lunes, 24 de octubre de 2011

¡TIERRA!

¡Hay que ver lo que son las cosas...!

Un solo vistazo, una mirada en el instante preciso o un cambio de guardia con Pepe el motrileño y tu nombre se queda para siempre en los libros de Historia. 
Y pasan los siglos y con sólo leer alguna relación de aquel viaje y cualquiera puede saber que fuiste tú, y no otro, el que estaba encaramado en los palos aquel día…

Al menos eso saqué, figurar en los libros para siempre. O al menos hasta que la gente se preocupe de recordar, de saber… Al menos hasta que existan libros…
Porque, Y esto no constituye ninguna sorpresa para ningún español, otra cosa no conseguí…

Al almirante se le llenaba la boca con las montañas de oro que llenarían las bordas de nuestras naves al regreso, con que si en el Cipango hallaríamos riquezas sin fin, mujeres hermosas y vino que manaba de las fuentes…
También dijo que al primero que divisase tierra lo bañaría en oro y en joyas, que le nombraría Señor de lo que fuese y que lo cubriría de gloria.
Y sí que me cubrió, sí… Pero de mierda...

Como habrán adivinado me llamo Rodrigo de Triana y fui el primer hombre que vio el Nuevo Mundo.
Bueno, ahora dicen que si los chinos y los vikingos llegaron antes... Pero ninguno dijo nada, ¿verdad? Nosotros sí…

El almirante ha pasado a la historia como un gran hombre, un genio de la navegación, un alma noble y generosa, un hombre de los que nacen uno cada mil años.
Pero no es así. Era solamente un hombre, con virtudes algunas y defectos muchos.
Mentiroso, avaricioso, ambicionando siempre riquezas y gloria… Arrogante que despreciaba las ideas y las razones de hombres mejor preparados y más valientes como Juan de la Cosa y Martín Alonso Pinzón.

Y éso que si no es por este último al maldito genovés lo hubiésemos tirado por la borda la noche del diez de octubre…
Porque estábamos hartos de navegar el Océano Tenebroso. 
Aunque claro, en La Pintá, que así era como se llamaba en andalú la carabela, nadie decía nada, porque el capitán Martín Alonso Pinzón nos hubiese pasado por la quilla sin dudarlo.
Pero en la Niña y en la Santa María- qué manía de cambiar los nombres, la Nao era la Marigalante de toda la vida pero a Colón no le agradó el nombre- sí que hubo más de un guantazo y más de un pistolón apuntado a alguna cabeza.

Pero lo importante es que se decidió seguir adelante, un poco, solamente un poco más.

El almirante seguía encabezonado en que allí mismo, a pocas millas, estaba el Cibao, que muy cerca estaba la tierra.

Y tierra había sí. 
Pero no era donde él decía, aquello no era Oriente. Aquello era otra cosa. 
Aunque diré en su favor que ninguno teníamos en aquel momento ni puta idea de donde estábamos, ni maese Juan de la Cosa ni don Luís de Torres… Aunque estos sabios caballeros muy pronto comprendieron el error del almirante y se dieron cuenta de que aquellas Indias eran otras.
Colón no reconoció esto jamás. Cabezón y obstinado hasta la tumba.

Así que navegamos un poco más con La Pintá delante, como siempre, buena marinera y rápida como el viento. 
Durante toda la travesía habíamos tenido que ir esperando a las otras, sobretodo al armatoste lentísimo, que tan solo la pericia de Maese De la Cosa hacía navegar, de la Nao Capitana, la rebautizada, Santa María.
Aquí entre ustedes y yo les confesaré, que todo fue por azar. 
Nunca mejor dicho.
Me jugué con Pepe el motrileño la tercera guardia a las cartas… Y perdí… O gané según se mire.

También ganó la Historia pues no me negarán que no queda igual de bonito Rodrigo de Triana, aunque yo sea de Lepe, que Pepe el Motrileño. ¿O no...?

Y por eso estaba allí arriba aquella noche. Pasando más frío que un esquimal y mojado hasta el tuétano por los rociones que me lanzaba, riéndose de mí, aquel océano del que se contaban relatos espeluznantes .
Primero creí ver algo. 
Una difusa línea que cortaba el horizonte. Agucé la vista y dejé que la poca luz de la luna iluminara mi camino… También recé, más que por los escudos que no tenía, por los posibles bajíos y rompientes que seguramente tendríamos delante.

La línea poco a poco se fue aclarando… Sombras que parecen montañas... ¿Vegetación…? Aspiré una bocanada de aire. Olía a mar, a sal, a viento, y olía a… Tierra…
Entonces fue cuando grité, tan fuerte que hasta los oídos me pitaron. 
Grité tres veces:

- ¡Tierra...! ¡Tierra...! ¡Tierra...!

Grité tan fuerte que pronto se llenaron las cubiertas de las tres naves de hombres que oteaban el horizonte.
Creo que hasta a los habitantes de la isla desperté porque se encendieron hogueras en la orilla.
Y así llegamos al Nuevo Mundo... Las Indias…

América, se llamó después, que se joda el almirante por cabezón… Y por chorizo.
Del oro que prometió, ¿alguno de ustedes vio algo?... Pues éso. ¡Yo tampoco!

Cuando regresamos les contó a los Reyes muy tieso y peripuesto, con un loro de esos multicolores en el hombro, que había sido él y solamente él, el primero en avistar tierra y que por tanto, a él se le adeudaba la recompensa prometida por Sus Majestades… ¿Quién iba a creer a un simple marinero…?

Además los que salieron en mi defensa estaban en el bando equivocado. Luís de Torres, Juan de la Cosa y hasta Martín Alonso habían salido escaldados de su relación con el almirante, que los acusaba de mil perrerías. 
Y así se quedó Colón con el oro que, en justicia, me correspondía a mí.

Participé luego en otras expediciones, y al final hasta llegué al Cipango, cosa que Colón jamás hizo. 
Pero nunca recibí recompensa ni reconocimiento alguno. Jamás dejé atrás mi condición miserable.

Estoy pensando renegar, irme a África y hacerme moro…  A ver si allí se me da mejor…

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Diorama de Rodrigo de Triana. Autor desconocido.



domingo, 23 de octubre de 2011

DRAKE Y HAWKINS. UNA DERROTA INGLESA.

En Inglaterra la figura de Francis Drake está rodeada por un halo de heroísmo, abnegación y de invencibilidad en sus muchas peleas contra los españoles y es considerado uno de sus más grandes héroes.
En una buena parte todo es mentira y ficción.
Propaganda de la que nuestros enemigos siempre supieron valerse mucho mejor que nosotros, más acostumbrados a olvidar las victorias y a ensalzar las derrotas.

Los hechos que a continuación narro ocurrieron durante la guerra -que ganamos- de 1585 a 1604. 
Isabel contra Felipe. La Pérfida Albión contra el Demonio del Mediodía, que así nos llamaban los hideputas además de otras muchas lindezas.

Al principio los ingleses cosecharon fulgurantes victorias pero el exceso de confianza y la natural arrogancia británica les buscó la ruina en la batalla de las Azores, en donde el grandísimo Álvaro de Bazán los vapuleó a base de bien.
Luego los británicos sufrieron el desastre de la llamada: Contra-Armada que mandaba Sir Francis y supondrá una de las mayores y estrepitosas derrotas en la historia de Inglaterra. 
La Reina no mandó ahorcar a Drake por su fama entre el populacho pero lo enviaría de guardia perpetua a las "importantes" defensas costeras de Plymouth para que allí languideciera ambicionando el oro y la plata de las Indias que, por cierto, pocas veces consiguió.

Pero la guerra contra España no marchaba demasiado bien y Drake, para congraciarse con la bermeja, ideó un osado y audaz plan de ataque contra el Caribe Español. 
Isabel, astuta y necesitada de victorias, cedió ante la insistencia de su afamado Almirante aunque ella, poco confiada, ordenó un mando conjunto para la expedición.
Drake tendría que compartir el mando de la flota con otro afamado marino, John Hawkins. 
Las tropas de tierra quedaron bajo mando del reconocido y eficiente general Baskerville, nada que ver con el perro... ¿o, sí...?

El 7 de septiembre de 1595 zarpaba la mayor y más poderosa flota que los ingleses habían enviado hasta entonces contra el imperio colonial español.
Mil quinientos marineros y tres mil infantes embarcados en seis formidables Galeones Reales a los que se sumaban más de veinte naves de apoyo.

La primera discusión que tuvieron los tres Comandantes fue sobre cual era el mejor sitio en el que aprovisionarse para afrontar la dura travesía hasta el Caribe. 

Hawkins quería hacerlo en las costas africanas pero el presuntuoso General -el del perro- se jactaba de que él y sus hombres podían tomar la ciudad de Las Palmas en menos de cuatro horas. 
Así que los ingleses decidieron sacrificar la sorpresa y pusieron rumbo al puerto español.

En Las Palmas el Gobernador, Alfonso de Alvarado, ya había recibido la noticia de que llegaban los ingleses. 
Cuenta para la defensa con mil quinientos hombres y la poca artillería que tiene la manda desplegar en las mismas playas. 
Refuerza los Fuertes de Santa Catalina y de Santa Clara y se apresta a recibir a los casacas rojas como se merecen, o sea, a cañonazos.

Los ingleses llegan, ven, desembarcan y...


Reciben una continua lluvia de precisas andanadas de artillería y de eficaces descargas de mosquetería ante las que el General Baskerville decide que, lo mejor, es reembarcar a sus vapuleadas tropas... 
Habían pasado ya más de cuatro horas y los ingleses seguían clavados en las playas ensangrentadas.
Más tarde, en la cámara de Drake
 durante la cena, reconocerá el general que quizás se había pasado un poquito con lo de las cuatro horas y que, a lo peor, lo que necesitaba en realidad para tomar Las Palmas eran cuatro días o cuatro meses o cuatro años.

La flota inglesa se retira -calladita, calladita- hacia la isla de La Gomera en la que se aprovisionan de agua y de leña, eso sí, sin armar mucho alboroto no fuera a ser que los viesen los habitantes de la isla. 

La tenaz defensa de Las Palmas ha minado considerablemente la moral de las tropas y, encima, aquella aventura no ha hecho más que empezar.
Para colmo de sus males, los correos españoles ya habrían zarpado llevando la noticia de que los ingleses, con una flota enorme, se dirigían al Caribe.


- ¡Cuando lleguemos a ver qué coño nos encontramos...! - iba pensando Drake.

Durante la travesía del Atlántico John Hawkins que es un marino más viejo y mucho más despierto e inteligente que el ambicioso Drake, presiente el desastre que se avecina. 

No confía para nada en sus compañeros de mando y tan sólo su amor por Inglaterra y por la Reina lo impulsan a continuar la expedición.
En mitad del trayecto un mercante inglés le da la noticia -estupenda- a Drake de que uno de los más grandes y majestuosos galeones que hacen la Carrera de Indias, averiado tras un temporal, se había refugiado en San Juan de Puerto Rico. 
Es el “Nuestra Señora de Begoña” y carga tres millones de reales de plata.

A Drake, a Baskerville, a Hawkins y a cada marinero de la flota inglesa les gotea el colmillo pirata ante la perspectiva del fabuloso botín que se ha presentado ante ellos.
Así que el plan original de atacar y tomar Panamá se esfuma y la flota inglesa pone, de inmediato, rumbo a San Juan.

Llegan el día veintidós de noviembre y, lo que no esperaban ni en pintura, era encontrarse en la isla con una flotilla de unas nuevas y marineras embarcaciones españolas, 
las fragatas.
Son naves rápidas, maniobreras, pequeñas y letales. 
Bajo el mando de Pedro Téllez de Guzmán habían salido de Cuba y, en tiempo récord, plantado ante la rada de San Juan para recibir a cañonazos a la flamante línea de galeones ingleses.
La sorpresa, velocidad y valor del ataque español desbanda los barcos enemigos como a las gallinas en un gallinero.
Téllez consigue así meter en la ciudad un vital refuerzo de hombres y de artillería. 

Para rematar la faena forma a sus peligrosas fragatas defendiendo la entrada del puerto:

¡Tóquese vuestra merced los huevos, Sir Francis...!

Drake miraba, lleno de avaricia y de congoja, las velas del “Begoña” que permanecía seguro amarrado en los muelles y al que no había podido meter mano. 
Todavía... -pensaba.

Aquella noche, una vez reunida la flota inglesa, fondean los ingleses cerca de la costa pero, eso sí, muy lejos de las murallas y las baterías del imponente Fuerte de San Juan del Morro.
Es la hora de la cena y en el camarote de Drake están reunidos casi todos los oficiales de la expedición, beben en copas de cristal mientras discuten, muy flemáticamente, los pormenores del plan de ataque. 
No se imaginan la que se les viene encima.

Los astutos españoles han llevado hasta un saliente de la costa cuatro piezas de "a veinticuatro" -había sido toda una proeza arrastrar los cañones hasta allí arriba- y observan pacientes la maniobra inglesa.
En cuanto las naves enemigas quedan tranquilas y en silencio, con las tripulaciones durmiendo o cenando, los españoles apuntan con mucho cuidado las piezas y abren fuego...


El caos se apodera de la flota inglesa que iza a las velas y huye como alma que lleva el diablo. Son dotaciones expertas y, encima, azuzadas por el continuo y preciso bombardeo lo consiguen en poco tiempo.
El justo, sin embargo, para que los del saliente de roca disparen varias andanadas consecutivas que logran hundir un par de naves cargadas de infantería, dañar otras y, de paso, acabar con la vida del famoso pirata Juanito Hawkins.

Una bala entró por el ventanal de popa y se llevó por delante al famoso marino además de a un par de sus Oficiales que quedaron convertidos en rosbif contra la madera del barco.
Los británicos sostendrán -y sostienen- la versión de que Jonh Hawkins murió de fiebres poco antes de la batalla de San Juan.

Paquito Drake había salido sin un solo rasguño de la escabechina y berreaba de rabia fingiendo una admiración y un dolor que no sentía por el amigo, compañero y compatriota perdido. 
Lo que sentía en realidad, era alivio.
¡Uno menos para el reparto...!- pensaba convencido de que lograría hacerse con el "Begoña" y con su cargamento.

El día veintitrés de noviembre ordena el ataque definitivo contra San Juan. 

Y lo cierto es que el plan resulta valiente, audaz y temerario y, si tiene éxito, las defensas caerán como naipes una tras otra. 
Al menos eso piensa Drake.

De madrugada, entre la bruma espesa del mar, las barcazas inglesas llenas a rebosar de infantes de marina se acercan sigilosas y en completo silencio hasta la borda de las fragatas que defienden la entrada al puerto.

Solamente el chapaleo de los remos rompe el silencio de la noche caribeña -¡splach, sploch, splach...!- los ingleses están a un paso de lograr su objetivo.
Pero cometen un terrible -y estúpido- error cuando algunos marineros, pensándose que ya estaba todo el pescado vendido, escalan las bordas de la fragata: “Magdalena”, matan a los centinelas y le prenden fuego dando alaridos de victoria:


- ¡Hurry up, hurry up...!- o algo así berreaban los imbéciles.

Las llamas y los gritos alertan a las otras cuatro fragatas que, al instante, abren sus portas, asoman los cañones y en la cubierta brillan los mosquetes iluminando la noche con las mechas encendidas.
El fuego que consume a la "Magdalena" sirve de luminaria a los artilleros españoles mientras las barcazas inglesas bogan con desesperación hacia alta mar.
Los gritos atroces de los compañeros, que no habían podido escapar de la fragata y que se están achicharrando vivos, encienden la mala leche de los artilleros españoles que atinan especialmente bien aquella noche.

El Caribe queda lleno de muertos o heridos que devoran los tiburones que han acudido al banquete de ingleses o de trozos de ingleses que para el caso es lo mismo.
El mar se tiñe de sangre y la noche se rompe en gritos espeluznantes cada vez que un escualo se lleva a un rubio entre las fauces.

Drake ya ha perdido muchos hombres y muchos barcos. Baskerville está que echa chispas y sin poder creer lo que ha sucedido. 

Ahora tiene unas muy mermadas fuerzas de combate y todavía no han llegado siquiera a Panamá, que era el objetivo principal de la misión.
La Reina los mandará ahorcar sin ninguna duda. Baskerville hubiese preferido los tiburones.

A primeros de enero de mil quinientos noventa y seis, la antaño orgullosa expedición inglesa hace un clandestino desembarco muy lejos de la vista de los españoles y consiguen tomar la semiabandonada aldea de: Nombre de Dios.
Por el camino tan sólo han encontrado granjas esquilmadas y partidas de guerrilleros que los acosan con dureza poniendo a los ingleses de los nervios y provocándoles grandes ataques de cagalera.

El día ocho Drake ordena el ataque contra el Fuerte de San Pablo de Panamá. 
Lo de fuerte es solamente un eufemismo, porque la posición hispana no es más que una sucesión de empalizadas y de fosos.

El mando español recae en el Capitán Alonso de Sotomayor, soldado viejo que no está dispuesto a entregarse sin pelea.

Bajo su eficaz mando una terrorífica disciplina de fuego española diezma las filas de los ingleses. 
Además, y para acojonarlos más todavía, Sotomayor había enviado a los jóvenes pífanos y tambores de la Compañía a mitad de la selva con la orden de hacer el mayor ruido y alboroto posible.
Así los ingleses piensan que un refuerzo español carga contra ellos y, espantados, deciden que lo mejor es retirarse con mucha prisa. 

Tanta que se dejan por el camino a los heridos y la mitad de la impedimenta.

El quince de enero los británicos regresan a la desolada aldea llevando a Francis Drake postrado en una camilla. Derrotado.
Morirá el día veintiocho, solo, vencido, humillado y con la insatisfecha ambición, dentro de su avariciosa alma, de no haber podido nadar entre montañas de oro y de plata de Las Indias.

Baskerville desolado decide que lo mejor es largarse con lo que queda de la maltrecha expedición que ya no es mucho. 

Los restos de la antaño poderosa flota se refugian en la solitaria y pequeña Isla de Pinos para reparar las averías y salvar lo que puedan antes de regresar a Inglaterra.
Pero Baskerville todavía tiene que recibir más palos en su arrogante orgullo.

El Almirante Garibay perteneciente a la Flota de Escolta, enterado de los sucesos en Puerto Rico, había salido a toda vela con tres de sus mejores galeones en busca del enemigo.


Los confiados y vapuleados ingleses que descansan y se lamen las heridas en las playas de la isla ven de repente a los tres poderosos barcos españoles entrar en la rada escupiendo fuego sin contemplaciones.
La sorpresa ha resultado total y la carnicería consecuente espantosa.
Los ingleses corretean por las cubiertas enloquecidos de terror mientras los cañones españoles las barren con metralla.
Uno de los barcos estalla esparciendo madera, hierro, tela y pedazos humanos a los cuatro vientos.
Los españoles vienen dispuestos a no dejar a ni uno con vida.

A los que el ataque ha cogido en las playas los abandonan sin contemplaciones sus camaradas, mientras cada cual escapa, o lo intenta, por donde puede. 
Hasta los cañones tienen que arrojar por la borda para aligerar las naves y escapar.

De los veintiocho barcos que tenía la expedición al salir de Inglaterra solamente ocho conseguirán regresar a Plymouth.
Hawkings, Drake más mil y pico súbditos de Su Graciosa habían perecido, toda una flota se había perdido y el orgullo de Inglaterra había sido pisoteado...

Y a pesar de todo ello los ingleses mantienen a Francis Drake como a uno de sus más grandes y reconocidos héroes... Y a Hawkins, y a Baskerville. Y a tantos otros que ni fueron tan magníficos ni tan heroicos.

Luego miro nuestras calles y nuestras plazas, nuestros libros y nuestra vida sin que en ella estén presentes nuestros valientes, nuestros héroes. 

Perdidos de las aulas y huérfanos de reconocimiento.

Y cuando miro se me retuercen las tripas de vergüenza.

A. Villegas Glez. 2011



Imagen: Cañón español en las murallas de San Agustín de La Florida -EEUU- Al fondo la bandera con el Aspa de Borgoña.











viernes, 21 de octubre de 2011

LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

El día en que mi señora madre me entregó a nuestro vecino, Juan de Santandrés,  para que entrase a su servicio como paje, no podía imaginarse -la pobre- a la terrible y maravillosa aventura a la que me estaba enviando. 
Ni yo tampoco, claro.

Tras haber atravesado media España, llegamos al fin, a la hermosa ciudad de Sevilla en la que todo era esplendor, brillo y riqueza. 
Nunca en mi vida había visto tanta gente, ni tantos carruajes engalanados que voceaban a los cuatro vientos la riqueza de sus dueños. 
En el río, que me recordaba un poco al de Bilbao, había atracadas decenas de Naos, incontables galeras y decenas de barcas,barcazas y barquichuelas que se apiñaban unas a las otras, había un millón de velas que flameaban al viento como sábanas colgadas al sol.

A las pocas semanas de andar zascandileando y buscándonos la vida por la ciudad del Betis, una noche llegó mi amo, muy contento y achispado, al cuartucho que nos daba cobijo para soltarme, como un arcabuzazo, la gran noticia:

- ¡Embarcamos en tres días! - me dijo con una amplia sonrisa dibujada en la boca- Tú de grumete y yo de gaviero...

Nuestra nave se llamaba "Victoria" y desde el primer momento me dio muy buena espina el nombre.

El trabajo de grumete resulta duro y desagradecido. Mucho cepillar las cubiertas hasta que se te despellejan las manos, mucho recibir capones del Contramaestre hasta que se harta el hideputa  y mucho de comer poco y mal.

Desde el primer día nos dejaron cristalino, como el agua de un manantial, a la corte de pilluelos que viajábamos en cada nave de la flota, que éramos los últimos de una larga escalera, el último eslabón de la cadena de a bordo y que debíamos buscarnos la vida para todo, o casi.

También desde el primer día me hice amigo de otro muchacho, seco y callado, que se llamaba Francisco Espinar.

Cuando zarpamos desde Sanlúcar, el día veinte de septiembre del año del Señor de mil quinientos y diecinueve, dentro de cada una de las cinco Naos que componían la expedición, los doscientos cincuenta hombres que participábamos, desde el imponente Almirante Magallanes hasta el último de los grumetes, poníamos nuestras almas en manos de Dios y en la pericia y conocimientos de los capitanes y los pilotos.

Aunque por desgracia y, siguiendo la rancia costumbre española, también, y desde el primer momento, aquellos mismos capitanes y pilotos comenzaron a discutir y a pelearse entre ellos hasta el punto de que, cuando logramos arribar al puerto de San Julián, unos meses después, el odio y las rencillas acumuladas durante la travesía llevaron a que los miembros de la expedición se mataran los unos a los otros.

Mi antiguo vecino y yo tuvimos mucha suerte pero el que había sido nuestro capitán hasta aquel momento, Luís de Mendoza, no tanta. 
Junto al capitán Quesada y al capitán Cartagena, sublevados contra Magallanes, fue ejecutado en la isla sin miramiento alguno.
Todo esto ocurría más o menos durante el invierno del año mil quinientos y veinte. Junto a los hombres ajusticiados se había perdido también la Nao "Santiago". 

Un servidor acababa de cumplir los trece años y me dirigía hacia un lugar en el que, según contaban los marinos viejos, las olas eran tan gigantescas que se tragaban los barcos enteros con toda la tripulación dentro  sin tiempo ni de persignarse.

El rumbo era Sur, siempre hacia el sur para encontrar el supuesto paso que nos permitiese llegar hasta el Océano que había al otro lado del mundo. Aquel hasta el que el gran Almirante Colón no había podido llegar.

Aquellos días fueron terribles y durante un mes entero estuvimos dando vueltas y revueltas entre rocas afiladas y bajíos traicioneros que nos hacían estar todo el día con el Páter Noster en la boca. 
Metidos en mitad de tempestades horrorosas que hacían que el barco pareciese que fuese a partirse en mil pedazos con cada envite del mar y que te hacían encogerte de miedo como un ratón de campo agarrado a cualquier cabo, madero o hierro de la Nao. Un terrorífico y largo mes rezándole a la santísima Virgen para que nos amparase y protegiese de la furia del océano.

Por eso, cuando por fin conseguimos salir de aquel dédalo de rocas y arrecifes, el Almirante bautizó a aquel estrecho como: "De Todos los Santos"
Supongo que lo llamó así, porque a todos y cada uno de ellos les habíamos rezado con fervor para que nos ayudasen a poder superarlo.
Por el camino se había quedado la Nao: "San Antonio".

El Mar del Sur hizo honor a su fama de azul y tranquilo, 
después de tantos y tantos días zarandeados por las olas lo rebautizamos como "Pacífico".
Las tres Naos que quedábamos pusimos rumbo al noroeste ya que los gélidos vientos que venían desde el sur no agradaban a nadie ni aconsejaban una travesía hacia lo desconocido, aunque, cierto es, que desconocido era todo aquel mundo acuático por el que nuestras naves navegaban.

Aquellos días estuve al borde de la muerte. 
Porque la enfermedad, el hambre y la desesperación fueron nuestras compañeras de viaje durante los largos y penosos meses siguientes. 
Hasta el serrín y el cuero nos tuvimos que comer. Las ratas se pagaban a medio maravedí y tan sólo los oficiales podían disfrutar de su carne. 
El agua estaba podrida y nuestras bocas tan hinchadas que apenas podíamos hablar entre nosotros .
Cada día los vigías sólo alcanzaban a ver un mar azul inmenso, inacabable e infinito. 
Y así durante tres largos meses. 

Hasta que la Providencia nos llevó hasta una isla que se bautizó como: "De los Ladrones", y el motivo se lo pregunten vuestras mercedes al General Magallanes, porque yo estuve muy ocupado atiborrándome de agua, de cocos, de lagartijas y de todo lo que pude arramblar.

Las gentes que descubríamos en aquellas tierras eran diferentes a los habitantes del Nuevo Mundo, eran más parecidos a los chinos de los que hablaba Marco Polo y eran también valientes, crueles y astutos. 
Lo pudo comprobar por sí mismo Magallanes y, por desgracia, mi querido amigo Francisco.

Todo ocurrió en una pequeña isla que estaba muy cerca de otra, más grande, que los indígenas llamaban, Luzón. 
Los españoles habían desembarcado para reabastecerse de agua y fueron cercados por una turba de indios que los masacraron a todos sin demostrar piedad alguna.
La isla se llamaba Mactán y el General, mi amigo y todos los que allí murieron, que no fueron pocos, se fueron de pie y mirando de cara a la muerte, peleando espada en mano contra la inmensa maraña de brazos que desde la selva asomaron dispuestos a no dejar nadie vivo. 
Ocurrió esta tragedia el día veintiuno de abril.

No pudo decir lo mismo, eso de irse de pie y cara a la muerte, el oficial portugués que había tomado el mando de la expedición tras la muerte del General. 
Se llamaba Duarte Barbosa. 
Engañado por un cacique local acude, junto con una treintena de sus fieles, a una espléndida cena ofrecida por uno de los líderes indígenas a modo de agasajo y pleitesía. 
O eso cree Barbosa.
En un claro de la selva, en mitad de la opípara cena, los treinta y un hombres son degollados como perros sin tiempo a decir ni carallo ni gaitas.

Yo le tuve que dar efusivas gracias a Dios por haberle hecho caso a Juan de Santandrés, que siempre sospechó del  repentino buen rollito y la rápida sumisión de algunos de los habitantes de aquellas islas, de no haber acudido a aquella trampa mortal:

- Acuérdate de tu amigo Paco y del General... -me decía.

Y en verdad que llevaba toda la razón.

Los días venideros trajeron nuevos cambios y más aventuras. 
Ya solamente quedábamos dos naves: la "Trinidad" y la "Victoria". 

A la "Concepción" , que había aguantado la pobre hasta allí, la tuvimos que hacer astillas por los graves desperfectos que arrastraba y así, de Nao pasó a convertirse en leña y su tripulación repartida entre los otros barcos.

Al mando de lo que quedaba de la expedición quedó un reconocido y apreciado marino: Juan Sebastián Elcano se llamaba.

Más tarde la Nao "Trinidad" se tuvo que quedar a resguardo en el puerto de Tidore porque había aparecido entre sus cuadernas una grave vía de agua que había que reparar de urgencia ya que el barco no daba más de sí. 
Iba a ser solamente nuestra nave la que lo consiguiese. La primera en lograr dar la vuelta al mundo. 
¿Ya les dije que me había dado muy buenas vibraciones aquel nombre?

Así, el día seis de septiembre del año del Señor de mil quinientos y veintidós, después de tres años casi justos desde nuestra partida, los dieciocho supervivientes de la expedición que íbamos rotos, exprimidos por el escorbuto, desharrapados y hambrientos, pero con el honor y el orgullo arrogante pintado en los rostros enflaquecidos y curtidos de sal y de sol, por haber sido los primeros hombres en realizar aquel viaje prodigioso que nadie antes se había atrevido a afrontar, convirtiendo a nuestra Nación en Adelantada y Descubridora. 
Y a nuestros barcos a los únicos que podían decir, sin faltar a la verdad, que habían recorrido los Siete Mares, o más y antes que nadie...

Miguel de Arratia. 
Grumete en la Nao Victoria, la primera que consiguió circunnavegar la Tierra. 

Que el Señor guarde a vuestras mercedes, a la Patria y al Rey.

© A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Mapa indicando la ruta seguida por la expedición Magallanes- Elcano 1519-1522


jueves, 20 de octubre de 2011

El FANTASMA DE ELIAN DONAN

El animado grupo de turistas recorre las restauradas estancias del hermoso Castillo de Eilean Donan, junto al no menos hermoso lago Alsh, en las Tierras Altas de Escocia. 
Lo componen un variopinto grupo de franceses y alemanes, a los que la agencia de viajes ha sumado unos cuantos españoles.

De improviso, con escándalo metálico, una enorme armadura cae al suelo y a un orondo alemán le cae la moharra a escasos centímetros de los pies, el pesado metal levanta chispas del pavimento.
Los turistas, sorprendidos y espantados gritan asustados, el gordito germano chilla como las chicas de las pelis de terror, pero el guía escocés sonriendo de oreja a oreja, les dice:
-¡Tranquilidad Señores, tan sólo es el fantasma…!

Los turistas se relajan. 
¡Claro, es una atracción, un entretenimiento! ¡Todos los castillos escoceses deben tener su fantasma!
Y aquel, en mitad de semejante paisaje, no podía ser menos.
La visita continúa entre risas y bromas. 

Entonces se cae el cuadro. 
Es un óleo grande, de ésos que lleva pintada alguna batalla . 
El pesado marco de madera labrada le acierta, de pleno, a uno de los franceses en mitad del pie derecho.
El hombre se agarra de inmediato el pie dolorido y empieza a saltar a la pata coja:

-¡Salope, merde...!- salen de su boca las palabras en ristra y sin acento circunflejo.

Los españoles, que han estado un poco apartados, apenas pueden contener la risa. El marco del cuadro debe pesar al menos cien kilos, ¡que se joda el gabacho!, se dicen entre carcajadas disimuladas.

Entonces el guía escocés reúne a los turistas franco-alemanes y les dice que no es posible continuar la visita.
Mucho menos para el francés que ha tenido la pésima idea de quitarse el zapato y se mira absorto la berenjena que tiene ahora por pie.
Uno de los alemanes avispado y con pinta de haber servido gustoso en la "ese-ese" si hubiese nacido setenta años antes, se adelanta del grupo y con chulería le pregunta al guía:

- ¿Y los “espanien”, si pueden seguir...?

- Sí… - le contesta el escocés imperturbable.

- ¿Solamente por ser “espanien”?- al alemán se le ve muy cabreado con la discriminatoria decisión.

- Precisamente por eso…- remata el escocés, impávido.

¿Nosotros sí y éstos no...?, qué raro- se dicen los españoles.

Uno se adelanta y pregunta entonces, hidalgo:

-¿Qué razón impide a estos señores continuar la visita...?, si ellos no pueden nosotros no seguiremos tampoco…

Nadie sigue sin hacer ni puñetero caso del francés que pide a gritos: ¡une ambulance, une ambulance!, agarrándose la berenjena. 
Todos están pendientes de la respuesta del escocés:

- Porque resulta que el fantasma es español y a vosotros os permitirá la visita y a éstos, no- dice.
Al alemán se le escapa entonces una carcajada estruendosa y entre risotada y risotada salen de su boca las palabras: fantasma y fraude. 
Se ríe fuerte y escandaloso, falto de respeto y de tacto.
Entre la primera carcajada del tudesco y la caída de la lámpara transcurren diez segundos...

Entonces el guía escocés si que se ve obligado a suspender la visita y a llamar a los servicios sanitarios. El descalabro del alemán es considerable. Se pueden ver asomar las piernas temblorosas bajo media tonelada de cristal y de acero. Ya no se ríe…

Después de alejarse las sirenas que se llevan a los heridos, el francés miraba con mucha pena al alemán que iba listo de papeles sobre la camilla, los españoles se acercan al guía y le piden que les cuente la historia. 
¿Cómo que hay un fantasma español allí?- le preguntan.

El escocés empieza a contar la historia a bocajarro pero antes se bebe de un trago media petaca del mejor whisky de la zona, para templarse los nervios:

“En el año 1719 trescientos infantes de marina españoles desembarcaron en Escocia dispuestos a ayudarnos contra los impíos ingleses, pero nadie aquí se sublevó, salvo el bravo Rob Roy, y muy pronto se encontraron solos en territorio enemigo. Abandonados.
Una noche de mayo los ingleses rodearon el castillo y amenazaron con derruirlo a cañonazos si los españoles no se rendían. 
Los españoles escaparon y a nado consiguieron esquivar a los ingleses para así poder combatir luego como lo hicieron en la batalla de Glen Shield, del castillo se marcharon todos menos uno.
Un Capitán que se negó a abandonar las municiones y las armas que allí se guardaban y moriría aquel bravo y cabezón español entre las piedras que se volatilizaban del castillo de Eilan Donan, que quedaría arrasado por muchos años.
Cuando el fantasma se levanta con humor de perros no permite las visitas a nadie, y si son ingleses los visitantes hasta tiemblan las viejas piedras y parece que todo quiera venirse abajo. Durante esos días tan sólo permite la visita a sus compatriotas...”

Cuando los cuatro españoles se alejan marchan abrazados unos a otros y un sentimiento extraño, mezcla de orgullo y de pena se ha apoderado de sus corazones, un regusto se ha pegado a sus paladares, como si hubiesen masticado almendras amargas.

¡Hay que ver de lo que se uno se enteraba...!
Españoles allí, en las Islas, en la misma casa de la rubia Albión… 
Ninguno de ellos sabía nada, ninguno tenía ni idea de todo aquello pues nada se contaba en los libros de texto españoles.

Aquella noche, durante la cena, todos brindan en honor de aquel Capitán español que se había quedado para siempre guardando un lejano castillo escocés. Por orgullo y por honor.

Y así llevaba trescientos años. Y los que le quedaban...

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Castillo de Elian Donan en la actualidad.






BATALLA DE CLAVIJO.




Las palabras del muhecín recorrían las enardecidas filas mientras todos al tiempo le daban gracias a Dios. El murmullo de las miles de voces unidas iba subiendo en intensidad y en poco rato el éxtasis religioso electrizaba a todos y cada uno de los hombres que formaban el poderoso ejército de Abderramán II.

Desde las almenas del Castillo de Clavijo el rey de León contemplaba la escena mientras un escalofrío de certeza le recorría la espina dorsal.

Aquella misma mañana se había visto obligado a correr -o galopar- para poder salvar la vida.

Tras haber lanzado su órdago al rey moro negándose a pagar el llamado Tributo de las Cien Doncellas -cien cristianas vírgenes y hermosas que debían ser entregadas para solaz del Califa- había tenido que enfrentarse a un enorme, poderoso y muy bien pertrechado y organizado ejército que el mismísimo Abderramán dirigía en persona.

Al valiente rey leonés, ante la ola enorme de turbantes, saetas, alfanjes, lanzas y guerreros vociferantes que se abatieron como lobos hambrientos sobre sus escasas tropas, no le había quedado más remedio que refugiarse tras las murallas del castillo desde el que ahora contemplaba el campamento agareno.
A Ramiro de León se le encogían el corazón, el estómago y los testículos al pensar en que, al día siguiente, todo habría terminado, y que, cuando los moros acabasen con ellos tendrían a su merced el paso del río y las prósperas regiones cristianas que serían saqueadas y asoladas sin compasión.

La noche del veintidós de mayo del año ochocientos cincuenta y cinco, Ramiro se retira a su cámara para intentar dormir un poco antes de la batalla.
Mientras su paje personal le ayuda a despojarse de la armadura y de la cota de malla por la pequeña tronera que hay en el muro y que también sirve como ventana al mundo exterior, continuaban, como un mal agüero, escuchándose los rezos rítmicos y enardecidos de los mahometanos.

Ramiro de León, íntimamente, no podía hacer otra cosa que admirar aquella fe inquebrantable de la que hacían gala los sarracenos y también la estricta y férrea disciplina que los califas imponían a sus soldados y, sobretodo, a los nobles musulmanes:

- Mañana cenaremos con el Señor, así que prepara tu alma y reza esta noche a la Santísima Virgen para que te acoja en su seno- le dice el rey al hombre que le acerca la jofaina llena de agua.
Ramiro se fija en que el agua tiembla y hace olas anormales dentro del recipiente.
El paje del monarca, que no era, ni había sido nunca un hombre de armas, se había quedado lívido ante las palabras de su amo:

- Majestad... ¡Venceremos...! -dice el hombre sin convencimiento ni convicción alguna en la voz.

A fin de cuentas él será de los hombres que se quedarán dentro del castillo y si las cosas se tuercen siempre tendrá una oportunidad de poder escapar con vida.

- Dios te escuche, Pedro, Dios te escuche... - le contesta el rey mirándole muy fijo a los ojos, luego le da la terrible noticia:

- Mañana todos los hombres seréis soldados, incluido tú. Los sirvientes, cocineros, mozos de cuadra y demás estaréis con las filas de la infantería de reserva... Así que reza esta noche para que Dios nos ayude en la batalla...


Pedro vacía la jofaina del rey almenas abajo mientras reniega de su perra suerte:

¡A las filas de la infantería ni más ni menos!
El rey necesitaba carne de cañón y ni los más leales sirvientes, como lo era él, se iban a librar de la carnicería.
Nunca había sido un hombre valiente, ni nunca había querido entrar en levas ni formar parte de ningún ejército.
Su inmensa suerte, por la que daba gracias a Dios cada día, de haber entrado a servir en la Corte y de ahí, a servir al mismo Rey, había cambiado de golpe aquella luminosa noche de mayo.

Bajo los muros del castillo los moros seguían con sus rezos y sus cánticos guerreros, eran miles y al criado se le ponían los pelos de punta y un miedo atroz y frío inundaba sus tripas.
Quizás por aquella razón se clavó de rodillas contra el duro suelo de piedra de los adarves, para rezar con más devoción y más fe de lo que nunca antes lo había hecho en la vida:

- ¡Padre nuestro...!

En la cámara del rey un brillo sobrenatural le sobresalta.
Ramiro es un hombre valiente y cuajado pero aquello le desconcierta, no siente miedo alguno, tan solo una inmensa paz interior y una abrumadora sensación de tranquilidad y sosiego.
La intensa luz apenas le deja ver nada, solamente puede distinguir una tenue figura y escuchar la voz que es poderosa y vibrante:

- ¡Pelea con valor y vencerás! ¡Yo estaré a vuestro lado...!

Ramiro de León besa su crucifijo de plata maciza y le da gracias al cielo, pues no tiene ninguna duda sobre lo que acaba de suceder, ni se plantea preguntas a sí mismo sobre la naturaleza del extraño fenómeno que acaba de presenciar.
Sabe perfectamente quién le había hablado y en el corazón se le clava la certeza de que, al alba, los cristianos vencerán la batalla...

... Las espadas chocaban entre sí levantando chispazos ardientes que tajaban y cercenaban miembros, las lanzas se clavaban en los vientres de los hombres, las flechas surcaban el cielo a millares llenando el aire de silbidos mortales, los escudos se partían y las armaduras se quebraban mientras sobre la llanura de Clavijo los hombres se mataban los unos a los otros en un desquiciado revoltillo de gritos, sangre, polvo y mierda de caballo.

La batalla estaba resultando reñida y sangrienta. La inferioridad numérica de los cristianos, que peleaban como leones acosados, les llevaba, poco a poco, hacia el desastre.
Casi todos los soldados que habían formado en la infantería de reserva resultaron destrozados a lanzazos y pisoteados por los jinetes de la Caballería sarracena.

Ramiro de León, tinto en sangre, peleaba a la desesperada junto a su guardia personal, estaban rodeados de enemigos por los cuatro costados.
De repente, bañado en una luz sobrenatural, de entre las extenuadas filas cristianas aparece un caballero montado en un soberbio caballo blanco que carga, él solo, contra la masa de enemigos que rodean a Ramiro.

Para los agarenos aquel guerrero desconocido se convirtió en la peor de las pesadillas, en el demonio que se los llevaba al infierno mahometano.

Detrás del aquel caballero, Ramiro y todos sus soldados se lanzaron enardecidos a la carga...

La victoria cristiana en Clavijo resultó sorprendente y aplastante.
Miles de enemigos yacían desparramados por todo el campo de batalla mientras los que quedaban vivos huían en desbandada perseguidos por el incansable jinete del caballo blanco.

Tinto en sangre, sin resuello, con la armadura abollada y llena de refilones, uno de los hombres le pregunta al rey:

-¿Quién es ése valeroso caballero, majestad?

Entonces el Rey de León desmonta y se clava de rodillas en el suelo. 
Todos sus caballeros le imitan y, cuando lo hacen, Ramiro les dice:

- Ese caballero que nos ha concedido hoy la victoria se llama Santiago y es el Santo Patrón y el Defensor de España...

A.Villegas Glez. 2011


miércoles, 19 de octubre de 2011

LA CARTA DE DUPONT



Bailén. Espagne. 25 de julio de 1808…

¡Vive la France...!


Queridísimo Emperateur… Altísimo Sire…


No sé, ¡oh, la, la!, por donde empezar…
¿Por el principio?


Bueno, ¿Recuerda Sire, que me ordenó acudir rápido y ligero, perdiendo el culo vamos, hasta Cádiz para salvar a nuestra flota...?
Pues verá lo que son las cosas…

Esto de aquí ni es Prusia ni Polonia ni Austria, aquí la gente nos mira atravesada, con un odio que hace que se te encojan los huevos. 
Desde el inicio del camino de Madrid nos atacan y hostigan los campesinos, sí Sire, ¡los campesinos…! 
Al pobre soldado que se queda atrás lo degüellan sin piedad o atacan de noche, entran, matan, queman y desaparecen…
Si le soy sincero, Sire, no pego ojo y en mi cama siempre tengo a mano mis pistolas bien cebadas. Dan un miedo que te cagas por la pata abajo los guerrilleros…

Con aquel panorama llegamos a un lugar llamado Valdepeñas y allí Sire, nos dieron las del pulpo, sí Sire, ¡la del pulpo!, tan enconada fue la resistencia que tuvimos que retroceder hasta Toledo para reorganizarnos y volver otra vez…

¡Joder con la invasión y la toma de este puñetero país lleno de locos, de curas y de navajas! 
Aquí, Sire, la gloria de Francia se empañará de sangre, y si no, al tiempo.

En fin, al turrón...
Conseguimos atravesar el paso que llaman de Despeñaperros, dicen que se llama así porque desde sus peñas arrojaban a los sarracenos y a mí, la verdad, no me extraña lo más mínimo, viendo al paisanaje.
No tuvimos demasiados problemas, aunque llegaban noticias de que los españoles movían ficha y reunían un ejército. 
Créame Sire si le digo que me reía de aquella intención. 
Nosotros éramos la Grande Armée, 
¿Adónde coño iban los españoles?, me preguntaba a mi mismo. 
Ya ve, excelencia, lo que es la ignorancia.

Llegamos entonces a Córdoba y en el puente de Alcolea unos cuantos paisanos nos plantaron cara, pero los arrollamos sin problemas y luego nos dedicamos a matar, a robar, a violar, a profanar y a destruir durante varios días seguidos. 
Ya sabe por aquello de que no digan que los franceses no sabemos comportarnos.

El caso es que a los españoles, especialmente a los andaluces, aquello les sentó como un pistoletazo, y si antes no les caíamos simpáticos, imagine después del saqueo.
Desde todas partes me llegaban noticias de que los españoles acudían en masa a alistarse en el Ejército, o peor, se subían al monte y de allí bajaban en manadas furiosas para matar franceses.

No le voy a mentir, Sire, allí nos cagamos todos patas abajo mientras mirábamos los carros llenos de botín fruto de nuestro pillaje y desvergüenza y nos estremecíamos…
Estos se han "cabreao", veremos a ver qué pasa…

Pero, ¡qué coño!, nosotros éramos los vencedores de Austerlitz, 
¿De qué íbamos a tener miedo?, ¿De aquellos españoles zarrapastrosos...?
Ya ve, Sire, lo optimista que yo era.

Decido entonces avanzar hacia atrás, que no es lo mismo que retroceder, y a buscar el camino de Andújar y Bailén. 
¿Una sabia decisión, verdad, Sire...? Pues no.
Resulta que el inútil del general Vedel, por su cuenta y riesgo sin decir nada a nadie, abandona Bailén camino de Madrid. Los españoles, claro, ocupan la ciudad de inmediato.

Yo de todo esto me entero cuando, de madrugada, mis vanguardias entablan feroz combate contra el enemigo. 
A ellos también se conoce que los pillamos en bragas. ¡Ja, ja ,ja, Sire, qué risa!, dos ejércitos que se encuentran en plena madrugada y que sin decir buenas noches se lían a espadazos, a cargas de caballería y a cañonazos…
Un bonito espectáculo, para ver desde la barrera, claro.

Se estremecía la tierra Excelencia, ardían los matojos y saltaban los pedazos de hombres por todas partes cuando los españoles, con más tino, nos ganaron el duelo artillero con el que vimos amanecer.
Cuando alcanzo por fin al campo de batalla, son ya las ocho y pico de la mañana,  los españoles habían rechazado todos nuestros intentos. 
Con grandes bajas. 
Las Brigadas de Caballería, Privé y Dupré estaban diezmadas y deshechas. 
El muro español no se resquebraja y sus líneas aguantaban firmes. 
Ninguno de nuestros enemigos era así de duro, Sire. 
Tenía que haber estado allí su Excelencia…
¡Qué manera de recargar los cañones, qué locos, qué bestias...!
Por ejemplo unos lanceros que vestían muy folclóricos se metieron hasta nuestra cocina, y a pesar de la escabechina que les hacíamos, seguían ensartando soldados hasta que los abatíamos…
¡Qué gente, Sire, qué gente!

Ordeno realizar un ataque en columnas, ya sabe, con mucha carga de Caballería por los flancos, todo muy ortodoxo y muy táctico… 
Pero ni por esas. 
Los españoles machacan la columna de Chabert al que dejan tieso a las primeras de cambio.
No imagina Sire, el calor que hacía… Derretía los sesos y secaba la garganta, un calor que te deja blando y hecho polvo. 
Un calor de mil demonios, y sin gota de agua…Los españoles, sin embargo no carecían de ella, los abastecían las vecinas de la ciudad, que jugándose la vida, llevaban cántaros y botijos a los defensores que así lograban enfriar sus cañones mientras que los nuestros reventaban al rojo. Ni meándose una Compañía entera sobre ellos conseguíamos enfriarlos. 
¡Qué triste espectáculo es ver a nuestros Granaderos en posición tan vergonzosa, Sire...!

Fue entonces, Sire, cuando me decido. Saco mi sable, sí aquel tan bonito que me regaló vuecelencia, y me pongo al frente de las tropas y me lanzo directo contra el centro español…

A los tres metros me pegaron el tiro, que por pocas, Sire, se me lleva por delante los huevos. Intenté permanecer erguido, pero no pude, y mi tambaleo se tradujo en el tambaleo del ejército entero que vuelve grupas y retrocede presa del pánico… 
¡Sí Sire, sí!, sus queridos soldados azules corriendo como conejos delante de los galgos, es así de jodido de contar Excelencia, pero es así.

Solamente sus leales Marinos de la Guardia conservaron la gallardía y el honor, ellos y los pocos que quedaban de la Columna Privé, que se dejaron hacer filetes para proteger la desbandada de los demás... Unos valientes, Sire...

Además y para que se fíe su Excelencia de un suizo, los de la Brigada Rouyer van y se dan de bruces con sus compatriotas del Regimiento de Reding, y en vez de liarse a tiros y a bayonetazos como está mandado, pues no, se ponen a darse abrazos y besos y a decirse lo mucho que le odian a vuecelencia y a Francia…
Más de mil y pico se cambiaron de bando.

No quiero entrar en más detalles pero allí perdimos el orgullo y la disciplina, la fuerza de su ejército, Sire, se evaporó bajo aquel terrible calor andaluz.

Después llegaron más españoles a nuestra retaguardia y nos cercaron. 
También llegó Vedel, tarde y mal, y se puso  a pegar tiros en mitad del alto el fuego, así que en el cerro de San Cristóbal le llevaron por delante casi un Batallón entero. Por chulo.

Ya ve Sire, lo que son las cosas, después de haber derrotado y humillado a toda Europa, después de conquistar las pirámides y de que nos alumbrase el sol de Austerlitz, han sido estos españoles indisciplinados, atrasados y fanáticos los que nos han dado nuestra primera tunda en campo abierto.
Sin más un servidor se despide ya que pronto le veré en París y le relataré más detalles.
A su entera disposición…

DUPONT.


PD: Le llevo un botijo de Bailén, de recuerdo…


A. Villegas Glez. 2011

Presentación.

Buenas tardes a todo el mundo. Me decido por fin a abrir un blog con mis relatos. Muchas personas insisten en ello...Hasta ahora, lo solía hacer en facebook, en una página que llamo "Los Héroes Olvidados", allí intento recordar y homenajear a los españoles que nos precedieron en esta ingrata tierra, que siempre paga a sus mejores hijos, con el olvido y el desprecio...
Algunos amigos me dicen que allí en aquel soporte, podrían perderse los relatos...Y dicen la verdad...
Así que aquí estoy...
Un abrazo Rojigualdo para todos.
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