduciendo la ciudad a escombros.

El día quince cayó el Reducto del Pilar.
La pelea fue tan cruenta y fiera que ninguno de los defensores salió de allí con vida y los franceses perdieron un Regimiento al completo.
Detrás de lo que queda de las murallas, encima de los montones de escombros, sobre la sangre coagulada de los caídos, los defensores seguimos resistiendo y continuamos gritando desde los parapetos que:
¡Zaragoza no se rinde...!

Aunque la verdad es que no sé cuánto tiempo más podremos seguir resistiendo...
Recorren las calles desechas y cubiertas de cascotes los carromatos rebosantes de muertos pudriéndose, una legión de niños famélicos gimotean pidiendo pan mientras las madres desesperadas rebuscan entre los desperdicios y por todas partes hay hombres malheridos y moribundos.
La ciudad desecha y martirizada se estremece bajo el frío intenso de enero que ha venido a sumarse a la tragedia.
Casi todas las mañanas aparece alguno que se ha quedado en su puesto helado hasta el tuétano de los huesos.

¡No sé, Virgencita del Pilar, cuánto tiempo podremos seguir resistiendo!

4 de febrero...

Las tripas me rugen de hambre como leones enjaulados.
Llevo varios días sin apenas probar bocado y la vista se me nubla, el mosquete pesa como el plomo y casi ni puedo sostener el lápiz para poder escribir estas líneas.
Igual que yo están todos los demás defensores de la ciudad, los que quedan vivos, claro.
Hambrientos, débiles y agotados…

Pero, sorprendentemente, en cada asalto sacamos fuerzas de la desesperación y batimos a los franceses con inaudita fiereza .
Cada vez que se acercan allí que estamos nosotros, enloquecidos por el hambre, cubiertos de harapos ensangrentados y desquiciados de valor para hacérselo pagar.
Entrarán en Zaragoza pero no les va a salir gratis.

Para poder doblegarnos, que no vencernos se han inventado un sistema nuevo: llegan los zapadores, minan los cimientos de las casas en las que nos ocultamos y después las vuelan.
De esta manera han destrozando el barrio de Santa Engracia, casa por casa.
Supongo que ya no les queda valor para acercarse a pecho descubierto, y por eso usan, como las ratas, los túneles y las minas para acabar con nosotros.
Es acojonante escucharlos cavar sabiendo que luego viene la explosión y que todo salta en pedazos, la madera, el hierro y la carne.
Pero para cuando llega la infantería francesa aparecemos como fantasmas tras la humareda, mareados, sangrando los oídos, zumbando las cabezas, asomamos y atacamos con rabia a los franceses.

Los Generales de Napoleón no dan crédito a lo que sucede en Zaragoza.
En cualquier otro lugar del mundo el enemigo, o sea nosotros, ya haría mucho tiempo que se habría rendido, sometido y claudicado.
Pero allí en España resultaba que no.
Y en cada asalto se encontraban la muralla de valor y de determinación. Zaragoza resistía mientras la Gran Armada se desangraba ante sus puertas.

Pero ya no queda esperanza y el avance francés resulta cada vez más incontenible y cada día ocupan más barrios.

Los defensores estamos reducidos al Coso.
El barrio de la Magdalena ha caído y con él, el palacio de la Diputación del Reino de Aragón que ha ardido hasta los cimientos, perdiéndose para siempre todos los documentos de incalculable valor histórico que atesoraba, además de todas las joyas y ornamentos que han saqueado los franceses.

¡Mi Pobre Zaragoza!, va a quedar destrozada, arruinada, convertida en solar y cementerio.

6 de febrero...

Los impíos, sacrílegos, profanadores, ladrones, hijos de mala madre y padre desconocido de los gabachos han bombardeado la Basílica del Pilar.
¡Así ardan todos en el infierno…!

12 de febrero...

Ayer perdimos el convento de San Francisco y los franceses volaron la Universidad.
Durante cinco días habíamos defendido el convento.
Cinco días luchando palmo a palmo, centímetro a centímetro.
No sé cuántos hombres, españoles y franceses, habrán caído allí adentro, a mí me parecen miles, porque se amontonaban los cuerpos en montañas informes y gigantescas.
Viví escenas de valor inaudito y de ferocidad llevada al extremo, allí en el convento los hombres nos tornamos en bestias, nos matábamos sin compasión entre los gritos, los disparos, las explosiones, los estertores de agonía y los alaridos terroríficos.
Cinco días durante los que la artillería abría brechas enormes en los muros por los que después se colaban los soldados franceses en valientes oleadas.
Cinco días acudiendo aquí y allá, muro norte, muro sur… Cinco días en los que sabíamos, sin ninguna duda, que allí moriríamos todos.
Y así fue.

Del convento de San Francisco solamente conseguí salir vivo yo…
¿Cobardía, se preguntarán..?
No, solamente la suerte en forma de misión de enlace con el Coso y el Cuartel General para llevar la triste noticia de que la posición estaba ya en manos gabachas.

Mientras corría, a mi espalda estalló en mil pedazos el edificio de la Universidad, al mirar atrás pude ver a mis últimos compañeros que salían para pelear contra la ola inmensa de gabachos que se les echaba encima…
Estuve a punto de regresar con ellos pero no lo hice...
No sé si me arrepiento.

14 de febrero...

Esto se acaba...
Cada día mueren más de trescientas personas entre unas cosas y otras.
El tifus causa estragos y las bombas gabachas más todavía.
Ayer estuve hablando con un anciano, debe ser de los pocos que quedan con vida, que me dijo que se había entretenido en contabilizar, desde el principio del asedio, cada pepinazo que habían disparado los franceses.
Dice que ha contado más de veinte mil impactos.
Así ha quedado devastada mi hermosa ciudad, la Florencia española como alguien la había bautizado, estaba arruinada por completo.
Y a pesar de todo esto, de toda la destrucción, de la enfermedad y de la muerte seguimos peleando.

Para comer lo único que hay en toda Zaragoza es una sopa de agua de arroz y afortunado resulta el que encuentra algún grano…

19 de febrero...

Los franceses han volado la iglesia de la Trinidad y matado a todos los que había dentro...
Se rumorea que el General Palafox está muy enfermo y que algunos hablan abiertamente de capitulación.
Otros no queremos oír hablar de rendirnos ni en pintura, aunque las pintase el paisano Paco, porque lo que queremos es seguir peleando hasta que caigamos todos, ¡queremos seguir desjarretando gabachos…!

Aunque la verdad ya no quedan apenas municiones, ni pólvora, ni comida y hay más de seis mil cadáveres tirados por las calles o bajo los escombros.
Todo es muerte, miseria y desolación…

No sé que pasará mañana de lo único que estoy seguro es de que acudiré a mi puesto en las destrozadas murallas...
Porque, a pesar de que esté todo perdido y que la capitulación sea inminente, muchos todavía gritamos desde nuestras resecas gargantas que:

¡Zaragoza no se rinde…………..!

Epílogo

El pelotón francés avanzaba cauteloso entre las montañas de escombros, ninguno se fiaba ni un pelo del alto el fuego al que habían llegado las partes.
Llevaban tres meses intentando entrar en aquella ciudad que no les dejaba y enterrados alrededor de ella había miles de compatriotas suyos que lo atestiguaban.
Así que la cautela y la desconfianza no estaban injustificadas.

Mientras el pelotón francés avanza por entre los cascotes de la ciudad destrozada observan incrédulos a los defensores y se preguntan: ¿éstos espectros son los que nos han detenido durante tres largos y sangrientos meses?, a los españoles se les veía sucios, demacrados y famélicos.
Pero en sus ojos se podía leer el brillo de un orgullo inmenso a pesar de la derrota.

Un soldado veterano de grandes bigotazos, pasando las páginas con curiosidad, le acerca a su Caporal un pequeño cuaderno con tapas de piel.

- Lo llevaba encima el soldado que nos ha disparado desde el muro- le dice entregándole el cuaderno de piel arrugada.

- ¿El tirador...?- el Cabo francés pregunta curioso y admirado.

Aquel hombre, solo y enrocado sobre los restos de la muralla, le había matado a uno y herido a otro de sus hombres, disparando y recargando con mortal precisión y rapidez su mosquete.
Luego se había defendido como un jabato contra los cuatro zapadores que le habían flanqueado y rodeado.
Había logrado matar a uno de los soldados, el Caporal había escuchado perfectamente la quijada del zapador partiéndose contra la culata del mosquete del español, antes de caer abatido a bayonetazos.

Al veterano soldado francés un estremecimiento le recorre la espina dorsal.
Aquella guerra en España no iba a ser igual a ninguna otra.

Hojea las páginas del cuaderno para después guardárselo en el bolsillo de la guerrera ensangrentada:

-¿Es algo importante, Caporal?- le pregunta, curioso, el otro soldado que ahora se arrepiente de no haberse guardado tan buen papel para otros menesteres.

- No, es solamente un diario…

FIN
A. Villegas Glez. 2011





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