martes, 1 de marzo de 2016

EL BLOCAO

Refrescaba la madrugada en el Rif y contra la luna se recortaban las siluetas grisáceas de las retamas y los arbustos resecos que crecían exuberantes cubriendo casi toda la barranca, más allá se perdía el horizonte infinito solamente roto por algunas piedras sueltas, viejos mojones que demarcaban antiguas lindes y que iban desmoronándose poco a poco para convertirse en hogar de culebras o de alacranes, algunas chumberas crecían tan desaforadas que asomaban desafiantes por encima de los barrancos.
Algo más lejos, iluminado por la brillante luna de junio, se recortaba la figura imponente del monte Gurugú.

El aire era frío y húmedo, el mar estaba muy cerca provocando que hasta el blocao llegase el levante impregnado del olor de la sal y del yodo. 

Me arrebujé en mi capote que un día había sido de color caqui y que ahora era de un color indefinido, así como su grosor, que era el mismo que el del papel de fumar a causa de tantos y tantos reemplazos que se habían resguardado con su vieja tela, solamente la horda de chinches y de piojos que lo cohabitaban conmigo le proporcionaba cierto calor animal.

La noche de luna clara me permitía distinguir todo el paisaje hasta el cruce de Drius.
Estaba seguro de que ningún moro se acercaría hasta la posición, al menos no por mi puesto. 
Los de las kábilas me conocían bien y decían de mí que tenía “la baraka” y que yo, “sabía manera”, que es la forma que tienen los moros de decir que les entiendo, respeto y que - según ellos- soy de noble corazón, honrado y valiente.
Ya saben más de mí, que yo mismo.

Sin embargo no era aquella la razón por la que ninguno se acercaría -o eso pensaba yo- hasta el puesto que defendía sino porque todos los moros de la región conocen la fama de mi puntería y saben que, con “la fusila”, no hay nadie mejor en todo el ejército de los "arrumis". 

Aunque suene poco modesto que lo diga uno mismo.

Los rifeños lo aprendieron el día que, al bravo y reputado jinete Musa ben Alí, de la kábila de Beni Urriaguel, que aquí entre nosotros era chulo, arrogante y creído, me lo había cargado de un certero balazo mientras galopaba.
La verdad es que no me había faltado la suerte en aquel disparo que me sirvió para ganarme el respeto de los rifeños que en algunos gestos, miradas e imposturas me recordaban muchísimo a nosotros.

Lo que estaba claro como el agua de Lanjarón era que, el que asomara el turbante durante mi turno de guardia sabía lo que se estaba jugando. 
Que una cosa era tomarse unos vasos de té en la casa de un rifeño y otra muy distinta dejarlo entrar en nuestra posición, en el blocao.


La posición que era solamente una empalizada y cuatro rollos de alambrada tan estirados que apenas servían para nada.
Sobre un monte pelado habíamos excavado los pozos de tirador y emplazado la única pieza Schneider del siete y medio que teníamos en dotación, justo al lado estaban el polvorín, la tienda de los oficiales y la estación heliográfica.

Aquella constituía la más vital pieza en cada una de las posiciones españolas.
La manejaban tres soldados del Cuerpo de Ingenieros que, a mi entender, tenían ellos tres más cojones que todos los demás juntos, pues cada día sacaban la cabeza arriesgándose a que se la volase un "Paco", armados solamente con sus trípodes y sus espejuelos para así poder establecer comunicación con el mando o con las otras posiciones. Las noticias o las órdenes iban de blocao en blocao en un boca a boca de rayos de sol tele-dirigidos.

Al blocao no lo habíamos bautizado de ninguna manera, al contrario que otras Compañías que les ponían a sus posiciones nombres patrióticos y rimbombantes. 
Aquí el calificativo general solía ser el de: mierda de sitio, blocao de mierda o el sitio éste de mierda. 
Ya digo que nombre oficioso no quisimos ponerle.

El oficial era el poco sonoro de: “Posición Intermedia B”, situada entre la "Posición A" -de adelantada- y la "Posición C" -de vaya usted a saber qué-  que se encontraba a quince kilómetros de distancia y en donde estaban el Comandante con el grueso del Regimiento. 

En la Intermedia B estábamos destinados los de la Tercera Sección, de la Tercera Compañía, del glorioso Regimiento de Infantería “Ceriñola”.
Noventa hombres aunque en las listas figurásemos casi ciento cincuenta, pues como siempre pasaba había enfermos, fingidos o no, y escaqueados que estaban, tan a gusto, en la Plaza.


La consigna principal era la de llevarse bien con los moros, mucha política, mucha mano izquierda y dejar las cosas en manos de la Policía Indígena y, si llegaba el caso, que Dios no quisiera, defender aquel agujero inmundo hasta la última bala.

Resulta muy dura la vida del blocao.
Guardias, rutina, aburrimiento, más guardias, más aburrimiento, tener que aguantar al Teniente Gámez y sus muchas tonterías y lo peor de todo, salir cada día para hacer la aguada sin saber si volverás con vida o te quedarás para siempre sobre una peña del Rif.
No sé en qué mierda estarán pensando los señores oficiales cuando eligen los sitios en los que levantamos las posiciones, porque en casi todas hay que jugarse la vida para poder rellenar las carricubas con las que calmar la sed de los hombres y de las bestias. 
Casi siempre nos tirotean y casi siempre sufrimos bajas cuándo, cada día, salimos a por el agua que necesitamos y hay que pagar, cada gota, con litros de sangre española.

Cavar, hacer la aguada, guardias… Cavar, aguadas… Así es la vida del blocao.

La sed se vuelve terrorífica y la soledad tan profunda que se te agarra dentro de las tripas como una garra candente, y en los aduares, cábilas y zocos los rifeños te miran atravesados reflejando un profundo odio por mucha baraka que tengas.


En los zocos morunos puedes comprar cualquier cosa, o venderla.

Por negociar con su munición maté a un compatriota.
El traidor vendía, a precio de oro, los peines con los que después nos disparaban los rifeños.
Nadie nunca se enteraría del todo bien de lo que había pasado.

El tema se zanjó como una pelea entre soldados con un desgraciado final, al menos aquello fue lo que dictaminaron los oficiales jurídicos que llevaron el caso.

El que era mi Coronel, tras haberle explicado el motivo de la disputa, me dijo que aquella no era razón suficiente para ajusticiar a nadie, pero yo le repliqué que sí, que lo era, y que aquel había sido un simple soldado que vendía peines sueltos, pero que, ante un oficial que alguno había que vendía cajas enteras, actuaría sin dudarlo de la misma forma.


Yo no podía saber si el Coronel tenía o no tenía negocios oscuros, el caso es que tras decir aquello se me quedó mirando muy fijo y muy serio, tragó saliva y me ordenó retirarme.
A los dos días me despojaron de mis flamantes y bien ganados galones de Sargento y por eso allí me veía ahora, en aquel blocao como simple soldado.

Refrescaba la madrugada de luna llena en el Rif cuando vi a los dos moros que se acercaban.  

Avanzaban muy despacio y reptando como culebras. No tenían ni idea de que los había localizado y de que, muy pronto, irían a reunirse con su Dios en el paraíso prometido.
Solamente los había delatado un leve movimiento de un oscuro y reseco arbusto pero para mí era más que suficiente.
Venían separados, el que estaba más cerca a unos cincuenta metros, el otro algo más allá.
Chilabas pardas y turbantes oscuros que casi no podían distinguirse de las piedras a las que se pegaban como lagartijas, apenas se escuchaba el sonido que producían al arrastrarse sobre el suelo, perdido aquel leve roce, entre el ulular del viento africano.


Pacientes, astutos y sigilosos los perdí de vista un solo instante y cuando los volví a localizar los tenía a menos de veinte metros.
Uno venía por la derecha y el otro por la izquierda, buscaban matarme y robarme el fusil que era la más preciada posesión para un rifeño.
Y si "la fusila" era un máuser español, con peines de cinco tiros, mucho mejor que el Level francés, de cuatro.


Astuto fingí ser un soldadito bisoño, despistado y cagadito de miedo que miraba ensimismado la luna dándole la espalda al enemigo.

Sin embargo estaba atento, los músculos en tensión y el fusil dispuesto, la mano derecha apoyada en el cerrojo y las orejas tiesas como las de un lobo.

Entre dos, ¡uuuuuhhh!, ¡uuuuhhhhhhh! del viento, pude escuchar cómo una piedra golpeaba levemente contra otra -¡taclac!- y pude sentir, más que ver, que los tenía ya muy encima dispuestos a saltar sobre mí en cualquier instante. 


Cuando giro sobre mí mismo ya no soy un soldado inocente y bisoño y mis enemigos lo comprenden inmediatamente.
Con el mismo y violento movimiento con el que me pongo de frente, acerrojo el arma -¡clac,cloc!- apunto al que tengo más cerca, que cerraba contra mí queriéndome destripar como a un marrano, y aprieto el disparador. 
Todo ha sucedido en décimas de segundo y el estampido del disparo resuena en ecos mientras se aleja por entre los despeñaderos del Rif. 
Unos ojos negros, inundados de odio y de espanto, es lo último que veo cuando la cabeza de mi enemigo queda convertida en un irreconocible puré de turbante.

Abro el cerrojo y sale la vaina humeando mientras busco con la mirada a mi otro enemigo que espantado por mi feroz y rápida respuesta se ha arrojado a tierra y desaparecido por completo, inmóvil, entre las retamas y los pedruscos.
Tardo muy poco tiempo en localizarlo...

La luna me ayuda y lo puedo distinguir acurrucado contra unos peñascos que hay a menos de quince metros de mi puesto. 
A mi espalda escucho las carreras apresuradas de mis compañeros que acuden corriendo alarmados por el disparo.

Al comprobar que le he visto el moro arroja su cuchillo al suelo, se pone despacio en pie y se me queda mirando con cara de idiota aterrorizado.
Apunto el fusil y a pique estoy de disparar pero no puedo. 

Algo dentro de mí me lo impide, aún sabiendo que el otro no dudaría en rebanarme el pescuezo de oreja a oreja -y quizá lo hiciese en el futuro-, porque en el Rif nunca se sabe lo que el futuro puede depararte.

Cuando el hombre entiende que no le voy a disparar esboza una leve sonrisa de agradecimiento.
Entonces a mi espalda retumba un tiro, puedo sentir la bala sisear por encima de mi hombro izquierdo, y el turbante delante de mí se deshace en un amasijo de sangre y sesos que arrastran con ellos la fugaz sonrisa.


Con el fusil humeando entre las manos se pone a mi altura mi buen amigo y mejor camarada Pedro, de Ponferrada:

- ¿Estás bien compadre, estás bien…? -me pregunta mientras tira de mi brazo y me mira de arriba a abajo buscando heridas que no tengo.

Lo miro un instante a los ojos, un segundo en el que le odio tan intensamente que la mirada franca y preocupada de mi amigo cambia de golpe a otra muy distinta, de comprensión y de vergüenza:

- No, no estoy bien Pedro… 

¡Estoy hasta los cojones de este blocao de mierda…!





2

El aduar se apiña contra la falda del monte con las humildes casamatas de adobe desparramándose hasta casi el acantilado.
Por el sendero que lleva hasta el pozo distingo la figura menuda y flaca de un morillo con su borrico, no menos flaco, que bajan desde lo más alto 
para rellenar las cántaras de agua limpia y fresca con la que se lavarán los fieles a la hora del primer rezo.
El anciano muecín sube trabajosamente la cima del humilde montón de tierra apisonada y piedras que hacen las funciones de minarete en el aduar.

Amanece otro día en el Rif.

Me resultan ya incontables los amaneceres que he contemplado en esta reseca tierra, pero una vez tras otra me maravillo, por muchas veces que lo vea, por la hermosura y la calidez del sol africano que siempre logra hacerme olvidar la miseria y el abandono, que estoy en aquel blocao en mitad de ningún sitio renegrido de sol y con el peligro moruno siempre al acecho, vigilando un puñetero pozo y una jodida kábila que se dice amiga y leal a España.


Se dice, porque la realidad es bien distinta.
Los rifeños están muy envalentonados y casi a diario hay tiroteo. 

Escaramuzas las llama el mando.
Pequeños disturbios sin importancia en los que siempre resulta herido algún compañero al que luego se llevan, berreando de dolor y de miedo, hasta el hospital.

Resultaba curioso pero todos o casi, se marchan gritando más o menos lo mismo: ¡ay mare mía, ay mare mía!, lloriqueando mientras los suben, sin demasiado miramiento, sobre los cestones que portan los mulos que usa la Sanidad Militar y que llamamos artolas. 
O, y mucho peor para el interesado, al que se llevan se lo llevan tieso, amortajado y rumbo al cementerio, en donde se quedará para siempre con la nostalgia de su casa pegada en el ánima.

Yo no quiero, como nadie quiere, que salga mi número en la rifa, pero cada día que pasa se acrecenta en mi interior la angustiosa sensación de que la Parca me acecha desde muy cerca. 

Por otra parte y siendo soldado español metido en un blocao en medio del peligroso Rif no resulta extraño que ande comprando boletos para tan mortal lotería.

Aquí la muerte puede llegar en cualquier instante y de mil maneras distintas: desde que te mate un moro a que te fusilasen por desertor, incluyendo que te de una mala coz un mulo o algún camarada un navajazo, además está la conocida y humillante “cagalera del blocao”, que te deja, antes de matarte, seco como una pasa y temblando como una hoja al viento.

Hay mil y una maneras posibles de morirse durante el servicio en África, pero un servidor, que debe haberse quedado tonto de tanto sol, va y firma por tres años más...

Debería plantearme seriamente alistarme en la Legión de Millán Astray, cuentan que la paga es buena y que muy pronto van a estar metidos en todos los berenjenales de primera línea... 
No estoy muy seguro porque me encuentro bien aquí en el "Ceriñola".

Los cantos rítmicos del muecín comenzaban a inundar la mañana mientras el sol saltaba sobre el acantilado iluminando todo el aduar. La kábila se despertaba y con ella la posición B.

Los rayos de sol ya casi alcanzan el parapeto de sacos terreros, desfondados y podridos, al que me había ido a pasar la madrugada.
No había podido pegar ojo en toda la noche inundada mi cabeza con la imagen del moro de la sonrisa fugaz y de sus sesos salpicando las piedras.
No había sido el primer hombre al que había visto morir pero aquella efímera y agradecida sonrisa, convertida de repente en un sanguinolento revoltillo se había clavado tan hondo en mi corazón que estaba seguro de que 
allí se quedaría para siempre.
Desgarros del alma que sabía me acompañarían durante el resto de la vida.

Por eso me había ido aquella noche al parapeto Sur del blocao, muy cerca del cañón del siete y medio que cubría aquel frente.
Para desde allí contemplar otro hermoso amanecer rifeño mientras me fumaba un cigarro de kif.
No solía fumar, solamente lo hacía en ocasiones como aquella, sin embargo prefería uno de aquellos cigarros morunos antes que abrazarme a la botella de ginebra

Le di la última calada al cigarro sin ya preocuparme en ocultar la brasa, me sentía un poco mareado aunque la imagen del rifeño muerto se había casi diluido por completo entre los vapores de la droga.

La corneta llamaba a Diana y desde las tiendas nacía, inconfundiblemente castrense, el rumor matutino de noventa soldados que se despertaban.
El Cabo de Guardia desfilaba con el relevo de los puestos de centinela con los hombres detrás, fusiles al hombro y rostros somnolientos.
El Sargento González estaba ya dando voces que levantaban el polvo marroquí del suelo, en mitad de las tiendas:

- ¡Arriba panda de mariconas...!

¡A formarrrrrrrrrrrrrrrr...!

Grita a pleno pulmón y muy pegado a la tienda en la que pernoctan los el Teniente Gámez y el Alférez Chacón, pegadas las manos en forma de bocina contra la lona de los oficiales y lo hace, el cabrón, sonriendo de oreja a oreja.

El Sargento lleva ya muchas horas despierto, si es que ha dormido. 

Es conocido en la Tercera Sección, en la Tercera Compañía, en el Regimiento y en casi todo el Ejército de África con el sobrenombre de: “El Búho”.

Es un soldado viejo y curtido como el cuero, herido de bala, de metralla, de bayoneta, de gumia y de navaja, reseco como un sarmiento, con los miembros flacos pero fibrosos, la barba hirsuta, descuidada y los ojos tan desquiciados que provocan terror.
Los moros le tienen en gran estima y en la Sección todos le queremos como a un padre a pesar de sus maneras bruscas, su lenguaje ordinario y sus hostias, de ocho duros, si te agarra, “descuidando las funciones”, como él mismo dice.

A mí jamás ha dejado de tratarme como a un compañero Suboficial y más de una vez, cuando ya nos hemos bebido todo el vino de su bota, que rellena periódicamente con un Priorato exquisito que le envía un hermano suyo, me confirma, sin duda alguna, que el Coronel que me había degradado, efectivamente, le vendía fusiles a los moros:

- ¡El hijo de la gran puta! - remataba pasándome la bota.

González berrea hasta desgañitarse en mitad de las tiendas mientras los camaradas, perezosos, van saliendo a formar.
Camino tranquilo hasta mi lugar entre las filas mientras el sol empieza a darme en la espalda calentándome el alma y el cuerpo.
Como cada mañana, una vez estamos todos firmes, el Sargento le da las novedades al Teniente.

Pero esta mañana siento algo distinto, una sensación extraña y contradictoria que va echando raíces dentro de mí.
Estoy harto y cansado, hasta los huevos de vivir en aquel blocao, pero, al mismo tiempo y sorprendiéndome a mí más que a nadie, no quiero estar en ningún otro lugar del mundo, porque, si lo pienso demasiado rato se me hace un doloroso nudo en mitad de las tripas.

No quiero estar en otro sitio más que aquí, rodeado por mis camaradas y bajo la sombra de la enseña que ondea, en ajados y descoloridos hilachos rojos y amarillos, por encima de nuestras cabezas.





3

La ciudad relumbraba desde el Atalayón.
Antigua colonia fenicia, cartaginesa y romana la ciudad que crecía en aquella esquina del Cabo Tres Forcas se descubría ante nosotros como un paraíso de diversión. 
Allí abajo había bares, casinos, tabernas y casas de lenocinio en casi cada esquina.
La antigua Rusadir se iba despertando al viento de Levante y la espuma del mar reverberaba contra las viejas murallas de las que asomaban cañones oxidados.

Desde nuestra posición podíamos ver todo el puerto con su moderno cargadero de mineral y, si te fijabas bien, hasta se podían distinguir las figurillas de la gente iniciando sus tareas matutinas.
Entre aquellas figuras había faldas y corpiños y al verlas, aún en la distancia, a los cinco hombres que ocupamos la caja del camión el corazón se nos acelera como a niños traviesos.
Hacía muchos y largos meses que ninguno de nosotros había olido el perfume de una mujer, aunque fuese un perfume barato y bañado en el sudor, el cansancio y el hastío de la portadora.


Así que con el corazón galopando como un caballo desbocado dentro de cada pecho, llegamos hasta los dokers.

Allí estaban los almacenes en los que debíamos recoger munición, harina, garbanzos, vendas y todo lo que pudiésemos arramblar, pues había rumores, muy serios, de que las kábilas estaban preparando alguna jugarreta contra las posiciones españolas. 

El Comandante Satrústegui, que era el jefe accidental del Regimiento porque el Coronel estaba en la Península, supuestamente bregando con los del Ministerio para conseguir más hombres y más material, aunque otros decían que estaba allí porque no soportaba África, había ordenado que cada blocao se abasteciese con todo lo que pudiesen conseguir antes de que empezara el teatro. 
Porque función iba a haber estuviésemos preparados o no.

Habíamos conseguido que nos "prestasen" un camión los de la Compañía de Automóviles, después de presentar una orden -más falsa que Judas- al Suboficial encargado de los vehículos.
El veterano y panzudo Sargento se nos había quedado mirando con un ojo cerrado y con el otro muy abierto cuando le presentamos el papelote amarillento en teoría firmado por el mismísimo Comandante. 

Pero luego, sin poner demasiadas pegas, nos dio la palanca de arranque de uno de los viejos Berliot que había aparcado en las cocheras.
Ahora guiñaba un ojo con pícaro disimulo:

- ¡Yo no quiero saber nada de todo esto!, ¿eh...?, y si me traéis una botella de brandy Soberano todavía sabré menos…

El Alférez Chacón estaba al mando de la pequeña expedición.

No era para nada un mal tipo, un poco rígido con algunas cosas, que si las barbas afeitadas, que si las camisas por dentro del pantalón, que si éramos soldados españoles y no desharrapados y algunos otros detalles que indicaban que el alférez era un niño bien de buen corazón que, paternal, pretendía educar a sus analfabetos soldados. 
Era buen oficial y nunca abusaba de su estrella en la bocamanga, todo lo contrario que su superior el Teniente Gámez, al que hasta las botas había que lustrarle como si se le fuera a echar a perder la manicura, al señorito.

De segundo al mando venía el Búho y la expedición se completaba con cuatro camaradas escogidos. 
Pedro, el que se había cargado al moro de la sonrisa fugaz, era uno de ellos. 

El Búho nos había asegurado que nos iban a dar permiso toda aquella tarde y toda la noche ya que hasta el día siguiente no regresábamos al blocao y claro, íbamos tan contentos como niños que llevaban al circo.
Del alférez Chacón no podía decir a qué dedicaría su tiempo, del Búho sí, ya que era un viejo pirata y en cualquier taberna o casa de putas nos lo íbamos a encontrar con total seguridad.

En los Dokers, que así se llaman los largos y hediondos barracones que se utilizan para casi todo, desde dormitorios hasta caballerizas y almacenes, puedes encontrar, como en zoco moruno, casi cualquier cosa.
Pero al barracón que tiene la Cruz Roja pintada es mejor ni acercarse. Porque el hedor tira de espaldas y los lamentos de los heridos, muriéndose de calor y de sed mientras son devorados por las moscas posadas a docenas sobre los muñones sanguinolentos de sus heridas, traspasan la puerta para recordarte que todos nosotros tenemos reservado 
un jergón con vistas a la fosa común en la que se entierra a los soldados.

Por eso seguimos recto, casi sin mirar, hasta los almacenes de la Intendencia.

Otra vez las falsas órdenes nos abren el camino.
También gracias al Búho que discute, regatea y soborna con la desfachatez, la soltura y la práctica que le han dado tantos años de servicio en el Rif. 
En nada se le puede diferenciar de cualquier moro en día de mercado.
Sus viejas amistades y sus muchos contactos nos facilitan la tarea ya que todos los que le conocen le respetaban, le admiraban o le temen.
Aunque el Búho mantiene buenas relaciones con todo el mundo y gracias a ello en pocas horas nuestro camión está cargado hasta los topes con cajas de munición, de latas de sardinas, de sacos de garbanzos, de carricubas de agua, de repuestos para el cañón y hasta de una ametralladora nuevecita. Una flamante Hotchkis que nadie había reclamado como suya y que el Búho hizo nuestra al precio de dos cajas de whisky escocés y varios cartones de tabaco americano.

Luego tardamos en asearnos y vestirnos con unos uniformes limpios y nuevos, regalo del Búho y de su amigote de la Intendencia, menos de lo que se tarda en decirlo, y, en mucho menos tiempo todavía, estamos desparramados por Melilla.

Parecemos catetos en mitad de Madrid mirándolo todo con ojos asombrados y éso que no es la primera vez que estamos en la Plaza.

Pero tras haber pasado tanto tiempo destacados en el blocao -siglos me parecían- provocaba que nos asombrásemos con cada casa, con cada tienda, con los barcos que había amarrados en el puerto, con las viejas murallas, con aquella luz intensa que cubría la ciudad y por supuesto, con las mujeres.

La tarde se hizo muy larga entre tabernas, en las que los compañeros se bebieron todo el vino que había -yo me mantuve comedido- y nos comimos -aquí sí que participé como el que más- todo lo que nos pusieron por delante.
Luego nos fuimos a pasear arriba y abajo por la pequeña ciudad hasta que desembocamos en la Plaza de España.

Allí nos sentamos en uno de los bancos para observar con envidia y deseo inalcanzable a las niñas bien que tomaban café o té con pastas en la terraza del Casino Militar.
Junto a ellas siempre estaban, 
zumbando como moscones, oficiales emperifollados que fumaban muy rígidos, distinguidos y elegantes.
Al mirarlos sospechaba que no había demasiada felicidad en sus vidas. Mucho disimulo, buenas maneras y sonrisas forzadas, sociales, insípidas y amargas.
Conocía muy bien aquel paño pues yo mismo podía haber llegado a ser uno de ellos... 
Al cabo había terminado en el Rif pero como simple soldado.
La vida que se ríe de nosotros como a ella le viene en gana mientras intentamos agarrarnos al loco carrusel de la existencia.

Estábamos sentados en uno de los bancos  frente a la terraza del Casino.
Descansábamos el cuerpo esperando la llegaba de la noche planeando el asalto a Casa Fátima, la alcahueta vieja, seca y arrugada que regentaba uno de los muchos burdeles de la ciudad.
Aquel estaba cerca del Hipódromo y nos lo habían recomendado por ser de limpieza razonable y chicas jóvenes que se lavaban tras cada servicio. Españolas, moras y hasta un par de eslavas, rubias y despampanantes, que eran las pupilas más solicitadas de Casa Fátima.

Mientras esperábamos y el sol se iba marchando hacia las montañas en las que estaba nuestro blocao, leía, a mis analfabetos compañeros, las cartas que habíamos recogido en la Caseta Postal del Regimiento.
Solamente habían llegado tres misivas ya que ni Pedro ni yo solíamos recibir correo de nadie.

Las tres cartas eran casi idénticas, redactadas casi con toda seguridad por el cura del pueblo, o el médico, o el maestro, o algún vecino piadoso de los pocos que supieran leer y escribir.

Más o menos todas decían lo mismo:

- “Hijo mío, cuídate y cumple con tu obligación..."

"Regresa pronto a casa..." 
“Padre está bien, algo cansado y Madre reza cada día por ti...”
“El granizo se ha llevado la cosecha pero no te preocupes por nosotros, te mando una medallita de Nuestra Señora..."

Mientras leía miraba los rostros compungidos y emocionados de los hombres a los que iban dirigidas aquellas misivas. 
En sus expresiones entristecidas podía ver a los niños que habían sido, o que eran, porque Lucas y Eulogio, los dos de Villarrobledo y de la misma quinta, apenas acababan de cumplir diecinueve años.
Vicente, el valenciano, era algo mayor y también era el más peligroso de los cinco. Nacido en el barrio de la Malvarrosa hijo de padre desconocido y tabernera portuaria su crianza había transcurrido entre truhanes, putas, navajas, humo y barajas de Heraclio Fournier, sin embargo lloraba como un niño cuando le leía la carta de su anciana madre:

- "Vicentet, mi niño, te echo de menos..."

La última luz del día se iba perdiendo y los camaradas tomaron el rumbo hacia el bar más próximo para caldearse la barriga antes de acometer la fortaleza de Casa Fátima.


Yo seguí sentado en el banco encendiendo un cigarrillo y mirando la luna amarilla y enorme que se empezaba a dibujar en el cielo.
Acababa de firmar tres años más con el Ejército y mirando aquella luna africana repasaba mi vida y me reía de mí mismo.
Al final el "viejo" se había salido con la suya y su hijo vestía el uniforme. 
Aunque lo estuviese haciendo de simple soldado.
La idea de alistarme en el Tercio de Extranjeros se me hacía más atractiva por momentos. Allí se ascendía por méritos y si había decidido quedarme en la milicia mejor era estar arriba que estar abajo. 

Todo esto pensaba, ensimismado, cuando, como una estrella de luz y alegría, apareció ella.

Era un ángel de tirabuzones rubios y sonrisa alegre y serena que te contagiaba. 

Me quedé paralizado, con el corazón bombeando sangre a hectolitros dentro de mis venas, sangre que batía con fuerza y pasión desbordada por aquella hermosura que, con desparpajo, me preguntó:

- Oiga, señor soldado, ¿leía usted
  las cartas a sus amigos, verdad?- me miro intensa y yo sentía como me ahogaba en sus ojos verdes como dos esmeraldas.

- Sí... - le contesté. No podía articular más palabras.

- ¡Bieeeeeeeennnnnnn! -gritó ella al tiempo que levantaba los brazos hacia el cielo en expresión de triunfo.


¡Gané, gané, gané!- repetía una vez y otra riendo y saltando como una niña.

Desde aquel mismo instante me enamoré de ella como un becerro.

- ¡Gracias señor soldado! -me dijo- al tiempo que sus iris verdes se clavaban en el pecho de mi guerrera.


Sobre la tela colgaba, ajada y deslucida, la condecoración.
Aduar de Beni Sicar, hacía casi dos años, un cañón y unos moros que habían querido llevárselo.

- De nada, señorita…

- Cecilia… Cecilia Almonte, mucho gusto en conocerle, ¿señor...?- alisé mi guerrera lo mejor que pude y me presentaba.

- Pelayo Sotogrande y Santamaría, soldado en el Regimiento de Ceriñola, para servirla a usted, señorita.

- ¿Pelayo...?, ¡jajajaaajja!- su risa era fresca como el agua de un manantial.

- Sí, señorita es el precio por tener un padre catedrático...

- ¡Claro...!- exclamó de repente como si hubiese recordado alguna cosa de golpe- ¡por eso me resultaba tan familiar su apellido!- me miraba pensando que le mentía.

Pero a mí no me hacía falta mentir y su mirada verde cambió de la incredulidad al más absoluto asombro.

- ¿Cómo que no es usted oficial…? 

- Jamás quise ser militar pero ya ve usted señorita, la vida que es un carrusel y aquí anda uno ahora de soldado y leyéndoles las cartas a los camaradas.

- Es una noble y bella acción- los iris verdes, intensos, interesados y curiosos recorrían mi rostro para luego desviarse un instante hacia las mesas de la terraza del Casino desde donde la observaban algunas mujeres y un grupo de jóvenes oficiales.

Tras unos segundos se decidió, pude verlo reflejado en su mandíbula que apretó un poco y su ceño que frunció ligeramente, lo que la hizo todavía más hermosa bajo la luz de la luna.

- ¡Le invito a unirse a nosotros…!- dijo, mirándome tan intensamente que a pique estuve de decir que sí.

- No puedo, señorita...

- ¡Cecilia…!- sus ojos se habían convertido en dos llamaradas de fuego verde que me consumía.

- No puedo, Cecilia, está prohibido el acceso a la tropa. El casino es solamente para oficiales.

- O para los invitados de la hija del Comandante de la Plaza, ¿no le parece, señor Sotogrande...?

- Pelayo, me llamo Pelayo - me miraba ardiente.


Sin embargo a mí, aquello de que fuese la hija del Comandante en Jefe había provocado que se me encogiese la barriga y saltasen dentro de mi cabeza todas las alarmas.

- ¡Pelayo…!- dijo, y en su boca mi nombre sonaba distinto, sonaba a promesa de besos, a calor y a carne mezclándose- ¡Acompáñeme, se lo ruego…!

- Lo siento Cecilia son órdenes y entre militares las órdenes se acatan. Además nunca me ha gustado ese ambiente de forzada elegancia.


Volvió a reírse otra vez, ahora su risa era pícara, atrevida y se me clavaban los puñales verdes que eran sus iris atravesándome el ánima:

- ¿Sabes, Pelayo...?, a mí tampoco me ha gustado nunca…

Luego se alejó caminando despacio, sensual y atrayente hasta la terraza y la mesa llena de sus amigos y de sus conocidos que me observaban con curiosidad.
Me quedé mirando fijamente como ella se alejaba.

Jamás en la vida había sentido envidia por nada ni nadie, pero ahora, de repente, envidiaba a todos aquellos que estaban a su lado, tan cerca de aquellos ojos verdes que seguían clavados en mí mientras un apuesto oficial apartaba caballeroso una silla para que ella se sentase de nuevo.

¡La hija del Comandante General…!

¡Estás totalmente gilipollas Pelayo...!- me decía a mí mismo.


Primero firmas un nuevo enganche y ahora vas y te enamoras de la hija del Gran Jefe.
La idea de salir corriendo para enrolarme en el Tercio rugía dentro de mi barriga.
Un poco más abajo también rugía la necesidad de mujer, necesidad urgente y apremiante que no había sentido desde que había llegado a Melilla, pero que ahora me exigía desde lo más recóndito de mi entrepierna, que corriese a refugiarme entre los pechos perfectos de Aixa, la más guapa bereber de Casa Fátima.

Allí me encontraron los compañeros a la mañana siguiente, desnudo, con resaca y con la mora enredada entre las piernas.

- Dice Fátima que cuestan veinticinco pesetas tener la exclusividad de las tetas de ésa mora -el valenciano babeaba ante los pezones, oscuros y enormes como dátiles, de la muchacha:


- ¡Joder…!

- Precisamente por eso amigo, precisamente…

Atronaron las carcajadas de los camaradas que despertaron a Aixa y que se clavaron en mi cabeza en forma de un millón de agujas.
Así que entre brumas, sopor, cansancio y con la cabeza a pique de estallar pagué la abultada cuenta, pues hasta vino del caro había pedido imbécil de mí, para caminar junto a los camaradas el trecho que nos separaba de los dokers y del camión que nos estaba esperando.

El Búho ya estaba allí cuando llegamos. Tieso, marcial y sin rastro de fatiga bajo los ojos.
Nos miró de arriba abajo sonriente:

- ¡Venga subid al camión maricones, que nos esperan en el blocao…! Espero que lo hayáis pasado bien… Anteanoche los moros atacaron la posición de Sidi Dris y está la cosa caliente, o sea que peine al máuser y ojo avizor durante todo el camino...


Las sonrisas y los recuerdos agradables de la noche se borraron de golpe mientras la cruda realidad nos golpeaba sin compasión.
Solamente éramos soldados, simples números en el sorteo de la guerra. 
Y ahora nuestro número había salido, porque si los moros se habían atrevido a atacar Drius, que era casi una fortaleza, no dudarían en asaltar cualquiera de las posiciones españolas, incluida la nuestra.

Mientras subía a la caja del camión la imagen de los espectaculares ojos de Cecilia Almonte mirándome de muy cerca relumbraba dentro de mi cabeza y se proyectaban, con destellos verdes, en el fondo de mi corazón.


Continuará...

A. Villegas Glez. 2012












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