domingo, 20 de noviembre de 2011

EL ÁNGEL DE BUDAPEST

La familia caminaba muy junta, recelosa y con la cabeza gacha, sin atreverse a levantar la vista del suelo.
Había soldados alemanes por todas partes, borrachos, gritando y apaleando al desgraciado que había tenido la mala fortuna de caer entre sus garras.
Llegaron hace dos meses y Budapest se había convertido en un infierno.


Al principio los judíos húngaros habían estado
seguros. A pesar de que el gobierno no era más que un títere de los nazis la población hebrea,
aunque humillada y segregada, no había sufrido las temidas deportaciones. Hasta ahora.

Hacía dos meses que había llegado a la caital húngara el carnicero Eichmann y de inmediato la máquina de matar se había puesto en marcha.
A aquellas alturas del conflicto los alemanes ya no engañaban a nadie y toda Europa sabía lo que estaban haciendo con los judíos. 

Los trenes de la muerte, a pesar de la guerra y los bombardeos aliados, salían de las estaciones europeas con puntualidad germana camino del matadero, atestados los vagones de ancianos, mujeres y niños.

La familia que camina en silencio, encogida y aterrada se encuentra a muy pocos metros de la casa que les sirve de refugio cuando unos oficiales se cruzan en su camino. 

Son altos y rubios, de ojos azules fríos como el acero. Lucen el uniforme más temido y odiado. El uniforme de una organización cuyo único objetivo es acabar con los hebreos. 
Los tres oficiales de la ese-ese detienen a la familia Leví justo delante de un portal que luce un cartel, adornado con la bandera española, que reza :


- "Anejo a la Delegación de España."


Los tres oficiales zarandean, maltratan y humillan a la familia. Poco les importa lo viejo que es Abraham o la inocente candidez de la jovencísima Sara. 

Han sacado las pistolas y están dispuestos a matarlos allí mismo, gritan, insultan mientras apuntan a la cabeza del pequeño Isaac, seis años, que llora aterrorizado abrazado a su abuelo.

Entonces desde el portal ruge la voz de un hombre. 
Es una voz autoritaria y firme que en perfecto alemán increpa a voz en grito:

-¡Éstas personas son ciudadanos españoles y están bajo la protección de un gobierno amigo de Alemania…!

Sus palabras son convincentes y más el hombre elegantemente vestido les muestra a los oficiales un salvoconducto que se había expedido aquella misma mañana. 

Un salvoconducto que era más falso que un duro de plomo pero que aseguraba que la familia Leví eran judíos sefarditas y por tanto españoles, por lo que resultaban intocables. Salvados.

El piso, anejo de la legación española, era el refugio de varias familias hebreas, sefarditas o no y como aquel había otros diez repartidos por todo Budapest. Convertidos en oasis de esperanza para los que habían tenido la suerte de encontrar en su camino aquella alma de corazón limpio, noble y valiente.
Mientras los nazis vaciaban Hungría siguiendo su diabólico plan de Solución Final, mientras las largas colas de personas se convertían en humo en Birkenau o en Treblinka, en la ciudad de Budapest un valiente consiguió librar de la muerte a más de cinco mil personas. 

Aquel hombre se llamaba Ángel. No podía llamarse de otra manera.

Con astucia, ingenio, valor y decisión lograría engañar a los alemanes confeccionando pasaportes y salvoconductos falsos, con picardía española engañaría a los asesinos. 

Crearía la red de pisos anejos de la embajada en los que oculta a cuanto judío le pide ayuda. Supervisa la alimentación y la salubridad de los refugiados y les da la oportunidad de sobrevivir. Y se convierte en la esperanza de miles de personas. 
Su nombre es respetado y admirado en la ciudad y todo el mundo sabe que aquel hombre ayuda a los judíos que acuden a él, que se agarran a él como los náufragos a una tabla. Y él, hidalgo y noble, extiende su mano piadosa.


Tiene un ayudante italiano, Perlasca, que a la postre se llevaría toda la gloria y la fama. 

Ángel permanecería en el anonimato durante años haciendo su labor diplomática con lealtad, eficacia y honradez. 
Nunca reclamaría honores por lo que hizo ya que siempre pensó que había cumplido con su obligación como español, católico y bien nacido.
Hasta la década de los noventa del siglo veinte su nombre no sería rescatado del olvido y reconocido por el mundo.

Ángel tiene ahora su placa y su árbol entre los Justos de las Naciones, al lado de Schindler, Wallemberg, Evert…Todos ellos mucho más reconocidos que él, muy injustamente ya que Ángel salvaría a más personas que el Oscar Schindler... 

Claro que aquí no hacemos películas de ese tipo no vaya a ser que nos lamen fachas y antiguos. A fin de cuentas Ángel era falangista...
Como antes dije era español y bien nacido, hidalgo, honrado y recto, un compatriota del que podemos sentirnos orgullosos, un espejo donde mirarnos.
Nuestro particular Justo entre las Naciones, y no es el único, hay otros también olvidados, también perdidos de nuestra memoria.

Se llamaba Ángel Sanz Briz... 


Valgan estas líneas como recuerdo y homenaje.


A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Fotografía de Ángel Sanz Briz. (1910-1980)


1 comentario:

  1. Aunque este Angel Español en Budapest, no ha sido olvidado, nunca recibió el reconocimiento que se merecia.... Así somos nosotros....
    Excelente historia..... como siempre !!

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