miércoles, 9 de agosto de 2017

EL FORTÍN DE BOMMENZE

Flandes, 1576...

Llovía... 
Las gotas gruesas como uvas y heladas como la muerte se derramaban sobre los capotes encerados y los chambergos empapados:

¡plocplicplocplocplacploc...!

Diluviaba sobre Zelanda y sobre todo el Tercio que rodeaba el Fuerte de Bommenzee con los holandeses riéndose de nosotros desde sus trincheras, sus revellines y sus murallas.
Delante de las defensas herejes el barro se mezcla con la sangre de los muchos y buenos camaradas que han caído y que ahora están tirados sobre el fango, como muñecos rotos y desmadejados, ante las inexpugnables murallas del fortín de la isla Bommenzee.
A los heridos que intentan arrastrarse hacia nuestras trincheras los cazan sin compasión los arcabuceros herejes.

El Tercio entero estaba agazapado,empapado y acribillado. 
Tomar aquel fortín que defiende la plaza de Zierikzee, se ha convertido en una misión imposible, tornándose en inalcanzables los revellines, en inútiles todos los asaltos y en una utopía tomar aquella fortaleza.

Sin embargo a nuestro Coronel no se le pasa por la cabeza la idea de abandonar el intento, ni tampoco a sus soldados, ya que ninguno queremos acabar ni derrotados ni avergonzados. 
Todos preferimos morir sobre aquel lodazal que corre en ríos ensangrentados antes que retirarnos.

Diluviaba sobre Zelanda y el repiqueteo del agua contra los morriones españoles provoca un soniquete insistente y repetitivo, como el eco apagado de tambores que llegase desde muy lejos.

- Están tocando a muerto...- bromea un soldado.

Una risotada recorre las filas de piqueros que permanecen en formación bajo la cortina de agua, esperando la orden de avanzar sobre la brecha que, supuestamente, abrirán los camaradas.
Ya lo habían intentado tres veces aquella mañana. Y las tres habían tenido que retroceder hasta las posiciones de partida bajo el intenso fuego de los malditos herejes.

A quince metros de las defensas enemigas el barro es rojo y arrastra partes de la anatomía humana por las que se pirran en las Universidades los Doctores y los estudiosos.
Nos cubre un fango gris, marrón y rojo que mancha los trapos raídos que no hace mucho eran nuestras camisas y jubones formando sobre ellos curiosos dibujos al mezclarse con la sangre coagulada que nos empapa.
Más que hombres parecemos espectros que chorrean un funesto odio contra nuestros enemigos.

La línea española se extiende frente al glacis holandés que llevamos intentando tomar toda la mañana. 
Puedo ver a mis camaradas que, igual que yo, se agazapan esperando la orden de atacar, otra vez, la posición enemiga.
Ya apenas disparamos con los arcabuces. No hay mechas secas en todo el Tercio.

Algo más atrás veo las formaciones de piqueros. Hasta nuestra posición llega el sonido que provoca el agua al golpear contra sus morriones. 
En los tres intentos anteriores los holandeses se han despachado a gusto contra ellos con sus cañones y mosquetes... Supongo que estarán deseando que abramos brecha y entrar en el fuerte para agradecérselo a los herejes.

Cerca de mi hay un soldado... Como los demás está cubierto de sangre y barro. Rígido contempla absorto la muralla del glacis holandés. Me da la sensación de que está contando...

Toledo, creo recordar que se llama... Sí, Diego... Diego de Toledo.

Como, si al recordar su nombre hubiese activado alguna tecla oculta, el soldado salta desde la trinchera, espada en mano y gritando hasta desgañitarse :¡Cierra y Santiago!, se lanza como poseído por los demonios, contra las defensas holandesas.

Durante un instante que se hace eterno solamente existe en el mundo un valiente que corre en solitario contra la muerte y cinco o seis mil ojos admirados, de un lado y de otro, que le contemplan.

Luego se desata la locura.

Los herejes comienzan a disparar contra Diego, éste a correr zigzagueando, esquivando, directo a la muralla, imparable, nosotros, sus camaradas, galvanizados por su movimiento, comenzamos a correr detrás suyo, gritando hasta enronquecer que ahora sí, que ahora íbamos a tomar aquel fortín por nuestros santos cojones y que no íbamos a dejar a nadie vivo.

El de Toledo alcanza la primera trinchera hereje y se mete dentro... Los gritos espantados de los holandeses nos enardecen. 
Un hombre solo los está haciendo puré, un valiente enloquecido que ensarta enemigos a pares, corta miembros, grita, muerde y golpea todo lo que encuentra en su camino.
Desde el revellín los camaradas de los de la trinchera, perdido de golpe el valor, empiezan a mirarse unos a otros como preguntándose que qué hacen ellos allí...
Algunos arrojan las picas y retroceden.

La inercia nos lleva a escalar los muros y más enemigos arrojan las armas aterrados por lo que se les viene encima, otros disparan sus mosquetes y nos matan a algún camarada con lo que nuestra rabia se multiplica por cien.

- ¡¡¡Santiagoooo... Cierraaaaa...!!!

La ola española supera el muro y se desparrama dentro del reducto hereje. Una tormenta de acero y redaños que ahoga a los enemigos que huyen hacia todas partes mirando hacia atrás contemplando horrorizados que aquel día no hacemos prisioneros.

Por encima del estruendo del combate los últimos enemigos piden desesperados clemencia:

-¡Srinden, srinden...!- dicen. Ninguno les hacemos ni puñetero caso.

Diluviaba sobre Zelanda y ahora el agua se mezclaba con la sangre de los herejes muertos que tapizaban el barro del fortín. 
Sin resuello, con el corazón palpitando con fuerza en el pecho, todos los que hemos sobrevivido, casi al unísono, como si lo hubiésemos ensayado, buscamos con la mirada al valiente que nos había arrastrado en su locura.

Diego de Toledo, que dibujaba en su rostro una sonrisa desquiciada mientras saqueaba el cuerpo de un oficial holandés, siente sobre él las miradas admiradas de todos sus camaradas, incluido el Coronel Mondragón, alza la cara y entonces su sonrisa cambia a la de un niño al que han pillado en alguna travesura.
Los ojos chispeantes nos recorren casi de uno en uno, se pone de pie, sopesando la bolsa que acaba de quitarle al oficial muerto y,parece muy satisfecho con el volumen que contiene, luego alza su espada y grita:

- ¡Españaaaaaaaa...!¡Españaaaaa...!

Tres mil voces roncas nos unimos a la suya y nuestro grito recorre los canales enemigos y alcanza la ciudad de Zierikzee, tan cercana que, desde sus murallas han podido contemplar la carnicería en Bomenzee...

Aquella misma tarde los emisarios de la villa solicitan la capitulación a cambio de unos miles de florines, pan, vino y hasta la virtud de sus mujeres nos ofrecen con tal de evitar el asalto y el saqueo.

Y así, gracias al valor suicida de  un solo hombre, pudimos tomar el fuerte de Bomenzee y la villa de Zierikzee...

Ni que decir tiene que, Diego de Toledo, con aquella sonrisa suya de niño malo, no necesitó nada más para asaltar algunos refajos de damas de Zierikzee.
Y encima no tuvo que gastar un óbolo de su faltriquera.

Todo esto ocurrió hace muchos años, muchos, cuando nuestra patria agarraba al mundo por las pelotas y el mundo contenía el aliento.
Cuando el mundo hablaba español gracias al valor de hombres como Diego, el Coronel Mondragón y miles de camaradas que se dejaron allí los huesos bajo el viejo grito de:

¡Santiago, Cierra, España...!

Unos huesos que hoy, cuando estoy viejo y cansado, vuestras mercedes, mis compatriotas, han olvidado...

Fin

Imagen: Plano holandés del sitio de Zierikzee.



























1 comentario:

  1. Por fin puedo leerle de nuevo, amigo Antonio.

    Maravilloso relato.

    Un saludo desde Málaga, sede de uno de los tres primeros Tercios Viejos, junto con el de Nápoles y el de Lombardía.

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