miércoles, 23 de enero de 2013

DON SANCHO DÁVILA Y DAZA. El Rayo de la Guerra.

Cuando Sancho nació una tormenta anunció que aquel  niño estaba predestinado a blandir espada y daga y a convertirse en uno de los mejores y más afamados capitanes de aquel tiempo irrepetible cuajado de grandes capitanes y de hombres valientes que los seguían hasta donde hiciese falta para defender su patria y su rey.

Hijo de don Antonio Blázquez de Ávila y de doña Ana de Daza sus padres quisieron encaminarle, desde la tierna infancia, hacia el sacerdocio y el servicio a la Santa Iglesia, así que desde muy niño, sus pudientes progenitores lo envían a la mismísima Roma, para que allí estudie Teología y sea ordenado sacerdote lo más pronto posible.
Sin embargo a Sancho lo que le hace temblar el corazón y hervirle la sangre, es la milicia. Envidia en secreto hasta al más humilde de los muchos soldados españoles que pululan por la Ciudad Eterna y desea ser uno de ellos por encima de todas las cosas.

Por eso, en el año mil quinientos cuarenta y tres cuelga los hábitos, abandona los libros de oraciones y sienta plaza de soldado en el Tercio de don Álvaro de Sande, que está a punto de salir hacia el norte, Camino Español arriba hacia Alemania, en dónde los herejes protestantes se han alzado en armas y están exterminando a los católicos sin compasión por todos y cada uno de los Principados alemanes por los que se ha extendido la furia iconoclasta como un barril de pólvora volcado al que se le ha metido fuego.

Sancho Dávila aparece por primera vez en la Historia en el año mil quinientos cuarenta y siete, (tenía veinticuatro años), cuando junto a otros nueve españoles se arroja sin dudarlo a las heladas aguas del río Elba, lo cruzan, desollan a los holandeses que guardaban un puente de barcas que allí tenían oculto, lo roban, y el Emperador Carlos y el Ejército Imperial pueden de esta manera cruzar el caudaloso río y propinar a los herejes la paliza de Mühlberg, en la que el Emperador acabó de un plumazo con la rebelión y la arrogancia de sus enemigos.

Felicitado por el mismísimo Carlos de Austria, regresa con su Tercio de nuevo a Sicilia y allí tomara parte en la callada pero sangrienta batalla mediterránea que España sostiene contra los otomanos.
Es ya capitán de infantería española cuando se embarca en la desastrosa campaña contra la Isla de Gelves, en la que resulta herido y hecho prisionero por los turcos, y gracias, pues su cabeza no será una de las miles que se usen para levantar la famosa Torre de las Calaveras, en la que se apilan, en terrorífico monumento, las cabezas de los tres mil españoles caídos tras defender durante dos meses la ciudadela. Don Álvaro de Sande y su gente  se habían enrocado tras las murallas y no habían dejado de matar turcos como demonios hasta el final.

Dávila es rescatado tras un año de duro cautiverio y en recompensa a las fatigas sufridas, el rey Felipe le concede la Castellanía, (título equiparable al de gobernador), de la hermosa y tranquila ciudad italiana de Pavía, en la que tan sólo permanece un año en el cargo, y no por gusto, pardiez, si no porque el Duque de Alba le ha reclamado a su servicio. Dávila, (de su bolsillo, claro), recluta una compañía de caballería que se convertirá en la escolta personal del Duque en Flandes, corría el año mil quinientos sesenta y ocho.

El rey le nombra  entonces Gobernador de la Ciudadela de Amberes, allí Sancho Dávila, pese a quejarse por la falta de medios y  de hombres, pues no tiene ni la mitad de los que debería tener para defender un perímetro tan grande como el de la ciudadela, ordena reparar los revellines y los baluartes.

Los rebeldes holandeses han incendiado todo Flandes con la rebelión y Sancho Dávila no es ajeno a los vaivenes de la guerra.
Primero derrota cerca del río Mosa a sus enemigos, luego pierde la batalla de Quesnoy,  en la que resulta herido grave. Sin embargo Dávila no ceja, rehace sus maltrechas filas y emprende la persecución del enemigo hasta muy lejos, pasado el gran río Rin hasta la ciudad de Dahlem. Una vez allí arrolla y destroza al enemigo.  
Estará don Sancho entre las filas de su Tercio en la batalla de Gemingen, de la que se cuenta que el holandés no encontró esquina alguna en la que poder ocultarse y que gracias al arrojo de Sancho Dávila y de sus hombres, que impidieron a cuchilladas que los holandeses consiguiesen abrir las esclusas, con lo que se habrían ahogado todos, se ganó la batalla.

Marchando por la región de Frisia se encuentran al enemigo atrincherado al otro lado de un canal, sin dudarlo, ya tenía el valiente Dávila experiencia en cruzar cursos de agua, se arrojan al curso de agua  helada con los caballos, y sujetándose a las crines y las colas de las bestias, la compañía de Dávila cruza el canal y vapulea a los sorprendidos y espantados enemigos. Poco tiempo después en la villa de Tilermont, pasa a cuchillo a ochocientos enemigos durante una sangrienta encamisada.

Llegó luego un periodo de cierta paz, hasta que de nuevo los cabezones rebeldes holandeses se alzaron en armas contra el Emperador.
Sancho Dávila en el año setenta y dos de siglo, acude en ayuda de los sitiados de la ciudad aliada de Midelburgo que están asediados desde hace meses y casi a punto de capitular. Entonces llegan Dávila y sus hombres y  espantan al enemigo logrando levantar el asedio después de matarle al enemigo hasta al tamborilero, pero no contento con eso, lo persigue hasta el puerto de Arnemuinden. Una vez allí, captura unos cuantos barcos holandeses, los carga hasta las bordas de infantería y se lanza a toda vela, directo contra la nave capitana enemiga a la que abordan gritando ¡Santiago!, para después meterle fuego, mientras el resto de la flota holandesa que estaba tan tranquila en su puerto tiene que huir despavorida.
Desde esta valerosa demostración de agallas y determinación, amigos y admirados enemigos. como el gabacho Brantome, bautizan a Sancho Dávila con el sobrenombre de “El Rayo de la Guerra”

Mil quinientos setenta y tres, el viejo Duque de Alba se retira de Flandes y deja su puesto a don Luís de Requesens, que de inmediato ordena a Sancho Dávila que se ponga al mando del ejército, por ser el más bravo y capacitado de todos sus capitanes.
Sancho se lo demuestra en Mastrique,  en dónde tras rezar rodilla en tierra junto  a sus ochocientos hombres, al grito de ¡Cierra!, acometieron los adarves holandeses pasándose por la piedra a mil y pico enemigos y permitiendo que las banderas del Rey Católico pudiesen ondear sobre la ciudad rebelde conquistada.

Al año siguiente, ocupando el centro del ejército español destroza a los holandeses en la batalla de Mook, allí se dejaron los herejes treinta y pico banderas y estandartes, además de cañones, pertrechos y una suma incontable de muertos y de heridos. 
Por tan gran victoria el viejo Sancho Dávila, que tiene cincuenta y un años en el lomo, más de la mitad de ellos pasados en tierra flamenca, recibió como premio y agradecimiento una carta escrita de puño y letra del mismísimo Emperador.
Generoso que te cagas el monarca…

Otra vez como gobernador de la Ciudadela de Amberes, se ve, en octubre de mil quinientos setenta y seis, rodeado de enemigos por los cuatro puntos cardinales, que consiguen alcanzar hasta los mismos adarves de la ciudadela, pues los mercenarios tudescos que defendían el perímetro, se han pasado tan ricamente al enemigo.
Setecientos españoles se han quedado dentro de los muros dispuestos a morir todos antes de rendir la fortaleza, mientras los alegres y confiados ciudadanos de Amberes montan chiringuitos y puestos de pescado frito cerca de la ciudadela, mientras los ingleses, los holandeses y los tudescos se han unido todos para hacer escabeche español y las multitudes allí reunidas aplauden a rabiar cada vez que un cañonazo abre brecha en las murallas almenadas y algún compatriota acaba hecho puré contra las piedras. Ningún refuerzo ha podido pasar las líneas enemigas y todo parece perdido.

Hasta que aparecen por el horizonte dos mil soldados veteranos, desharrapados y hambrientos, los mismos que se habían amotinado en Alost hacía unos días porque ya no quedaba ni cuero para poder roer u matar el hambre, ahora avanzaban con ramas de laurel en los morriones, seguros de su victoria. Aquella imagen imposible causa tanto pavor entre el enemigo, que los dos mil españoles consiguen llegar, sin apenas haber recibido resistencia, hasta la ciudadela donde son recibidos con gritos de júbilo y alegría por los que estaban sitiados dentro.
Juan de Navarrete que era el capitán electo de los amotinados, se abraza a Sancho Dávila, le dice que están deseosos de combatir al enemigo y ocupar toda la ciudad, Dávila entonces le sugiere que descansen y coman que luego se atacará lo que haya que atacarse, entonces Navarrete le dice:

-        - “Señor capitán, venimos a comer en el paraíso o a cenar en Amberes.”

Y los españoles se lanzaron al ataque y lo enemigos huyeron como ratas y los que antes aplaudían y chillaban jubilosos en los chringuitos, chillaban ahora aterrados mientras Amberes ardía por los cuatro costados y los españoles avanzaban calle por calle sin dejar nadie vivo a sus espaldas.

Luego se firmó el Edicto Perpetuo, que duró menos que un indígena con viruela, y Sancho Dávila vio interrumpida su estancia en España (¡ah, la patria), puesto que don Juan de Austria, el flamante nuevo Gobernador de Flandes había tenido que refugiarse  en Namur y tras la rebelión, de todas las Provincias, solamenete Luxemburgo se mantenía fiel al Rey.
Y allí que se fue Sancho Dávila, con cincuenta y cinco primaveras de la época en la espalda y Camino Español arriba, ¡perra suerte...!

Sin embargo, la muerte repentina de don Juan y la vuelta a la calma en el teatro flamenco, hacen que Sancho Dávila regrese a España con el nombramiento de Capitán General de la Costa de Granada en la faltriquera, con la misión de luchar contra la piratería berberisca que asola las costas del sur de España.

Al pasar la corona portuguesa a manos de Felipe Segundo, Sancho Dávila es reclamado de nuevo a las filas de los Tercios, regresa a la guerra, ahora en el frente portugués contra el pretendiente al trono portugués, Prior de Crato.
Sancho participa destacadamente en la batalla de Alcántara, y tras la victoria el Duque de Alba ordena al “Rayo de la Guerra” que persiga y aniquile al enemigo, cosa que Sancho hace con tanto ardor y buen mando, que hasta consigue tomar la ciudad de Oporto, dando la campaña por terminada, corría el año mil quinientos ochenta.

Tres años después, Sancho Dávila enfermaba gravemente por una infección mal curada de una herida  que la coz de un caballo le había causado, morirá en Lisboa el ocho de junio de mil quinientos ochenta y tres a la edad de sesenta años.
Hasta el mismo Emperador lloró su muerte y públicamente reconoció que había perdido a uno de sus mejores soldados. 
Reposa en la Capilla Mayor de la iglesia de San Juan Bautista en la hermosa ciudad de Ávila.






sábado, 19 de enero de 2013

EL RESCATE

NAYAF, IRAK. 4 de abril de 2004...

El grito de guerra de los radicales musulmanes, el mismo que llevaban usando desde hacía siglos, se expandía como una llamarada aquella mañana de abril por toda la ciudad de Nayaf.
Centenares de gargantas gritaban enardecidas mientras decenas de combatientes, armados con lanza-granadas “errepegé”, fusiles de asalto, ametralladoras y morteros se lanzaban al asalto de la base internacional.
Intentaban colarse dentro del perímetro y provocar el mayor número de bajas entre los infieles.

El asalto, muy bien organizado y planificado, lo realizan las peligrosas y temidas milicias que comanda el líder: Al Sadar, resultan feroces y curtidos combatientes y, en poco rato, toda la base se ha convertido en un maremágnum de disparos, explosiones de los gritos de los hombres pidiendo más munición o gimiendo heridos.

La Sección que manda el Alférez Guisado, que pertenece al Regimiento Saboya, ha ocupado los sectores de tiro que tiene signados desplegando en defensiva los cuatro "bemerres" con los que contaba la Sección y de los que asoman las ametralladoras, las "doce-setenta", echando más humo que un tren antiguo.
Al poco rato el Alférez recibe la orden de presentase en el puesto de mando. 

Nada más asomar la cabeza, ¡susórdenesmicoronel...!, los jefes le sueltan, sin demasiadas florituras, la papeleta:

-Los camaradas salvadoreños están rodeados en el edificio de la cárcel, les queda muy poca munición y los están cociendo vivos… 
¡Hay que ir a por ellos, Guisado...! -al Alférez le entran unas ganas locas de decirle al Coronel que vaya él mismo con los cojones, pero se calla, claro, que aquello es el Ejército y el escalafón es el escalafón y si no, haberte hecho taxista...

Resignado se cuadra muy marcial y responde:

- ¡A sus órdenes…!- a Guisado la cabeza le da vueltas y más vueltas tratando de imaginar la mejor manera de ir y, sobretodo de regresar, con todos sus hombres a salvo trayéndose con ellos a los compañeros de El Salvador...

La cárcel de Nayaf está a dos kilómetros de la base situada en mitad de una ciudad que hierve entre disparos, explosiones y gente armada que corretea por las calles disparando contra todo lo que se mueve.
Mirando desde la barrera podía parecer una película de las muchas que había visto en el cine, lo malo era que allí no estaban ni Rambo ni Chuk Norris.

Allí estaban ellos.
Cercados por un numeroso y enardecido enemigo a los camaradas salvadoreños les quedaba munición: “pa un rato nada más”, que así lo había transmitido, sereno y frío como el hielo, el operador de radio de los sitiados.
Aquella resultaba una misión suicida pero que había que cumplir costase lo que costase.

Para más pelotera y más posibilidades todavía de que el día acabase con muchas bajas se daba el caso de que, otra Sección del ejército salvadoreño, nada más haberse enterado de la peligrosa y apurada situación en la que se encontraban sus compatriotas, sin pedir permiso ni al Tato, habían agarrado sus armas y se habían lanzado a las calles dispuestos a morir con tal de no dejar abandonados a sus compatriotas.
El Alférez va pensando todo aquello y también piensa en lo poco fiables que son las Browning que montan los blindados y que tienen la manía, muy poco graciosa en mitad del combate, de atascarse a cada cuatro tiros.Por eso le dice al Sargento González, segundo jefe, que vaya a pedirles prestadas -a los camaradas de la Caballería- las ametralladoras ligeras, las "emegé", que son igual de viejas que las americanas pero mucho, muchísimo más fiables y precisas.

Reunida toda la Sección escucha, muy atenta, al Alférez que les cuenta el “fregao” en el que están a punto de meterse.
Los conductores, los operadores de las radios y los fusileros se miran sin poder creérselo todavía. 
Tienen miedo, claro, pero los hombros de los unos se apoyan en los de los otros y así, el miedo compartido, se soporta mucho mejor.
Algunos bromean, otros, al contrario, permanecen muy serios y muy mudos mientras todos se preparan para lo que se les viene encima.
Ninguno de ellos ha dado un paso atrás.

Tras un breve instante, en el que el sonido de las explosiones y los disparos que llegan desde la ciudad ponen la lúgubre banda sonora al momento, se da la orden de embarque en los vehículos.
En cabeza va el Alférez Guisado:

- ¡Adelante la columna...!

Nada más entrar en la ciudad desde cada azotea, balcón, esquina y cruce de calles los disparos se concentran sobre los "bemerres":

- ¡Pang,pang,pang piiing,paaang, pang, pang, poiiing, pong...!


Los rebotes de las balas corean al terrorífico siseo que producen los proyectiles del temible lanza-granadas “errepegé, capaces de abrir un blindado como una lata de atún:
- ¡Ziiiiiiuussssssssss...! ¡Boooummm...!

Desde cada escotilla y cada mirilla de los blindados se devuelve bala por bala.
Las bocachas de los fusiles estaban rojas como cerezas maduras.

De repente la frenética carrera se detiene.
En mitad de la ruta se han encontrado a los salvadoreños que, valientemente, habían salido en auxilio de sus camaradas.
El enemigo los había rodeado por los cuatro costados y los tenía atrapados como a conejos.

El Alférez y el Sargento bajan de los vehículos para encontrase con el agradecido Oficial que manda el grupo salvadoreño.
Los tres se abrazan detrás de una esquina de la que, una rociada de balas, hace saltar el hormigón y el cemento sobre las cabezas de los hombres:

- ¡Me alegro de verles compadres!
- ¡Lo mismo para nosotros...!, ¡Vamos a por vuestros compañeros de la cárcel!
- ¡Adelante…!

Los blindados deben avanzar ahora mucho más despacio, de cruce en cruce, de esquina en esquina mientras brindan protección a los camaradas y así, pasito a pasito, rodada a rodada, logran llegar hasta la cárcel en donde los reciben con gritos de: ¡olés y vivas a España!
El Capitán al mando les cuenta la situación que no es ni buena ni mala, es la que es: hay un muerto y cinco heridos graves que serán, por supuesto, los primeros evacuados.

Los españoles mientras tanto cuentan, sorprendidos de seguir con vida, los cientos de impactos que ha recibido cada "bemeerre".
Hay mellas y muescas por todo el blindaje, en la ruedas, en las escotillas, en las petacas, en los afustes de la antena y de la "máquina" y en cada centímetro del vetusto pero fiable blindado hispano.
Se colocan con cuidado las camillas dentro de cada blindado por lo que, la dotación de cada cual, tendrá que hacer el camino de regreso en pie sobre los asientos, disparando contra todo lo que se mueva y apretando mucho los huevos o los ovarios según les toque.
Como hace la Cabo Pulido que bromea, serena y sonriente, mientras ponen las camillas sobre el suelo de aluminio de los blindados:

- ¡Mira que bien...! -dice- ¡...Ahora iremos a la fresca...!

De repente, entre una nube de disparos y cohetes de "errepegé" aparecen, como salidos de la nada, tres vehículos del ejército hondureño.
Llegan los hombres con los ojos como platos y resoplando sobre los cañones al rojo de sus fusiles.
Como es natural solicitan integrarse en el convoy pero la marcha ya estaba preparada y deben esperar.

Guisado, persignándose con disimulo, ordena iniciar el regreso.
Los conductores aprietan el acelerador a fondo y el convoy sale a toda leche desde el patio de la cárcel. 
Atrás, enrocados tras los muros, se han quedado un puñado de camaradas, los hondureños recién llegados y algunos heridos leves porque en los blindados ya no cabe un alfiler.

El regreso es estremecedor... 
Toda la furia del enemigo se concentra sobre los españoles que, solamente gracias a la pericia, sangre fría y valor de los conductores y de los fusileros que van asomados, ebrios de pólvora y enardecidos por el combate, logran llevar el convoy hasta la base aliada.
Nadie podía creerse que lo hubiesen conseguido.

Los heridos se trasladan al hospital mientras los blindados y los hombres del Alférez se disponen a regresar hacia las posiciones que tienen asignadas en el perímetro defensivo. 
Porque el asalto contra la base no había cesado en todo aquel tiempo.

El Alférez da las novedades por radio:

- ¿Cómo están los salvadoreños, Guisado...?- le preguntan.
- ¡... Jodidos, mi Coronel...!
- ¡Pues hay que ir a por ellos y no dejarse a ninguno...!
- ¡Sus órdenes...!

El Alférez se emociona hasta el tuétano de los huesos ya que apenas tiene que ordenar nada, porque sus soldados, que lo han oído todo, resoplan resignados y empiezan a rellenar los cargadores.
La soldado Duque bromea y anima a sus compañeros. La chica tiene unos bonitos ojos que ahora obligan a los hombres a apretar la mandíbula y sonreír junto a ella.

Esta vez la Sección irá apoyada desde el aire por helicópteros porque la ciudad arde por los cuatro costados.
También hay algunos cazas sobrevolando el cielo en espera de arrasar cualquier punto del mapa que les asignasen. 

Desde el hospital, repleto de heridos pero también de combatientes, se hace un certero y nutrido fuego contra la base aliada.
Los pilotos norteamericanos solicitan permiso para intervenir a la manera que suelen, o sea, soltando pepinos sobre el hospital hasta convertirlo en gravilla.
Pero las reglas de enfrentamiento españolas resultan mucho más estrictas y mucho más restrictivas que las yanquis.
Así que no se autoriza el bombardeo del hospital, que, aunque desde allí se esté machacando con morteros la base, el edificio está a rebosar de ancianos, de mujeres y de niños:
- ¡Nada de bombas, míster!, ¿qué nos están disparando...? ¡Pues nos jodemos!

En el patio otra vez rugen los motores revolucionados y candentes de los “bemeerres” con los soldados dentro dispuestos a darse otra vuelta por la alegre ciudad de Nayaf. 
De nuevo va el Alférez a la cabeza.

A toda mecha los cuatro blindados encaran las calles rumbo a la cárcel en busca de los camaradas que aguantaban el envite de centenares de enemigos.
Por radio se les dan instrucciones:

- ¡Estén atentos compadres vamos a llegar con los portones abiertos…!
- ¡Ok, ok, camaradas! ¡Estaremos listos...!

La carrera sigue acosados por vehículos artillados con ametralladoras de fabricación soviética. Por segunda vez se consigue llegar hasta la cárcel.
Sin apenas tiempo de respirar se reorganiza la columna que, en pocos minutos, regresa bajo la lluvia de fuego.
Todo es una inmensa locura de balas que golpean contra el blindaje, de explosiones, de gritos, de estruendo metálico, de tintineo de casquillos vacíos y del rugido de los motores llevados al límite de sus revoluciones...

El convoy, bajo el fuego enemigo, entra en la base. Los camaradas aplauden y vitorean.
Ha sido una enorme lección de pundonor, bravura, eficacia profesional y, cierta hidalguía rescatada del olvido, la que aquella Sección le había regalado al mundo.

El Alférez se lleva el micro a los labios resecos, siente su cuerpo rebosante de adrenalina y de orgullo, por sí mismo y por los soldados que tiene bajo su mando a los que mira agradecido.
Carraspea mientras los ojos se le humedecen.¡La puñetera arena del puto desierto...!

- ¡Sin novedad…! ¡Misión cumplida...!


Fin


A. Villegas Glez. 2013


Dedicado a todos los Señores Soldados que sirvieron, sirven y servirán en los Ejércitos de España.


Imagen: Blindado Medio de Ruedas en algún punto del Este de Europa.









miércoles, 16 de enero de 2013

EL TROZO DE TELA

Puerto Rico, junio de 1898…

La poderosa flota yanqui bloquea las aguas de Puerto Rico tras haber destrozado a la Armada española en Santiago, confían los norteamericanos en la rápida rendición de los españoles y apropiarse así de la preciosa isla caribeña, la más hermosa de las perlas que España tenía en aquellas aguas.

En mitad de la noche, sin luces y con las máquinas en marcha lenta el carguero español “Antonio López”, que había salido de Cádiz con bastimentos y municiones para la guarnición portorriqueña, a pesar de las terribles noticias de la pérdida de la flota en Santiago de Cuba, había recibido órdenes de cumplir su misión y entregar la preciada carga costase lo que costase, se desplaza silencioso y alerta muy pegado a la costa, tras haber logrado burlar , (¡con dos cojones!), el bloqueo de la moderna y poderosa flota enemiga.

Su capitán, don Ginés Carreras, intenta meter el barco en la embocadura que lleva hasta San Juan y en su cabeza se repite el soniquete del último mensaje recibido por el buque. “ Haga usted llegar el cargamento, así se pierda el barco”. Así sin despeinarse el mando le había ordenado entrar a toda costa en Puerto Rico, aunque les fuese la vida en ello. Carreras casi lo consigue, casi.

En mitad de la noche caribeña se iluminan unos focos y estalla el sonido de las sirenas de alarma, el “Antonio López” ha sido localizado por el enemigo que de inmediato empieza a cañoñearlo y acosarlo.
Nada puede hacer el carguero español, armado con un solitario cañón en proa, más que intentar escapar e intentar llegar hasta puerto, pero el buque enemigo es un navío de guerra moderno y artillado hasta en la grímpola, y el “Antonio López” pronto empieza a recibir impactos y sobre sus cubiertas a derramarse la sangre de nuestros compatriotas.
Al capitán Carreras no le queda otra alternativa, tras haber esquivado todos los cebollazos que había podido, (que no habían sido pocos), que encallar el barco en la llamada Ensenada Honda. 
Una vez varado el navío la tripulación empieza de inmediato a descargar el preciado cargamento, la misión debe cumplirse cueste lo que cueste, en popa, la bandera de España acribillada por el último cañonazo recibido, flamea orgullosa y erguida todavía desafiando al enemigo.

Tal desafío, aquel barco allí y aquella bandera, es como un grano en el culo norteamericano, así que a la semana de ver el casco del “Antonio López”, varado desafiante en la ensenada, con la bandera allí todavía, ordenan los norteamericanos a otro de sus barcos que se arrime a la costa y destroce a cañonazos aquel pedazo de metal que tanta vergüenza les está causando.
El “USS New Orleans” será el encargado de dar la puntilla al carguero español, del que todavía los tripulantes, se afanan en sacar la carga. 
El bombardeo sobre el varado barco español es horroroso, descargando los norteamericanos toda su furia sobre el indefenso buque.
La tripulación cae segada por la metralla, hay explosiones y hay incendios, muertos y heridos, sangre y lágrimas. La  bandera, mientras sigue izada en la popa.

Entonces un marinero anónimo, un español de a pie, normalito, quizá un reemplazo, quizá un voluntario, quizá un oficial o quizá un simple marinero, no lo sabe nadie. 
Un ESPAÑOL, (así, en mayúsculas), decide recoger aquel trozo de tela rojigualdo y llevárselo consigo, para que no caiga en manos enemigas, y corre entre las explosiones y la metralla, esquivando la muerte llega hasta el mástil, arria la bandera y se ata  el trapo alrededor de la cintura, luego corre hasta la borda para arrojarse al mar. 
Justo cuando salta, en la espalda se le clavan dos trozos de metralla que lo atraviesan. Herido y moribundo aquel marinero tendrá el valor y la fuerza suficientes para alcanzar la orilla a nado, arrastrarse por aquella arena que todavía era tierra española y dejarse morir allí contemplando las estrellas y aferrando muy fuerte con las manos el trozo de tela con los colores de su bandera.

Hasta su cuerpo moribundo llega un hombre, uno de los muchos que habían acudido para socorrer a los náufragos. El marinero español está ya casi muerto, pero cuando Rocaforte, que así se llamaba aquel buen isleño llega a su lado, el marinero español abre los ojos, llenos de fuego y de rabia, y  le entrega la bandera manchada de sangre al hombre que tiene junto a él:

-        - ¡¡¡Que no la agarren ésos…!!!- le dice, y después aquel hombre valiente, muere tras un último suspiro aliviado.

Rocaforte tiene los ojos llenos de lágrimas y no sabe muy bien la razón, quizá sus fallecidos padres gallegos que le rascan en las tripas mientras sostiene aquel trozo de tela entre las manos. Por aquel resquemor, por aquella sensación de familiaridad que le llenaba el alma, Rocaforte guarda la bandera del “Antonio López” en su casa durante muchos, muchos años…

Un día se acordó de las monjas españolas de la congregación de las Siervas de María que atendían el hospital para pobres que había muy cerca de “La Fortaleza” y del puerto. 
Las monjas, nostálgicas de su patria y desde muy poco tiempo después de haber perdido la guerra y con ella nuestras amadas provincias ultramarinas, saludaban, con pañuelos blancos, a los barcos españoles que recalaban en el puerto de San Juan.

Rocaforte no lo dudó, fue hasta el convento, habló con la Madre Superiora y le contó la historia de la bandera que guardaba y del último deseo de aquel marino español que la había llevado atada en la cintura por no dejarla allí, entre los hierros candentes del barco que se hundía. Rocaforte le regaló a las Hermanas aquel trozo de tela rojigualdo gastado por el tiempo.

Pocos días después arribó a San Juan otro navío desde la Madre Patria, pero ésta vez las monjas no saludaron con los pañuelos, porque esta vez, ondearon orgullosas la bandera acribillada del “Antonio López” desde la galería del convento. La bandera agarró aquel viento y su flamear fue al tiempo, como un suspiro y como un lamento, un suspiro de nostalgia al regresar y un lamento de pena ante tanta belleza perdida.

Desde el puente de mando de aquel primer barco, el capitán y los marineros, emocionados y con un nudo en la garganta al contemplar la imagen de su bandera saludándoles desde aquella balconada, responden al saludo con tres largos toques de la sirena devolviendo el saludo.
Y esto lo llevan haciendo las Siervas de María desde hace más de cien años… Hoy día todavía lo hacen. 
Son ya muy pocos barcos españoles los que llegan, y muy pocas las compatriotas que quedan en el convento y ya contadas las veces que salen a saludar, sin embargo, cada vez que lo hacen, cada vez que, tan lejos, ellas han sacado nuestra bandera, cada vez que lo han hecho durante todos estos años, cada vez que ha ondeado allí nuestra enseña las monjas de Puerto Rico han salvado la honra de una nación entera, la nuestra.
Porque solamente ellas, con ese sencillo gesto, con esa tradición hermosa y vieja, con la emoción dibujada en los ojos y en el corazón, añorando su antigua tierra, han conseguido mantener nuestro honor y nuestra grandeza.
Y todo esto lo han conseguido ondeando, tan sólo, un trozo de tela…

© A. Villegas Glez.




miércoles, 9 de enero de 2013

LA BANDERA DE LA PATRIA

Valle de Los Castillejos en los alrededores de Ceuta. Enero de 1860.

El amanecer ha traído un calor sofocante, el polvo que levantan los caballos se te mete en la garganta ronca de gritar y en los pulmones que se achicharran, las piernas y los brazos me pesan como el plomo mientras a mi alrededor los camaradas caen abatidos, se retuercen de dolor y se mueren, las explosiones retumban muy dentro de las tripas y por todos lados zumban, como heraldos de la muerte, las balas, o dan en la carne haciendo que los compañeros se doblen sobre sí mismos con cara de sorpresa, o caigan de bruces contra el suelo africano sin sorpresa ni nada.
Y a pesar de todo, seguimos avanzando… Imparables, ciegos de valor y de ira. 
La casa del Morabito ya es nuestra…

El General Prim, ¡qué par de cojones tiene el catalán!, va en cabeza calcorreando sobre el caballo y riéndose de la lluvia de balas que le buscan. Resalta por encima del combate con su imponente figura y la barretina calada hasta las cejas. Impasible ordena a los Húsares de la Princesa que carguen contra la caballería moruna que nos hostiga.

Los húsares tocan los clarines, forman la línea y arrollan al enemigo con tanto ímpetu y valor que se meten muy dentro del valle. Hasta las tripas mismas de las posiciones defensivas enemigas. 
Uno de los jinetes, valeroso en extremo, se arrima hasta el moro que porta el estandarte, le da de sablazos y le quita la bandera que portaba, regresa con ella dando unas voces que espantan y vitoreado por sus compañeros a los que ahora les toca replegarse ante la ola sarracena que, de nuevo, en inacabable avalancha, llena las faldas de los montes y el valle de chilabas pardas y de espeluznantes gritos de guerra.

El avance está pagándose con la sangre de muchos valientes pero el General Prim no cede ni un milímetro de terreno. Cada posición de la que nos expulsan los moros, tras recio combate, ordena que la recuperemos cueste lo que cueste. 
Así llevamos todo el día: ataque, repliegue, ataque, repliegue. Hay partes del campo en las que no se ve el suelo, solamente el montón informe de cadáveres mezclados de moros y de cristianos.

El Morabito es el centro de todo el combate ya que la colina sobre la que se asienta es el punto vital para los dos ejércitos y, como es natural, se ha convertido en el epicentro de la carnicería. 
No sé ya la de veces que la hemos tomado, perdido y recuperado. 
Esto es una locura imparable, el caos absoluto, en el que se mata y se muere sin piedad, por allí los voluntarios catalanes, por allá los de Arapíles y Simancas, y mirando hacia atrás están los artilleros negros de hollín y que reciben una horrorosa granizada de balas que los ha dejado diezmados sobre y alrededor de sus cañones, pero que no dejan de disparar andanada tras andanada, y así seguirán hasta que no quede ni uno de ellos con vida.

Otra vez se nos echa encima la enorme oleada de turbantes, valientes, decididos y despreciando a la muerte, llegan tan cerca de nosotros que hay que calar las bayonetas y luchar cuerpo a cuerpo sintiendo muy de cerca el aliento y los ojos del enemigo. Un enemigo feroz que solo desea matarte.
De nuevo se pierde el morabito. 
Otra vez a recular disparando rodilla en tierra, ahora esta Sección, después la mía, pasito a pasito, poquito a poco, contemplando como van cayendo los amigos en la línea y los desgraciados que se quedan atrás son degollados sin piedad por los moros.

Los de Regimiento de Córdoba que quedamos vivos, la mitad de nosotros más o menos, llegamos hasta donde está el General Prim montando sobre un caballo requisado al enemigo, su yegua jerezana está tiesa al lado suyo con la lengua fuera, los ojos vidriosos y la panza cosida a balazos.

El General nos mira y se le pone cara de limón agrio, agarra las riendas, se pone muy tieso y se queda mirando la loma del Morabito, la misma que hacía unas pocas horas habíamos ocupado los refuerzos del Córdoba, reventados tras la marcha a primera línea.

En aquel lugar habíamos dejado nuestras mochilas y la impedimenta, para así poder combatir más ligeros ante el enemigo moruno, ágil, escurridizo y mortal entre aquellas peñas.
Ahora Prim miraba muy serio y muy taciturno aquellas mochilas, luego nos miraba a los que sin aliento íbamos llegando hasta la posición.
La verdad es que volvíamos sin más ganas de matar ni de morir, renunciando a volver a tomar aquel maldito pedazo de reseca tierra rifeña. Las mochilas nos importaban tres cojones… 
Pero la Bandera sí que nos importaba, y el catalán era listo y sabía qué tecla tocar para que sonase el piano del heroísmo. 
Un hacha el General con aquel acento que daba gloria oírle intercalar los insultos más selectos de su vieja lengua entre los más rancios y expresivos de la no menos suya y no menos vieja parla castellana.

Miraba las mochilas, miraba al enemigo que asaltaba con furia y remataba a los heridos, y luego nos miraba a nosotros. 
Entonces llega nuestro Abanderado con la rojigualda llena de agujeros y él tambaleándose con unos cuántos balazos en el cuerpo.
Justo cuando llega el oficial pierde el sentido, y con el movimiento de caída se va tras él la Enseña.
Entonces Prim, como una centella, espolea el caballo y agarra el Guión antes de que toque el suelo, lo enarbola bien alto, los colores brillaban al sol del atardecer africano y  mi corazón, al verlos, retumbaba fuerte en el pecho. 
Un calor inexplicable que se multiplicaba desde las tripas hacia arriba y hacia abajo, cuando el General, mirándonos con ojos de fuego y voz ronca del combate, del polvo y de la pólvora quemada, nos gritó:

-       -  “¡¡¡SOLDADOS!!!! ¡Ésas mochilas las podéis dejar atrás pues vuestras son… Pero ésta bandera es de la Patria, y yo voy a meterme con ella entre las filas del enemigo...!
¿Permitiréis que el Estandarte de España caiga en manos de los moros? ¿Dejaréis morir sólo a vuestro general? 
¡¡¡SOLDADOS : VIVA LA REINA!!!

Y dicho aquello, con la bandera en una mano y el sable en la otra, se mete, con dos cojones, entre la marea de enemigos que tenemos muy encima, y que se quedan petrificados viendo al general entrando en tromba entre sus filas.

Enardecidos, temblando de rabia, soltando espumarajos por la boca, gritos inhumanos en cien mil acentos de España, acuchillando todo lo que por delante se nos pone, primero detenemos y después arrollamos a los rifeños que, espantados ante la rabia y la fuerza de los batallones corren a refugiarse entre las peñas, vencida y doblegada, por fin, su voluntad de vencer.
Y así, de aquella manera singular, con aquel General irrepetible delante nuestro vencimos a los moros en el valle de Castillejos. 
Acabábamos de abrir el camino hacia Tetuán, pero esa es historia que otro día les contaré…

A. Villegas Glez. 2013


Imagen: La Carga del Farnesio. Augusto Ferrer Dalmau




martes, 1 de enero de 2013

LA PRIMERA HERIDA. La Escuadra Arregui III

El asedio de Mastrique se estaba convirtiendo en una pesadilla. 
Los holandeses aguantaban el tipo y resistían como leones enrocados en los revellines y las murallas. El asunto de tomar la plaza no estaba resultando sencillo ni fácil y los soldados del Rey Católico pagaban con sangre, sudor y grandes trabajos el intento de conquistarla.
Se comentaba mucho en las fogatas soldadescas que el General Farnesio no había ordenado ya el repliegue, por no deshonrarse ni él ni a las banderas que ondeaban en cada campamento del ejército imperial.

¡Pardiez, la honra… !

Qué palabra tan cargada de significado. Una palabra sagrada en el diccionario de cualquier español de este siglo, y se lo dice a vuestras mercedes un simple mochilero que no tiene siquiera pelos en la barba, pero que ya conoce de primera mano la diferencia entre conservar la honra -y pelear por ella- 
o ser un cobarde al que todos desprecian, uno de los que siempre reculan ante las moharras enemigas o que desaparecen como fantasmas entre la bruma flamenca cuando se piden voluntarios para cualquier misión arriesgada.

Por aquella palabra seguíamos chocando contra las murallas holandesas, desangrándose los Tercios españoles, borgoñones y tudescos que rodeaban la ciudad contra la cabezonería rebelde y sus muy bien defendidos glacis y adarves. 
Por la honra y por la mala leche que acumulábamos dentro de las tripas, una ira oscura y densa que provocaba que solamente deseáramos, más que nada en el mundo, entrar a saco en la ciudad y no dejar a nadie con vida.

Los defensores de  Mastrique nos veían y sabían lo que se les había venido encima y por eso luchaban con tanta ferocidad. Una parte de mí admiraba a aquellos herejes, a fin de cuentas ellos también defendían su honra y la de su nación.
Otra parte de mi alma, por el contrario, los odiaba a muerte y supongo que los mismos sentimientos encontrados y contradictorios los compartíamos todos los hombres que asediábamos la ciudad, aunque lo de la admiración, si es que existía tal cosa, cada cual se la guardaba muy para sí mismo y el odio, sin embargo, se podía mascar en cada gesto y en cada palabra y crecía exponencialmente con cada asalto rechazado, con cada cañonazo que alcanzaba nuestras posiciones y con cada campanada que tocaban los de Mastrique cada vez que un nuevo intento imperial terminaba en desastre.

La escuadra Arregui se había visto muy mermada por los combates cayendo los camaradas uno tras otro. 
De los que había conocido tanto tiempo atrás, cuando un día decidí correr tras aquellas hermosas banderas ajedrezadas, solamente quedaban con vida Arregui, vascongado de voz de trueno, cejas espesas y barba con destellos bermejos, Guzmán de Sevilla que era simpático, pícaro, bebedor de todo lo líquido del mundo escepto de agua, delgado, alto, rubillo el escaso pelo que le quedaba y experto espadachín -el mejor del ejército- ya que era maestro en el dominio del arte de la Verdadera Destreza, pero por culpa de su carácter mujeriego, vividor y pendenciero estaba alejado de los palacios de los nobles y de la Corte de Madrid, de la que había tenido que salir corriendo tras unas "discusiones de sábanas" -que así las llamaba el sevillano- con damas de la Reina de por medio. 
Era un figura el viejo Guzmán y un servidor le admiraba profundamente. 
Era también un voraz lector sería el que me enseñase a poder hacerlo, y pardiez, no hay mayor placer en la vida que poder expresar lo que sientes escribiéndolo o poder leer lo que otros han sentido o imaginado.

Martín de Badajoz, que era un extremeño grande como un toro e igual de fuerte, era el tercer hombre que quedaba vivo de la escuadra original, los demás se habían ido quedando en cualquier rincón de Flandes con dos metros de barro holandés sobre ellos para toda la eternidad. 
El último en caer había sido Alonso Aljibe, el asturiano, al que se habían cargado los holandeses de un mosquetazo durante el no sé cuántos intento de asalto a las murallas, junto a él habían caído setecientos camaradas barridos por la artillería enemiga.

Ahora en la escuadra había seis soldados nuevos, además de mí, claro, el mochilero, el niño que ya no lo era tanto, que forrajeaba y abastecía, que iba con ellos a las caponeras para excavar bajo el fuego holandés y que rezaba -y mucho- en cada ocasión de peligro.

Aquel día estábamos descansando, cosa extraña en pleno asedio, todos metidos en la cabañuela destartalada que nos servía de refugio, el fuego crepitaba contra una olla renegrida en la que se cocían unos nabos con algunos escasos trozos de tocino, olía a potaje y a sudor, a roña, a miseria, a sangre coagulada, a pólvora, olía a barro y a mierda. 

Los bultos que había tirados por el suelo apenas se movían, todo era un revoltillo indescifrable de barbas hirsutas, sucias y llenas de pegotes de barro reseco, de piojos, ropa raída y chapeos agujereados, mantas viejas repletas de chinches, caras delgadas y ojos de hambre.
Casi todos dormían, o hacían el intento, que en campaña el soldado no sabe jamás cuando puede comer o dormir, así que cada ocasión se aprovecha al máximo para lo uno o lo otro.

Por encima de todo aquel desolador escenario relucían, limpias y afiladas, las espadas y las dagas que iba dejando apoyadas contra la pared de madera después de haberlas limpiado y pasado la piedra por cada una de las mellas del metal. 
Casi había acabado de engrasar los tahalíes y los cinturones de buen cuero español y de limpiar las cazoletas y los serpentines de los ocho arcabuces con los que contaba la escuadra, cuando apareció a mi lado, como un espectro que olía a vino agrio, el vizcaíno.
Era enorme, colorado y con una sonrisa sibilina que se le dibujada en el rostro que surcaba una cicatriz desde la oreja izquierda hasta la comisura de la boca:

- ¡Límpiame las botas mochilero…!- me gritó al tiempo que me lanzaba las embarradas y recosidas botas contra la cabeza, el hideputa.
- ¡Ése no es mi trabajo señor soldado…!- le respondí mientras trataba de mantener la sangre fría.
- ¡Pardiez, o las limpias o te mato…!

Se me hizo un nudo enorme en el pecho y una angustia atroz me inundó el alma. Sentí miedo, ¿a qué negarlo?, sin embargo, todavía palpitaba dentro de mi corazón enardecido el combate contra el holandés y las muchas puñaladas que le había dado, por eso, temblando y rezando por dentro para que el temblor no se me notase, me puse de pie, agarré fuerte una de las espadas que había contra la pared, planté los pies en el suelo, como me había enseñado a hacer Guzmán de Sevilla y dije, aparentando una seguridad que no tenía:

- ¡Cuando gustéis señor soldado...!

El vizcaíno, que llevaba en la escuadra muy pocos días y a nadie le había caído en gracia, se adelantó dos pasos pero entonces pareció caer en la cuenta de que su espada y su daga estaban en mi poder, o casi, puesto que lanzó una evidente mirada hacia la pared en la que se apoyaban los aceros como quien de pronto recordaba a un viejo amigo.
Los soldados viejos resultan peligrosos precisamente por eso, por viejos y experimentados.
El vizcaíno empezó a moverse muy despacio trazando un círculo y yo, pardillo de mí, a trazarlo con él sin darme cuenta de que lo único que buscaba era poder alcanzar alguna espada para ensartarme como a un espetón.
Para cuando quise darme cuenta el vizcaíno ya había agarrado una espada y sonreía tan frío que los huevos se me encogieron hasta que dejé de sentirlos de tan helados como se me habían quedado, el vizcaíno, igual de frío que mis pelotas, me repitió:

- ¡Limpia ésas botas o te mato…!- ¡pardiez que lo decía en serio!, pero yo no dudé un instante.
- ¡NO...!
- ¡Maldito hideputaaaa….!

Gritando aquello se abalanzó contra mí como un rayo y en menos de un parpadeo tenía el músculo del brazo derecho atravesado y había dejado caer mi espada al suelo.
Dolía como si mil caballos te pisotearan, desde el brazo mi propia sangre, roja y fluida, goteaba sobre el suelo, sin embargo su visión no me afectaba ni tan siquiera el terrible dolor que sentía, solamente el fétido aliento del vizcaíno y su sonrisa me arañaban el alma.
En un rápido movimiento tiró de la espada hacia atrás, y entonces sí que el dolor sumado al enorme chorro de sangre que salió de mi brazo, abatieron todas mis resistencias y grité de dolor, de vergüenza y de miedo.

Mi grito angustiado despertó a los que estaban dormidos.
Arregui no abrió la boca, solamente contempló la escena durante un instante. Un servidor 
cayendo al suelo gritando como un cochino capado, chorreando sangre del brazo y al vizcaíno sacando la espada y haciendo el movimiento para terminar de rematarme. 
Yo lo contemplaba todo con ojos turbios pues sentía que se me escapaba la vida y apenas tenía fuerzas para mantenerme consciente, pero no quería cerrar los ojos, aunque los párpados me pesaran como el plomo, y mi lucha por mantenerlos abiertos hizo que se me llenasen de lágrimas.

Entre ellas vi al Cabo Arregui sacar su pistolón del cinto. 
Siempre dormía con aquella pistola al lado, era un viejo recuerdo de cuando había estado embarcado en la Flota de la Guarda de Indias. Arregui se lo había quitado a un famoso pirata que, muy listo el inglés, había confundido a un galeón español artillado hasta la perilla y erizado de picas de la infantería embarcada, con una achacosa, lenta y desarmada carraca de transporte.
El pirata y toda su tripulación habían pagado el error con la vida y por eso yo podía ver ahora, entre las nieblas de mis propias lágrimas, a Arregui tirando hacia atrás del perrillo de la pistola -¡Claaac!- para luego acercar, el enorme boquete del cañón, a la cabeza del vizcaíno.

El estampido retumbó en la cabañuela.
El vizcaíno había girado la cabeza y había hecho el gesto de intentar articular un: ¡NO...! 
Pero el gesto y la boca fueron a parar contra la pared igual que la metralla de un cañonazo, los sesos del vizcaíno habían salpicado en todas direcciones.
Manchas de sangre fresca contra otras manchas más viejas sobre las raídas ropas de los camaradas que miraban la escena como quien veía llover o comentaba los últimos chascarrillos, impasibles como estatuas de sal.

Guzmán de Sevilla se había puesto a mi lado y enrollaba un lienzo fino alrededor de mi brazo apretandolo muy fuerte, antes había metido dos dedos dentro de la herida causándome tanto dolor que, por un instante, perdí el sentido.
El cuerpo casi decapitado del vizcaíno tenía la espada manchada con mi sangre todavía en la mano y la pistola de Arregui todavía humeaba cuando miró hacia abajo:

- ¿Es grave...?- le preguntó al sevillano.
- Un corte muy feo… Creo que le ha segado un tendón.
- ¡Hideputa…!

Arregui ordenó que cogiesen aquella basura y la tirasen bien lejos, si podía ser en tierra de nadie para que así se la comerían las alimañas. 
Contemplaba el cadáver de su paisano con un profundo desprecio grabado en la mirada, la mano que sostenía el pistolón temblaba por la rabia que le corroía las tripas:

- ¡Serás hideputa!- repitió mientras agarraban el cuerpo y lo arrastraban dejando sobre el suelo de tierra apisonada un sendero de sangre y restos de cerebro.

Luego se agachó junto a nosotros, revisó el vendaje y me sujetó la cabeza que me pesaba como el plomo, yo sentía que me marchaba directo hacia el sopor preludio de la muerte.
El vasco me dio un poco de agua y mientras el viejo veterano mojaba mis labios el dolor desapareció como por ensalmo. Aquellas manos recias y encallecidas sobre mi nuca y los ojos oscuros mirándome muy fijo, me llenaron el alma de paz y de dicha. 

Luego, tras aquel sentimiento claro y feliz, todo se tornó en horror y en torbellino cuando Arregui, quizá pensando que yo no podía oírle, le preguntó a Guzmán:

- ¿Perderá el brazo?
- Si no hay gangrena no… Pero no creo que pueda volver a manejar espada…

Entonces el mundo se derrumbó y perdí las ganas de vivir.
Mientras caía al pozo de la inconsciencia pensaba que me había convertido en un tullido, en un pobre manco sentenciado a vivir para siempre de las limosnas ajenas, sentenciado a verme despreciado como un trasto inútil para el resto de mis días.

Quería, como podrán imaginar vuestras mercedes, que el vizcaíno en vez del brazo me hubiese atravesado el corazón. 
Quería dormirme y no volver a despertar.

Con el alma destrozada y retumbando en mi cabeza las palabras de Guzmán -no creo que pueda volver a manejar espada-escuchaba el tronar de la artillería española que seguía batiendo los muros de Mastrique, por la honra, ¿recuerdan?, la honra de la nación más poderosa de la tierra.

Una honra que yo creía que no podría defender nunca...

© A. Villegas Glez.





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